Categoría: Cómic
6 Noviembre 2009
He empezado a ver la serie de animación de Lobezno y los X-Men. Y estoy encantado: los X-Men que salen en ella son más X-Men de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos, pongamos, cinco años. He tenido la misma sensación que tuve con los primeros Ultimate X-Men de Mark Millar —qué tiempos, cuando Millar hacía buenos tebeos—. Inventan su propia continuidad pero mantienen todos los elementos definitorios de la franquicia, todo aquello que la hacía tan atractiva. Mientras que en aquellos cómics que dejé de coleccionar por puro aburrimiento guionistas que, buenos o malos, no tenían ni puta idea de qué debe ser la Patrulla-X se dedicaban a ir de un lado a otro embrollando cada vez más las tramas sin llegar jamás a ninguna parte, en los tres primeros episodios de esta serie encontramos a los X-Men en estado puro: una guerra abierta entre humanos y mutantes, campos de concentración, centinelas, tropas de asalto, la Hermandad de Mutantes Diabólicos, el profesor Xavier desaparecido, la mansión destruida, los X-Men desbandados, y sólo la Bestia y Lobezno, que son más Bestia y más Lobezno de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos cinco años, manteniendo el fuerte e intentando reunir de nuevo un equipo al tiempo que evitan que la guerra llegue a un punto de no retorno.
En el ajo anda metido Craig Kyle, un guionista que en su día hizo uno de los pocos títulos mutantes entretenidos de su momento, New X-Men —algunos de cuyos personajes aparecen de pasada en la serie de animación—. No me sorprende por tanto que Lobezno y los X-Men ofrezca lo que deberían ofrecer los tebeos: acción, diversión, personajes bien definidos. Aventuras. Emoción, intriga y dolor de barriga. E importante: para TODOS los públicos. Porque si los X-Men no los puede leer cualquier chaval de doce años, apaga y vámonos. Igual para Lobezno, convertida en los últimos años en un catálogo gore en el que Logan, que antaño luchaba por no ser una bestia salvaje aferrándose a su humanidad, mata, mata, y mata, y vuelve a matar, mientras los guionistas —muchos— que ha tenido en los últimos años le han quitado toda la gracia que tenía como personaje a base de llevar su factor de curación a tales extremos que lo convierte en inmortal.
Así que estoy tan contento. Luego la cagarán, o se irán por los cerros de Úbeda, o se repetirán como el ajo. Uno está ya demasiado desencantado, quizás, como para esperar que esto dure. Pero de momento, que nos quiten lo bailao. Los X-Men de verdad están en la tele. Tiene huevos la cosa.
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4 Noviembre 2009

No es que Hulka sea muy original como concepto, la verdad. Creada en la misma coyuntura que Ms. Marvel o Spiderwoman, no era más que una versión femenina de Hulk —además de su prima— que protagonizó una serie de tercera división y después habría caído en el olvido, de no ser porque le cayó en gracia a John Byrne, que la relanzó a finales de los ochenta en una de las colecciones más rompedoras de la historia de Marvel, y que, por no haberse reeditado nunca en nuestro país, no he podido leer jamás. En ella, Hulka vivía aventuras de tono marcadamente humorístico en las que rompía frecuentemente la cuarta pared y era por ello consciente de estar protagonizando un tebeo, al tiempo que Byrne la dotaba de una personalidad que le daba empaque como personaje y autonomía más allá de ser un Hulk con tetas. De alguna forma, la última andadura del personaje con serie regular es heredera de aquélla, pero también es por derecho propio mucho más.
Dan Slott no es, maravillémonos, ni guionista de cómics independientes, ni novelista, ni guionista de televisión. A pesar de ello, aunque parezca increíble, ha conseguido trabajar de forma regular en la Marvel de Quesada. No, Slott es un guionista de la vieja guardia, uno que como Kurt Busiek o Peter David, empezaron desde abajo, currando en las oficinas y haciendo de vez en cuando el guión de algún fill-in. Hacía tebeos de Ren and Stimpy e incluso se tuvo que buscar las habichuela en la acera de enfrente -DC Comics, claro-, antes de volver a Marvel y sorprender a todo el mundo con series como Hulka. El éxito le llega tarde, pero merecidamente.
Slott consiguió con sus dos volúmenes de Hulka —doce y veintiún números respectivamente— que los viejos lectores que por entonces aún luchábamos por no perder nuestro lugar en una Marvel en pleno proceso de entropía —que se inició con la llegada de Bendis a Los Vengadores y terminó con la Civil War, alrededor de un par de años después— consideráramos la serie poco menos que la reserva espiritual de occidente.
¿Era entonces una obra maestra la Hulka de Slott? En absoluto. Era algo que en estos tiempos es casi igual de excepcional: un tebeo de entretenimiento tremendamente divertido y bien hecho, guionizado por un señor que no va de estrella ni de reinventor del medio con cada cómic que pare, y sobre todo, que demostró que no es necesario cagarse en todo lo anterior para hacer historias de superhéroes modernas y de calidad. Claro, Slott, al contrario que otros guionistas que hacen superhéroes únicamente porque es ahí donde está el dinero, ama el género. No dejó de leerlo cuando le salió la primera espinilla, como Bendis o Straczynski —incapaz en su repaso a la historia de Spiderman de ir más allá de la muerte de Gwen Stacy—. Lee tebeos de superhéroes, conoce la historia de la editorial y la usa sin pudor para hacer disfrutar al lector veterano como es imposible disfrutar en cualquier otra colección del momento. No sé hasta qué punto su Hulka es disfrutable por lectores nuevos, pero desde luego para el veterano fue todo un placer leer historias hechas por un tío con el que no tienes la impresión de saber mucho más que él de los personajes que escribe.
Con un excelente sentido del humor del que también hace gala en su serie limitada de Los Vengadores de los Grandes Lagos, Slott construyó su Hulka sobre la premisa de que primaría su trabajo como abogada sobre su faceta de heroína, genial hallazgo que nos dio los mejores momentos de la serie, especialmente el número en el que Spiderman demanda por difamación a J.J. Jameson, una idea que de puro obvio no se le había ocurrido jamás a nadie. Todo en el trabajo de Slott se rige por la misma lógica interna, a caballo entre el clasicismo y la distancia irónica que le lleva a respetar la continuidad y acordarse de detalles olvidadísimos pero al mismo tiempo le hace soltar sus buenas pullitas a los fanáticos de la continuidad. Otra idea genial: en el universo Marvel se publican los mismos tebeos que en el nuestro, sólo que allí se basan en hechos reales y pueden ser utilizados como prueba en un juicio.
El reparto de personajes secundarios —Pug, el Asombroso Andy, el friki encargado del archivo de tebeos del bufete, Dos Pistolas Kid— añade variedad y permite introducir tramas secundarias que hacen que, maravilla entre maravillas, en un cómic de veinticuatro páginas de Hulka dé la sensación de que pasan cosas, que tenga densidad y no tengamos la impresión de estar siendo poco menos que timados.
Tuvo Slott suerte dispar con sus dibujantes: comenzó la serie un extraño pero interesante Juan Bobillo, que sin duda no era plato de gusto de todos -mío sí, conste- pero al que no se le podía negar muchísima personalidad. Le siguieron un correcto y claro pero soso Paul Pelletier y un todavía más anodino Rick Burchett que ya se mantuvo hasta el final. Paralelamente al deterioro gráfico, la serie fue perdiendo fuelle en los guiones. Le perjudicó mucho a Slott el torbellino de cross-overs en el que se estaba metiendo la editorial, y tuvo que sacar a Hulka de su trabajo como abogada —motor de la serie— y meterla a agente de SHIELD. Llevó la cosa a buen término como pudo el guionista, dando de paso en su final a Marvel una forma higiénica de solucionar problemas de continuidad recientes ocasionados por otros escritores menos cuidadosos. La colección fue dejada en las a priori adecuadas manos de Peter David: las malas críticas que recibió junto con el devenir del universo Marvel me hacen abstenerme de leer su final.
Atrás dejó un puñado de historias y momentos divertidísimos. Escritos con inteligencia y profesionalidad, los números de Dan Slott han sido el último cómic de superhéroes a la manera tradicional que he disfrutado de verdad, pasándomelo en grande con los guiños al pasado, riéndome con los chistes malos, y a veces, emocionándome con lo bien que conoce y mueve este hombre a los personajes de la editorial. Hulka era una especie en extinción, un recuerdo doloroso de lo que eran antes los cómics de Marvel. Tras su etapa en ella, Slott fue reclamado a empresas supuestamente más altas en las que, sin la libertad creativa que tenía en una serie secundaria como Hulka, dudo mucho que vaya a repetir lo que hizo. Qué le vamos a hacer.
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1 Noviembre 2009

No suelo comprar mucho manga. Primero porque el presupuesto llega hasta donde llega, aunque haya autores que me interesan mucho —Hino, Urasawa—, pero en parte también porque la inmesa mayoría de lo que se publica en España es shonen y shojo que no me dice absolutamente nada. Más allá de algunos clásicos de esos géneros —Touch, Ranma 1/2— y de autores a los que sigo como tales, como Jiro Taniguchi, mis incursiones recientes en el tebeo japonés son escasas y decepcionantes, por ejemplo el chasco que me llevé con Jacarandá. Sin embargo, esta vez me alegra decir que he acertado de pleno.
Hitler de Shigeru Mizuki es, como cabe esperar por su título, una biografía del dictador del bigotillo, y es, para mi sorpresa, muy buena. Digo para mi sorpresa porque quizás ya iba predispuesto a otro fracaso, pero no: Mizuki es un autor excelente y el tebeo engancha, no sólo por lo que cuenta, sino por cómo está contado. Acostumbrados como estamos al cansino ritmo narrativo del shonen de acción, moroso, que busca siempre alargar las tramas para con ellas alargar las series, se nos olvida —o se me olvida— que es un error considerar dicho ritmo como un elemento definidor del manga; todo lo más, lo es de un género o géneros concretos. Porque Hitler es un tebeo trepidante, que a pesar de la mucha información que ofrece no se hace nunca pesado, ni decae el interés en unos hechos por otra parte archiconocidos. La gracia está, claro, en la manera particular con la que Mizuki aborda esta historia que abarca desde la juventud de Hitler como pintor y vagabundo hasta su suicidio en el búnker de Berlín. Por un lado el autor es fiel a los hechos y realiza una aceptable labor de documentación sin caer nunca en la demonización del personaje, y esto, en 1971, tiene su mérito.
Por otro, hay un distanciamiento irónico tanto en lo argumental como en lo gráfico que le sienta genial a lo que se está contando, y que hace además que Hitler sea diferente a cualquier otra biografía del personaje. Esa diferencia dota de sentido a un tebeo que en algunos momentos es una sutil sátira, sin dejar nunca de lado el aspecto humano del dictador. Así, Hitler es presentado como un hombre inestable, de humor voluble, inseguro, pero también dotado de un extraño e inexplicable carisma. Mizuki juega con el paradójico hecho de que Hitler en las distancias cortas era visto con sorna, sobre todo por sus compañeros de partido antes del inicio del Reich, pero en sus discursos, ante grandes audiencias, era un imán. Y a través de sus vivencias y sus relaciones con los otros protagonistas de la historia, es como Mizuki soterra un humor que bordea lo negro: impagable el asesinato de Röhm, o la mención a la "voz de pajarito" de Franco.
Con su dibujo también define el tono: Mizuki me ha parecido sorprendentemente moderno en su grafismo, sobre todo las caricaturas a las que recurre para representar a todos los personajes históricos y que encuadra, con acierto, en escenarios realistas y muy detallados. El fuerte contraste que consigue cuando los personajes con nombres propios aparecen entre multitudes anónimas me parece simplemente genial, igual que cuando dibuja un Hitler heroico e hiperbólico, en consonancia con la publicidad política de la época, pero le coloca la cara de psicótico triste que tiene siempre su personaje. De trazo muy suelto, Mizuki sabe dotar a sus personajes de una expresividad increíble, otro de los puntos fuertes de Hitler.
Una agradable sorpresa, en definitiva. Me ha encantado este Hitler y su particular manera de afrontar el género histórico y biográfico, ameno pero riguroso, respetuoso pero iconoclasta y desenfadado. Quizás se le puede poner algún pero a la última parte, la que cuenta la segunda guerra mundial, no porque sea mala, sino porque creo que daba más de sí y merecía un poco más desarrollo, pero sigue siendo una obra redonda, excelente además para usarla en el aula, a pesar de que la historiografía ha desmontado algunas teorías que entonces se tenían como ciertas —por ejemplo, hoy sabemos que el encuentro de Hendaya entre el fürher y el caudillo fue muy diferente a como lo explica Mizuki—. La edición de Glénat es buena, y, esta vez sí, con un excelente precio. Doce euros por casi trescientas páginas con sustancia. Sólo una pega, y es relativa, porque habría que ver una edición original: algunas de las fotos que usa Mizuki están excesivamente quemadas y no se ven. No es grave, en todo caso, ni impide disfrutar de Hitler, un tebeo genial de un autor a seguir.
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22 Octubre 2009

Laika ha sido editado en nuestro país este mes, con cierto retraso —se anunciaba para septiembre—, tras ganar el año pasado el premio Eisner a la mejor novela gráfica juvenil. Es un tebeo que despertó mi curiosidad desde el momento en que Glénat anunció su publicación, porque siempre he sentido debilidad por este tipo de historias. Tras leerlo, sin embargo, me ha dejado cierta sensación agridulce.
El autor, Nick Abadzis, totalmente desconocido para mí, consigue que el tebeo funcione en algunos niveles, pero fracasa en otros. Laika funciona como crónica de unos hechos y como retrato de la URSS de los años sesenta, en plena guerra fría, alejado de tópicos y estereotipos a los que el cómic americano nos acostumbró en sus tiempos. Los personajes reconstruidos, fruto de un buen trabajo de documentación, suenan y parecen tan reales como exige este tipo de historias. Más allá del debate acerca de si es ético o no usar animales en las investigaciones humanas, Abadzis nos acerca el caso concreto de Kudryavka —verdadero nombre de Laika— y recorre sus pasos, rellenando los huecos en su biografía con ficción plausible y posicionándose del lado de los personajes contrarios a la experimentación sin demonizar a los que no lo son ni caer en discursos, al mismo tiempo que destaca la vergüenza del proyecto que llevó a la perra al espacio, y que hasta hace siete años se mantuvo oculta por la propaganda soviética: al contrario de lo que se dijo, se sabía de antemano que Laika no volvería, y no murió, como se hizo creer entonces, por medio de una inyección letal, sino víctima del estrés y del calor y con mucho sufrimiento. La obra de Abadzis presenta aquel proyecto como un mero ejercicio de propaganda, en el que se trabajó sin garantías y con prisas para poderlo llevar a cabo el día del aniversario de la revolución, y en el que lso beneficios científicos fueron escasos o directamente inexistentes. La muerte de Laika respondió por tanto a motivos políticos y sirvió de poco o nada, y esto lo dijo uno de los científicos que participó en aquello. Sí sirvió en su momento para despertar las primeras reacciones serias y organizadas por todo el mundo en contra del maltrato animal. Laika fue desde entonces y para siempre un símbolo, a pesar de que, aunque mucha gente lo ignore, fue la primera pero no la última perra en morir en misiones espaciales soviéticas, y EE UU había ya acabado con la vida de varios primates en pruebas similares.
El problema es que más allá de que la información documental y la historia interesen, Laika no es un cómic especialmente bueno. De ahí mi sensación agridulce. Abadzis tiene un dibujo decente —a pesar de que muchas veces cueste saber en qué estado de ánimo están los personajes por lo indescifrable de sus expresiones faciales—, pero fracasa, pese a sus esfuerzos, cuando intenta experimentar con el montaje de las viñetas o cuando incluye secuencias oníricas de la perra, que sueña que vuela. En eso y en su relación con su cuidadora observo que pretende provocar la complicidad del lector por el lado más fácil y más errado: humanizando al animal. No es necesario. Incluso aunque así se crea, no es preciso hacerla hablar junto al resto de los perros del proyecto a través de la imaginación de una cuidadora que lejos de presentarse al lector como sensible y amante de los perros, parece estar loca. No están bien encajadas esas secuencias, además, con el relato de los hechos más o menos objetivos, y su no inclusión no habría restado ni un ápice de intensidad a la historia, ni impediría empatizar con la perra y con la cuidadora.
No obstante, tampoco es que sea un mal tebeo. Tiene secuencias —la mayoría— narrativamente bien resueltas, y momento emotivos que se combinan con una narración de los hechos que no es fría ni lo pretende. Pero esperaba y se puede hacer más con esta historia, aunque Laika cumpla a la perfección con su objetivo de darla a conocer.
La edición de Glénat, por último, es buena, pero 19'90€ por ella es una clavada considerable. Sí, es en color y el papel es de alta calidad, pero volvemos a lo de siempre: ¿no habría sido mejor publicarla con un papel de menor calidad, que tampoco tiene por qué ser de tipo biblia, y abaratar el precio en unos pocos euros? Porque aunque estemos hablando de doscientas páginas, el formato es sólo un poco mayor que el de un tomo de manga de la misma editorial, y no trae tapa dura, además de que contiene alguna errata aislada, y aún así vale unos veinte euros que me temo que van a echar atrás a muchos compradores, como de hecho estuvieron a puntito de echarme a mí. De verdad, no sé qué esperamos que vendan ciertos cómics a estos precios.
servido por The Watcher
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17 Octubre 2009

Antes de nada, y para que quede claro: George Sprott 1894-1975 es un tebeo BRILLANTE. A partir de ahí, hablemos.
Seth es uno de mis autores de cabecera. En su momento, la lectura de La vida está bien si no te rindes —para mí siempre será ésa la traducción canónica, la de la edición, pésima, de La Factoría de Ideas, a pesar de que la posterior de Sins Entido sea más acertada— supuso junto a la de otro puñado de obras darme cuenta de que el cómic podía ser y era mucho más que los superhéroes disfrazados. Es comprensible que a aquel tebeo y a su autor me ate una relación que va más allá de lo puramente intelectual. Por ello, esperaba con muchísimas ganas y la confianza total en que no me defraudaría la nueva obra de un autor poco prolífico pero siempre acertado.
Y el veredicto es impecable. George Sprott es un cómic de los que, nada más terminar de leerlos, sabes que son automáticamente historia del medio. Muy influido, sobre todo formamente, por la obra de Chris Ware, es probablemente la primera muestra de los nuevos caminos que el autor del Catálogo de novedades ACME abrió para toda una serie de autores independientes a los que ha marcado profundamente. Es inevitable pensar en ello al ver las pequeñas viñetas de George Sprott, el cuidado en la composición de las páginas, la manera de jugar con el ritmo y con la transición entre viñetas. Pero cuidado, porque no estamos ante un mero imitador cualquiera. Seth es un autor que hace muchos años que goza de una voz propia inconfundible y personalísima, y que tiene ideas y emociones que transmitir, y su propia forma de hacerlo. Aquellos que como yo estén enamorados de La vida... o de la no menos espectacular Ventiladores Clyde —teóricamente, inacabada aún— reconocerán a su autor perfectamente en las páginas de su nuevo tebeo. Lo que hay de Ware en él va más allá de la imitación: es la asunción de las nuevas herramientas narrativas que éste ha creado y su utilización desde las intenciones y los puntos de vista propios. Así, encontramos soluciones narrativas muy originales y efectivas que explotan, y es éste y no otro el camino abierto por Ware, las posibilidades que tiene este medio y no tiene ninguno más. Sobre todo en la transición entre viñetas y el uso de las calles es donde Seth juega a inventar, con resultados sobresalientes: el bocadillo que ocupa dos viñetas consecutivas y cuyo texto está cortado por la calle para representar el hecho de que el personaje no oye bien lo que se está diciendo es el primero que me viene a la mente, pero hay muchos otros que, en sucesivas lecturas, se van descubriendo.
No me atrevo a calificar George Sprott con la expresión "obra madura" porque eso sería, por omisión, considerar las dos anteriores como "no maduras", y tal cosa me parece un disparate. Es una obra perfecta, sí, pero igualmente lo era Ventiladores Clyde, que contiene uno de los usos más impresionantes que se han hecho del tiempo narrativo en el cómic. No es eso, no. Es más bien la sensación de que en George Sprott Seth maneja por completo todas las herramientas a su disposición y cuenta exactamente lo que quiere contar, usando esas herramientas con meticulosidad y sin artificios, sin renunciar por ello a su sinceridad y su habilidad para tocar al lector, como tampoco renunció Ware.
Recurriendo de nuevo a la falsa biografía, que ocupa aquí un lugar más central que la del ficticio dibujante del New Yorker Kalo en La vida..., Seth reconstruye la vida del presentador de televisión George Sprott, que es la excusa y a la vez el hilo conductor a través del cual el canadiense aborda sus motivos de siempre: la nostalgia por el pasado, la melancolía, el irreparable paso del tiempo. Tiene Seth una sensibilidad especial que hace que un tema en el que otros caerían en un simplista y reaccionario "cualquier tiempo pasado fue mejor" sea sincero y profundo, y que el lector, incluso el joven, aprecie la poesía que hay en él. Esa melancolía resignada de sus personajes, que recuerdan, casi siempre con más amargura que verdadero dolor, su pasado, sin idealizaciones, es el rasgo definitorio de toda su obra, y el hecho de que siempre sea capaz de abordarla desde puntos de vista novedosos no hace sino engrandecer su talla como artista. La secuencia de viñetas que muestra la decadencia de una sala de conferencias hasta ser demolido y sustituido por una franquicia de venta de ordenadores ilustra a la perfección este elemento central de la obra de Seth.
Con ese fondo, el autor va ofreciendo pequeñas piezas de una, dos o tres páginas, que van conformando el puzzle que nos permite conocer a Sprott, a través de tres tipos principales de ellas: pasajes de su vida sin narrador y con la estructura más sencilla y tradicional, entrevistas a amigos, colaboradores y familiares del presentador, y las que relatan los hechos de su último día de vida. En estos últimos destaca, al margen de la excelente puesta en escena, el inteligente uso del narrador, al que siempre da Seth una importancia que quizás sólo se aprecia totalmente al leer varios de sus cómics. Si en La vida... usaba un narrador en primera persona al uso en el relato autobiográfico, y en Ventiladores Clyde era, en la primera parte, el propio personaje quien dialogaba con el lector, en George Sprott Seth experimenta con una voz en tercera persona que en apariencia parece que va a ser corriente, pero que acaba estableciendo una relación con el lector que nunca antes había visto en un cómic, o en una novela, una voz cuyo narrador nos hace partícipes de sus dudas acerca de cómo está contando los hechos, que se excusa cuando cree que algo no ha sido convenientemente explicado, que aparenta improvisación y transmite desasosiego.
Y mediante este puzzle, vamos conociendo la figura de George Sprott, explorador del ártico, conferenciante, y sobre todo presentador de un espacio en una televisión local de Canadá durante décadas con el que alcanzó una gran fama, a pesar de que cuando Sprott muere hace mucho tiempo que pasaron los buenos tiempos. Hay en su retrato y en su historia multitud de elementos desagradables. El abandono y engaño a una mujer inuit con la que tuvo una hija, la infidelidad a su posterior esposa. Descubrimos que Sprott no caía del todo bien, que era excesivamente autocomplaciente, que no tenía verdaderos amigos, porque no supo ganárselos. Y sin embargo, hizo cosas buenas, tenía pasión por su trabajo y no es, y ésta es la grandeza de Seth como narrador, un personaje arquetípico. Tiene, como todos nosotros, luces y sombras, y en ellas se refleja el lector, porque es ése el mensaje de la obra: todos somos más miserables que sublimes, el ser humano es mezquino y contradictorio y está lleno de miserias. En el desalentador retrato que hace Seth de la sociedad hay un naturalismo despiadado pero, curiosamente, alejado del pesimismo implacable y desolador de un Alan Moore en From Hell o del cruel sarcasmo de Ware en el Catálogo de Novedades ACME. Lejos de esas posturas, en Seth se encuentra una aceptación serena de la naturaleza humana, que a su modo resulta igualmente dura.
Donde quizás sí gana este libro claramente a sus predecesores es en el aspecto gráfico: el dibujo de Seth está ya plenamente pulido. Su estilo único, inspirado por esos dibujantes de tiras que tanto admira, alcanza aquí la perfección, y destaca especialmente la increíble habilidad para plasmar las emociones a través de las expresiones faciales, así como el brillante uso del bitono, al que siempre recurre como elemento que trasciende lo estético y llega a lo ambiental.
Todo esto y mucho más es esta maravilla. Me dejo en el tintero metafórico las hermosas dobles páginas de paisajes helados, las fotografías de recortables de los principales edificios que aparecen en la historia, la bella dedicatoria a su amigo y compañero en Drawn & Quaterly Chester Brown —otro genio—, el exquisito diseño del libro, la elegancia y perfección de sus distintas tipografías. Un libro especial, correctamente editado por Random House/Mondadori aunque, incomprensiblemente, hayan reducido las dimensiones del mismo.
No puedo, no obstante, considerarla la mejor obra de Seth. Probablemente lo sea, pero mentiría si dijera que no siento que en La vida... hay algo que no encuentro aquí, algo que conecta conmigo a un nivel distinto, totalmente subjetivo y sujeto a lo emocional. Pero eso no puede restarle mérito y valor a este George Sprott, que si no es el tebeo más importante del año —en cuanto a relevancia, pienso que el Catálogo de novedades ACME está por encima—, poco le falta. Un punto y aparte en el cómic independiente americano, un tebeo que se recordará durante décadas y que debería leer cualquier aspirante a autor, de cómic o de lo que sea.
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10 Octubre 2009

La primera vez que leí Entender el cómic, el año pasado, quedé absolutamente arrebatado. La obra de Scott McCloud consiguió accionarme algo en la cabeza, me abrió la puerta a un nuevo nivel de análisis del medio y sus posibilidades. Durante meses, me era imposible leer un tebeo sin aplicarle las categorías de McCloud, sin diseccionarlo y verle las entrañas. Luego la cosa se mitiga, y uno puede volver a disfrutar de las historias que se cuentan, y no sólo de cómo se cuentan. Pero siempre queda un poso, un sustrato de análisis formal que siempre aplicaré. No creo, por ejemplo, que hubiera disfrutado tanto de la lectura de la obra de Chris Ware si previamente no hubiese caído en mis manos la de McCloud. Desde entonces Entender el cómic ha sido uno de mis tebeos de cabecera, y por tanto, es obvio que desde que se anunció la publicación de su Zot! por parte de Astiberri la he esperado con muchas ganas, aunque, también, con cierto miedo, porque no sabía en realidad qué iba a encontrarme. Ahora, con los dos volúmenes recién leídos, puedo decir que ha sido una lectura ante todo sorprendente.
McCloud empezó con Zot! a principios de los ochenta, luchando por abrirse hueco en un mercado americano que entonces, como hoy, estaba dominado por los superhéroes de las dos majors. Contando las historias de su particular héroe, McCloud pretendió ofrecer una alternativa a los superhéroes convencionales desde una óptica retro, con historias engañosamente ingenuas acerca de un héroe adolescente de ideales claros y puros, influidas, en una época en la que ningún cómic estadounidense lo estaba, por el manga y sus técnicas narrativas. Parece que por deseo expreso del propio McCloud Astiberri obvia la primera etapa de la serie, en color, y se centra en la posterior, en blanco y negro. Y la verdad es que, a pesar de sus defectos, es una serie que consigue lo que se propone plenamente: recuperar el sentido de la maravilla que antes inundaba los comic-books, hacer que volviéramos a leer un tebeo como si fuéramos niños. Al menos al principio. El hecho de que falte información contenida en la etapa previa y que la historia esté ya empezada no hace sino acentuar esa sensación, obligando al lector a recuperar el placer infantil que suponía rellenar huecos, imaginar qué había pasado allí donde no había esa información. De inmediato nos vamos familiarizando con el elenco de personajes, con el mundo de Zot, una utopía científica detenida en el tiempo, y con los suburbios de Nueva Inglaterra donde viven Jenny Weaver, novia de Zot, y sus amigos.
Contadas con la claridad y perfección formal que caben esperar de un hombre que iba a escribir Entender el cómic unos años más tarde, las historias de Zot de corte superheroico juegan con la mencionada ingenuidad falsa que se les presupone para abordar temas más controvertidos, para dar pasos, aunque sean tímidos, en la madurez del género. La ausencia de buenos y malos claros, más allá del propio Zot —que también se equivoca—, los motivos de los "villanos", la naturaleza de las guerras... Son elementos que están presentes en unas aventuras que bajo la pátina de la intrascendencia ocultan la reflexión de un autor inteligente y con ideas propias. Quizás el punto débil sea el dibujo de McCloud —que no la narración gráfica—, con el que él mismo es bastante crítico y obsesivo en los comentarios de cada capítulo, algo digno de elogio en una profesión en la que predomina el divismo y la autocomplacencia. Él reconoce que no es un buen dibujante figurativo y que la figura y expresiones humanas se le dan mal, a pesar de que su mejora a lo largo de la serie es obvia.
El propio McCloud era consciente de las limitaciones del género y poco a poco hace que la balanza que había mantenido equilibrada entre los superhéroes y el slice of life se decante a favor de éste último. De la misma manera, Zot, siempre puro, siempre franco y alegre, debe enfrentarse al fracaso que supone la muerte de una protegida, así como al hecho de que, en "nuestro" mundo, él no puede marcar diferencia alguna.
Por eso los nueve últimos de la serie son indudablemente los mejores de la misma. En una jugada maestra, McCloud hace que Zot quede atrapado en el mundo de Jenny, y eso le permite que de golpe la serie se convierta en algo completamente diferente. Nada de peleas, nada de aventuras. Zot es relegado a un papel secundario, y las historias se centran en el grupo de amigos de Jenny y sus problemas. Lejos de limitarse a la simple y llana cotidianidad, el autor se mueve como pez en el agua entre unos personajes perfectamente definidos y reales, que hablan con una naturalidad y una desenvoltura realmente difíciles de leer en los tebeos americanos, y aborda temas igualmente excepcionales. A través del uso del narrador en primera persona, asistimos a las vivencias de todos los personajes: un día en la vida de Jenny, atrapada en su propio mundo, al que ha llegado a odiar; los intentos de Zot por "luchar contra el mal", abordados de una manera inteligentísima; los amoríos, las tentativas sexuales y los juegueteos naturales en un grupo de adolescentes. Destacan por méritos propios Normal, un acercamiento maduro, valiente y realista a la homosexualidad femenina, con un final simplemente espectacular, y La conversación, una ídem de Zot y Jenny en torno al sexo que uno no puede dejar de releer una y otra vez, por natural, por estar desprovista de cualquier morbo, por lo bien que plasma los reparos propios de una chica educada en los valores en los que ha sido educada Jenny y por la timidez con la que Zot, el cándido héroe fuera de sitio, le señala a su chica que le ponen sus tetas, con total naturalidad y sin un atisbo de la sordidez que la recatada sociedad norteamericana suele asociar siempre al sexo.
Quizás sin pretenderlo, a través de los años y de su proceso de aprendizaje —que es en gran medida uno de los mayores atractivos de este tebeo— McCloud torna una vuelta a los orígenes del género en una deconstrucción del mismo, anulando el papel del ser superpoderoso en el devenir de la historia y reduciendo la acción a su mínima expresión en favor del desarrollo de personajes. Y sin embargo, nunca cae en el cinismo o en la agresividad en la que cayeron otros. El final de la serie es todo lo contrario: Jenny, después de que Zot fuera herido por la policía del mundo "real", está decidida a abandonarlo y a marcharse con su novio a su mundo ideal para siempre. Zot le asegura que si ella hace eso, él no se moverá del suyo. Jenny se enfada, grita, llora, le dice que cómo puede no abandonar ese mundo desalmado y gris a su suerte. Que ya está condenado, que no puede hacer nada. Zot, en uno de los montajes de viñeta más brillantes de la serie, permanece callado, y por única respuesta tenemos su cara, llena de franqueza, de sinceridad y de esperanza, con una mirada cargada de significado: él nunca abandonará. Y por eso es un héroe.
A pesar de que me quedo con el McCloud teórico, ha sido un auténtico placer leer Zot! Abanderada del movimiento independiente de los ochenta, admirada por muchos autores posteriores, la serie abrió caminos hasta entonces insospechados, como pudo hacerlo de otra forma el Cerebus de Dave Sim, o, unos años después, series como Bone y Strangers in Paradise. Un tebeo entretenido con picos de calidad interesantes y momentos brillantes, que ahonda en la vieja idea, con la que comulgo plenamente, de que la ficción —simbolizada por el mundo natal de Zot— no debe jamás ser mero escapismo y negación. Una pena que McCloud parara en el mejor momento, y que no ofreciera, probablemente constreñido en parte por el formato comic-book, mayor complejidad y profundidad en el tratamiento de unos temas que daban, quizás, para más. Aún así, son un puñado de tebeos fantásticos. Una de las mejores noticias del año 2009, sin duda alguna, y que debemos, una vez más, a una editorial de las "pequeñas".
servido por The Watcher
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9 Octubre 2009
Hace un rato he visto publicado en La Cárcel de Papel este comunicado de la editorial Ponent Mon. Resumiendo, que dejan caer que su situación económica es mala, y piden a sus lectores que, si tienen previsto comprar alguno de sus títulos, lo hagan ya.
Una vez superada la sorpresa inicial al leer un comunicado que no es, desde luego, muy usual, sólo cabe reflexionar acerca de qué les ha llevado a hacerlo a la gente de Ponent Mon. No creo que esto sea una maniobra calculada. Evidentemente, dar este paso ha debido de ser difícil. Saben que se exponen a críticas, a acusaciones, al cachondeíto del mundillo blogosfero-tebeil. Así que yo sí creo que la situación debe de ser mala. Bastante. No creo que tampoco estén pidiendo nada censurable; simplemente, dan un toque a sus lectores. No están pidiendo limosna: si tenéis pendiente alguna compra, agradeceríamos que la hiciérais. Punto. Me parece razonable avisar de que están en un mal momento. Y por otra parte, yo personalmente siempre intento no tardar en comprar las novedades que me interesen de las editoriales pequeñas. Si tengo que dejar algo para más adelante, mejor que sea de las grandes. Lo hago por ayudar al que en principio va a vender menos, pero también por motivos prácticos: pasado un tiempo, siempre será más difícil localizar obras de tirada corta que de tirada amplia. En todo caso, el aviso ya está dado. Luego cada cual que haga lo que crea conveniente. Tampoco creo que todo el mundo se lance a comprar tebeos de Ponent Mon para salvarla, ni sería bueno que eso pasara, porque sería el pan de hoy y el hambre de mañana.
Más allá del hecho puntual, lo que me interesa es ver qué está pasando. ¿Está alcanzando la crisis económica al sector de la historieta, sector que hasta ahora mal que mal iba capeando el temporal? Eso parece, al menos. El mapa editorial está cambiando. Las que creo que pueden considerarse "cuatro grandes", Panini, Planeta, Glénat y Norma, cada vez publican más títulos. Ediciones B con Mortadelo no va a tener problemas jamás. Y paralelamente, están metiéndose en el negocio editoriales generalistas como Random House/Mondadori o SM. ¿Dónde dejará esto a las editoriales pequeñas? ¿Pueden editoriales que muchas veces están compuestas de una persona o dos hacer frente a esto? ¿Puede un editor que ni siquiera vive de editar luchar contra gigantes editoriales a la hora de comprar derechos? Ésa es la clave. Saber qué va a pasar con Ponent Mon, con Diábolo, con Astiberri, con Dolmen, con Sins Entido. Me asusta pensar en la cantidad de material que ha visto la luz en España gracias a su labor —más o menos acertada según el caso—, y en todo lo que puede dejar de hacerlo si desaparecen poco a poco. Hay obras que no dan dinero, las publique quien las publique. Pero, y esto es lo que más me preocupa, nunca pensé que los tebeos de Jiro Taniguchi estuvieran entre ellas. Ponent Mon publica la mayor parte de sus obras, pero no es suficiente. Vale que no sea un superventas, pero si ni siquiera el catálogo de un autor de su calidad les permite sanear las cuentas, apaga y vámonos. ¿Cómo estarán las demás? Además Taniguchi no es sólo excelente: es un autor que puede llegar a mucha gente, a ésos que son el santo grial de las ventas: a los que no leen habitualmente tebeos. Entiendo que las obras de Sfar o Blutch que han publicado no vendan demasiado, pero Taniguchi no es especialmente dado a la experimentación, tiene un grafismo "agradable", accesible para profanos... Francamente, se me ocurren pocos autores más adecuados para enganchar a adultos no lectores de tebeos. Pero nada, ni así. Toda editorial pequeña -de cómic o de literatura- tiene la necesidad de dar con dos, tres obras que vendan por encima de las demás. Astiberri tiene Bone, por ejemplo. Pero si a Ponent Mon no le vale con Taniguchi, apañados estamos. Hay quien dice que es normal, que sus precios eran excesivos. Y es cierto que sus tebeos son caros, pero no más que los de otras editoriales, y con productos en algunas ocasiones peores y menos cuidados, además.
Es preocupante, ya digo, que estén en riesgo de desaparecer este tipo de iniciativas editoriales casi románticas, porque el testigo no lo va a recoger nadie en estos tiempos que vivimos. Aunque, en cualquier caso, los cambios no siempre son para mal. Creo que en los próximos cinco años va a redefinirse el mercado del cómic español. La entrada de grandes grupos editoriales es la ocasión perfecta, y quizás la última, para hacer que las ventas crezcan de verdad, para llegar al gran público y las librerías "normales". Las editoriales de tebeos actuales tendrán que adaptarse y centrarse en productos distintos si quieren sobrevivir —¿cómic español, tal vez?—. Es hacer el Rappel, en todo caso. Ya se irá viendo. Pero de momento, me gustaría que Ponent Mon saliera adelante. Por solidaridad, pero también por egoísmo, no se crean: están previstas más obras de Taniguchi, y el Cerebus de Dave Sim. A ver quién es el guapo que se atreve a negociar otra vez con el angelito para sacarla en castellano.
servido por The Watcher
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6 Octubre 2009
Tengo a Alejandro Martínez Viturtia por un hombre cabal. Un editor mañoso y con mucha mano izquierda. Me encantaba la elegancia con la que, en su sección mensual cuando aún publicaba Planeta los tebeos de Marvel, contestaba a las críticas negativas, tuviera o no razón. Se sacó de la manga la Biblioteca Marvel, y aunque su labor en Panini es más irregular y, creo, con más errores, sigue haciendo su labor con cierta competencia que no es fácil encontrar en el sector. Sin embargo, de vez en cuando le ha perdido la boca y se ha salido de su papel de hombre tranquilo. Lo hizo con el famoso "vosotros tenéis mucho tiempo libre", y lo vuelve a hacer ahora con este artículo, que sólo puedo bautizar con el término que acuñó, si no recuerdo mal, ADLO!: Viturtiazo.
Por eso esta vez no me sorprende, por mucho que considere dicho artículo muy desafortunado. Primero por lo inoportuno de la ocasión. No es de recibo que una web que cumple diez años —ahí es nada: eso es internet es casi como decir cincuenta— te pida un articulito, les digas que sí, y luego aproveches la coyuntura para dar un tirón de orejas a los blogs que tratan sobre cómics, sabiendo que, para bien o para mal, Zona Negativa es uno de sus estandartes. No era oportuno, había otros momentos y sobre todo otros lugares: Virtutia podría haber aprovechado la página web de la editorial para la que trabaja, como en su día hizo su compañero José Luis Córdoba.
Y segundo, porque en realidad la principal queja del editor, a saber, que en internet la gente tiende a hablar sin tener ni puta idea, es algo inherente a la propia naturaleza de la red. Es su principal problema, y probablemente, algo inevitable. A mí nadie me impide, por ejemplo, abrir un blog sobre medicina y empezar a decir disparates. Por eso considero que es tan importante que se empiece ya a enseñar a la gente, especialmente a los jóvenes, a saber discernir, a separar el ruido de la información. Sin ir más lejos, en los colegios. Pero claro, si esto no se hace con la información escrita, mucho menos va a hacerse con la que se encuentra en internet.
No es justo tampoco quedarme con lo que me interesa de su artículo: es verdad que antes de nada reconoce la importante labor que tienen los blogs, y no hay motivos para pensar que lo dice con la boca pequeña o por compromiso. Además, es que es totalmente cierto que realizan un trabajo de promoción importante en un mundillo en el que, es cierto, no todo comprador se mueve en internet, pero sí una parte nada desdeñable, y más cuando hablamos de cifras de ventas tan bajas. Claro está, para las editoriales es un arma de doble filo. Obliga a Viturtia y a sus colegas de profesión a hacer mejor su trabajo. Porque ahora sus cagadas son vox populi el mismo día en el que se hacen. Ejemplos hemos tenido de sobra últimamente, aunque los dos que me vienen a la cabeza son de la competencia de Viturtia: la penosa edición de Bizarro Comics y el error de la cubierta repetida en All Star Superman. Sería inútil negar que la amplia difusión de ambas afectó a sus ventas, y más aún cuando la respuesta de David Hernando, editor de la línea DC Comics de Planeta, fue básicamente encogerse de hombros. De la misma manera, cuando en un blog —no en el mío, claro, pero sí en La Cárcel de Papel o en la propia Zona Negativa— se hace una reseña positiva o negativa de una obra, tiene su influencia, mucha o poca.
Y yo entiendo que esto inquiete a las editoriales. Es completamente normal. Es algo que no pueden controlar, una variable que hace su trabajo menos cómodo. Pero la actitud que han tenido hasta ahora con internet ha sido muy similar a la de la industria discográfica: como no lo entiendo, como no sé usar la herramienta en mi beneficio, me enfado y no respiro. Y entonces es cuando dice Viturtia que es inadmisible que la gente escriba sin saber lo que dice.
Conste que estoy de acuerdo con su apreciación de que hay que separar opinión de datos. Eso es elemental y creo que la gente que tiene dos dedos de frente lo entiende perfectamente. Pero cuidado, porque Viturtia pide un imposible: una de las pocas cosas que aprendí en la universidad fue que la objetividad es una entelequia. Que no existe, vaya. Que por mucho que él se empeñe, y por mucho rigor y método que queramos tener —y que debemos tener—, al final sus criterios no por más fundados son objetivos. Cuando Virtutia decide no editar una serie porque cree que no se va a vender, o cuando decide cascarle un formato de lujo a una sólo porque tiene dibujante español, está tomando decisiones que son subjetivas, no la verdad con mayúsculas. Se queja también de que esas confusiones a la hora de elaborar un artículo pueden ser recogidas por otros blogueros y sobre todo por medios generalistas que convertirán un dato basado en suposiciones o en rumores en una certeza. Y aquí es donde Viturtia yerra el tiro. ¿Se puede pedir más rigor al que tiene un blog y cae en lo que critica? Sí. Pero mucha más ha de pedirse al medio de comunicación de masas que no sabe diferenciar la información de calidad de lo que no lo es, y que, por cierto, se basta y se sobra para cometer cagada tras cagada cada vez que mentan la historieta, atribuyendo la paternidad de Superman a Stan Lee y cosas por el estilo. Ellos son los primeros que deben aprender a usar internet, y sobre todo, a respetar los derechos sobre los textos y citar la fuente, porque muchas veces copian y pegan sin ningún tipo de rubor contenidos que no los ha inspirado el espíritu santo -y lo sé porque me ha pasado, no con un texto de este blog, pero sí con uno publicado en mikeoldfieldblog.com.
Me molesta especialmente el ejemplo, nada casual, que usa Viturtia para ilustrar su tesis: las traídas y llevadas cifras de ventas. Me siento aludido, no sin cierta lamentable vanidad, porque no hace mucho yo mismo hice justo lo que dice que no se puede tolerar: especular sobre ellas y lanzar hipótesis y aproximaciones que después serán tomadas por ciertas. Cuando yo escribí ese artículo, precisamente porque el tema es controvertido, intenté ser todo lo riguroso que me era posible. Tiré de los pocos datos oficiales que había y de todas las cifras aproximadas que se pueden ir recolectando por ahí. Y cuando era un rumor, o una cifra aceptada tácitamente pero no corroborada, lo decía. Cuando hacía una suposición o extrapolaba unas cifras a otros productos, lo advertía. A partir de ahí, si un periódico coge mi artículo y decide publicar uno propio en el que da mis aproximaciones como cifras verdaderas, es su problema, no el mío. Y lo que no puede pretender Viturtia es que no especulemos, que no intentemos aclarar un poco un tema que interesa a muchos, pese a que él, no sin cierto paternalismo, siempre insiste en que al lector no le interesa ese dato. Que no lo necesita. Y bueno, puede tener razón a cierto nivel, pero es como si mañana el gobierno decide que al ciudadano no le interesa la cifra del paro, y decide hacerla secreta. Evidentemente, es un dato que a cada persona no le afecta demasiado, pero todos entendemos que hay ciertas cosas que tenemos derecho a saber. Las cifras de ventas de una empresa privada pueden no estar entre ellas, pero Viturtia debe comprender que haya gente que no seamos ya meros lectores y estemos intentando estudiar, o empezar a estudiar, este medio desde diferentes puntos de vista. El que nos ocupa puede no ser el que a mí más me interese, pero es evidente que para estudiar el cómic español desde un punto de vista sociológico, es imprescindible conocer unos datos que las editoriales se callan. Dicho de otro modo: si yo mañana quiero escribir un libro acerca de cómo han cambiado los gustos del lector español y qué géneros han ganado o perdido interés, no puedo. No tengo datos fiables. Puedo especular, nada más. Y especulamos. Viturtia dice que no debemos, porque inducimos a error. Si no tenemos cifras de venta, no podemos hablar. Las cifras de venta las tiene sólo él. ¿Ven ya por dónde va el tema?
Al final la conclusión es que hay temas de los que sólo puede hablar él. Ejemplifica con las ventas, pero también ha criticado, él y otros editores, que se hable mal de ciertos errores porque según ellos, no conocemos todos los datos. Cuando un tomo tiene un precio desorbitado y se dice, por ejemplo, les parece mal. Pero no sueltan prendan. Sólo hablan para decir que todo va bien. Córdoba dio alguna cifra de venta, pero descontextualizada y sin información adicional que la haga valiosa más allá de la anécdota. Y de paso tiró unas cuantas puyas, ya que estaba. Y sí, es cierto, y deseable, que como dice Viturtia cuando uno escribe un artículo sobre algo, esté documentado sobre ese algo. Pero todo tienes unos límites, y hombre, para darse cuenta que a un tomo se le caen las hojas y contarlo tampoco hace falta un doctorado. Hay cosas para las que hace falta informarse y hay otras que cualquier consumidor puede denunciar. Imagínemos por un momento el cachondeo que sería que, un suponer, me comprara un lector de dvd que resulta estar roto, fuera a la tienda a cambiarlo y el dependiente me soltase: "Pero ¿usted qué sabe de dvds? ¿Se ha documentado usted antes de venir a mi tienda? ¡Pues entonces!".
No tiene sentido el empecinamiento de los editores en este punto. Si Viturtia como editor y cara pública de una empresa considera que sus intereses están siendo perjudicados por la circulación de un dato falso, su obligación es desmentirlo. Obviamente, no sirve sólo con eso: si mi dato es falso, deme usted el verdadero, y yo le creeré, que para algo tiene la información de primera mano. Lo que no puede hacerse es pedir silencio sobre un tema del que él guarda celoso secretismo. Es evidente que los editores —casi todos; el señor Joan Navarro nunca ha tenido problema alguno en dar cifras de ventas, y no le va mal, por cierto— estarían más tranquilos y dormirían mejor si nadie sacara el tema. Porque su temor, lo reconozcan o no, es que produjeran un efecto llamada a la inversa: es decir, que de saberse las ventas de ciertos títulos, los pocos compradores que tenga desertaran ante la evidencia de que no tardaría en cerrar. No creo que funcione así, francamente. En EE UU se han sabido desde siempre las cifras y no pasa nada. Pero daría igual. La realidad es que en un mundo globalizado en que cualquiera puede saber la facturación de Microsoft, las ventas del último disco de su grupo favorito o cuánto le ha costado al Real Madrid el último pelotero que ha fichado, es imposible saber qué vende Spiderman en España. Y es eso, y no otra cosa, lo que impide la existencia de análisis y estudios rigurosos sobre las tendencias del mercado español, que a lo mejor a él no le interesan, pero a muchos de nosotros sí. Por eso me toca la moral el remate de su artículo —por cierto, a ver si corregimos después de escribir, que las erratas dan muy mala imagen—: "Pero sí lo que tenemos que pedir es más claridad a la hora de presentar hechos y diferenciarlos de las opiniones. Hasta que eso no sea nos costará no sólo analizar el mercado del cómic sino que nos tomen en serio." Pues no, lo siento: aquí lo único que hace que nos cueste analizar el mercado, tanto que es directamente imposible, es que no suelten prenda ustedes. Si lo hicieran, se acabarían las especulaciones, las hipótesis y los bulos. Y si no van a hablar, al menos no se quejen de que unos pocos intentemos con toda la honradez de la que somos capaces desenmarañar tanto como se pueda este embrollo. Lo demás son monsergas.
servido por The Watcher
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