22 Noviembre 2009
Vaya por delante que a mí los premios, por regla general, ni fu ni fa. Ni me causa especial alegría que se lo den a una obra que a mí me guste ni le doy más valor que el anecdótico, ya sean populares o elegidos por jurado. Pero es que lo de los salones de España tiene tela. Ahora tocan los del Expocómic. Se ha hablado algo de los nacionales, de por qué no está Las serpientes ciegas, premio nacional de este año. Pero yo me voy a fijar en los internacionales. En el año de Catálogo de novedades ACME, en el año de George Sprott 1894-1975, de Dándole vueltas, de Breakdowns, de All-star Superman... ¿nominan el Black Summer de Ellis? ¿Northlanders? ¿Los muertes vivientes de Kirkman? Yo viendo esto entiendo que la organización quiere darle un tono popular a los premios y evita obras demasiado sesudas, pero, vaya... ¿no es tirar el nivel por los suelos? Quitando La educación de Hopey Glass, todas son obras de género y mainstream. Y además, americanas. Nada en contra, ya digo: cada cual es libre de darle a sus premios el cariz que quiera. Pero que no hablen de "mejor obra internacional", porque suena a coña cuando todas son del mismo país y son las que son. Que hablen de mejor obra americana mainstream, y todos contentos. Y otra cuestión: la nominación de Epicuro el sabio, que es reedición, al menos parcialmente. ¿Valen reediciones, entonces? Porque este año hay unas cuantas bastante mejores. Ni se sabe qué criterios se siguen para elegir los nominados, ni se intenta al menos aparentar cierta variedad. Resultado: me reafirmo en mi desinterés. El mismo que siento por los salones en general, la verdad.
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21 Noviembre 2009
Acabo de leerme Incógnito, lo nuevo de Ed Brubaker y Sean Philips. Y está, como casi todo lo de Brubaker, muy bien. Se nota un poco repetitivo ya, demasiado parecido a Sleeper o Criminal, pero como sigue sorprendiendo y lo hacen ambos tan bien, se perdona todo. Brubaker es lo mejor que le ha pasado al cómic mainstream americano desde los buenos tiempo de Warren Ellis. Pero a lo que voy.
Señor Uriel López, traductor de este tebeo: HOSTIA es con HACHE. De verdad, búsquelo. Que pase que uno esté harto ya de verlo en foros y blogs, pero como empiece a proliferar la falta de marras en el trabajo de los profesionales, apañados vamos. Que Ostia es otra cosa.
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21 Noviembre 2009

El Escuadrón Supremo fue creado por Roy Thomas en los años setenta como un homenaje a la Liga de la Justicia de DC Comics y una forma de hacer cross-overs encubiertos. Y digo homenaje y no plagio porque su creación es fruto de un momento muy especial en el que los profesionales de las dos compañías tenían entre ellos una relación de total amistad y confianza que hacía imposible que a alguien se le ocurriera denunciar a Marvel por el Escuadrón. Igualito que ahora, vamos. Tuvieron un par de apariciones, hasta que, en 1984, Mark Gruenwald tuvo una idea: una historia de superhéroes vistos desde una óptica realista. Y para ella, no podía usar a los personajes bandera de la editorial ni su universo, pero en cambio el Escuadrón era perfecto.
Gruenwald fue un guionista profesional y cumplidor, una enciclopedia viviente que amaba los tebeos de verdad, hasta el punto de que su última voluntad fue que sus cenizas se mezclaran con tinta para imprimir uno. Pero eso no puede impedir que su obra se juzgue con rigor. Y con rigor tengo que decir que su Escuadrón Supremo es un cómic normalito. Un quiero y no puedo al que le falta mucho para poder ser considerado una obra cumbre del género o un hito de alguna clase. Es cierto que la comparación que se ha querido hacer con Watchmen le ha perjudicado muchísimo. Es un disparate. Escuadrón Supremo NO es el Watchmen de Marvel. Y si lo es, no dice mucho de la editorial. La labor de Gruenwald no tiene nada que ver ni en intención ni en resultados con la de Alan Moore, y reducir Watchmen a un mero acercamiento realista al género es no entenderla. Es mucho más que eso, y mucho más de lo que pretende ser Escuadrón Supremo.
Superada la analogía, que le hace mucho más mal que bien a esta obra, es posible analizar sus aciertos y errores desde una posición más justa. La historia arranca tras una época en la que los miembros del Escuadrón habían sido controlados por un enemigo y habían llevado el país a una situación límite. Una vez liberados y derrotado el villano, los superhéroes toman una drástica decisión: tomar el control de EE UU para reparar el daño que ellos mismos han causado y, de paso, solucionar todos los problemas del país. Con este golpe de estado encubierto comienza lo que llamarán "Proyecto Utopía", que durará un año, tras el cual el Escuadrón devolverá el poder. A partir de esta premisa, lo que va a hacer Gruenwald es plantear toda una serie de cuestiones éticas y morales en torno a la labor de los héroes y sus límites. Los miembros del Escuadrón serán vencidos por la presión, cometerán errores, e irán acumulando esqueletos en el armario. Son, pese a sus poderes, hombres y mujeres corrientes que caen en las mismas debilidades. Los momentos más interesantes de Escuadrón Supremo serán fruto de esa dicotomía entre su condición de gente corriente y su deseo de salvar a la humanidad incluso a su pesar. La creación de una máquina de modificación de conducta obra de Pulgarcito, el genio que todo supergrupo que se precie debe tener, permitirá la eliminación del crimen y la resinserción de los delincuentes de todo tipo, pero también supondrá el mayor dilema de la historia y el que al final desencadenará el conflicto final y a la postre supondrá, por sus consecuencias, la derrota del Escuadrón Supremo. Asimismo, Gruenwald intentará dar a su historia un tono más adulto, especialmente en el tratamiento de la enfermedad, el sexo o la muerte.
El problema es que tras leer los doce números, uno se da cuenta de que, lamentablemente, todo esto se queda en la mera propuesta. Es interesante lo que intenta, pero no le sale. No hay la suficiente profundidad en el tratamiento de los problemas éticos derivados del poder, que es en realidad lo que debería vertebrar la serie. Las conversaciones y debates del Escuadrón en torno a todo esto son superficiales, cuando no infantiles. Las soluciones que plantean a los problemas de la sociedad también lo son. No está bien representada la magnitud de los mismos, ni da la impresión jamás de que el Escuadrón esté resolviendo problemas globales. Algunas cosas son de traca: inventan unos campos de fuerza portátiles que cualquier ciudadano puede comprar... ¡y luego se sorprenden de que los delincuentes los usen! Igualmente absurda es su solución para acabar con la enfermedad: congelar a los que se mueran y dejarlos guardados hasta que se descubra cómo revivirlos, como a Walt Disney, supongo. Sin comentarios.
Le falta complejidad en el tratamiento de los temas y los personajes, y le falta realismo. No tiene sentido que la gente entregue sin luchar el poder a unos tipos que hace dos minutos eran malos, por muy poderosos que sean. Ni lo tiene tampoco que las soluciones a los problemas sociales sean tan simples. El tono adulto cae por su propio peso debido a esto, pero también porque, por mucho que haya alusiones sexuales, sigue siendo un cómic aprobado por el Comic Code Authority, con todo lo que eso supone.
A la falta de consistencia en el desarrollo de unas premisas que, pese a todo, son interesantes, se une el peso negativo que tiene la tradición del género. Gruenwald no quiere o no se atreve a dar el paso adelante que una propuesta como la suya necesita. Fruto de las convenciones, el guionista introduce demasiadas tramas secundarias completamente prescindibles, que responden únicamente a meter algo de acción en cada tebeo individual, como mandan los cánones. El doble de Hiperión —el émulo de Superman del grupo— sobra tanto como la mayoría de los personajes secundarios que aparecen hacia el final de la serie, o como Amenaza Suprema, villano de opereta que habla en voz alta cuando está solo. Las tramas episódicas impiden un tratamiento más en profundidad de la trama principal y ayudan a distraer la atención del lector. De la misma forma, carece de sentido el cruce con Capitán América y el aspecto gráfico de la serie, que ya entonces era un poco añejo y excesivamente setentero. El principal dibujante de Escuadrón Supremo, Bob Hall, es el segundo mejor ejemplo de cómo la nostalgia puede ensalzar a un profesional mediocre o correcto, a lo sumo —el primero es Don Heck—, y convertirlo en un clásico que nunca fue. Acartonado y con poca destreza para dotar de expresividad realista a sus personajes, no pega ni con cola en una serie en la que, al menos en principio, las batallas estarían en un segundo plano. Lo mismo puede decirse de un Paul Ryan primerizo e irreconocible, o del episodio abocetado a toda leche por John Buscema y terminado por Jackson Guice. El final es algo decepcionante, por todo esto que comento. Tras todo el trabajo del Escuadrón, devuelven el poder a los EE UU habiendo cumplido su objetivo, y al final todos los dilemas se resuelven como siempre: a hostias. La batalla final acaba con cualquier tipo de sutileza o de intención de hacer algo distinto, aunque, eso sí, me ha sorprendido su violencia y el elevado número de personajes que mueren.
Una propuesta interesante porque apunta, aunque sea tímidamente, algunos de los temas recurrentes que el género tratará poco después en manos de guionistas menos apegados a la tradición y, me temo, más capaces, pero que se queda en agua de borrajas y no pasa de ser una lectura entretenida y curiosa, que empequeñece si hacemos caso a sus defensores y la comparamos con Watchmen, a pesar de que Gruenwald no sea más que el Lamark del Darwin que será Alan Moore. La edición de Panini, por enésima vez, se carga los colores por la puta manía de poner el papel satinado que hace que todo quede plano y chillón, y encima contiene alguna falta de escándalo —¿podrir? brrrr—. Pero es una batalla perdida. No se van a bajar de la burra.
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20 Noviembre 2009

El arte de volar ha sido, quizás, el cómic español del que más se ha hablado este año. Todo lo que he leído sobre la obra han sido alabanzas. Está prácticamente aceptado que el año que viene se lleva el Premio Nacional de calle. Pero, por algún motivo indefinible, he tardado en leerlo. Empacho de halagos, creo. Pero finalmente lo he comprado y leído del tirón. Y aunque creo que se ha exagerado un pelo con el tebeo, la verdad es que me ha parecido muy, muy bueno.
Como ya sabe todo el mundo a estas alturas, El arte de volar gira en torno a la vida y al suicidio del padre de su guionista, Antonio Altarriba. Altarriba padre se suicida en 2001, lanzándose desde el cuarto piso de la residencia de ancianos en la que vivía desde 1985. Pero El arte de volar va mucho más allá del relato intimista y personal que intuía a priori.
Y eso que en las primeras páginas me sentí algo decepcionado. Sí, era un buen cómic, excelente si se quiere, incluso, pero no entendía tantísimas alabanzas. No me estaba pareciendo una obra maestra. Porque lo que uno lee cuando empieza El arte de volar parece, y quizás lo sea en esas primeras páginas, una historia más de un español más. Una historia de miseria y de guerra civil, teñida quizás de algo más de tremendismo del habitual, probablemente gracias al dibujo de Kim, pero no mucho más. Una de esas narraciones que hemos visto ya muchas veces en cine, teatro, o literatura, bien contada, sí, pero en absoluto original o digna de mayores consideraciones. Asistí a la infancia de Altarriba padre en el pueblo, su huida a Zaragoza en busca de una vida mejor, los tiempos de la República, el estallido de la guerra civil, las diferentes escaramuzas, el exilio, la vuelta a España. Pero hay un momento que cambia brutalmente toda mi apreciación de la obra, no sólo a partir de él, sino también, y esto es lo grande, hacia atrás. Hay un momento en el que El arte de volar se transforma en una historia de renuncias, en una dolorosa narración sobre cómo la vida se convierte para Altarriba, para todos nosotros, en una larga muerte, cómo ha sido, en realidad, una larga muerte desde el principio. "Mi padre lleva cayendo noventa años". Es justamente eso. Ver cómo la vida aplasta a Altarriba padre es enfrentarnos a la posibilidad, o quizás a la certeza, de que a nosotros también nos aplastará. De que la felicidad es una quimera inalcanzable o, a lo sumo, una ilusión transitoria.
Es también El arte de volar la crónica de nuestro siglo XX, la historia que, sí, nos sigue tocando si está bien contada, porque remite a nuestra memoria colectiva. A lo que somos como sociedad. La vida de Altarriba es la vida de toda una generación de españoles a los que la guerra machacó sin piedad, que salieron del pueblo, encontraron ideales y después tuvieron que comérselos para poder sobrevivir. La guerra fue terrible, sí, pero más terrible aún fue la posguerra. El miedo al paseíllo, el hambre, la hipocresía y la cerrazón de unos valores repugnantes que hicieron de este país uno de los más atrasados de Europa y que aún sufrimos, son los que aplastan a Altarriba. Durante el conflicto armado vemos cómo al menos hay un pequeño lugar para el heroísmo y la camaradería. Es el momento de los ideales, en su caso, del anarquismo, del que se hace militante junto con tres amigos: la alianza del plomo, simbolizada con cuatro anillos hechos de balas. Todo es efímero. Muy pronto el joven Altarriba comienza a desencantarse. Primero con el bando republicano, al pasar éste a estar controlado por el comunismo, que convertirá a una banda de románticos en un ejército demasiado similar al que combaten. Después con sus propios compañeros, y con el resto de los países que miran a otro lado. La visión de la humanidad y de la sociedad que da Altarriba-autor es muy templada, pero no por ello podría ser más contundente y negra: somos escoria. Hasta el mejor de los hombres cae, o se vende con tal de tener más que el de al lado. Los ideales no sirven para nada. La revolución es una utopía, no llegará nunca porque aquél que quiere la revolución en cuanto tiene dos duros quiere aplastarla. Altarriba padre aprende, a su pesar, que debe por tanto renunciar si quiere poder vivir en sociedad. Renuncia a la felicidad cuando abandona el pequeño pueblo rural de Francia, renuncia a sus ideas y al pasado cuando, en hermosa metáfora, renuncia a su anillo de plomo y más tarde a las alpargatas de Durruti, símbolo de la libertad y del anarquismo. Su último acto de rebeldía es negarse a seguir trabajando para un antiguo compañero que se ha convertido en un capitalista, e, irónicamente, eso le lleva a volver a España y renunciar para siempre a todo en lo que cree. A partir de ese punto es cuando la vida va desgarrando a Altarriba, y al lector con él. Si desde que nace ha empezado a morir, cuando acepta el trabajo con un familiar que se dedica al estraperlo comienza la verdadera agonía. Tomar la hostia consagrada cuando se casa sin querer hacerlo no podría ser más significativo. Y así, la sociedad, el mismo paso de los años, sepulta a un hombre que ya no podrá ser feliz, que a base de tragar mierda se ha vuelto como los demás. Trabajando toda la vida para al final tener que vivir con lo justo, casado con una beata a la que, a la vejez, no soportará, a la que engaña porque ella se niega a follar con él, el nacimiento de su hijo le dará una pequeña luz de esperanza que finalmente no servirá de nada. Para Altarriba padre mirar hacia atrás es ser consciente de todos sus errores, de todas esas renuncias que han marcado su vida. No sería tan horrible si tuviéramos la sensación de que las cosas podrían haber sido de otra manera, que las elecciones podrían haber sido otras.
El ejercicio que realiza el autor con respecto a su padre es admirable. Lejos de idealizarlo, expone su vida a través de una total identificación con él. El hijo hace suya la vida de su padre, pasa de la tercera persona a la primera en un intento de catarsis que le lleve a comprender el suicidio. La primera persona —bastante buena: Altarriba no es mal escritor— nos lleva a la identificación con el padre, pero no a la excusa de sus faltas o sus errores. La inevitable y alargada sombra de Maus está ahí, pero la intención y el enfoque de El arte de volar son muy distintos a los de la obra de Spiegelman. Son dos acercamientos diferentes con el mismo tema de fondo, sin más. Sí tienen en común afrontar con crudeza momentos y situaciones incómodas. No debió ser fácil para Altarriba escribir al personaje de su madre, ni la terrible discusión que refleja sus últimos días en pareja antes de que el padre decida marcharse a un asilo y su hijo se tenga que hacer cargo de su mujer. Pero sale asombrosamente bien parado del trance, sobre todo porque transmite una sinceridad sin artificios, sin caer jamás en el melodrama de sobremesa. En esto, por cierto, creo que influye muchísimo la propia naturaleza del medio; una película de El arte de volar sería, casi con toda seguridad, un drama guerracivilesco más sin interés.
En cuanto al trabajo de Kim, éste queda necesariamente diluido ante la calidad del guión de Altarriba. Choca al principio, seguramente porque recuerda a su serie de Martínez el facha. Pronto se esfuma esa sensación, y el dibujo se convierte en algo completamente funcional, una ayuda para que el guión fluya. Kim es detallado y claro, y tiene mano para las expresiones faciales, pero, para mí, El arte de volar es un cómic de guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones puede seguirse perfectamente la trama sin prestar atención al dibujo. Eso no significa que no cumpla bien con su trabajo: la documentación es perfecta, la puesta en escena también. Sus viñetas son tan detalladas y aportan tanta información que permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Destaca además en un par de escenas oníricas excelentes, sobre todo hacia el final de la obra. Pero, aunque el propio Altarriba opinará lo contrario, creo que en el resultado final Kim no es determinante: con otros dibujantes el resultado no habría sido el mismo, claro, pero habría sido bueno igualmente.
Doloroso y desgarrador, sin embargo esto no impide que el tebeo esté meditado y excelentemente ejecutado en lo formal. Sin ningún tipo de floritura estilística, con una narrativa clara y conservadora, sin una viñeta más grande que otra, Altarriba estructura el relato en varias partes, de extensión desigual: como en la vida, los años de juventud son los más densos. Nos pasan más cosas, nos estamos haciendo como personas y todo nos afecta mucho más. Cambiamos. Consecuente y acertadamente, ésos son los años a los que el guionista dedica más páginas. Progresivamente, una vez que la vida está hecha, apenas pasa nada ya digno de mención. La rutina, el paso fugaz del tiempo hace que en las últimas páginas veamos envejecer a Altarriba padre casi de viñeta a viñeta. Los últimos años en el asilo, dieciséis, requieren muy poco desarrollo. Hemos visto, sin que todavía podamos asimilarlo muy bien, a un chaval de pueblo pasar a ser un viejo en una residencia. Ha perdido, como perdemos todos, como no podía ser de otra manera. Se siente fracasado e infeliz, angustiado. Poco le importa ya. Hay un guiño sutil pero sublime, cuando lo vemos leyendo a Kafka, el autor del que le habló un viejo compañero, en el campo de prisioneros de Francia, hace una eternidad. Pasan los días y los años, y al final, no queda otra opción. Altarriba padre comprende. Y el último acto de libertad, que quizás también es el primero, no puede ser más que saltar por la ventana. El arte de volar. El arte de vivir, que no es otra cosa que el arte de morir.
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19 Noviembre 2009

Hoy he recibido la selección de planchas de Krazy Kat editada por ese señor que ya parece un rey mago: Manuel Caldas. Y qué maravilla. Se trata de un recopilación de páginas publicadas entre 1937 y 1944, es decir, la última etapa de una tira que se venía publicando desde 1913. La obra de George Herriman es una obra fundamental del cómic, sin más. Junto con Little Nemo in Slumberland, el tebeo del que salieron todos los tebeos. Pero es mucho más. Es, como dijo Rafael Marín, un cómic underground antes del underground. Unos cincuenta añitos antes, nada más. Es una mezcla surrealista que muchas veces es tan hermética que no entendemos bien qué pasa. No siempre son historias o gags lo que se está contando. Krazy Kat es un juego contínuo, un experimento constante que inventa infinitos recursos, que retuerce la composición de página sin cortapisas de ningún tipo. Herriman tuvo la suerte de que su obra apasionaba a su editor, que le dejó libertad total en su trabajo. Y se nota. Krazy Kat es imaginación en estado puro, improvisación, delirio. Hay quien lo ha comparado con el jazz, y no le falta razón. Entrar en el mundo de Coconino County y sus habitantes no es nada fácil. Ya decía que muchas veces no hay historia. No hay continuidad ni rácord. Es una experiencia que no tiene mucho de racional: consiste en dejarse llevar, en introducirse en el mundo alucinado de Herriman, magnífico dibujante que con cuatro trazos es capaz de dar vida a sus personajes, a esa gata-gato idiota, Krazy, enamorada de Ignatz, un ratón que la muele a ladrillazos y suele acabar las tiras en la cárcel, y al Oficial Cachorro, enamorado a su vez de Krazy y eterno perseguidor de Ignatz.
El goce estético es en esta recopilación mayor que nunca, gracias a los colores restaurados por Caldas, que permiten apreciar en todo su esplendor el trabajo de Herriman, sus preciosos cielos, sus experimentos con las masas de negro, sus cabeceras, siempre distintas. No menos importante es la poesía de los textos, en los que Herriman mezcla idiomas, juega con los vocablos, y convierte la fonética en el centro de la lectura desplazando al mensaje. Son juegos de palabras sin sentido que a la manera de muchas vanguardias —en la época en la que empezó a publicarse Krazy Kat totalmente vigentes— buscan una reacción subconsciente por parte del lector. Todo esto hace que esta historieta sea imposible de traducir al español o a cualquier idioma. No hay forma humana de traducir los sinsentidos de Herriman cuando la fonética es crucial. Hay que leerlo en inglés, incluso si no se entiende del todo. Por eso hay varias decisiones en esta edición dignas de alabar. La primera, la de Caldas en lo que respecta a la selección. Cuenta en el prólogo Álvaro Pons que el editor eligió las cuarenta y dos planchas no sólo en función de su calidad sino también por que no tuvieran demasiado texto, para así evitar en la medida de los posible desvirtuarlo. La segunda, más acertada si cabe, por parte del traductor Diego García, al descartar totalmente el intento de traducción literal y optar por lo más lógico: jugar con el castellano igual que Herriman jugaba con el inglés. El sentido del texto y lo que se cuenta, "la acción", son los mismos, pero los recursos buscan trasladar, en la medida de lo posible —que es muy poco— el espíritu del lenguaje de Krazy Kat al español. Si miramos la traducción con benevolencia, y no puede ser de otro modo tratándose de la obra que se trata, hay que reconocer que García sale tan airoso como se puede, muy por encima de la traducción mecánica de Planeta que directamente eliminaba todos los juegos fonéticos. Y la tercera decisión atañe a algo que nunca podré agradecerle lo suficiente a Caldas, algo que es justo lo que debe hacerse con esta obra y que pese a ser totalmente obvio nunca se ha hecho: incluir los textos originales. Como se hace con la poesía cuando es bien editada. De esta forma se destierra cualquier posible objección que hacerle a la traducción, y permite ver perfectamente qué es lo que hacía exactamente Herriman con el lenguaje.
Una edición, en suma, imprescindible. Todo aficionado al cómic debería tener al menos esta pequeña muestra de Krazy Kat en sus estanterías, incluso aunque la obra no le apasione. Yo de hecho no la incluiría entre mis cómics favoritos, pero eso no impide que vea sus innegables y rotundos valores.
Página de Manuel Caldas: http://www.manuelcaldas.com/
Dirección de correos para pedidos: mcaldas59@sapo.pt
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18 Noviembre 2009

Acabo de releer este tebeo. En su momento me pasó algo desapercibido, supongo, como demuestra el hecho de que no me acordara de él. Pero ahora me ha sorprendido. Me parece de largo lo mejor que he leído de Garth Ennis desde los primeros números de Predicador. Y probablemente sea incluso mejor que aquéllos. Me explico. A mí Ennis me parece uno de los guionistas más sobrevalorados del mercado americano. Tremendamente limitado en argumentos, situaciones, temas y sobre todo personajes, lo único que le concedo es que es un gran dialoguista. Si se dejara de gamberradas escatológicas, ese caca culo pedo pis que puede que allí escandalice pero que aquí creo que está más que superado, podría hacer mejores historias. Predicador empieza bien. Compré hasta el tercer tomo. Ahí, me di cuenta de que no sabía a dónde iba ni cómo, y pasé de seguir, aunque, eso sí, el especial de Cassidy me parece genial. Su Punisher, que coleccioné hasta que Panini —o Planeta, no recuerdo si fue antes o después del acontecimiento cósmico— lo pasó a tomos. Entretenía. Era divertido. Me gustaba menos cuando empezaba con las neuras de Vietnam, más vistas que el tebeo, nunca mejor dicho. Pero cuando se controlaba con eso, Punisher era una cosa muy entretenida, un cómic alocado, para los estándares de Marvel, que no podía tomarse en serio pero que precisamente por eso se leía con gusto. Para ser un divertimento, probablemente la etapa Ennis duró demasiado. No puedo opinar. Sí compré el último tomo, en el que recuperaba a algunos personajes de su primera historia y a Steve Dillon en el dibujo, y bueno. O yo me he hecho mayor o Ennis ya estaba agotado. Creo que lo segundo, porque aún puedo coger de vez en cuando sus primeros Punisher y pasar un buen rato.
Es lo que he hecho hoy. Y ya digo que me ha sorprendido. Primero porque No caigas en Nueva York es una historia dura. Sin necesidad de pasarse de rosca, sin casquería, sin exageraciones. Por eso resulta infinitamente más efectiva y estremecedora, porque parece real. Porque podría serlo. Y segundo por la reflexión, concisa y sin politiqueos, que del 11-S se hace —en la portada, por cierto, se observa la silueta de las Torres Gemelas—. En dos frases es mucho más certero que Straczynski en su célebre número de Amazing Spider-man en el que se ve la destrucción de las torres, aquél en el que prácticamente se mimetizaba el mensaje oficial de Bush, aquello de la justicia infinita, y podíamos ver al Doctor Muerte llorando frente a los escombros, supongo que de rabia porque Bin Laden le había ganado por la mano. Es cierto que la papeleta que le tocó a Straczynski no fue fácil, y que tuvo que escribir en caliente. Con un par de meses más de reflexión —el tebeo lleva fecha de portada de enero de 2002, pero los cómics en EE UU salen dos meses antes de lo que marca la cubierta—, y sin la intención de abordar los motivos o repercusiones del atentado, Ennis, por boca de Frank Castle, ataca de una manera demoledora la actitud de los americanos que, necesitados de curación, se aferraron, comprensiblemente, a valores tradicionales: solidaridad, altruísmo. Cada americano es un héroe anónimo, y juntos podrían superar todas las dificultades. Esa forma de pensar se plasmó especialmente en Nueva York y en todos los actos posteriores al atentado, que buscaban comprender pero también sanar a través de la comunidad y el consuelo colectivo. Todo mentira. Punisher es brutal: “La vieja New York sigue esperando bajo la superficie. En los ojos de la dependienta que rechaza tu tarjeta. El director de banco que te embarga la casa. El cirujano que te dice que tu mujer no sobrevivirá”. Punisher, que se sabe un monstruo, se da cuenta siempre de que el resto de nosotros también lo somos. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre, y la insolidaridad, el odio, el rencor y el egoísmo están justamente donde estaban antes del 11-S: en las calles. De todas las grandes ciudades, sí, de todo lugar donde haya hombres, pero más que en ningún otro sitio en la urbe más poblada de occidente. No caigas en Nueva York: nadie va a recogerte. A partir de ahí, Ennis construye una historia redonda, un ejemplo perfecto de cómo hacer un relato corto en cómic. Su viejo teniente de los tiempos de Vietnam se ha vuelto loco. Ha matado a su mujer y a sus hijos, y deambula por la ciudad, matando más aún. Punisher le debe acabar con él, y arrebatárselo a la sociedad enferma que lo convertirá en un espectáculo. Le debe un disparo limpio, y recogerlo cuando caiga. Así acaba No caigas en Nueva York. “Te he cogido”.
¿Reaccionario? Sí, es posible. Pero es ficción, y para eso está: para cuestionar la realidad y meter el dedo en la herida. Porque lo que se valora aquí es qué es más deleznable o atroz: un disparo en el pecho o convertir un asesinato en un espectáculo de masas, como tan acostumbrados estamos a estas alturas de la película.
Me sorprende, para bien, que Marvel publicara con el atentado tan reciente una historia con un mensaje tan incómodo y negativo. Cuando lo que se estaba dando era esperanza y consuelo, cuando el mensaje era ensalzar el valor y la entereza de los neoyorkinos, cuando en los cómics se decía una y otra vez que el hombre de a pie, especialmente bomberos y policías, eran los verdaderos héroes, Ennis se desmarca con un mensaje escéptico, duro, y, me temo, bastante más realista. La pregunta es por qué un tipo capaz de hacer un tebeo tan lúcido se empeña en escribir paridas provocadoras una y otra vez. Cosas de la vida.
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17 Noviembre 2009
En 1999 Mike Oldfield volvió a cambiar radicalmente. Con un look más normal, sin estridencias, con más publicidad de la que tienen ahora sus discos pero no tanta como la que tuvo, tan sólo un año antes, Tubular Bells III, salía al mercado Guitars.
Injustamente ignorado por los seguidores y la crítica en general, probablemente porque es un álbum que ni se ama ni se odia, Guitars supone, para mí, el último trabajo digno del pasado de Oldfield. El mejor disco de la era Warner y aún por superar —y probablemente, así se quede—, Guitars se aleja radicalmente del tono ibicenco-fiestero de Tubular Bells III y de su pompa y boato artificiosa. Oldfield, criatura de extremos, se encerró en el estudio y completamente en solitario, compuso este disco de carácter íntimo partiendo de una idea sencilla: que es ante todo un guitarrista y por tanto era capaz de hacer un álbum exclusivamente con dicho instrumento. No fue mala idea, pero nunca le vi sentido alguno a trastear con una guitarra midi para fabricar percusión en lugar de usarla real. Más allá de la excentricidad, el resultado, como decía, es muy digno. Un disco trabajado como no se ha trabajado ninguno de los que vinieron detrás, con una técnica que, si bien está lejos de la mostrada con justificada arrogancia en los años setenta, está lo suficientemente pulida como para exponerla sin excesos en la producción. Las acústicas suenas crudas y crujientes, sin efectos, y las eléctricas tienen, al menos en ocasiones, una garra que probablemente ya pocos esperábamos encontrar. Se nota que es un trabajo hecho por capricho, que motivó a Oldfield, que lo mimó hasta el detalle, que incluyó composiciones mínimamente complejas.
No es, cuidado, el mejor Oldfield. Aquél se agotó con Amarok. Pero sí es un disco de madurez aceptable. Y decir eso es mucho decir viendo lo que vendrá después. Es lo mínimo que se puede esperar de él: un mínimo de técnica, un mínimo de marca de fábrica, un mínimo de complejidad... Es la mejor forma de definir Guitars: es un disco que recibe el aprobado con holgura, que no contiene ninguna aberración, que no desespera y se escucha con cierto gusto y sin la amargura y, sí, la vergüenza ajena, que otros posteriores provocarán.
Guitars es un disco agradable, que empieza y acaba muy bien, aunque atraviesa ciertos baches en ciertos temas, que pueden llegar a aburrir un tanto. Pero los dos primeros cortes, el acústico Muse y el eléctrico Cochise son lo mejor del disco y los que, justamente, más fama tuvieron y tienen. Son dos muestras del espíritu de un disco sin pretensiones, pero compuesto con oficio y esmero. Otros temas me parecen más flojos, por monótonos o faltos de garra. Oldfield a la guitarra cumple igual, pero temas como Embers, Summit Day o Out of Sight me parecen excesivamente lentos y lineales. Se echa en falta, si de exprimir las guitarras se trata, algo más de caña, algún clímax más de los que hay. B. Blues o Four Winds —tema formado por cuatro partes— ofrecen algo más, aunque en ellos chirrían un tanto los sonidos sintéticos que Oldfield introduce. Mejor sabor de boca dejan Out of Mind y From the Ashes, donde, especialmente en el primero, se encuentra la garra que falta en otros temas.
El último disco de Oldfield que escucho con cierta frecuencia. Con sus defectos, que no son pocos, empezando por el hecho de que renunciar a todo instrumento que no sea guitarra no deja de ser una forma de renunciar a un aspecto importante de su carrera, el multiinstrumentalismo, supuso una alegría para aquellos que tras Tubular Bells III intuíamos que su música a partir de entonces tiraría más al tecno que al rock. Varios de sus temas pudieron escucharse en la gira de Then & Now, y quizás por la falta de complejidad de los mismos, fueron de los que mejor sonaron en unos conciertos más que desangelados. Fue un espejismo, lamentablemente. A partir de aquí, la deriva definitiva. La falta de ideas, el hermetismo, el componer con gesto de aburrimiento sentado frente al pantallón de su ordenador, por el mero hecho de no caer en el olvido, supongo. A mi pesar, aquí lo veremos.
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15 Noviembre 2009

A los dos primeros volúmenes de esta serie me acerqué con cierta cautela. Los leí a la vez —bueno, a la vez no; primero uno y después el otro—, pensando que iba a encontrarme con la típica parodia del género de superhéroes que tanto se estila por estas tierras y que a mí me deja más que frío —¿frigérrimo?—. Pero no. Me equivoqué totamente. El Vecino era otra cosa, una que me sorprendió mucho. Santiago García y Pepo Pérez, jugando a mezclar géneros, conjugando los tópicos superheroicos con el slice of life, construyeron un tebeo fresco y divertido que se leía con la sorpresa que provocaba su originalidad. El primero me gusta más que el segundo, quizás porque como comedia está más lograda que el segundo como drama, pero ambos son interesantes.
Sin embargo, creo que palidecen ante la tercera entrega. Quizás es cosa del cambio de formato: se ha pasado del álbum "europeo", para entendernos, a un tomo más pequeño pero con más páginas, que permite un desarrollo distinto de las tramas. Pero al margen de eso, hay un cambio en el tono que creo tremendamente adecuado. En El Vecino 3 la aventura superheroica y el alter ego de Javier, Titán, pasan a un segundo plano, a un mero trasfondo que el lector ya conoce previamente pero que ahora no es más que un escenario para que se desarrollen las pequeñas historias de estos treintañeros con sus virtudes y, sobre todo, con sus miserias. Entre el humor y el drama, asistimos a las vivencias de Javier, que antes que superhéroe es escritor sin talento, su novia Lola, su vecino José Ramón, y Rosa, la novia de éste. Y sus miedos, sus neuras, sus traiciones, sus mentiras y sus verdades, son las mismas que las de cualquier grupo de amigos de su edad y clase social. Ante esto, el elemento fantástico es simplemente un trasfondo que lo tiñe todo, evitando así la monotonía y la similitud con otros slices, pero pocas veces emerge al primer plano, aunque, cuando lo hace, los resultados suelen ser tan buenos como en la escena en la que Javier/Titán descubre, o cree descubrir, que un miembro de la Legión Invisible ha entrado en su piso.
Puede que sea cosa mía, pero encuentro en este El Vecino cierta influencia del mejor Señor Jean de Dupuy y Berberian, en la forma de afrontar la cotidianidad y las relaciones entre los personajes, pero también, seguramente, porque éstos están en la misma franja de edad y se enfrentan a la misma crisis. Sin embargo, aunque los personajes de El Señor Jean también son deliciosamente humanos, en El Vecino los autores son mucho menos amables a la hora de plasmarlos, y quizás por ello un pelo más realistas. Porque Javier, José Ramón, Rosa, Lola, no son malas personas, pero tampoco buenas. Son, simplemente, personas. Como todos. Y pueden ser envidiosos, egoístas, mentirosos o traidores, pero también pueden pedirle perdón a un amigo, aunque sea de una manera tan sui generis y a la vez tan tremendamente natural como la que tiene Javier con José Ramón. Todos sufren, de una manera u otra, el gran mal de la sociedad occidental contemporánea: la incomunicación. Pero ninguno de ellos, y ahí está la gracia, cae mal o deja de ser entrañable de alguna forma. Y en su química, y en la que crean los autores entre sus creaciones y el lector, está el secreto del buen funcionamiento de este cómic.
En cuanto al dibujo, de nuevo me he llevado una sorpresa. Creo que Pérez, dibujante correcto en los anteriores álbumes, ha mejorado mucho en éste. Le ha sentado fenomenal el cambio al blanco y negro —y el rojo del uniforme de Titán, que queda genial—, y le ha ayudado tal vez a soltar su trazo y ganar en expresividad, con algunas soluciones gráficas que me recuerdan, y de nuevo puede ser cosa mía, a Blain: los "tembleques" de José Ramón, los brazos ondulantes de alguna viñeta... La ruptura con el estilo realista aporta frescura y dinamismo al conjunto, marcado por una narrativa férrea, de plantilla de tres por tres viñetas en todo el tebeo —a lo Watchmen, para entendernos—, con la que Pérez y García consiguen claridad y algún que otro momento brillante: ahora mismo me viene a la cabeza el polvo de Javier y Lola.
Ni revoluciona nada ni probablemente lo pretende, pero El Vecino se ha convertido por derecho propio en una de las propuestas más innovadoras e interesantes del cómic español. Un tebeo divertido, bien hecho, con un sólido guión y un muy buen dibujo, editado además muy bien por Astiberri, a un precio adecuado para lo que ofrece... Lo único que se puede pedir es que la siguiente entrega no se retrase mucho y tengamos otro El Vecino para el año que viene.
servido por The Watcher
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