La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Cine

5 Marzo 2009

La cosa esta que dicen que es Watchmen.

Una adaptación literal o a viñeta por fotograma de Watchmen nunca puede salir bien. Dado que Watchmen es un compendio de todos los recursos que ofrece el cómic, una película de Watchmen debería serlo de los cinematográficos. Para ello, igual que Alan Moore es un genio, habría que contar con un director que también lo fuera. Evidentemente Zack Snyder no es el equivalente de Alan Moore en el cine; quizás Stanley Kubrick podría haber cogido el concepto y hacer una película interesante. Por otro lado, una película meramente entretenida de Watchmen no podría interesarme menos. Watchmen no puede ser evasión, ni efectos especiales, ni fondos de croma, ni peleas coreografiadas a cámara lenta. La película será todo eso, y será una mierda. Porque Snyder es mediocre, y le falta inteligencia para entender el tebeo —huy, perdón, la novela gráfica—. Porque hay un motivo para que Búho Nocturno esté gordo y él no lo ha sabido ver.

Y esto es todo el esfuerzo y el tiempo que voy a dedicarle al tema. Ya es más del que merece. Simplemente, no voy a verla.

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23 Febrero 2009

Cine: The Wrestler.

AVISO: El que tenga la más ligera intención de ver la película que se abstenga de seguir leyendo: la destripo de principio a fin.

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Siempre he sentido una especial atracción por las historias de héroes acabados, por las historias crepusculares que cuentan los finales de personajes que alcanzaron la gloria pero viven el final de sus vidas, sabiendo que su tiempo ha pasado pero aún así conservando algo de su grandeza. A todo esto me olía The Wrestler; intuía que por estética y concepto la película exploraría precisamente eso: la miseria de un ídolo caído. Uno, que cada vez va menos al cine, o no va, directamente, tiende a tener mucho cuidado con las películas que ve. La cosa está cara, y la posibilidad de que sea una mierda es alta. Ni siquiera me vale ya que sea entretenida —adjetivo que muchas veces no deja de ser un eufemismo de “anodina”—: para eso me quedo en casa leyendo tebeos de mutantes, que también son malos pero al menos ya pagué por ellos hace años. Sin embargo, de vez cuando me animo y me arriesgo, y curiosamente lo hago intentando no saber demasiado de la película. Afortunadamente, The Wrestler, o El luchador, ha sido todo lo que esperaba y más.

Es una película cojonuda, buena de verdad. Y me importan muy poco los premios que se ha llevado o los que se pueda llevar. Con Oscar o sin él, la actuación de Rourke se recordará durante mucho tiempo. En realidad, la pregunta que surge es si en realidad es tan difícil hacer buen cine, si lo que hace The Wrestler es tan excepcional o el problema es que los demás son mediocres, porque, con lógicas excepciones, el cine comercial está llegando a niveles patéticos. La historia que cuenta, ahora la vamos a ver, no puede decirse que sea original, pero es el tratamiento de la misma, la visión personal, lo que diferencia obras como ésta de productos sin personalidad hechos con plantilla de los que hacen que las masas abarroten los cines, y lo que hizo que al salir del cine estuviera realmente tocado por lo que acababa de ver.

El director, Darren Aronofsky, que ya demostró en Pi su inteligencia y buen hacer, imprime a la película un toque pseudocumental, de cámara temblorosa que sigue al luchador —muchas veces sólo vemos su espalda, y de hecho tardamos en verle la cara como cosa de cinco minutos cuando empieza la película—, de ambientes sucios y desdibujados, alejados de cualquier glamour, al igual que los personajes de reparto, que parecen, y posiblemente lo sean, sacados de la calle. La clave está, claro, en que no es una película de gran presupuesto —seis millones de dólares, una miseria para los estándares actuales—, y en que al mantenerse en el sector independiente, Aronofsky ha tenido libertad para hacer cosas que en una película mainstream no podría hacer jamás, como sus experimentos con las elipsis en ciertas secuencias o la prácticamante total ausencia de banda sonora, al margen del heavy de los ochenta que escucha el luchador y poco más, lo cual le permite ofrecer escenas espectaculares, donde, en un silencio sepulcral, sólo oímos los quejidos y la respiración fatigada del protagonista, con la cámara fija.

Un sobrecogedor Mickey Rourke interpreta a Randy “The Ram” Thompson, un luchador de lucha libre, eso que los americanos llaman wrestling y que aquí conocimos en los años noventa como Pressing Catch. Ram llegó a lo más alto, fue campeón, ganó dinero, tuvo su merchandising... Veinte años después de aquello, no le queda nada. Vive en la miseria, en un parque de caravanas, trabajando descargando camiones y viviendo aún en el mundo aparte del wrestling, en la fantasía en la que era alguien importante, un ídolo. Lo grande del personaje es que desde fuera es, sencillamente, patético: un niño eterno que se niega a enfrentarse a la realidad, que no se da cuenta de que está acabado e intenta seguir viviendo su sueño. Está anclado en los ochenta, en los año de la gloria, pasa sus días escuchando a los Guns’n’Roses y Accept, lleva su figura de acción decorando la guantera de su furgoneta, y ¡hasta tiene una NES con el videojuego en el que salía! Y sigue, con sus casi sesenta años, enfundándose las mallas para luchar en gimnasios de poca monta, metiéndose de todo para poder mantener el tipo y aguantar además el continuo dolor con el que tiene que convivir tras años de llevarse hostias. Necesita audífono y hasta le tiembla ligeramente una mano, viste como un mendigo pero se gasta el dinero en teñirse de rubio platino y darse baños de rayos uva para agarrarse desesperadamente a su pasado, para no reconocer que está envejeciendo. Es ridículo. Pero Rourke, tremendo, consigue con su actuación que en ese patetismo atisbemos una grandeza real. En sus movimientos en el ring, en sus rituales, en sus cicatrices, se adivina un pasado mítico que hasta los que no somos seguidores del wrestling podemos intuir y entender, desde la brillante secuencia inicial hasta la camaradería entre luchadores y el respeto con el que todos lo tratan, a pesar de que fuera del mundillo nadie lo haga. Por eso, para seguir siendo alguien, Ram se conforma con las migajas. Y hasta eso se acabará pronto, como se ve en la mejor escena de la película, una firma de autógrafos de viejas glorias de la lucha, donde el luchador, que aún firma a un par de fans, comprende al ver a los que son mayores que él que muy pronto nadie lo recordará y caerá en el olvido, destrozado física y mentalmente por la vida que ha llevado.

Tras una pelea especialmente salvaje —los combates están amañados, pero no por ello dejan de salirse de madre—, su cuerpo destrozado no aguanta más y sufre un ataque al corazón. De golpe, Ram tiene que renunciar incluso a esa ilusión que estaba viviendo si no quiere morir. Es la parte más dura de la película. Ram intenta dejar la lucha e integrarse en una vida normal. Intenta recuperar a la hija que abandonó por su carrera, intenta, torpemente, encontrar el amor con una bailarina de striptease que, al igual que él, descubre que pronto será demasiado vieja para su trabajo. Nada le sale bien. Ram se da cuenta de que es un dinosaurio que no puede cambiar, que es incapaz de dejar de luchar porque eso es lo único que sabe hacer y lo único que tiene. Sin la lucha, su vida sí es una mierda. Por eso se niega a ser olvidado y elige morir en un último combate que le deparará la inmortalidad al convertirle el leyenda, y que emula el que le alzó a la cima, contra el mismo rival, de acertadísimo nombre, el Ayatolá. Y en una última secuencia brutal, impecablemente rodada, se desata todo el fatalismo que impregnaba la historia, y entendemos, y ésa es la grandeza de The Wrestler, que en el fracaso también hay épica.

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7 Diciembre 2008

Cine: Appaloosa.

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El Far West es la mitología de Estados Unidos. O lo más parecido que tiene. Al ser un país muy joven, sus mitos más antiguos se remontan un par de siglos atrás, a la época de la conquista del oeste, en la que buena parte de su territorio era aún salvaje y la ley no existía. Y en esa época, entre la historia y la leyenda, surge todo un panteón: David Crockett, Billy el Niño, Jesse James o Buffalo Bill, y más adelante otros enteramente ficticios, como el Llanero Solitario o los pistoleros de Marvel —Rawhide Kid o Two Guns Kid, por ejemplo—. Todos eran hombres duros, rebeldes que marcaban sus propias normas, a veces criminales, y otras hombres de ley, como los que ofrece Appaloosa.

Vaya por delante que yo nunca he sido un gran seguidor del western. No he visto demasiadas películas del género. Las que se hacían en los años 50 y 60, tanto las malas como las buenas, me aburren soberanamente con sus tópicos y sus indios malvados, y las revisiones posteriores que presentaban a los indios como hijos de la tierra profundamente espirituales y pacifistas casi me gustan menos. Pero hay ciertas películas en las que encuentro una épica crepuscular que me atrae, y mucho. En spaghetti westerns como El bueno, el feo y el malo o la más reciente Sin Perdón, o en westerns apócrifos como Regreso al futuro 3 u 800 balas —sin coñas— lo que tenemos es un oeste sucio y violento, sin ley, con ese enorme Clint Eastwood de poncho lleno de mierda y la mirada dura como el granito, con los duelos al amanecer de interminables primeros planos como el equivalente moderno de las justas medievales. Sí, hay algo en todo eso que me gusta mucho. Y en Appaloosa encuentro algunos de estos elementos, especialmente en el punto fuerte de la película, su casting, que no está dominado, como suele ser habitual en el cine actual, por un puñado de niñatos de cara bonita, sino por actores veteranos con mucho oficio y presencia. Los personajes de Virgil Cole y Everett Hitch, interpretados por Ed Harris —que también dirige— y Viggo Mortensen respectivamente, recogen el testigo de los personajes de Eastwood y como aquéllos, son hombres duros acostumbrados a vivir en un mundo violento, que crean su propia ley y la imponen por la fuerza. Mortensen es un excelente actor para un tipo de papel concreto, y ya va siendo hora de reconocerlo. En Appaloosa lleva el rifle al hombro como en El Señor de los Anillos llevaba la espada: como si hubiera nacido para ello. Su presencia, el empaque y serenidad que le da a su personaje, justificarían por sí solos ver la película. Harris está igualmente adecuado en su papel de hombre de ley implacable, y además como antagonista de los héroes está Jeremy Irons, capaz de lo mejor y lo peor, que en Appaloosa ofrece su mejor versión. Sólo sobra la chica, que además de ser mala la actriz, como personaje no se entiende bien, y la justificación para que sea más puta que las gallinas es confusa y poco convincente.

Sin embargo la película tiene problemas que impiden que pase de ser una película correcta sin más, y todos giran en torno a lo mismo. En el cine, la épica es evidentemente una cuestión argumental, pero también de ritmo, y a veces por encima del propio argumento. Hablaba antes de los duelos: ése es el mejor ejemplo de por qué un western debe ser lento, al menos en los momentos en los que tiene que serlo. Porque eso crea tensión, y le da una grandiosidad a todo que construye esa épica. En Appaloosa falta la pausa, la cadencia especial que precisa el género, y eso es lo que no entiende Ed Harris. Y echo en falta más tiros. Más acción, vaya, que estamos hablando de una película “del oeste”, no de arte y ensayo. Debe entretener ante todo, y cuando tienes, como mandan los cánones, a los dos mejores pistoleros del oeste como protagonistas, tienen que demostrarlo, no hay otra. Y apenas lo hacen. El duelo central carece de fuerza y se resuelve de una manera que puede ser más realista, pero no me interesa en un western. Y en el desarrollo de los personajes se queda a medio camino. Se echa en falta más conversación, o al menos más definición de los personajes principales. El sheriff Cole y su ayudante Hitch tienen mucha química, y su relación es sin duda lo mejor de la película, pero uno intuye que con esa relación se podría haber hecho algo mejor. La mejor escena de la película puede que sea cuando, ante el intento por parte de la chica de que se pelee con su ayudante, Cole no duda ni siquiera un instante de la palabra de Hitch. La banda sonora es otro de los puntos negros. Pedir algo de la altura de las composiciones de Ennio Moriconne sería mucho, pero es que en Appaloosa la música pasa completamente desapercibida y no es para nada adecuada para el género, y de nuevo eso resta épica al resultado final. Joder, no es tan difícil darse cuenta de cuánto importa la música para eso, sólo hay que darse cuenta de cómo, cuarenta y tantos años después, el mítico tema de El bueno, el feo y el malo aún pone los pelos de punta.

Con estos problemas la trama va avanzando, con algún destello —siempre relacionado con el buen hacer de los dos actores protagonistas—, varias cosas bastante poco creíbles —¿de verdad Cole no sospecha que hay algo raro en la aparición súbita de los hermanos Shelton?— y el esquizofrénico comportamiento de la chica, Allison, como mayor lacra de la película. La conclusión es lo mejor, sin duda, porque supone la constatación de que esos dos hombres duros de otra época, en la que todo podía verse en blanco y negro, se convierten en obsoletos e inútiles en los nuevos tiempos civilizados, en los que los vericuetos políticos sustituyen a sus pistolas. Cole no comprende este nuevo mundo y se aferra a su fe en la ley, aunque ésta haya cambiado, y el viejo sheriff, que antes era una leyenda, ahora no es más que un figura decorativa que no pinta nada. Hitch, en cambio, se resiste al cambio, no por él, sino por Cole, y acaba con su enemigo, para que él tenga una oportunidad de ser feliz en ese nuevo mundo, mientras que él mismo tiene que marcharse, cómo no, hacia el atardecer.

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14 Agosto 2008

Cine: Dark Knight. (AVISO: Spoilers. Luego no lloren).

Por fin. Por fin una película de superhéroes que no insulta la inteligencia del espectador, que no parece hecha por y para imbéciles, que no tiene agujeros en el guión del tamaño de un piano. Una película que no parece destinada únicamente a adolescentes salidos que lo único que quieren es ver algo de carne y a cuatro chulos de playa compitiendo a ritmo de música de la MTV por ver quién es más macarra. Desde los X-Men de Brian Singer no veía una película con un mínimo de profundidad, con personajes bien caracterizados… con un argumento, vaya.

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En los últimos años nos hemos hartado de ver mierda pura, películas absurdas que nadie podía tomarse en serio, todas producidas con la misma plantilla, hasta el punto de que casi eran la misma historia con los protagonistas como muñecos intercambiables —hagamos cuentas: las de Spiderman, Daredevil, Elektra, Motorista Fantasma, Los Cuatro Fantásticos, Catwoman, Iron Man, Hulk…—. Más que películas son vídeo-clips llenos de tonterías, coñas ridículas made in Hollywood, diálogos supuestamente ingeniosos y una vomitona de efectos especiales por ordenador que caducan a los veinte minutos, todo ello destinado a recaudar una pasta y a darle al público dos horas y pico de entretenimiento intrascendente con el que desconectar gusto estético y capacidad de juicio a un tiempo.

Afortunadamente, ahora ha llegado una película que demuestra que el pelotazo en taquilla se puede pegar igual con un trabajo de calidad, que se toma medianamente en serio el material que está adaptando. Una película decente, con un argumento complejo, con un director competente, Christopher Nolan, con actores como Gary Oldman y Morgan Freeman en lugar de cuatro pipiolos salidos de alguna serie de televisión de tercera. La primera entrega, Batman Begins, no estaba mal. Era algo farragosa, aburrida a ratos, y partía con el inconveniente de tener que mostrar todo el origen del personaje. Se podía decir que también respondía a esa plantilla patentada para películas de superhéroes —origen, interés amoroso, primeras hostias con archienemigo, el “ahora es personal”, hostias finales, ventana abierta par la segunda parte “a la búsqueda de más dinero”—, pero se veía seriedad, solidez en la realización. Era una película que se podía ver sin salir del cine cabreado por haber perdido tiempo, dinero y neuronas por igual.

Sin embargo, Dark Knight está bastante mejor. Cuidado, no digo que sea el peliculón del siglo. Se ha exagerado muchisímo con esta película. Es un disparate empezar a decir que es una de las mejores películas de la historia, o hasta la mejor, como se ha llegado a ver en alguna encuesta. Ni mucho menos, vaya. Quizás espoleados por los excelentes números de la recaudación, los fans de la película se han pasado, simplemente. Daba las impresión de que estábamos ante el nuevo El Padrino, y tampoco es eso.

Ahora bien, eso no impide que sea una buena película, con toda seguridad la mejor que he visto dentro del género superheroico, incluso mejor que la primera de Superman, cuya superioridad inalcanzable —e inexplicable para mí— es una especie de dogma de fe entre los aficionados. Es una película con cierta profundidad, que se permite ofrecer una reflexión más allá de las explosiones y las peleas que suelen dominar el género, más o menos acertada, más menos torpe, pero al menos está ahí. Manteniendo un tono medianamente adulto consigue un buen equilibrio entre desarrollo de personajes y acción, con efectos especiales bien medidos y sin abusar de la infografía, ciñéndose casi siempre a un realismo que le pega a la perfección a Batman. Un Batman, por cierto, que sorprendentemente no parece el protagonista absoluto de la película, ya que el guión tiende a repartir el protagonismo y el peso en la trama entre Gordon, Harvey Dent, el propio Batman y el Joker, que realmente es uno de los mejores motivos para ver la película. El posterior suicidio del actor y esa especie de campaña que hay para que le otorguen el Oscar póstumamente hacían pensar que había mucha exageración en todo esto, buscando aprovechar el morbo, pero no: la verdad es que lo hace muy bien. Este Joker —también gracias al guión— da grima, y cada aparición suya provoca una sensación de intranquilidad gracias al caos que simboliza. Me encanta por ejemplo que su locura no esté motivada por algún oscuro trauma que haga irresponsable al Joker de sus actos, como se ve cuando cuenta distintos orígenes para sus cicatrices, o que lejos se sobreactuar y hacer muecas continuamente, el actor opte por tics más sutiles, como los movimientos que hace con la lengua. Dark Knight tiene además la virtud de sorprender, al menos a veces, y eso es realmente difícil de ver. Como decía, la trama tiene cierta complejidad y es bastante original en cuanto a su planteamiento comparándola con la mayoría de adaptaciones de cómic al cine, cosa que se agradece.

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En la parte de las pegas hay que decir que la película peca de larga. Le sobra una media hora, y eso que creo que tiene un buen sentido de ritmo narrativo Nolan, pero tiene momentos algo aburridillos. El problema es que quizás a Dos Caras tendrían que haberlo reservado para una próxima película, lo que le habría dado todavía más fuerza al Joker y habría conseguido que Dark Knight fuera más ágil y breve, aunque también es cierto que tal y como estaba planteada la historia, la transformación de Dent en Dos Caras era necesaria para mostrar las consecuencias de los planes del Joker y forzar a Batman a tomar la decisión que toma al final y que deja una posibilidad para la tercera parte francamente interesante. El tema de Dent, por cierto, también tiene otro problema, y es que para cualquiera que conociera al personaje por los cómics estaba claro cómo iba a acabar, de igual manera que la muerte de Gordon no se la traga nadie con unas mínimas tablas en esto de los superhéroes. Además Gotham City es poco —nada— gótica. no tiene personalidad propia, es una ciudad más, similiar a cualquier otra gran urbe americana, sin gárgolas y abigarrados edificios antiguos en los que Batman pueda columpiarse.

En fin, que es una película recomendable, no sobresaliente, ojo, pero que al menos va un paso más allá y nos muestra una historia acerca de la toma de decisiones y la responsabilidad al aceptar sus consecuencias. Una historia de principios y de héroes, que es lo que sabemos que ofrecen los buenos tebeos del género. Una película que espero que marque de ahora en adelante las adaptaciones al cine de otros personajes, aunque lo dudo bastante. Por cierto, la mejor escena no es del Joker, ni de Batman: la protagoniza un negro enorme en la parte final, en uno de los barcos que el Joker llena de bombas. Genial.

 

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28 Junio 2008

El Señor de los Anillos, la película.

Pero no la (o las) de Peter Jackson, si no la hoy olvidada adaptación de 1978, dirigida por Ralph Bakshi, una película extraña y generalmente despreciada, que adaptaba la mitad de la historia de Tolkien (es decir, los tres primeros libros, teniendo en cuenta que en realidad cada volumen de la saga contenía dos libros). No es ni por asomo una buena película, eso hay que decirlo sin ambages. Y sin embargo, siempre he tenido debilidad por ella, porque creo que pese a ser totalmente fallida, tiene cosas muy salvables, e incluso escenas y personajes más fieles y mejores que los de las películas de Jackson.

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Cartel de la película. El Señor de los Anillos fue un desastre casi desde su concepción: un presupuesto paupérrimo para lo que se quería producir lastraba de forma casi definitiva una película que por el momento en el que se estrenaba estaba llamada a ser un éxito. Tenemos que entender que pese al nuevo boom de las novelas que se vivió con el estreno en años consecutivos de los largometrajes recientes, no es comparable a la popularidad que éstas alcanzaron en los años setenta, ni por asomo. El Señor de los Anillos fue la biblia de toda una generación que, desencantada con la sociedad en la que vivían, encontraron en la Tierra Media un mundo más atractivo, un retorno a la tierra (la Comarca) y un rechazo a la sociedad tecnológica (Mordor). Fue el libro de los hippies, de la psicodelia, y el auge de la música folk y la literatura fantástica (de diversa calidad) no dejan de estar relacionados con este fenómeno de masas que fue El Señor de los Anillos. Bakshi, que ya había dirigido muchas películas de animación previamente, se propuso hacer algo distinto, mezclando técnicas diversas para conseguir un film único. La animación tradicional se fusionaría con escenas rodadas con rotocospio, un aparato que permitía pintar sobre la imagen real del celuloide. Hay además multitud de efectos luminosos, de imágenes caleidoscópicas y escenas enteras filmadas como si fuera un teatro de sombras. El resultado es tremendamente irregular. En la época fue muy chocante ver cómo el dibujo animado de repente se convertía en un señor disfrazado (pobremente disfrazado); hoy es delirantemente cutre. Hacia la mitad de la película, por falta de presupuesto, se hace necesario acelerar la producción con el mínimo coste, y entonces las escenas de rotoscopio se multiplican, y además tratadas con mucho menos cuidado, sin repasar por encima en condiciones, pintando sin dar volumen, con simples masas de color sobre la figura real del actor.

Inicio de la película.

Lo curioso es que el mayor hallazgo de la película viene de su cutrez: y es el uso de todos esos trucos para taparla el que da lugar, de forma totalmente involuntaria por parte de sus creadores, a una atrayente visión de la Tierra Media. La paleta de colores que predomina en la película, la atmósfera opresiva que domina casi todas escenas (con humo enturbiando la imagen para que no cantara tanto), presentan un mundo crepuscular, en el que el cielo es rojo o negro, pero nunca azul. Un mundo desolado, especialmente a partir del bosque de Lorien, en el que los escenarios, velados y toscamente coloreados por encima de colores ocres, para evitar que se notara su precariedad, se convierten en lugares de pesadilla, con algunos momentos que rallan la alucinación psicotrópica. Es además un mundo medieval mucho más rudo y arcaico que el que aparece en la trilogía de películas. Donde éstas mostraban multitud de espacios abiertos y espectaculares paisajes, con civilizaciones en decadencia pero aún capaces de construir algo como Minas Tirith, la película de Bakshi es claustrofóbica y desesperantemente oscura.

Además, su guión (firmado por Chris Conkling y Peter S. Beagle, autor de una maravilla llamada El Último Unicornio de la que algún día tengo que hablar) es más fiel a las novelas que las películas de Jackson, no sólo en desarrollo argumental sino también en su espíritu. Los caminos por donde ha evolucionado el cine en general y el fantástico en particular no son los más adecuados para captar el espíritu de Tolkien. Ojo, que me gustan las películas de la trilogía, simplemente creo que se pasan de espectacularidad. Las versiones de los personajes de Bakshi, de ropas sencillas, sin adornos, que apenas van armados, contrastan poderosamente con los arsenales con patas que son Aragorn, Gimli y Legolas. Los toscos gondorianos (Boromir es un tipo vestido con pieles y un casco con cuernos, y no llevaba hacha porque la tiene registrada Gimli) no tienen nada que ver con los sofisticados guerreros que hemos visto en imagen real. Esa sencillez, tanto en el planteamiento como en la puesta en escena, encaja mucho más con la novela que la abigarrada sucesión de combates flipados. Otros detalles al margen de los estéticos me hacen pensar que Bakshi y sus guionistas comprendieron mejor ciertas cosas que Jackson y las suyas. Más allá de la interpretación subjetiva de escenas y personajes, hay elementos en la trilogía que no se pueden justificar: Aragorn (perfectamente encarnado por Viggo Mortensen, de eso no hay duda), está demasiado humanizado, se le dota de una debilidad que el público exige hoy en día a los héroes modernos: en este caso la vergüenza por la caída de su estirpe. El Aragorn de Bakshi, como el de la novela, porta con orgullo la espada rota de su linaje y no tiene dudas. Es un icono: no necesita estar humanizado. Otro ejemplo son los orcos. Los de Jackson son cojonudos, excelentemente maquillados y vestidos, pero su estética y comportamiento son herencia de una muy posterior al Señor de los Anillos: los juegos de rol que éste inspiró. Los orcos de Bakshi son tipos disfrazados con sacos y máscaras de carnaval, pero por arte del rotoscopio se convierten en masas amorfas de oscuridad, pesadillas inhumanas casi salidas del subconsciente. En este caso, como ambas versiones no tienen mucho que ver con los orcos de las novelas (bastante más humanos, si se recuerdan las conversaciones que mantenían), por apócrifas pueden ser igual de válidas. Como decía al principio, no es una buena película ésta. Hay momentos en los que casi parece un corto de aficionados (el Abismo de Helm parece una pelea entre cuatro amigos), hay escenas algo bochornosas, y el fracaso estrepitoso que supuso en la época (que impidió la realización de una segunda parte que cerrara la trilogía) no está injustificado. Hay que cogerle el truco al rotoscopio, y a esa mezcla única que puede parecer horrorosa si no se entra en esa Tierra Media delirante. Si lo conseguís, al menos merece la pena verla para comprobar cómo ciertos detalles son más fieles a la novela, por ejemplo que los elfos no tengan las orejas puntiagudas, cosa que jamás dice Tolkien, o cómo Peter Jackson fusila varias escenas sin rubor alguno (algo de valor tendrían): el Nazgul a caballo rastreando el anillo mientras los hobbits se esconden tras un árbol, o los Nazgul de nuevo en la posada del Pony Pisador creyendo que están matando a los hobbits. Acabo con dos vídeos que son el ejemplo perfecto de la diferencia de enfoque de ambas películas. Es el momento en el que Frodo le ofrece el anillo a Galadriel: ved cómo la versión del 78 es mucho más fiel al pasaje del libro y al personaje de Galadriel que la macarrada que se monta Peter Jackson para dejar al espectador flipado.

 

PS: Darse cuenta de lo de las orejas de los elfos es mérito de Álvaro Naira (marca registrada). Si lo mencionáis alguna vez en una reunión social, no olvidéis nombrar la fuente.

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29 Febrero 2008

Cine: Sweeney Todd.

Aunque cada vez voy menos al cine (porque cada vez me interesa menos el tipo de cine que se hace hoy en día), hay ciertas películas que procuro no perderme, entre ellas las de Tim Burton, director con altibajos, pero que siempre ofrece cosas interesantes en el peor de los casos, y alguna que otra obra maestra.

Sweeney Todd no lo es, pero me ha sorprendido porque en ella Burton se deshace de algunos de sus tics, sin dejar de ser él. Dicho de otro modo, es una película 100% Burton, pero un Burton que controla mejor sus excesos y evita los síntomas de repetición que empezaban a verse en sus películas.

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En Sweeney Todd ofrece un espectáculo delirante, macabro, y, si entras en el juego, muy divertido. El humor es negrísimo (más que en otras películas de Burton) y asume casi todo el protagonismo por encima incluso de la trama. El hecho de que la película sea un musical acentúa aún más ese clima, por contraste (los protagonistas hablan de hacer auténticas burradas mientras cantan felices). No hay además tanta noñería como en otras películas de Burton (ñoñería que me gusta, ojo, pero que ya empezaba a cansar). Me he dado cuenta con Sweeney Todd de cuánta culpa tenía la música de Danny Elfman en esa ñoñería. No es que sea un mal compositor, es que desde hace años se dedica a plagiarse a sí mismo, y a repetirse más que el ajo en las bandas sonoras, con esos agudos, esos pianitos cursis en realidad tan tramposos pero tan efectivos para provocar emociones. Aquí la música corre a cargo de Stephen Sondheim, que es también coautor del musical de Broadway que adapta la película, y la mejora se nota.

El Londres victoriano encaja perfectamente con el gusto estético de Burton, y la leyenda urbana (porque no hay una sola evidencia histórica de la existencia de Sweeney Todd) en la que se basa la película parece hecha a su medida.

Hay que decir también que el reparto de la película está bastante bien, y cumple con solvencia con la papeleta de cantar. Destaca sobre todo Johnny Deep, a quien es justo que se le reconozca, en una industria plagada de actores que se interpretan a sí mismos una y otra vez, como uno de los mejores actores del momento, uno de los pocos que hacen lo que se supone que tiene que hacer un actor: dejar de ser él y ser otro.

En fin, que la recomiendo totalmente. No es la película del siglo (ni la mejor de Burton, que para mí siguen siendo Big Fish y Ed Wood), pero es muy divertida, extravagante, y diferente a lo que se puede encontrar hoy en día en los cines. ¡Y sale Snape! ¿Qué más queréis?

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1 Enero 2008

Jim Henson: Laberinto.

En 1985, tres años después del estreno de Cristal Oscuro, Jim Henson y su equipo iniciaron el rodaje de su siguiente largometraje, Labyrinth (traducida como Dentro del Laberinto en España, aunque yo siempre me he referido a ella y lo haré en este artículo como Laberinto a secas). En esta ocasión, el proyecto contaría con la producción ejecutiva de George Lucas (hasta las cejas de dinero tras el estreno de su trilogía de Star Wars), lo que le permitió acceder a lo más avanzado en efectos digitales de la época. Y de nuevo, Henson confió la creación gráfica de los personajes a Brian Froud, que tan buenos resultados le dio en Dark Crystal, pero esta vez partiendo de un guión.

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George Lucas, David Bowie y Jim Henson.

En el rodaje de la nueva película estuvo su inseparable Frank Oz, aunque esta vez no como codirector, y además su hijo, Brian Henson, que había empezado poco antes a involucrarse en la compañía de su padre y trabajar como marionetista con él. Como guionista, Henson contó con Terry Jones, ex-Monty Python (algo que se nota mucho en ciertas escenas humorísticas), de forma que buena parte del resultado final de la película es culpa suya.

La historia bebe mucho de los libros de Alicia y el Mago de Oz, al menos en su punto de partida: Sarah, una chica con una imaginación desbordante que tiene que quedarse en casa cuidando de su hermano pequeño, invoca al rey de los goblins de las historias que lee para que le libre de él. Y aparece. Se lleva a su hermano, dándole un tiempo determinado para que llegue a su castillo, en el centro de un laberinto, antes de que el crío se convierta en un goblin para siempre. A partir de ahí, empieza el viaje de Sarah a través del laberinto, lleno de peligros, acertijos y tentaciones, hasta llegar al enfrentamiento final con el rey de los goblins.

En esta ocasión, Henson decidió que habría actores humanos interactuando con las marionetas. El papel de Sarah está interpretado por Jennifer Connelly, mientras que a Jareth, el rey de los goblins, lo encarna David Bowie. Aunque choque al principio, la verdad es que es uno de los mayores aciertos de Laberinto. Bowie está GENIAL, sin más. Es la definición de carisma, el villano perfecto, con esa cara de mala leche y su peculiar mirada de dos colores, caracterizado fabulosamente bien. Además, se involucró bastante en Laberinto, incluso componiendo varios de los temas que aparecen (incluyendo la fantástica Underground).

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Jareth en la réplica de la escalera de Escher.

Las marionetas de Laberinto siguen la línea de Cristal Oscuro y se benefician de todas las sofisticaciones técnicas logradas por el equipo de Henson en el anterior largometraje. Aunque perdían protagonismo frente a los actores humanos, fueron cuidadas al detalle. Los goblins (las marionetas más froudianas) son geniales porque en lugar de estar construídos en serie son todos distintos, pero el mejor sin duda es Hoggle, quizás la marioneta más realista creada nunca. Además de la actriz que iba dentro, era manejada por un equipo de cuatro personas que se coordinaba para dar vida a todos sus rasgos faciales (los ojos, la boca, las cejas) mediante un sistema de control remoto. Sin embargo, tanto las marionetas como los decorados y el vestuario, de alguna forma se notan al servicio de la historia, a diferencia de lo que sucedía en Cristal Oscuro, donde daba la sensación contraria.

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Hoggle y Jennifer Connelly.

Lo más importante de Laberinto es la magia. Desde el principio hasta el final transmite una sensación de maravilla (“El lugar en el que todo parece posible y nada es lo que parece”, decía una frase promocional) que nunca he vuelto a ver en ninguna película. A pesar de contar con los efectos especiales de los Industrial Light & Magic de George Lucas, sólo se usan para cosas muy concretas. Ése es el secreto de la atemporalidad de la película: mientras que los morphings de Willow (más o menos de la época) hoy en día son sonrojantes, la transformación de Jareth al principio de la película, de la que sólo vemos su sombra, funcionará siempre y es mucho más efectiva. La magia en Laberinto es algo sutil; es ilusión. Juegos de espejos, efectos ópticos, trucos de encuadre y enfoque con la cámara. Es el mismo laberinto, que parece infinito, las manos que forman caras, la escalera de Escher, y los malabarismos con esferas de cristal. La magia es una princesa que debajo del vestido lleva unos vaqueros.

No obstante, aunque me encante, Laberinto tiene algunas pegas. Con menos canciones y menos humor la historia ganaría. La escena de la batalla contra los goblins hacia el final no me gusta nada, pero todo ello son cosas comprensibles si tenemos en cuenta que la película está dirigida sobre todo a un público infantil. Pero bajo todo eso late lo verdaderamente importante, algo que se intuye detrás de lo evidente, y que no se terminar de explicar: en realidad todo lo que ha pasado es lo que Sarah deseaba que pasase. Se insinúa en la secuencia del enfrentamiento final entre ella y Jareth (mi parte favorita) y todo lo que aparece en el viaje de Sarah está en su habitación, de un modo u otro. Todo ha sido producto de su imaginación, pero no por ello deja de ser real. Eso es una de las cosas que más me gustan: no se utiliza el sobado recurso de sembrar la duda en el espectador de si todo ha sido un sueño. Ha pasado y punto, y con la misma naturalidad que lo acepta Sarah lo aceptamos nosotros.

Pero el mayor valor que Henson plasmó en Laberinto es la idea de que la fantasía y la ficción no son meros entretenimientos intrascendentes, sino que son, como han sido siempre, los mejores vehículos de aprendizaje y crecimiento. No es sinónimo de escapismo. Al principio Sarah es una cría caprichosa, y es a través de la fantasía como madura y se hace adulta, sin que eso signifique dejar atrás el mundo de su infancia, que la acompañará siempre (“En algunos momentos de mi vida, sin ninguna razón en especial, os necesitaré”, dice Sarah al final de la película) Jareth representa ese escapismo egoísta, y como tal tienta a Sarah, que en una simbólica escena rechaza la posibilidad de olvidarlo todo y quedarse para siempre jugando con sus juguetes.

Laberinto se estrenó en 1986, y fue el último largometraje que dirigió Jim Henson, y también el mejor testimonio del trabajo de toda su vida. Simplemente, es la imaginación en estado puro, un tesoro que podrás disfrutar toda tu vida. Fue una película que marcó a mucha gente de mi generación, y que es recordada como una de las mejores películas de fantasía que se han hecho nunca. Es lo que pasa cuando las cosas se hacen dejándose el alma en ellas.

 

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30 Noviembre 2007

Jim Henson: Cristal Oscuro.

A finales de 1982, se estrenaba Dark Crystal (Cristal Oscuro en España) en los cines. Fue uno de los proyectos más ambiciosos de Jim Henson, además de uno de los que más se enorgullecía, y eso a pesar de que su éxito fue moderado (aunque hoy es para muchos película de culto).

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Cartel de Dark Crystal.

La gestación de Cristal Oscuro empezó cinco años antes, en 1977, cuando cayó en las manos de Henson un libro de ilustraciones de Brian Froud. Henson, amante del folklore europeo, quedó fascinado por la obra de Froud, hasta el punto de que se puso en contacto con él y acabó por hacerle una visita a su estudio en Inglaterra. En esa época, Henson estaba pensando en realizar un largometraje, pero no había nada decidido, al margen de que quería una historia fantástica. Una vez pudo ver el trabajo de Froud de cerca le hizo una propuesta: Froud crearía a toda una serie de personajes y razas que protagonizarían su película. En lugar de escribir el guión y después trabajar en los diseños, el proceso sería inverso: Henson escribiría un guión y una historia para los personajes que Froud inventara. De hecho, Henson trabajó en la historia, las lenguas, las religiones de las distintas criaturas, en sus modos de vida y su organización social, en su arte. Como él mismo cuenta en el documental The World of Dark Crystal, sabía que todo ese trabajo no se vería en la película salvo en pequeños detalles, pero que era necesario para dotarla de verosimilitud.

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Jen y Kira.

De esta manera tan curiosa se inició la producción de Dark Crystal. A partir de los bocetos de Brian Froud, el equipo de Henson comenzó a trabajar en la construcción de los decorados y las marionetas que serían necesarias para la película, que no empezaría a rodarse hasta 1981. Dirigida por Jim Henson y Frank Oz, Dark Crystal es una película única. Protagonizada únicamente por marionetas y grabada en entornos reales (sin apenas usar ni el croma), desde el primer momento puede verse el esfuerzo titánico de todo un equipo de profesionales de lo más variopinto, reunido entorno a Jim Henson.

Una escena de acción. Atentos al diálogo del final, impagable.

Hay escenarios que cortan la respiración: mimados hasta el detalle más nimio, es un auténtico placer para el espectador observar el interior del castillo de los Skeksis, el modelo del universo de la vieja Aughra o el pantano en el que se encuentran los dos protagonistas, fabricado parcialmente con vegetación real.

Las criaturas que aparecen en la película son a cual más espectacular. El mismo detallismo que se aprecia en los decorados puede verse en las marionetas, no sólo en su aspecto, sino también en sus movimientos y expresiones faciales, realmente brillantes. Fue necesario idear multitud de nuevas técnicas para controlarlas que se probaban sobre la marcha, aportando ideas entre todos, y siempre con la máxima de que todo es posible. Por ejemplo, los Mystics y los Skeksis (mis favoritos), las dos razas ancestrales de las que ya sólo quedan diez miembros de cada una, eran manejados por varias personas: un marionetista se introducía en la marioneta (eran de cuerpo entero), mientras que otros accionaban partes del cuerpo que no podían controlarse desde dentro. Al mismo tiempo, varias personas se encargaban de controlar a distancia los movimientos de ojos y boca con unos controles especiales que desarrollaron y que revolucionaron por completo el manejo de muñecos en el cine, alcanzado unos niveles de expresividad y realismo jamás vistos. El pueblo de los Pod (¡creados por Froud inspirándose en patatas!), Aughra, y los dos Gelflings (los protagonistas) eran marionetas tradicionales, pero también tremendamente sofisticadas si las comparamos con las que se venían usando en Barrio Sésamo o The Muppet Show. Jim Henson se encargó de manejar a Jen, el Gelfling, además de a uno de los corruptos Skeksis, aunque prefirió no ponerles su voz para evitar que al espectador pudiera recordarles a la voz de Kermit. Por su parte, Frank Oz se ocupó de la vieja Aughra y del chambelán de los Skeksis. El resto de los personajes quedaron en manos de un numeroso grupo de actores, mimos, acróbatas y marionetistas, coordinados y entrenados por un famoso mimo francés que Henson contrató, Jean-Pierre Amiel.

La fiesta en el poblado Pod, una de mis escenas favoritas.

La única pega que puede ponérsele a Dark Crystal no es, sin embargo, pequeña: pese a que el resultado visual es insuperable, la historia que cuenta la película no está a la altura. Quizás por dedicar tantos esfuerzos a la creación del mundo y sus habitantes, quizás también por partir de los personajes y amoldar la trama a los mismos, la historia en sí queda en un segundo plano, oculta por el apabullante despliegue de imaginación que se ve en pantalla: una mera excusa para ir mostrando escenarios y personajes. Además abusa en exceso de los tópicos del género: una profecía, un pequeño e indefenso protagonista con el destino del mundo en sus manos, el viaje...

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Un Mystic.

A pesar del acertado tono crepuscular, de mundo que se muere, la historia es demasiado fría, cuesta empatizar con los personajes y emocionarse, y no porque sean marionetas, ni mucho menos, sino porque le falta algo de épica y algo de intensidad. La película, corta por necesidad, no ofrece suficiente desarrollo de los personajes para que entendamos sus motivos y su carácter. Por eso los mejores son los Mystics y los Skeksis, criaturas simbólicas que no necesitan ser desarrolladas para entenderse. Los Skeksis, además de ser las marionetas más logradas, protagonizan en su decadente corte los mejores momentos de Dark Crystal, como éste:

Pese a todo, la recomiendo sin reservas: Dark Crystal es una película que se ve con la boca abierta de admiración, y que compensa las carencias argumentales con un impresionante espectáculo que ningún efecto especial generado por ordenador podrá superar.

 

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