La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

8 Agosto 2011

Me mudo.

Pues eso. Después de más de cuatro años en la Coctelera, he tomado la decisión de trasladar este blog a Wordpress. Le tengo cierto cariño a este entorno gráfico, y han sido cuatro años de aprendizaje (en todos los aspectos) que pesaban cuando me planteaba dar el salto. Pero ciertos problemas técnicos y sobre todo las dificultades para comentar que muchos de vosotros me venís reportando desde que se implantó el sistema antispam me han llevado a no posponerlo más. El nuevo blog tendrá plena continuidad con éste, y podrán encontrarse exactamente los mismos contenidos: dudé entre dejar fuera algunos posts en los que ya no me reconozco o que no creo que representen bien mi opinión actual (es increíble cómo podemos cambiar en cuatro años), o incluso dejar fuera todos los que no fueran sobre cómic, pero finalmente he decidido incluir todo en pro de la fidelidad histórica (toma ya), exceptuando algunos que son simples enlaces o comentarios muy breves. Este blog seguirá existiendo, sobre todo para conservar los comentarios de las entradas, pero a partir de ahora, lo dicho, actualizaciones y debates varios en

http://thewatcherblog.wordpress.com/

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1 Agosto 2011

Kirby y la justicia.

Estos últimos días hemos conocido la sentencia final del juicio que mantenían los herederos de Jack Kirby contra Marvel, intentando conseguir los derechos de los personajes que Kirby creó o cocreó en los 60. Yo no voy a comentar este juicio; no he leído el texto de la sentencia, ni lo he seguido de manera especial. No sé qué movía a sus herederos, aunque por la naturaleza de la demanda es fácil suponer que el vil metal, y cuanto más mejor. Tampoco voy a entrar en si ha sido o no inteligente plantear en esos términos el juicio: probablemente no. Todo esto para mí no es otra cosa que un símbolo. Un símbolo de todo lo malo que tiene una industria que acarrea desde su nacimiento una historia de violencia innegable, de explotación y de maltrato.

Estoy leyendo muchas cosas estos días. A favor y en contra. No es mi intención contestar a nadie en particular, pero tampoco puedo quedarme callado. Defender el sistema de explotación de la industria del comic book con argumentos como que daban de comer a los autores me parece, sencillamente, inmoral. No quiero ofender a nadie, y tengo el máximo respeto por cualquier opinión, pero así lo siento y así lo tengo que decir. ¿Quién dio más de comer a quién? ¿Quién se forró y quiénes han muerto sin un duro a lo largo de las décadas? ¡Por favor! Los autores han recibido las heces de la copa que ellos mismos llenaron. Y me da igual el contrato de mierda que le obligaran a firmar a Kirby en el 74. ¿Tenía acaso otra opción aparte de firmarlo? ¿Podría haber dibujado fuera de la gran industria? Que se lo pregunten a Gil Kane, por ejemplo, si se podía. Se argumenta que Marvel “presta” sus creaciones a unos autores que pueden así ganar dinero y ser conocidos, que la marca Marvel y sus iconos son la base de la industria, y no los autores. Aparentemente tiene lógica.

Pero ¿de dónde salen esos iconos? ¿De la editorial? No. Marvel no existe. No es nada. Una corporación sin rostro que ha cambiado de manos una decena de veces. No crea nada, no genera ningún contenido. Alguno se piensa que sus personajes salieron de un ordenador gigante, o de la Unimente. Y no. Cada uno de sus personajes es creación de un señor o señores con nombres y apellidos. Se argumenta que la editorial asume el riesgo económico. Estamos en lo de siempre. La lógica empresarial de mierda: yo te publico tus cosas, y te doy 10. Si gano 1, he perdido 9; si gano 1.000, he ganado 999. Pero tú nunca, jamás, volverás a ganar más que esos 10 que te di la primera vez. Si no vendes, te echo. Si vendes, lo mismo también, y tu creación se queda conmigo. Si reimprimo tu trabajo, no ves un duro. Si imprimo una camiseta con tu dibujo, o vendo los derechos para una serie de televisión, tampoco. Porque, ah, el icono es mío. Tú no serías nada sin él.

Por supuesto que Marvel pone de su parte. Sólo faltaba. Se está jugando su dinero, qué menos que que promocione y gestione adecuadamente sus propiedades, para hacerlas conocidas y que generen más beneficios. Pero lo injusto, lo que me saca de mis casillas, es precisamente eso, el rollo de la “propiedad”. Será legal, pero no es, desde un punto de vista humano, justo. Esto sólo pasaba en los tebeos, además. En la literatura, un autor cede, y cedía, los derechos de explotación de su obra, pero nunca, jamás, los derechos de autor. Éstos se llaman así por algo: son inalienables, nadie puede sustraer a un escritor ese derecho sobre su obra, por draconiano que sea el contrato que firme. La lógica de Marvel es perversa porque establece que el personaje es creado por Marvel. Y eso es falso. La coartada del trabajo de encargo tampoco me vale. ¿Cómo puede argumentarse que tal o cual autor creó a un personaje en el seno de una empresa si no estaban en plantilla, si no tenían ni sueldo? La realidad innegable es que Spiderman, la Cosa, Cíclope o quien queramos no es creación de “Marvel”, sino de unos autores que fueron quienes dieron en el clavo. Ver la cosa al revés pervierte el debate: no es Marvel la que permite a los autores ganar dinero; son los autores los que dan un trabajo a Marvel que la hace de oro. Cobraron mejor o peor, pero siempre una miseria comparado con lo que ganaban sus jefes. Entregaban sus originales y ahí acababa cualquier retribución. Si pedían lo justo, patada. Si hablaban de crear un sindicato —por dios, que eso es de comunistas—, patada. Que no hubieran aceptado, pensará alguno. ¿Qué opción había? ¿No dibujar, irse a una obra? Un autor no podía hacer otra cosa si quería seguir siéndolo. Justificar la injusticia empresarial con ese argumento será, hoy, ayer, y siempre algo infame. El trabajador es el eslabón más débil de la cadena, el que no tiene elección, el que está cogido por las pelotas.

Hablemos de Kirby, venga. A veces parece que era un mindundi que pasaba por allí y que gracias a la chispa de Stan Lee tuvo éxito. Y no. Kirby ya era un monstruo. Era un artista reconocido y reputado antes de trabajar con Lee. Igual que Steve Ditko, Bill Everett o Gene Colan. La primera hornada de dibujantes de Marvel no era precisamente moco de pavo. Y por supuesto, Kirby sin Lee demostró mucho más que Lee sin Kirby o Ditko. Es así, al menos para mí. Kirby se mató a trabajar como un animal. En los dos o tres primeros años dibujaba casi todo, diseñaba personajes, le ponían en los primeros números de muchas series porque era el artista estrella de la editorial. Qué curioso, ¿verdad? Stan Lee no era suficiente reclamo para el lector, parece ser. Kirby aceptaba esta sobrexplotación a pesar de que lógicamente repercutía en la calidad de su trabajo, aceptaba que no le devolvieran los originales y que le cascaran al golfo —en el buen sentido— de Vinnie Colleta como entintador.

Y luego está Stan. Claro que tenía su mérito, por supuesto. Stan, el hombre para todo, el showman, el vendedor definitivo. Stan sabía qué tecla pulsar, cómo hablarle al lector, se sacó de la manga los crossovers y la continuidad como la mejor manera de enganchar a la gente y vender más cómics. Tenía buenas ideas, y un sentido del melodrama, del culebrón, excelente. Ahora, las cosas en su sitio. Yo era el primero que alababa a The Man, pero cuanto más leo del tema más se me cae del pedestal. No puede estar todo el mundo equivocado: las evidencias, lo que él mismo ha dicho a veces, demuestran que Lee hacía lo justito. Daba una idea de una línea a un dibujante que se curraba veintidós páginas de tebeo y luego se ponía en los créditos como “guionista”. Y a eso lo llamó “el método Marvel”. ¿Ven como es el vendendor definitivo? Hasta de sí mismo. Quien defienda que eso es justo no sabe cómo se hace un tebeo. ¿Si yo le digo a un amigo escritor que escriba una novela sobre un calamar hemofílico y la hace, yo soy el coautor? Como mucho, podrá decirse que esa novela está basada en una idea original mía. Pero la obra es de quien la desarrolla, punto. Stan estaba a todas. No se perdía un sarao. Concedía entrevistas con su sonrisa perfecta y su labia chispeante, se fotografiaba con muñecos gigantes y actores disfrazados de los personajes mientras Kirby, Ditko o Everett estaban doblados sobre la mesa de dibujo. Ha pasado a la historia como el creador de unos personajes que ya son mitos contemporáneos. En EE UU es una pequeña celebridad; ¿quién se acuerda de Kirby? Nadie, entre el gran público. Lee además ha mentido como un bellaco. Sus contradictorias declaraciones, su conveniente mala memoria, son lamentables. Oírle contar cómo se le ocurrió la idea de Spiderman y luego leer sobre Joe Simon y Kirby y su idea preliminar es vergonzoso, y tiene mala defensa, francamente. Lo mismo para muchos otros personajes. Es evidente que Lee se ha vendido a sí mismo durante mucho tiempo como el creador único de todos los personajes, y a sus coautores —o autores, sin el co, en muchos casos— como meros dibujantes que plasmaban en el papel sus dictados.
La realidad es otra, y sólo desde hace pocos años la estamos empezando a conocer. Pagaría para que Ditko hablara; creo de verdad que es el que tiene la llave de todo. Pero no hace falta para saber que a partir de unos pocos números tanto Ditko en The Amazing Spider-man como Kirby en Fantastic Four llevaron el cotarro a su antojo. Lee ponía los diálogos, o eso nos han dicho —yo ya no me fío—, pero los argumentos, la narrativa, los diseños, eran de Kirby y Ditko. Qué casualidad que fuera a estas dos, las series más exitosas de Marvel, a las que Lee permaneciera vinculado durante más tiempo en los créditos. Examinemos sin mitomanía ni romanticismo las series donde Kirby abocetó a toda leche unos cuantos números y luego dejó paso a dibujantes con menos ideas. The Avengers una vez se marchó y hasta que llegó Roy Thomas a los guiones es muy, muy chunga. Cada mes pasaba lo mismo, en todos los números los héroes se peleaban, los villanos eran siempre los mismos y sus planes cualquier cosa menos elaborados. Lo mismo para The X-Men. Sin Kirby, prácticamente no se creó a ningún personaje nuevo que hoy se recuerde, ni ninguna historia fue memorable. Y no digo, ojo, que Lee no hiciera nada. Digo que hacía muy poco, en el nivel creativo, que es la base de todo esto.

No digo que Lee sea mala persona, por supuesto. Pero no se ha comportado siempre bien. Stan ha mentido, ha inventado a su antojo el pasado, aparece en series de televisión, películas y programas contando su historia, cómo creo a tal o pascual. Pocas veces se acuerda de Kirby. Es lógico que éste acabara cabreado con Lee escuchando según qué cosas. Pero claro, para el fan, Stan es “el bueno de Stan” y Kirby un tipo seco que no tenía don de gentes. Stan cumplió su papel, fue el hombre de empresa, la voz de su amo, el defensor de los intereses corporativos frente a los dibujantes. Cuando tuvo que elegir se posicionó a favor del poder. Kirby, Ditko y los demás no eran sus compañeros de trabajo; eran sus empleados. Stan fue bueno. No dio problemas. O no muchos, que cuando le interesó, bien que demandó para sacarse unas perrillas. Se le pagó con aquel “Stan Lee presenta”. Los demás fueron ninguneados sistemáticamente. Los homenajes, las menciones en números especiales y demás, son muy recientes, probablemente no antes de los noventa. Carlos Pacheco contó hace tiempo que le taparon una dedicatoria en una viñeta, no recuerdo a quién.

La industria, la empresa, asfixia al creador. Se le trata como si fuera un obrero en una cadena de montaje, y no es eso. Reconocerle más sería arriesgarse a demandas, a tener que dar dinero. Por eso, y no por otra cosa, persisten en esa situación. Hoy al menos los dibujantes y guionistas de Marvel o DC están mejor remunerados, aunque cada paso en la lucha por su dignidad lo han dado ellos y en contra de la fuerza que ejercía la maquinaria. Pero no se aplica con efecto retroactivo, de manera que un dibujante como Colan muere en la miseria y a Marvel no le tiembla el gesto. Porque no tiene, porque no es nadie. Porque es un ente invisible, un mecanismo que sólo busca ganar dinero. La sentencia y este juicio en concreto son lo de menos. Posiblemente estaba destinado a solucionarse así, y ciertamente no hubiera sido justo que esos personajes hubieran pasado a ser propiedad de los herederos, que probablemente los habrían vendido al mejor postor. No es eso lo que yo quiero, pero mi opinión es lo de menos: yo soy un radical que cree que, a estas alturas, esos personajes deberían ser de todos, de dominio público.

Aquí lo que importa, como ya habéis dicho muchos, es el espíritu que mueve todo el cotarro. La verdad absoluta que hemos aceptado nosotros como aficionados y los autores como tales: que no hubo otra forma de hacer las cosas, que eran otros tiempos, que Marvel también hace lo suyo. El fanboy ama al personaje y el personaje, le han dicho siempre, es propiedad de Marvel. Los autores van y vienen pero el personaje es eterno, le dicen. Y surge por generación espontánea, por lo visto. La lógica de Marvel dicta, debe dictar porque si no todo se va a la mierda, que el personaje es el que vende. Que cuando ellos venden un póster con un Spiderman de John Romita, se vende porque sale el lanzarredes, que lo mismo habría sido hacerlo con una ilustración de Al Milgrom. Esa idea de que los personajes se venden solos fue lo que llevó a la bancarrota a la editorial durante los noventa. Porque no lo hacen, claro. Al final quedan las buenas historias y las buenas etapas, fruto del trabajo de los autores, no de la editorial. Y al final, todo se reduce a eso. Kirby sin Marvel seguiría siendo Kirby. Marvel sin Kirby, directamente no sería.

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26 Julio 2011

Mi organismo en obras en Entrecomics.

Nueva reseña publicada en Entrecomics, en esta ocasión el último tebeo de Fermín Solís. Aquí la dejo.

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26 Julio 2011

Cómic: Sin título (2008-2011), de Rayco Pulido.

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Aviso: el texto contiene algún spoiler sobre el contenido del cómic.

El último cómic de Rayco Pulido, autor que desconocía hasta hace bien poco, ha supuesto una gratísima sorpresa para mí. Sin título (2008-2011) es un cómic atípico que presenta un experimento metalingüístico que sólo por ser planteado ya valdría la pena. Pero además, le sale bien.

Este tebeo plantea una historia típica de género, Pie de trinchera, y al mismo tiempo su deconstrucción, a través de una historia paralela, la de los encuentros del autor con un analista de guiones, a la sazón el ex de su novia, que va comentando con él de manera despiadada el tebeo que está escribiendo. Pie de trinchera, una novela gráfica, según su cubierta, no es una que yo compraría nunca. Tampoco existió nunca de verdad, es según su autor sólo un elemento más de una ficción, que juega siempre a la indeterminación, que se mueve en la frontera de la realidad. Las partes del cómic real están dibujadas, los encuentros del autor —que no es Pulido, pero lleva su rostro— son una fotonovela que utiliza actores, para reforzar la ilusión de realidad de una manera muy inteligente, ya que funciona infinitamente mejor que si Pulido hubiera optado por un dibujo realista. Lo valioso de todo esto es que ambas, la historia dibujada y la historia fotografiada, son igualmente ficticias. Una está dentro de la otra, y ambas están dentro de la historia Sin título.

Además de esto, hay otra cuestión importante en el cómic. Pie de trinchera es una historia de género, decía, un relato social de guardias civiles corruptos e inmigración. Podría ser una miniserie de Antena 3 un poco incómoda. Es una historia vieja a la que el analista, un cabeza cuadrada que lleva por bandera el libro de estilo que produce toneladas de ficción mediocre en cine y televisión cada año, aplica las viejas reglas de la ficción. Es un personaje negativo, no cabe duda, al que se le nota cierta envidia y que muchas veces mete el dedo en la herida por el mero placer de hacerlo. Va leyendo Pie de trinchera y aplica esquemas pétreos. Las cosas son así y punto, como si contar historias fuera una ecuación. El protagonista tiene que ser así, el secundario tal asá, la chica de esta forma, tal fase debe ocupar tantas páginas, no más. Los temas controvertidos deben evitarse, los personajes se presentan así y sólo así. Llena sus disquisiciones de frases de manual de guiones que repite como un papagayo como si fuera la Biblia: “la ficción es una dramatización estilizada de la vida”. Habla de “recorridos emocionales”, de ritmos, de presentación de incógnitas. Fórmulas inalterables con los que choca el autor, que siempre se defiende, precisamente, diciendo que está huyendo de fórmulas, que quiere hacer algo diferente. Y sin embargo, el analista también tiene su parte de razón. Pese a su cerrazón, señala problemas argumentales que están ahí, escenas que no se entienden bien, personajes que actúan de manera rara… Todo eso está ahí, y no por azar precisamente; Pulido sabía muy bien lo que hacía. Pie de trincheras debía ser una historia fallida, un tebeo lleno de problemas para que el analista no pareciera simplemente un resentido criticando por criticar, de manera que, a partir de esas verdades, se pudiera construir la verdadera crítica, el meollo de Sin título.

Porque cuando digo que el analista de guiones tiene razón en parte, no me refiero tanto a las obvias carencias de la historia ficticia, sino a que, efectivamente, si estás contando una historia clásica, debes ceñirte mínimamente a las reglas clásicas. El autor de Pie de trinchera quiere hacer algo nuevo, diferente, pero no logra desprenderse de los esquemas y temas tradicionales. Intenta innovar pero como no se separa de ellos, se queda en tierra de nadie: su historia no despega en parte por los problemas estructurales y de caracterización que ve el analista, en parte por la propia temática manida. No quiere documentar pero escribe una historia que forzosamente exige la documentación, por ejemplo. Se plantea, en el fondo, la validez de la ficción convencional en el paradigma actual. ¿Tiene valor repetir una y otra vez la misma historia contada de la misma manera? Y si esa historia, contada de otra forma, no funciona, ¿tiene sentido contarla así?

Esas preguntas son las que plantea Rayco Pulido en un cómic que tiene más miga de la que parece. El final, desconcertante, en el que el autor tira al suelo Pie de trinchera —que veremos en la contraportada en una papelera— parece dejar claro que renuncia a ella, y simbólicamente a toda una forma de entender la ficción. Pero al mismo tiempo, qué le sucederá al dibujante queda completamente abierto. Lo que queda es la reflexión, el juego de Pulido, que opone una falsa ficción a una falsa realidad para llegar a la conclusión de que todo es, en esencia, mentira. Lo verosímil en ficción no tiene nada que ver con la realidad, es cierto. Pero las cómodas fórmulas ya no responden a las preguntas que nos hacemos. Ante eso, sólo queda el esfuerzo por trasladar esa duda sincera al lector a través de su trabajo. Y eso Sin título lo consigue a la perfección.

Para acabar, un detalle que no sé si ha pasado un poco desapercibido, pero que me ha parecido divertido: Pie de trinchera, la historia clásica, lleva por subtítulo en el cuadernillo que aparece en manos de autor y analista Proyecto para una novela gráfica de Claudio Amado. Sin título (2008-2011), el cómic real, el que precisamente puede llamarse novela gráfica, tiene el subtítulo de Una historieta de Rayco Pulido. Pulido no da puntada sin hilo, decididamente.

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24 Julio 2011

Salvando Marvel.

Últimamente pienso mucho en los superhéroes. Está en el aire, supongo, o mejor dicho en la red: se está debatiendo en torno a ellos bastante, si su tiempo ya ha pasado, qué puede hacerse para relanzarlos de verdad, si tienen sentido hoy en día o hueco en el cómic, o por el contrario deben encontrar su sitio en otros medios. Pienso en cuáles son sus problemas —el más claro, la continuidad, ya lo traté aquí—, y en qué haría yo para salvarlos. Sí, aunque despotrique tanto, amo a los superhéroes. Porque los amo, despotrico, en realidad.

Os voy a contar algo que se me ocurrió hace un par de meses: ¿Qué haría yo si vinieran los jefazos de Marvel y me dijeran aquello de “ayúdanos, Obi Wan, eres nuestra única esperanza”? ¿Cómo salvaría yo la Marvel que tanto criticaba? Y llegué a una historia. Básicamente, el Doctor Muerte, el villano por excelencia, conquista el mundo. De verdad y sin vuelta de hoja. Y concentra todos sus recursos en acabar de un plumazo con todos los problemas del mundo actual. Derroca teocracias y dictaduras, acaba con los conflictos raciales, con los problemas medioambientales, despoja a la clase política y a la banca de sus privilegios, redistribuye la riqueza, garantiza a la población el derecho a un trabajo, a una vivienda, a una educación. Para vergüenza de los héroes, demasiado dentro de sus dilemas morales, cuestionándose siempre hasta dónde debe llegar su intervención en los asuntos “civiles”, demasiado ocupados luchando contra supervillanos, es finalmente su mayor enemigo en el que salva el mundo, sin dilema alguno: las cosas se están yendo a la mierda, y lo evita. El precio a pagar es la democracia. No habrá elecciones ni partidos políticos en el mundo de Muerte. Habrá libertad, cierta, libertad, pero la gente no vota. Lo inquietante, lo incómodo de la situación, sería que la mayor parte de la gente lo aceptaría sin demasiados traumas. Muchos héroes se unirían a Muerte, pero otros se convertirían en los villanos del nuevo mundo, incapaces de romper la dialéctica héroe-villano que han conocido y alimentado. Los Cuatro Fantásticos seguirían luchando contra Muerte porque Muerte es el malo, punto. Se trataría de volver a meter a lo bestia los cómics Marvel en la realidad social y política de nuestro momento, sacarlos de ese ambiente paranoide post-11 en el que llevan instalados una década y enfrentarlos de golpe a los verdaderos problemas de la sociedad de 2011, que sí, incluyen el terrorismo, pero no sólo. Invertir los roles, cuestionar los conceptos de bien y mal y la propia naturaleza política del ser humano, de una manera que no puede ser más incómoda.

Bien, pues estaba yo tan feliz con mi ideaza, pensando en lo difícil que sería llevarla a cabo, por todo lo que toca, cuando de repente me golpea en la cara con la contundencia del puño de la Cosa este post del blog de Tebeobien: ya estaba hecho. Desde hacía casi treinta años. No es exactamente igual, para empezar porque lo mío no era una “historia imaginaria” o una saga cerrada, un season event tras el cual todo siguiera igual, sino un cambio de escenario, un punto de no retorno para el mundo de ficción. Pero vamos, que en esencia era lo mismo. Y eso me hizo seguir pensando.

Por principio, siempre pienso que nunca está todo dicho de nada. Siempre puede aportarse algo nuevo, un punto de vista que nadie había usado, algo inexplorado. Pero… buf. ¿De cuántas historias de superhéroes estamos hablando desde los años 30? Decenas de miles, o más. El cálculo tiene truco, porque es cierto que la gran mayoría de esos cómics repiten fórmulas, están hechos con plantillas, a imitiación de otros. Pero aun con eso… ¿Qué puede hacerse? No hablo de ideas puntuales de un autor, que den para unas cuantas buenas historias que funcionan sólo la primera vez, y que al ser imitadas fracasan sin remedio —como ha pasado con los últimos buenos cómics de superhéroes—, sino de un nuevo paradigma que soporte durante unos años la producción de un porrón de tebeos. Es decir, lo que hicieron Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y todos los demás en los 60. Crear unas normas del juego que recogían la tradición pero a la vez eran nuevas. Abrir un nuevo camino por el que puedan pisar los demás. En esta última década, todas las visiones novedosas del género han sido por definición únicas, imposibles de seguir. A los New X-Men de Grant Morrison les siguió la vuelta de Chris Claremont. ¿Qué sentido tiene hacer tebeos a la manera del X-Tatics de Peter Milligan y Mike Allred? La gracia de esa serie estaba en ser única. Lo más parecido a un nuevo stablishment arrancó con Warren Ellis y ha muerto, por pura repetición banal, con Mark Millar. Yo me niego a pensar que Millar es ya lo único a lo que podemos aspirar. Pero al mismo tiempo… sinceramente no sé qué otra cosa puede hacerse.

Algunas cosas las tengo claras. Fuera la continuidad de una vez. Ya no tiene sentido. Nada de reseteos o universos alternativos que en pocos años han reproducido todos los problemas que acarrea la línea principal. Volvamos a lo básico. Lo cual, ojo, NO significa contar una y otra vez el origen de los personajes o sus primeros años. Se trata de ir al icono, de encontrar qué define a cada héroe y ponerlo en situaciones novedosas, sin miedo a ser iconoclasta. Pero para serlo, lógicamente, primero hay que saber de dónde venimos. Líbreme Odín de los guionistas malotes que leyeron un par de tebeos de críos y vienen ahora, desde las alturas, a inventar la sopa de ajo para acabar haciendo historias que ya se habían hecho hace décadas.

Hay que limpiar de paja el universo Marvel —el de DC también, pero lo conozco menos—. Si tienes a un héroe urbano no necesitas otros veinte. Si tienes un equipo de mutantes que son temidos y odiados por los humanos no necesitas otros siete. Con una serie de Spider-man sería suficiente. Si tienes un grupo de superhéroes adolescentes no hacen falta más. Fuera todos los personajes redundantes. Los arquetipos repetidos sólo restan fuerza al original. Nadie —y cuando digo nadie, me refiero a nadie fuera del fandom— quiere leer la historia definitiva de Vigilante Nocturno. Basta de villanos de segunda fila que vuelven una y otra vez de la tumba —acabo de leer que reaparece el Chacal, una vez más—. Arquetipos, símbolos universales. Lo que han sido siempre los superhéroes, o lo que deberían haber sido. Y debe devolvérselos a la actualidad, no pueden vivir a espaldas de los cambios sociales. En los 90 esto era muy claro que era así; hoy puede no serlo tanto, pero como decía antes, los cómics de Marvel están instalados en una paranoia recurrente, militarista, en la que los superhéroes parecen protagonistas de 24 más que otra cosa, alejados de la calle completamente.

Y por supuesto, la última y más importante clave se expresa en tres palabras: autores, autores y autores. No descubro nada porque es algo que se ha dicho ya, pero es una verdad como un templo. Por supuesto, hasta ahora los miles de autores que se han encargado de dar vida a los personajes de Marvel y DC han dejado su impronta, en mayor o menor medida. Pero creo que todos nos entendemos aquí. Hay una diferencia entre que sea la editorial quien ponga a un autor a trabajar siguiendo sus directrices “ a sueldo” y que sea el autor el motor de un cómic, el que lleve la iniciativa y proponga al editor hacer una obra. Con toda la libertad que sea posible, claro, sin injerencias, sin cambios sin consultar en el trabajo a posteriori, sin censuras, que las hay. Un imposible, lo sé. Imaginemos la historia que contaba del Doctor Muerte. Un villano poniendo en su sitio a las grandes multinacionales con el aplauso del pueblo. En Marvel, en 2011.

Así que sé que hay límites, claro. Es de cajón. Pero hoy, en un momento de efervescencia creativa espectacular en el cómic, con muchos más cauces para publicar de los que había antes, Marvel o DC ya no es la primera y única opción para cualquiera que quiera dedicarse al tebeo. Y eso ha ido minando la calidad de los cómics de superhéroes claramente. La industria ya no puede tener presos a los mejores talentos de cada generación, porque éstos tienen cauces para publicar sin su soporte. Así pues, toca bajarse los pantalones. Muchos autores “independientes” estoy seguro de que estarían encantados de trabajar con superhéroes, en proyectos puntuales. Los han mamado de pequeños. Pero no se puede trabajar como se trabaja en Marvel hoy en día. Es el momento de empezar a cambiar esa mentalidad y ofrecer a los autores otras condiciones laborales. Y por supuesto, que un autor haga lo que quiera hacer y no alargue su trabajo absurdamente. Hemos visto muchos casos últimamente, y uno de los más claros puede ser el de Strakcinsky en The Amazing Spider-man. Él tenía una historia que contar: la del totemismo, Ezekiel y Morlun. Entre medias, un montón de relleno que va de lo meramente tramitario a lo coñazo, y al final, terminó su etapa escribiendo una historia infame al dictado de sus editores. No me parece lógico. Los autores deberían presentar una historia cerrada, hacerla, y a otra cosa. Y por supuesto, los autores adecuados. Esto es complicado. Ni demasiado dentro del fandom ni demasiado fuera: autores que amen los superhéroes, que no quieran hacerlos sólo por el dinero que (aún) dan, pero que hayan salido de ahí y hayan hecho otras cosas que les aporten puntos de vista novedosos. La vía Busiek está ya agotada, creo. Pero tampoco es lógico que guionice cualquiera que pase por ahí. Echando un vistazo a los nombres involucrados en el enésimo proyecto de Marvel, una línea de novelas gráficas que recontarán el origen de algunos personajes, conozco uno. Los demás, francamente, no sé quiénes son. Desde luego puede ser culpa mía no estar más al día, pero… no creo que sean autores de primera línea. El desafío de Marvel y DC sería entonces ése: atraer a los mejores autores de cómic —ojo, no autores de la industria de toda la vida, sino del cómic en general; es decir, supone pensar de manera global, dejar de mirarse el ombligo y pensar que ellos son el cómic— que tengan algo que decir de sus personajes. Y dejarles que lo hagan, claro. Lo sé, lo sé. Utopías.

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13 Julio 2011

Hasta el infinito y más allá.

Hoy no voy a hablar de buenos cómics. Ni de cómics mediocres, ni siquiera de cómics que recuerde nadie sobre la faz de la tierra. Voy a hablar de cómics más malos que la peste, ilegibles hoy en día, e incluso entonces. Chungos, chungos. Los adoro.

Porque las cosas como son: en su momento flipé con ellos. La trilogía del infinito, para los que empezamos a coleccionar tebeos de Marvel en los noventa, son nuestras Secret Wars particulares. Cómics de mamporros, llenos de muñecos de colores, una puerta única para conocer mejor ese universo que, lo supimos mucho después, ya había dado lo mejor que tenía que dar y agonizaba sin remedio. Daba igual entonces. Todo era nuevo, cada personaje desconocido que veíamos significaba otra pieza en ese puzle que nos parecía apasionante, cada pelea entre héroes generaba discusiones interminables acerca de quién era más poderoso que quién… Hoy parece increíble, pero ahí se forjó mi amor por los tebeos, en los superhéroes de los noventa. No es que no diferenciara entre cómics buenos y malos —recuerdo leer reediciones de los X-Men de Claremont y Byrne y darme cuenta de que eso, comparado con la serie que entonces era actual, era otra cosa—, es que me daba igual. Como a todos a esa edad.

Pero centrémonos, que divago. Voy a dejar al margen de todo esto la primera parte de la trilogía, El guantelete del infinito, porque realmente no son malos cómics, ni se nota tan descaradamente la maniobra comercial. El guantelete fue en realidad el colofón a la saga de Warlock y Thanos, los dos personajes fetiche de Jim Starlin, guionista de todo este tinglado, que no lo había dicho aún. Superhéroes metafísicos, disquisiciones filosóficas un poco pasadas de vueltas, pero interesantes. Starlin se preguntaba por el poder, la muerte y la vida. Thanos era un buen personaje, a pesar de ser en origen una copia del Darkseid de DC —o así me lo pareció siempre—. Tenía su gracia: un ser ya de por sí poderoso que llevaba a cabo una búsqueda para conseguir el poder definitivo, con el fin de impresionar a su amada, nada menos que la Muerte, que pasaba de él muchísimo. Y después, en El guantelete del infinito, convertido en el más poderoso del universo, él mismo hace posible su propia perdición. Ya digo, esta primera serie tenía su aquél. Los héroes además tenían una participación testimonial, salían muy pocos y lo justo, en un combate además que incluso leído hoy me parece bueno. Era la historia de Warlock y sobre todo de Thanos. Y los primeros números los dibujaba George Pérez, claro, que siempre ayuda. De hecho, esta trilogía llevaba su nombre claramente. Pero, quién sabe por qué, a mitad de serie apareció su sustituto, que se curraría ya La guerra del infinito y La cruzada del infinito: Ron Lim.

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Totalmente desaparecido hoy en día, Lim era, lo voy a decir claro, un Pérez de tercera regional. Dibujaba rapidísimo, a fuerza de no detallar fondos, de no caracterizar a los personajes absolutamente nada —todos con la misma cara—, de dibujar con el automático. Cuando acabó los últimos números de El guantelete, ya era el dibujante regular de Silver Surfer, y pudo sin problemas con ambas. Hacía fácil lo difícil: pocos tebeos se me ocurren más jodidos de dibujar que éstos, con cuatro docenas de personajes por número. Y el tío parecía hacerlo con las manos atadas a la espalda.

Daba igual, ya digo. Lim en su momento molaba. Dibujaba muchos personajes, y ya está. Y Starlin… madre mía. Contada ya la historia que quería contar, no sé muy bien por qué alguien como él aceptó seguir con el show con intenciones exclusivamente recaudatorias. Podrían haber puesto a cualquier otro guionista de la casa al frente y habría dado exactamente igual. Pero siguió él. Quizás pensó que si había que prostituir a Thanos y Warlock, mejor ser él su chulo. Se sacó de la manga otra vez al Magus, reverso tenebroso de Warlock que en los setenta llevaba pelo a lo afro y ahora una coletilla ridícula. Ni siquiera recuerdo muy bien de qué iba todo aquello. La cosa filosófica seguía ahí… pero nos daba igual. Directamente nos saltábamos las páginas en las que Starlin tiraba por esos derroteros. Allí a lo que íbamos era a ver hostias de todos los colores. Y Starlin, o sus jefes, lo sabían. Muchos más superhéroes y con mucho más protagonismo, aunque en realidad en la resolución del conflicto no pintaran nada. La guerra del infinito molaba porque tenía portadas triples llenas de superhéroes chiquititos con las que podíamos competir a ver quién conocía más, molaba porque salían dobles malvados de los superhéroes, porque se pegaban entre ellos cada dos por tres, porque nada tenía sentido. El universo estaba en peligro y los Cuatro Fantásticos llamaban a todos los superhéroes, incluyendo a la Patrulla-X, que se suponía que eran clandestinos, y a los Nuevos Guerreros, menores de edad. Llamaban hasta a la Gata Negra, que a ver cómo coño tenían su teléfono. Caracterizar, lo que se dice caracterizar, Starlin caracterizaba a cuatro o cinco. El resto, carcasas intercambiables con poderes y trajes, sensación reforzada por el dibujo de Lim. Yo sufrí mofa y befa porque era —y soy— fan total de Spider-man y a las primeras de cambio lo atacaban a traición y lo mandaban al hospital, y se perdía el sarao. Había una subtrama con Kang y el Doctor Muerte haciendo algo, pero ni lo recuerdo ni en su momento le presté mayor atención. Al final, sorprendentemente, el universo se salvaba. Quedaba para la historia una serie limitada de seis números e incontables cross-overs en casi todas las series. Se libraron los mutantes, que por entonces partían el bacalao y tenían carta blanca para ir a su bola.

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Tan sólo un año después, el genio creativo de Starlin se revolvía en su interior: su cuerpo le pedía una tercera parte que cerrar las tramas y le permitiera dotar de verdadera complejidad a sus temas fetiche. En La cruzada del infinito, Warlock se enfrentaba esta vez a su parte buena, que tenía forma femenina y resultó ser aún más peligrosa que Magus. Starlin aprovechó para tratar cuestiones peliagudas como el fanatismo religioso, y ahondar en la religiosidad de los personajes, algo normalmente tabú. Ni de coña, claro. Sí, más o menos todo eso estaba ahí, pero era tan de sal gorda, tan fácil y superficial, que no aguanta ni siquiera una primera lectura. Nos daba igual, además. La cruzada molaba más que La guerra porque salían todavía más superhéroes. Hasta el Nómada, que andaba huyendo de la justicia, se dejaba liar para irse por ahí a un planeta raro. En una viñeta se decía que habían intentado contactar sin éxito con X-Force, lo cual me pareció lamentable, porque seguramente Cable habría acabado con el problema en dos minutos a base de tiros. Y ya digo que aquí lo de menos era la trama y sus supuestas implicaciones morales. Todos seguíamos la serie por los piños que se daban los héroes, porque además aquí ya estaban desde el principio divididos en dos bandos, los partidarios de la Diosa y los partidarios de no se sabe muy bien qué. El clímax de la serie llega en un número en el que, simplemente, los superhéroes se enfrentan por parejas, a lo wrestling, en peleas rapidísimas, muy cutres, pero que en su día nos flipaban. Yo no sé cuántas veces habré leído ese número. Con el rollo de que eran imprescindibles para entender la trama, Forum nos cascó entre medias de La Cruzada del infinito los números de Warlock y la guardia del infinito que se cruzaban con la serie, y eran un coñazo, porque efectivamente gran parte de la trama avanzaba ahí, y nosotros lo que queríamos eran peleas.

Ni pies ni cabeza, tenía todo aquello. En su momento ya me parecía algo raro la manera en la que todos los superhéroes se juntaban y colaboraban alegremente, pero leídos hoy, estos tebeos son infames. Resulta triste porque Starlin ha hecho cosas muy buenas y con verdadero calado, pero supongo que el hombre no quiso desaprovechar la ocasión de ganar buenas perras. Tras esto, por cierto, desapareció de la editorial una buena temporada.

En fin, quién no tiene historias así con tebeos chungos. Les tengo cariño, aunque los ponga a parir. Los releí —saltando los rollos, claro— mil veces, y ni sé las horas que me pasé copiando los dibujos de Ron Lim. Son estos cómics los que, con catorce años, te enganchan al género. Pero con treinta son los que te desenganchan a lo bestia. Todo depende del ojo del lector y lo ingenuo que sea. Y no voy a decir que echo de menos los tiempos en los que me podía emocionar con esto, porque sería mentira, pero sí que me doy cuenta del gran poder que tienen estos personajes y este género; si me convertí en el lector compulsivo que soy hoy con cosas como ésta, y peores, qué habría sido de mí si hubiera llegado a tiempo de leer las grandes etapas de Marvel, los cómics buenos de verdad.

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13 Julio 2011

Astro City en Entrecomics.

Nueva reseña al canto de un servidor en Entrecomics, esta vez del último arco argumental de Astro City. Pinchando aquí.

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12 Julio 2011

La buena y vieja industria del cómic.

Ramón Sabatés trabajó durante setenta años en TBO y en las revistas de la editorial Bruguera, y creó la sección de Los grandes inventos del TBO y al personaje del profesor Franz de Copenhage. Sus originales eran reimprimidos innumerables veces e incluso vendidos sin que él percibiera dinero alguno. Murió en el año 2003 en la miseria, tras enormes problemas económicos que lo llevaron junto con su mujer Enriqueta a un asilo de religiosas.

Josep Coll i Coll publicó sus historietas en múltiples revistas, pero especialmente en TBO. A pesar de convertirse en uno de sus dibujantes más populares, tuvo que compaginar su trabajo como artista con la construcción debido a lo poco que cobraba, y finalmente dejar de dibujar en los sesenta para dedicarse exclusivamente a su trabajo como albañil. En los ochenta volvió a publicar en la revista Cairo. Se sucidió en 1984.

Gene Colan trabajó en los años 50 en diversas publicaciones de ciencia ficción, misterio, terror y romance. En la década de los 60 comienza a dibujar para Marvel en series como Daredevil o Iron Man, y cocrea, junto al guionista Marv Wolfman, La tumba de Drácula, serie en la que debutó el personaje de Blade, del que, años más tarde, se produjeron tres exitosas películas. Colan pasó sus últimos años realizando commisions —dibujos por encargo para aficionados—, antes de que una enfermedad lo postrara en la cama. Para poder costearse el tratamiento, Colan subastó dibujos y cómics firmados, ayudado por sus amigos, que organizaban las subastas. Firmó tebeos hasta que el dolor que sentía se lo impidó, dos meses antes de morir en la cama de un hospital, recientemente.

Manuel Gago creó uno de las series más emblemáticas del tebeo español: El guerrero del antifaz, publicado por primera vez en 1944. En 1946, ante el éxito de la colección, el editor de Editorial Valenciana, Juan Bautista Puerto Belda, registró al personaje como propio, e incluso llegó a aportar un dibujo de Gago como si hubiera sido dibujado por él. Gago trabajó durante décadas con el personaje en estas circunstancias, y sus herederos, tras su muerte, iniciaron una batalla legal para que la verdadera autoría del personaje fuera reconocida y para recuperar los originales de su padre, sometidos sistemáticamente a un expolio vergonzoso.

Bill Finger fue el más importante de los muchos negros que Bob Kane empleó en su creación, Batman. Ninguno de ellos firmaba su trabajo; sólo el nombre de Kane aparecía acreditado como autor de las historias. Finger, en realidad, cocreó al personaje dotándole de muchas de sus características básicas, entre ellas su propio nombre de guerra. También cocreó a Robin y a muchos de los villanos de la serie. Kane firmó un contrato con la editorial National que le concedía todos los derechos y dejaba fuera de toda mención a sus negros. De hecho, siempre fue muy agresivo con esta cuestión, negando su existencia y asegurando que creó a Batman en solitario. Cuando Finger y otros autores solicitaron a la editorial una mejora de contrato, al sentirse menospreciados cuando la serie de televisión de Batman llenaba de dinero las arcas de la editorial y de Bob Kane, fue despedido sin miramientos. Cuando intentó contar su versión de la historia de la creación de Batman, fue silenciado. Murió en 1974, alcohólico y sin ver reconocido su trabajo.

Son sólo algunos casos, los que me parecen más dolorosos o tengo más presentes, de cómo ha tratado la industria tradicional, la vieja maquinaria de hacer tebeos, a la mayoría de sus autores. Podría hablar de cómo los autores que trabajaron en la agencia de Toutain, Selecciones Ilustradas, en la época en la que dibujaban para la inglesa Fleetway, no podían firmar su trabajo, cómo trabajaban a destajo durante horas a base de estimulantes. O cómo los mangakas trabajan con horarios draconianos durante toda la semana, y existía la costumbre por parte de sus editores de recluirlos en habitaciones de hotel para que trabajaran sin parar hasta terminar sus páginas. No voy a hacerlo, porque no es mi intención ser exhaustivo. Sólo quiero dejar claro que los de arriba no son casos excepcionales o aislados. Lo que me interesa, en realidad, es llamar la atención sobre algo.

Está muy bien querer que se vendan muchísimos tebeos. Yo evidentemente soy el primero al que le gustaría que se vendieran cientos de miles a la semana. Pero no a cualquier precio. Añorar ciertos modelos editoriales, glorificar los tiempos pasados, implica, aunque sea inconscientemente, añorar una industria que aplastaba a los autores, que los fagocitaba sin miramientos, exprimiendo el talento, cerrando la puerta a la iniciativa personal, negando derechos de autor y devolución de originales, manipulando el arte original sin consultar, reeditándolo una y otra vez sin escrúpulos y sin pagar. Y que nadie se engañe: Bruguera no habría sido lo que fue sin estas prácticas. Es evidente que hay otras industrias —el modelo francés, mucho más respetuoso con el autor, como me señalaba hace poco Álvaro Pons—, y que otras, como Marvel y DC tratan hoy mucho más dignamente a sus autores. Pero, no lo olvidemos nunca, eso no ha salido de ellos. Ha sido fruto de la lucha de los autores, de gente que se negó a aceptar unas condiciones tiránicas y hasta crueles en muchos casos. Lo mismo en España. Es cierto que hoy la industria es pequeña, diminuta comparada con Bruguera o Valenciana. Pero yo no las hecho de menos ni un ápice. Creo que los autores han ganado muchísimo. No viven de sus tebeos, es verdad. Pero ya nos son esclavos.

La historia de la industria del cómic, o de las industrias del cómic, está llena de vergüenza. Eso no significa que a su amparo no se hayan creado obras maestras. El talento de muchos autores era tal que incluso en las peores condiciones eran capaces de producir excelentes cómics. Pero recordemos que entonces no había opción alguna. Un español que quisiera dedicarse a dibujar tebeos sólo podía ir a una de las grandes editoriales y dejarse explotar sin decir ni mu. Lo mismo, prácticamente, para un americano. La buena, la vieja industria, se construyó sobre los huesos de los verdaderos protagonistas de la historia del cómic: los guionistas, dibujantes, entintadores, coloristas, rotulistas, etc. que sólo desde hace unas pocas décadas están siendo valorados como lo que son.

Así que sí, por supuesto, tienen que venderse muchos tebeos, todos los que se puedan, pero no a cualquier precio. Yo no echo de menos los viejos tiempos en los que Jack Kirby era ninguneado, los autores de Bruguera obligados a copiar a los franceses, y tantos otros eran robados con total impunidad. Creo firmemente que el respeto absoluto, sagrado, por el autor debe ser el centro del negocio de los cómics, por encima de cualquier otra consideración, incluyendo, sí, la ganancia económica.

Y si amamos los tebeos, defendamos a los autores, siempre. Sé que se hace, que es algo sobre lo que los lectores están sensibilizados. Pero a veces, la nostalgia es traicionera. Por eso creo conveniente recordar a costa de qué las viejas industrias funcionaban como lo hacían. Y seguir, por supuesto, diciéndolo todas las veces que hagan falta, porque Colan murió hace unos días, tan sólo, en la más absoluta miseria. Y eso es vergonzoso y repugnante, y no debería suceder nunca más. Aunque sucederá. Lo sabemos perfectamente.

Fuentes:

Sobre Ramón Sabatés.

Sobre Josep Coll.

Sobre Manuel Gago.

Sobre Bill Finger.

Gracias a Álvaro Pons por ponerme tras la pista del caso de Gago, que desconocía.
La historia de Coll está magnifícamente contada en la historieta publicada en ¡Caramba! número 1 de Santiago García y Javier Olivares.

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