La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Cómic

21 Noviembre 2009

Cómic: Escuadrón Supremo, de Mark Gruenwald, Bob Hall y otros.

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            El Escuadrón Supremo fue creado por Roy Thomas en los años setenta como un homenaje a la Liga de la Justicia de DC Comics y una forma de hacer cross-overs encubiertos. Y digo homenaje y no plagio porque su creación es fruto de un momento muy especial en el que los profesionales de las dos compañías tenían entre ellos una relación de total amistad y confianza que hacía imposible que a alguien se le ocurriera denunciar a Marvel por el Escuadrón. Igualito que ahora, vamos. Tuvieron un par de apariciones, hasta que, en 1984, Mark Gruenwald tuvo una idea: una historia de superhéroes vistos desde una óptica realista. Y para ella, no podía usar a los personajes bandera de la editorial ni su universo, pero en cambio el Escuadrón era perfecto.

            Gruenwald fue un guionista profesional y cumplidor, una enciclopedia viviente que amaba los tebeos de verdad, hasta el punto de que su última voluntad fue que sus cenizas se mezclaran con tinta para imprimir uno. Pero eso no puede impedir que su obra se juzgue con rigor. Y con rigor tengo que decir que su Escuadrón Supremo es un cómic normalito. Un quiero y no puedo al que le falta mucho para poder ser considerado una obra cumbre del género o un hito de alguna clase. Es cierto que la comparación que se ha querido hacer con Watchmen le ha perjudicado muchísimo. Es un disparate. Escuadrón Supremo NO es el Watchmen de Marvel. Y si lo es, no dice mucho de la editorial. La labor de Gruenwald no tiene nada que ver ni en intención ni en resultados con la de Alan Moore, y reducir Watchmen a un mero acercamiento realista al género es no entenderla. Es mucho más que eso, y mucho más de lo que pretende ser Escuadrón Supremo.

            Superada la analogía, que le hace mucho más mal que bien a esta obra, es posible analizar sus aciertos y errores desde una posición más justa. La historia arranca tras una época en la que los miembros del Escuadrón habían sido controlados por un enemigo y habían llevado el país a una situación límite. Una vez liberados y derrotado el villano, los superhéroes toman una drástica decisión: tomar el control de EE UU para reparar el daño que ellos mismos han causado y, de paso, solucionar todos los problemas del país. Con este golpe de estado encubierto comienza lo que llamarán "Proyecto Utopía", que durará un año, tras el cual el Escuadrón devolverá el poder. A partir de esta premisa, lo que va a hacer Gruenwald es plantear toda una serie de cuestiones éticas y morales en torno a la labor de los héroes y sus límites. Los miembros del Escuadrón serán vencidos por la presión, cometerán errores, e irán acumulando esqueletos en el armario. Son, pese a sus poderes, hombres y mujeres corrientes que caen en las mismas debilidades. Los momentos más interesantes de Escuadrón Supremo serán fruto de esa dicotomía entre su condición de gente corriente y su deseo de salvar a la humanidad incluso a su pesar. La creación de una máquina de modificación de conducta obra de Pulgarcito, el genio que todo supergrupo que se precie debe tener, permitirá la eliminación del crimen y la reinserción de los delincuentes de todo tipo, pero también supondrá el mayor dilema de la historia y el que al final desencadenará el conflicto final y a la postre supondrá, por sus consecuencias, la derrota del Escuadrón Supremo. Asimismo, Gruenwald intentará dar a su historia un tono más adulto, especialmente en el tratamiento de la enfermedad, el sexo o la muerte.

            El problema es que tras leer los doce números, uno se da cuenta de que, lamentablemente, todo esto se queda en la mera propuesta. Es interesante lo que intenta, pero no le sale. No hay la suficiente profundidad en el tratamiento de los problemas éticos derivados del poder, que es en realidad lo que debería vertebrar la serie. Las conversaciones y debates del Escuadrón en torno a todo esto son superficiales, cuando no infantiles. Las soluciones que plantean a los problemas de la sociedad también lo son. No está bien representada la magnitud de los mismos, ni da la impresión jamás de que el Escuadrón esté resolviendo problemas globales. Algunas cosas son de traca: inventan unos campos de fuerza portátiles que cualquier ciudadano puede comprar... ¡y luego se sorprenden de que los delincuentes los usen! Igualmente absurda es su solución para acabar con la enfermedad: congelar a los que se mueran y dejarlos guardados hasta que se descubra cómo revivirlos, como a Walt Disney, supongo. Sin comentarios.

            Le falta complejidad en el tratamiento de los temas y los personajes, y le falta realismo. No tiene sentido que la gente entregue sin luchar el poder a unos tipos que hace dos minutos eran malos, por muy poderosos que sean. Ni lo tiene tampoco que las soluciones a los problemas sociales sean tan simples. El tono adulto cae por su propio peso debido a esto, pero también porque, por mucho que haya alusiones sexuales, sigue siendo un cómic aprobado por el Comic Code Authority, con todo lo que eso supone.

            A la falta de consistencia en el desarrollo de unas premisas que, pese a todo, son interesantes, se une el peso negativo que tiene la tradición del género. Gruenwald no quiere o no se atreve a dar el paso adelante que una propuesta como la suya necesita. Fruto de las convenciones, el guionista introduce demasiadas tramas secundarias completamente prescindibles, que responden únicamente a meter algo de acción en cada tebeo individual, como mandan los cánones. El doble de Hiperión —el émulo de Superman del grupo— sobra tanto como la mayoría de los personajes secundarios que aparecen hacia el final de la serie, o como Amenaza Suprema, villano de opereta que habla en voz alta cuando está solo. Las tramas episódicas impiden un tratamiento más en profundidad de la trama principal y ayudan a distraer la atención del lector. De la misma forma, carece de sentido el cruce con Capitán América y el aspecto gráfico de la serie, que ya entonces era un poco añejo y excesivamente setentero. El principal dibujante de Escuadrón Supremo, Bob Hall, es el segundo mejor ejemplo de cómo la nostalgia puede ensalzar a un profesional mediocre o correcto, a lo sumo —el primero es Don Heck—, y convertirlo en un clásico que nunca fue. Acartonado y con poca destreza para dotar de expresividad realista a sus personajes, no pega ni con cola en una serie en la que, al menos en principio, las batallas estarían en un segundo plano. Lo mismo puede decirse de un Paul Ryan primerizo e irreconocible, o del episodio abocetado a toda leche por John Buscema y terminado por Jackson Guice. El final es algo decepcionante, por todo esto que comento. Tras todo el trabajo del Escuadrón, devuelven el poder a los EE UU habiendo cumplido su objetivo, y al final todos los dilemas se resuelven como siempre: a hostias. La batalla final acaba con cualquier tipo de sutileza o de intención de hacer algo distinto, aunque, eso sí, me ha sorprendido su violencia y el elevado número de personajes que mueren.

            Una propuesta interesante porque apunta, aunque sea tímidamente, algunos de los temas recurrentes que el género tratará poco después en manos de guionistas menos apegados a la tradición y, me temo, más capaces, pero que se queda en agua de borrajas y no pasa de ser una lectura entretenida y curiosa, que empequeñece si hacemos caso a sus defensores y la comparamos con Watchmen, a pesar de que Gruenwald no sea más que el Lamark del Darwin que será Alan Moore. La edición de Panini, por enésima vez, se carga los colores por la puta manía de poner el papel satinado que hace que todo quede plano y chillón, y encima contiene alguna falta de escándalo —¿podrir? brrrr—. Pero es una batalla perdida. No se van a bajar de la burra.

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20 Noviembre 2009

Cómic: El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim.

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            El arte de volar ha sido, quizás, el cómic español del que más se ha hablado este año. Todo lo que he leído sobre la obra han sido alabanzas. Está prácticamente aceptado que el año que viene se lleva el Premio Nacional de calle. Pero, por algún motivo indefinible, he tardado en leerlo. Empacho de halagos, creo. Pero finalmente lo he comprado y leído del tirón. Y aunque creo que se ha exagerado un pelo con el tebeo, la verdad es que me ha parecido muy, muy bueno.

            Como ya sabe todo el mundo a estas alturas, El arte de volar gira en torno a la vida y al suicidio del padre de su guionista, Antonio Altarriba. Altarriba padre se suicida en 2001, lanzándose desde el cuarto piso de la residencia de ancianos en la que vivía desde 1985. Pero El arte de volar va mucho más allá del relato intimista y personal que intuía a priori.

            Y eso que en las primeras páginas me sentí algo decepcionado. Sí, era un buen cómic, excelente si se quiere, incluso, pero no entendía tantísimas alabanzas. No me estaba pareciendo una obra maestra. Porque lo que uno lee cuando empieza El arte de volar parece, y quizás lo sea en esas primeras páginas, una historia más de un español más. Una historia de miseria y de guerra civil, teñida quizás de algo más de tremendismo del habitual, probablemente gracias al dibujo de Kim, pero no mucho más. Una de esas narraciones que hemos visto ya muchas veces en cine, teatro, o literatura, bien contada, sí, pero en absoluto original o digna de mayores consideraciones. Asistí a la infancia de Altarriba padre en el pueblo, su huida a Zaragoza en busca de una vida mejor, los tiempos de la República, el estallido de la guerra civil, las diferentes escaramuzas, el exilio, la vuelta a España. Pero hay un momento que cambia brutalmente toda mi apreciación de la obra, no sólo a partir de él, sino también, y esto es lo grande, hacia atrás. Hay un momento en el que El arte de volar se transforma en una historia de renuncias, en una dolorosa narración sobre cómo la vida se convierte para Altarriba, para todos nosotros, en una larga muerte, cómo ha sido, en realidad, una larga muerte desde el principio. "Mi padre lleva cayendo noventa años". Es justamente eso. Ver cómo la vida aplasta a Altarriba padre es enfrentarnos a la posibilidad, o quizás a la certeza, de que a nosotros también nos aplastará. De que la felicidad es una quimera inalcanzable o, a lo sumo, una ilusión transitoria.

            Es también El arte de volar la crónica de nuestro siglo XX, la historia que, sí, nos sigue tocando si está bien contada, porque remite a nuestra memoria colectiva. A lo que somos como sociedad. La vida de Altarriba es la vida de toda una generación de españoles a los que la guerra machacó sin piedad, que salieron del pueblo, encontraron ideales y después tuvieron que comérselos para poder sobrevivir. La guerra fue terrible, sí, pero más terrible aún fue la posguerra. El miedo al paseíllo, el hambre, la hipocresía y la cerrazón de unos valores repugnantes que hicieron de este país uno de los más atrasados de Europa y que aún sufrimos, son los que aplastan a Altarriba. Durante el conflicto armado vemos cómo al menos hay un pequeño lugar para el heroísmo y la camaradería. Es el momento de los ideales, en su caso, del anarquismo, del que se hace militante junto con tres amigos: la alianza del plomo, simbolizada con cuatro anillos hechos de balas. Todo es efímero. Muy pronto el joven Altarriba comienza a desencantarse. Primero con el bando republicano, al pasar éste a estar controlado por el comunismo, que convertirá a una banda de románticos en un ejército demasiado similar al que combaten. Después con sus propios compañeros, y con el resto de los países que miran a otro lado. La visión de la humanidad y de la sociedad que da Altarriba-autor es muy templada, pero no por ello podría ser más contundente y negra: somos escoria. Hasta el mejor de los hombres cae, o se vende con tal de tener más que el de al lado. Los ideales no sirven para nada. La revolución es una utopía, no llegará nunca porque aquél que quiere la revolución en cuanto tiene dos duros quiere aplastarla. Altarriba padre aprende, a su pesar, que debe por tanto renunciar si quiere poder vivir en sociedad. Renuncia a la felicidad cuando abandona el pequeño pueblo rural de Francia, renuncia a sus ideas y al pasado cuando, en hermosa metáfora, renuncia a su anillo de plomo y más tarde a las alpargatas de Durruti, símbolo de la libertad y del anarquismo. Su último acto de rebeldía es negarse a seguir trabajando para un antiguo compañero que se ha convertido en un capitalista, e, irónicamente, eso le lleva a volver a España y renunciar para siempre a todo en lo que cree. A partir de ese punto es cuando la vida va desgarrando a Altarriba, y al lector con él. Si desde que nace ha empezado a morir, cuando acepta el trabajo con un familiar que se dedica al estraperlo comienza la verdadera agonía. Tomar la hostia consagrada cuando se casa sin querer hacerlo no podría ser más significativo. Y así, la sociedad, el mismo paso de los años, sepulta a un hombre que ya no podrá ser feliz, que a base de tragar mierda se ha vuelto como los demás. Trabajando toda la vida para al final tener que vivir con lo justo, casado con una beata a la que, a la vejez, no soportará, a la que engaña porque ella se niega a follar con él, el nacimiento de su hijo le dará una pequeña luz de esperanza que finalmente no servirá de nada. Para Altarriba padre mirar hacia atrás es ser consciente de todos sus errores, de todas esas renuncias que han marcado su vida. No sería tan horrible si tuviéramos la sensación de que las cosas podrían haber sido de otra manera, que las elecciones podrían haber sido otras.

            El ejercicio que realiza el autor con respecto a su padre es admirable. Lejos de idealizarlo, expone su vida a través de una total identificación con él. El hijo hace suya la vida de su padre, pasa de la tercera persona a la primera en un intento de catarsis que le lleve a comprender el suicidio. La primera persona —bastante buena: Altarriba no es mal escritor— nos lleva a la identificación con el padre, pero no a la excusa de sus faltas o sus errores. La inevitable y alargada sombra de Maus está ahí, pero la intención y el enfoque de El arte de volar son muy distintos a los de la obra de Spiegelman. Son dos acercamientos diferentes con el mismo tema de fondo, sin más. Sí tienen en común afrontar con crudeza momentos y situaciones incómodas. No debió ser fácil para Altarriba escribir al personaje de su madre, ni la terrible discusión que refleja sus últimos días en pareja antes de que el padre decida marcharse a un asilo y su hijo se tenga que hacer cargo de su mujer. Pero sale asombrosamente bien parado del trance, sobre todo porque transmite una sinceridad sin artificios, sin caer jamás en el melodrama de sobremesa. En esto, por cierto, creo que influye muchísimo la propia naturaleza del medio; una película de El arte de volar sería, casi con toda seguridad, un drama guerracivilesco más sin interés.

            En cuanto al trabajo de Kim, éste queda necesariamente diluido ante la calidad del guión de Altarriba. Choca al principio, seguramente porque recuerda a su serie de Martínez el facha. Pronto se esfuma esa sensación, y el dibujo se convierte en algo completamente funcional, una ayuda para que el guión fluya. Kim es detallado y claro, y tiene mano para las expresiones faciales, pero, para mí, El arte de volar es un cómic de guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones puede seguirse perfectamente la trama sin prestar atención al dibujo. Eso no significa que no cumpla bien con su trabajo: la documentación es perfecta, la puesta en escena también. Sus viñetas son tan detalladas y aportan tanta información que permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Destaca además en un par de escenas oníricas excelentes, sobre todo hacia el final de la obra. Pero, aunque el propio Altarriba opinará lo contrario, creo que en el resultado final Kim no es determinante: con otros dibujantes el resultado no habría sido el mismo, claro, pero habría sido bueno igualmente.

            Doloroso y desgarrador, sin embargo esto no impide que el tebeo esté meditado y excelentemente ejecutado en lo formal. Sin ningún tipo de floritura estilística, con una narrativa clara y conservadora, sin una viñeta más grande que otra, Altarriba estructura el relato en varias partes, de extensión desigual: como en la vida, los años de juventud son los más densos. Nos pasan más cosas, nos estamos haciendo como personas y todo nos afecta mucho más. Cambiamos. Consecuente y acertadamente, ésos son los años a los que el guionista dedica más páginas. Progresivamente, una vez que la vida está hecha, apenas pasa nada ya digno de mención. La rutina, el paso fugaz del tiempo hace que en las últimas páginas veamos envejecer a Altarriba padre casi de viñeta a viñeta. Los últimos años en el asilo, dieciséis, requieren muy poco desarrollo. Hemos visto, sin que todavía podamos asimilarlo muy bien, a un chaval de pueblo pasar a ser un viejo en una residencia. Ha perdido, como perdemos todos, como no podía ser de otra manera. Se siente fracasado e infeliz, angustiado. Poco le importa ya. Hay un guiño sutil pero sublime, cuando lo vemos leyendo a Kafka, el autor del que le habló un viejo compañero, en el campo de prisioneros de Francia, hace una eternidad. Pasan los días y los años, y al final, no queda otra opción. Altarriba padre comprende. Y el último acto de libertad, que quizás también es el primero, no puede ser más que saltar por la ventana. El arte de volar. El arte de vivir, que no es otra cosa que el arte de morir.

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19 Noviembre 2009

Cómic: Krazy Kat, de George Herriman (edición de Manuel Caldas).

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            Hoy he recibido la selección de planchas de Krazy Kat editada por ese señor que ya parece un rey mago: Manuel Caldas. Y qué maravilla. Se trata de un recopilación de páginas publicadas entre 1937 y 1944, es decir, la última etapa de una tira que se venía publicando desde 1913. La obra de George Herriman es una obra fundamental del cómic, sin más. Junto con Little Nemo in Slumberland, el tebeo del que salieron todos los tebeos. Pero es mucho más. Es, como dijo Rafael Marín, un cómic underground antes del underground. Unos cincuenta añitos antes, nada más. Es una mezcla surrealista que muchas veces es tan hermética que no entendemos bien qué pasa. No siempre son historias o gags lo que se está contando. Krazy Kat es un juego contínuo, un experimento constante que inventa infinitos recursos, que retuerce la composición de página sin cortapisas de ningún tipo. Herriman tuvo la suerte de que su obra apasionaba a su editor, que le dejó libertad total en su trabajo. Y se nota. Krazy Kat es imaginación en estado puro, improvisación, delirio. Hay quien lo ha comparado con el jazz, y no le falta razón. Entrar en el mundo de Coconino County y sus habitantes no es nada fácil. Ya decía que muchas veces no hay historia. No hay continuidad ni rácord. Es una experiencia que no tiene mucho de racional: consiste en dejarse llevar, en introducirse en el mundo alucinado de Herriman, magnífico dibujante que con cuatro trazos es capaz de dar vida a sus personajes, a esa gata-gato idiota, Krazy, enamorada de Ignatz, un ratón que la muele a ladrillazos y suele acabar las tiras en la cárcel, y al Oficial Cachorro, enamorado a su vez de Krazy y eterno perseguidor de Ignatz.

            El goce estético es en esta recopilación mayor que nunca, gracias a los colores restaurados por Caldas, que permiten apreciar en todo su esplendor el trabajo de Herriman, sus preciosos cielos, sus experimentos con las masas de negro, sus cabeceras, siempre distintas. No menos importante es la poesía de los textos, en los que Herriman mezcla idiomas, juega con los vocablos, y convierte la fonética en el centro de la lectura desplazando al mensaje. Son juegos de palabras sin sentido que a la manera de muchas vanguardias —en la época en la que empezó a publicarse Krazy Kat totalmente vigentes— buscan una reacción subconsciente por parte del lector. Todo esto hace que esta historieta sea imposible de traducir al español o a cualquier idioma. No hay forma humana de traducir los sinsentidos de Herriman cuando la fonética es crucial. Hay que leerlo en inglés, incluso si no se entiende del todo. Por eso hay varias decisiones en esta edición dignas de alabar. La primera, la de Caldas en lo que respecta a la selección. Cuenta en el prólogo Álvaro Pons que el editor eligió las cuarenta y dos planchas no sólo en función de su calidad sino también por que no tuvieran demasiado texto, para así evitar en la medida de los posible desvirtuarlo. La segunda, más acertada si cabe, por parte del traductor Diego García, al descartar totalmente el intento de traducción literal y optar por lo más lógico: jugar con el castellano igual que Herriman jugaba con el inglés. El sentido del texto y lo que se cuenta, "la acción", son los mismos, pero los recursos buscan trasladar, en la medida de lo posible —que es muy poco— el espíritu del lenguaje de Krazy Kat al español. Si miramos la traducción con benevolencia, y no puede ser de otro modo tratándose de la obra que se trata, hay que reconocer que García sale tan airoso como se puede, muy por encima de la traducción mecánica de Planeta que directamente eliminaba todos los juegos fonéticos. Y la tercera decisión atañe a algo que nunca podré agradecerle lo suficiente a Caldas, algo que es justo lo que debe hacerse con esta obra y que pese a ser totalmente obvio nunca se ha hecho: incluir los textos originales. Como se hace con la poesía cuando es bien editada. De esta forma se destierra cualquier posible objección que hacerle a la traducción, y permite ver perfectamente qué es lo que hacía exactamente Herriman con el lenguaje.

            Una edición, en suma, imprescindible. Todo aficionado al cómic debería tener al menos esta pequeña muestra de Krazy Kat en sus estanterías, incluso aunque la obra no le apasione. Yo de hecho no la incluiría entre mis cómics favoritos, pero eso no impide que vea sus innegables y rotundos valores.

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18 Noviembre 2009

Cómic: No caigas en Nueva York, de Garth Ennis y Steve Dillon.

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Acabo de releer este tebeo. En su momento me pasó algo desapercibido, supongo, como demuestra el hecho de que no me acordara de él. Pero ahora me ha sorprendido. Me parece de largo lo mejor que he leído de Garth Ennis desde los primeros números de Predicador. Y probablemente sea incluso mejor que aquéllos. Me explico. A mí Ennis me parece uno de los guionistas más sobrevalorados del mercado americano. Tremendamente limitado en argumentos, situaciones, temas y sobre todo personajes, lo único que le concedo es que es un gran dialoguista. Si se dejara de gamberradas escatológicas, ese caca culo pedo pis que puede que allí escandalice pero que aquí creo que está más que superado, podría hacer mejores historias. Predicador empieza bien. Compré hasta el tercer tomo. Ahí, me di cuenta de que no sabía a dónde iba ni cómo, y pasé de seguir, aunque, eso sí, el especial de Cassidy me parece genial. Su Punisher, que coleccioné hasta que Panini —o Planeta, no recuerdo si fue antes o después del acontecimiento cósmico— lo pasó a tomos. Entretenía. Era divertido. Me gustaba menos cuando empezaba con las neuras de Vietnam, más vistas que el tebeo, nunca mejor dicho. Pero cuando se controlaba con eso, Punisher era una cosa muy entretenida, un cómic alocado, para los estándares de Marvel, que no podía tomarse en serio pero que precisamente por eso se leía con gusto. Para ser un divertimento, probablemente la etapa Ennis duró demasiado. No puedo opinar. Sí compré el último tomo, en el que recuperaba a algunos personajes de su primera historia y a Steve Dillon en el dibujo, y bueno. O yo me he hecho mayor o Ennis ya estaba agotado. Creo que lo segundo, porque aún puedo coger de vez en cuando sus primeros Punisher y pasar un buen rato.

Es lo que he hecho hoy. Y ya digo que me ha sorprendido. Primero porque No caigas en Nueva York es una historia dura. Sin necesidad de pasarse de rosca, sin casquería, sin exageraciones. Por eso resulta infinitamente más efectiva y estremecedora, porque parece real. Porque podría serlo. Y segundo por la reflexión, concisa y sin politiqueos, que del 11-S se hace —en la portada, por cierto, se observa la silueta de las Torres Gemelas—. En dos frases es mucho más certero que Straczynski en su célebre número de Amazing Spider-man en el que se ve la destrucción de las torres, aquél en el que prácticamente se mimetizaba el mensaje oficial de Bush, aquello de la justicia infinita, y podíamos ver al Doctor Muerte llorando frente a los escombros, supongo que de rabia porque Bin Laden le había ganado por la mano. Es cierto que la papeleta que le tocó a Straczynski no fue fácil, y que tuvo que escribir en caliente. Con un par de meses más de reflexión —el tebeo lleva fecha de portada de enero de 2002, pero los cómics en EE UU salen dos meses antes de lo que marca la cubierta—, y sin la intención de abordar los motivos o repercusiones del atentado, Ennis, por boca de Frank Castle, ataca de una manera demoledora la actitud de los americanos que, necesitados de curación, se aferraron, comprensiblemente, a valores tradicionales: solidaridad, altruísmo. Cada americano es un héroe anónimo, y juntos podrían superar todas las dificultades. Esa forma de pensar se plasmó especialmente en Nueva York y en todos los actos posteriores al atentado, que buscaban comprender pero también sanar a través de la comunidad y el consuelo colectivo. Todo mentira. Punisher es brutal: “La vieja New York sigue esperando bajo la superficie. En los ojos de la dependienta que rechaza tu tarjeta. El director de banco que te embarga la casa. El cirujano que te dice que tu mujer no sobrevivirá”. Punisher, que se sabe un monstruo, se da cuenta siempre de que el resto de nosotros también lo somos. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre, y la insolidaridad, el odio, el rencor y el egoísmo están justamente donde estaban antes del 11-S: en las calles. De todas las grandes ciudades, sí, de todo lugar donde haya hombres, pero más que en ningún otro sitio en la urbe más poblada de occidente. No caigas en Nueva York: nadie va a recogerte. A partir de ahí, Ennis construye una historia redonda, un ejemplo perfecto de cómo hacer un relato corto en cómic. Su viejo teniente de los tiempos de Vietnam se ha vuelto loco. Ha matado a su mujer y a sus hijos, y deambula por la ciudad, matando más aún. Punisher le debe acabar con él, y arrebatárselo a la sociedad enferma que lo convertirá en un espectáculo. Le debe un disparo limpio, y recogerlo cuando caiga. Así acaba No caigas en Nueva York. “Te he cogido”.

¿Reaccionario? Sí, es posible. Pero es ficción, y para eso está: para cuestionar la realidad y meter el dedo en la herida. Porque lo que se valora aquí es qué es más deleznable o atroz: un disparo en el pecho o convertir un asesinato en un espectáculo de masas, como tan acostumbrados estamos a estas alturas de la película.

Me sorprende, para bien, que Marvel publicara con el atentado tan reciente una historia con un mensaje tan incómodo y negativo. Cuando lo que se estaba dando era esperanza y consuelo, cuando el mensaje era ensalzar el valor y la entereza de los neoyorkinos, cuando en los cómics se decía una y otra vez que el hombre de a pie, especialmente bomberos y policías, eran los verdaderos héroes, Ennis se desmarca con un mensaje escéptico, duro, y, me temo, bastante más realista. La pregunta es por qué un tipo capaz de hacer un tebeo tan lúcido se empeña en escribir paridas provocadoras una y otra vez. Cosas de la vida.

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15 Noviembre 2009

Cómic: El Vecino 3, de Santiago García y Pepo Pérez.

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            A los dos primeros volúmenes de esta serie me acerqué con cierta cautela. Los leí a la vez —bueno, a la vez no; primero uno y después el otro—, pensando que iba a encontrarme con la típica parodia del género de superhéroes que tanto se estila por estas tierras y que a mí me deja más que frío —¿frigérrimo?—. Pero no. Me equivoqué totamente. El Vecino era otra cosa, una que me sorprendió mucho. Santiago García y Pepo Pérez, jugando a mezclar géneros, conjugando los tópicos superheroicos con el slice of life, construyeron un tebeo fresco y divertido que se leía con la sorpresa que provocaba su originalidad. El primero me gusta más que el segundo, quizás porque como comedia está más lograda que el segundo como drama, pero ambos son interesantes.

            Sin embargo, creo que palidecen ante la tercera entrega. Quizás es cosa del cambio de formato: se ha pasado del álbum "europeo", para entendernos, a un tomo más pequeño pero con más páginas, que permite un desarrollo distinto de las tramas. Pero al margen de eso, hay un cambio en el tono que creo tremendamente adecuado. En El Vecino 3 la aventura superheroica y el alter ego de Javier, Titán, pasan a un segundo plano, a un mero trasfondo que el lector ya conoce previamente pero que ahora no es más que un escenario para que se desarrollen las pequeñas historias de estos treintañeros con sus virtudes y, sobre todo, con sus miserias. Entre el humor y el drama, asistimos a las vivencias de Javier, que antes que superhéroe es escritor sin talento, su novia Lola, su vecino José Ramón, y Rosa, la novia de éste. Y sus miedos, sus neuras, sus traiciones, sus mentiras y sus verdades, son las mismas que las de cualquier grupo de amigos de su edad y clase social. Ante esto, el elemento fantástico es simplemente un trasfondo que lo tiñe todo, evitando así la monotonía y la similitud con otros slices, pero pocas veces emerge al primer plano, aunque, cuando lo hace, los resultados suelen ser tan buenos como en la escena en la que Javier/Titán descubre, o cree descubrir, que un miembro de la Legión Invisible ha entrado en su piso.

            Puede que sea cosa mía, pero encuentro en este El Vecino cierta influencia del mejor Señor Jean de Dupuy y Berberian, en la forma de afrontar la cotidianidad y las relaciones entre los personajes, pero también, seguramente, porque éstos están en la misma franja de edad y se enfrentan a la misma crisis. Sin embargo, aunque los personajes de El Señor Jean también son deliciosamente humanos, en El Vecino los autores son mucho menos amables a la hora de plasmarlos, y quizás por ello un pelo más realistas. Porque Javier, José Ramón, Rosa, Lola, no son malas personas, pero tampoco buenas. Son, simplemente, personas. Como todos. Y pueden ser envidiosos, egoístas, mentirosos o traidores, pero también pueden pedirle perdón a un amigo, aunque sea de una manera tan sui generis y a la vez tan tremendamente natural como la que tiene Javier con José Ramón. Todos sufren, de una manera u otra, el gran mal de la sociedad occidental contemporánea: la incomunicación. Pero ninguno de ellos, y ahí está la gracia, cae mal o deja de ser entrañable de alguna forma. Y en su química, y en la que crean los autores entre sus creaciones y el lector, está el secreto del buen funcionamiento de este cómic. 

            En cuanto al dibujo, de nuevo me he llevado una sorpresa. Creo que Pérez, dibujante correcto en los anteriores álbumes, ha mejorado mucho en éste. Le ha sentado fenomenal el cambio al blanco y negro —y el rojo del uniforme de Titán, que queda genial—, y le ha ayudado tal vez a soltar su trazo y ganar en expresividad, con algunas soluciones gráficas que me recuerdan, y de nuevo puede ser cosa mía, a Blain: los "tembleques" de José Ramón, los brazos ondulantes de alguna viñeta... La ruptura con el estilo realista aporta frescura y dinamismo al conjunto, marcado por una narrativa férrea, de plantilla de tres por tres viñetas en todo el tebeo —a lo Watchmen, para entendernos—, con la que Pérez y García consiguen claridad y algún que otro momento brillante: ahora mismo me viene a la cabeza el polvo de Javier y Lola.

            Ni revoluciona nada ni probablemente lo pretende, pero El Vecino se ha convertido por derecho propio en una de las propuestas más innovadoras e interesantes del cómic español. Un tebeo divertido, bien hecho, con un sólido guión y un muy buen dibujo, editado además muy bien por Astiberri, a un precio adecuado para lo que ofrece... Lo único que se puede pedir es que la siguiente entrega no se retrase mucho y tengamos otro El Vecino para el año que viene.

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14 Noviembre 2009

Krazy Kat.

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Pedazo de sorpresa me he encontrado hoy en la bandeja del correo: Don Manuel Caldas va a editar una selección de planchas restauradas de Krazy Kat de Herriman. Un cómic tremendamente difícil de trasladar a otro idioma por los abundantes juegos de palabras y los vocablos que se inventa el autor. Hace unos años probé con el primer tomo publicado por Planeta y la horrenda rotulación, así como la traducción, me hicieron dejar de comprarla, pese a que el dibujo de Herriman me parece brutalmente atractivo. Ahora voy a darme una segunda oportunidad con esta obra fundamental de la historia del medio, voy a fiarme de Caldas y de uno de los traductores más reputados de la industria española, Diego García. Ya me he puesto en contacto con Caldas para recibirlo, y de paso he aprovechado para pedirle también el volumen con el Tarzán de Hal Foster que editó hace poco. No obstante, el Krazy Kat se venderá en tiendas, bajo el nombre, por cierto, de Krazy+Ignatz+Pupp, por el lío de derechos que hay montado en torno a la obra -la edición de Planeta ya tuvo que llevar otro nombre-. Diez euretes si se lo piden a él directamente: un regalo. Otro más.

Nota de prensa en La Cárcel de Papel.

Página de Manuel Caldas: http://www.manuelcaldas.com/

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11 Noviembre 2009

Guía de referencias de Astro City.

A raíz de releer y pensar sobre Astro City, ofrezco esta pequeña guía de sus personajes y sus influencias. Es un tema complejo en ocasiones. El propio Kurt Busiek asegura que le preocupa "muy poco" que la gente identifique los personajes de la serie con los de otras editoriales —mayoritariamente Marvel y DC, claro—, y que él trabaja con arquetipos anteriores todos ellos a la creación de los personajes a los que pueden recordar en un primer momento. Bajo mi punto de vista esa defensa es innecesaria. Todo el mundo con un mínimo de lecturas dentro del género encuentra los guiños y las referencias que Busiek utiliza en sus personajes. Es parte del juego: introducir rasgos, poderes y sobre todo, y esto es lo que hace que no pueda llamarse plagio a lo que hace, símbolos. Más allá del parecido superficial, hay arquetipos dentro del género superheroico que, si de reinventarlo se trata, no pueden faltar. Es cierto, como indica Busiek, que muchos de ellos son más antiguos, o incluso se remontan a los inicios de la cultura, pero no es menos cierto que, de no haber sido introducidos por otros en el género antes que él, no estarían en Astro City. Efectivamente, Busiek tiene razón cuando explicaba en una entrevista que Samaritano es "el héroe que sacrifica toda su existencia para venir y a hacer a nuestro mundo mejor. Eso es Superman, pero también es Jesucristo", pero hay en Samaritano, lo vamos a ver, un evidente homenaje a Superman. Del mismo modo hay otras figuras omnipresentes en las historias de superhéroes: el héroe sin poderes, el marginado, el grupo de héroes que reune a los más grandes del mundo, el grupo de forajidos... Todos remiten a figuras conocidas que, por su popularidad o éxito, se han convertido en parte indisoluble de esos arquetipos, y Busiek es consciente de ello y lo usa con inteligencia, aunque insista en lo contrario. Porque si no, ¿a qué arquetipo responde la First Family? ¿Al de la familia de superhéroes cuyas iniciales son FF? Es evidente, y no tiene nada de malo. Al contrario: ofrece otro nivel de lectura, quizás el más lúdico, pero también permite atar cabos y entender mejor algunas de las historias. Para los que puedan no haber leído ya la serie: hay algún que otro spoiler. Empiezo.

Samaritano (Samaritan). Su referencia más obvia es Superman (DC Comics), aunque, como explica Busiek, es una figura mucho más antigua. El héroe que se sacrifica por la humanidad, así como la figura del extranjero, aparecen prácticamente en todas las mitologías occidentales. Pero Samaritano podría tener otra profesión y otros poderes. No, el paralelismo es evidente: Vuela, es superrápido, superfuerte, es el más poderoso y respetado de todos los héroes de Astro City. La única diferencia en sus poderes es que Samaritano no tiene visiones especiales pero cuenta con una red de energía. Superman viene de otro planeta; Samaritano de un futuro remoto. En el fondo es lo mismo: ambos son extraños, hijos adoptivos de mundos que defienden y por los que se sacrifican. Samaritano tiene una identidad secreta civil que se disfraza, como Superman, con unas gafas, y que tiene más o menos los mismos problemas para relacionarse socialmente. Por último, el colofón: trabaja en una revista como redactor —Superman, como todo el mundo sabe, en su identidad de Clark Kent trabaja en el Daily Planet—. Otros personajes que pueden haber influido en menor medida son todos los sosias de Superman que han ido apareciendo a lo largo de los años: Capitán Marvel/Shazam (DC Comics), Hiperión (Marvel Comics), Supreme (Image Comics) y muchos otros.

Victoria Alada (Winged Victory). En su papel de mujer más poderosa del universo de la serie, y por su relación con Samaritano, Victoria Alada es rápidamente identificada como una réplica a Wonder Woman (DC Comics). Ambas comparten cierto espíritu feminista por el que también podemos identificarlas, aunque Busiek, me temo, es mucho más lógico y consecuente en este punto: Victoria Alada dirige toda una serie de escuelas y centros donde enseña a las mujeres a tener autoestima y a defenderse por sí mismas. Se cuenta en Astro City que muchos sectores sociales miran con malos ojos a la heroína debido a su feminismo, y, cuando una raza alienígena intente desacreditar a los héroes de la Tierra para facilitar una invasión, usará este punto para hacerlo con Victoria Alada. De alguna forma, ella es lo que Wonder Woman podría haber sido de haberse creado en otra época —o lo que ha sido posteriormente en otras versiones—, porque en la suya, a pesar de que su creador William M. Marston aseguraba que era un personaje feminista, su serie era un catálogo de bondage blando. También recuerda a Wonder Woman Victoria Alada por su inspiración grecolatina, tanto en su nombre de guerra como en su vestimenta, bastante más acorde con dicha inspiración que la bandera americana que viste Wonder Woman.

Confesor y Monaguillo (The Confessor y Altar Boy). La pareja de luchadores contra el crimen guarda muchas similitudes con Batman y Robin (DC Comics). Ambas parejas están formadas por un adulto que actua como mentor y maestro y un adolescente impetuoso al que toma bajo su protección. Tanto el Monaguillo como Robin son huérfanos, y ambos carecen de poderes y emplean un estilo de lucha basado en la agilidad y las cabriolas. Confesor por su parte recuerda a Batman en sus métodos y en su faceta de detective, a la que Busiek da, con toda consciencia, bastante importancia. Pero al contrario que Batman, el Confesor no carece de poderes: de hecho es un vampiro —¿posible alusión al "hombre murciélago"?—. Además, lejos de la vida glamurosa que lleva Bruce Wayne, vive oculto en unas catacumbas bajo la catedral de Astro City, y no cuenta con los cientos de artilugios y los recursos económicos de Batman. La especial naturaleza de la serie, que le da a Busiek total libertad, hace posible que éste dé un paso que, de no pesar tanto la imagen de marca de la franquicia que es hoy y desde hace tiempo Batman, habría sido totalmente lógico que se diera en sus series: el discípulo acaba por suceder al maestro; el Monaguillo acaba por asumir la identidad del Confesor tras la muerte del original. Nuevo guiño hacia un sector importante de viejos lectores que siempre han especulado con la posibilidad de que uno de los Robin suceda finalmente a Batman.

Jack Caja de Sorpresas (Jack-in-the-box). Guarda ciertos puntos en común con Spiderman (Marvel Comics): es un héroe urbano, se enfrenta a bandas de delincuentes comunes y a supervillanos por igual, se dice que varias veces ha sido perseguido por la policía por atribuírsele delitos. A pesar de que el hecho de no tener poderes lo diferencia de Spiderman, su estilo de lucha, su costumbre de contar chistes malos mientras pelea, y las gadgets que usa, remiten directamente al trepamuros. Además, está casado con una mujer famosa, aunque en lugar de ser actriz y modelo como Mary Jane, es presentadora de informativos. Las historias que Busiek nos cuenta hay que ponerlas en relación directa con lo que en los años noventa vivía Spiderman: la infausta Saga del clon, que en realidad no fue más que un intento de renovar al personaje cambiando al hombre detrás de la máscara y dejando que Peter Parker entrara en la madurez, colgando el traje y siendo padre. De nuevo gracias a la libertad de la serie y a la ausencia del peso de la franquicia, Busiek puede dar su propia alternativa al proceso que siguió Spiderman, y que básicamente consistió en dar el paso hacia delante y luego tres hacia atrás. Jack Caja de Sorpresas vive su propia saga del clon cuando es visitado por versiones de sus hijos provenientes de diferentes futuros, lo cual le hace plantearse, al quedarse su mujer embarazada, el paso lógico: ceder la identidad del superhéroe a un sucesor, al que entrena personalmente. Esto lo relaciona también con la idea de legado que subyace en muchos personajes de DC Comics, por ejemplo Green Lantern o Flash.

La Guardia de Honor (Honor Guard). El supergrupo más importante del universo Astro City remite, lógicamente, a todos los supergrupos de las principales editoriales, pero sobre todo a los Vengadores (Marvel Comics) y especialmente a la Liga de la Justicia (DC Comics). Como en la Liga, los miembros de la Guardia de Honor son los más poderosos e importantes héroes de su mundo, incluyendo al Samaritano. Su base de operaciones es una nave que se mueve por el cielo, que puede identificarse fácilmente con una de las de la Liga de la Justicia, la Atalaya. Como la Liga, y a diferencia de los Vengadores, los miembros de la Guardia de Honor llevan carreras separadas y sólo se reunen en caso de amenazas suficientemente importantes, o en reuniones periódicas para intercambiar información. La fundación del grupo tiene lugar en el año 1959; la primera aparición de la Liga de la Justicia data de marzo de 1960. Sus miembros actuales son siete, como la alineación estrella de la Liga o gran parte de las de los Vengadores.

Estoque Negro (Black Rapier). Miembro de la Guardia de Honor; antes de la aparición del Confesor, todo indicaba que sería el Batman (DC Comics) de su grupo, al carecer de poderes y hacerse mención a sus habilidades como detective. El hecho de que vaya armado con un estoque trucado puede recordar a superhéroes como Espadachín o Caballero Negro (Marvel Comics), pero es un parecido totalmente superficial.

Fuerza N (N-Forcer). Claramente inspirado en Iron Man (Marvel Comics). A pesar del poco protagonismo que ha tenido en la serie, prácticamente todo lo que se sabe lo emparenta con él: los poderes los proporciona un traje especial que a lo largo de los años ha tenido diferentes versiones cada vez más sofisticadas, ha habido varios portadores del mismo, y el héroe es símbolo, como Iron Man, de una corporación. Además, aparententemente Fuerza N tiene conocimientos técnicos similares a los de Tony Stark, principal portador de la armadura de Iron Man.

Cleopatra (Cleopatra). Remotamente inspirada en Thor (Marvel Comics). Heroína de gran poder, miembro de la Guardia de Honor, que consiguió dicho poder encontrando un artefacto mágico, al igual que Thor. Y como él, tiene una identidad civil bajo la que se oculta. También comparten el control de los rayos y la inspiración en una civilización antigua. Aunque Cleopatra fue un personaje histórico, hoy ha alcanzado la categoría de mito para la gente que no tiene conocimientos específicos sobre el Egipto antiguo, de forma que también ahí hay una conexión con Thor.

K.P.H. (M.P.H.). Basado en los muchos personajes con supervelocidad, pero especialmente en el más conocido de ellos: Flash (DC Comics). Ahí acaban las similitudes, no obstante: el origen y naturaleza de sus poderes son muy distintos.

Camorra (Quarrel). Mujer sin poderes pero con un arsenal de armas de alta tecnología. Su ballesta la relaciona tangencialmente con héroes arqueros como Green Arrow (DC Comics) u Ojo de Halcón (Marvel Comics). No empezó siendo villana como este último, pero su padre, el primer Camorra, sí lo fue. La Cazadora (DC Comics) es otra superheroína armada con ballesta.

Los Irregulares de Astro City (The Astro City Irregulars). Amalgama de referencias. La condición de la mayoría de sus miembros de adolescentes recuerda a supergrupos como Teen Titans (DC Comics) o los Nuevos Guerreros (Marvel Comics); el hecho de que fueran marginados o outsiders remite a cualquiera de los muchos grupos de mutantes creados a partir de los X-Men (Marvel Comics) o a la Doom Patrol (DC Comics).

La Primera Familia (First Family). Obvio homenaje a los Cuatro Fantásticos (Marvel Comics), con los que comparten iniciales en inglés (Fantastic Four). Ambos grupos son familias de héroes, y a los Cuatro Fantásticos se les ha llamado a veces la "primera familia" de Marvel, por su condición de iniciadores de la era moderna de la editorial. El caso de la Primera Familia es de los más interesantes de Astro City por la forma en la que Busiek toma elementos de la historia de los Cuatro Fantásticos y los cruza entre sus personajes para crear un nuevo trasfondo con el que dar una vuelta de tuerca a las relaciones entre los miembros del supergrupo de Marvel. La familia Furst —con fonética similar a la palabra first— consta de tres generaciones, dado que en Astro City el tiempo transcurre igual que en el nuestro y los personajes envejecen. El patriarca de la familia es el doctor August Furst, que al igual que Reed Richards, es un brillante científico. En su juventud vivió junto a su hermano Julius aventuras en la línea de los Challengers of the Unknown (DC Comics), creación de Jack Kirby y considerados antecedente directo de los Cuatro Fantásticos. Dichas aventuras tienen lugar en los cincuenta, década en la que aparecen los Challengers. Poco después August se casó con Nadia, sin poderes conocidos. Dos años después le abandona por Kaspian, el príncipe de un pueblo de hombres bestias, de rostro poderosamente parecido al del príncipe Namor, pretendiente en los primeros tiempos de los Cuatro Fantásticos de la novia de Reed Richards, la Chica Invisible. Ambos representan el mismo arquetipo: el hombre fuerte y salvaje, primario, de evidente atractivo sexual, frente al hombre cultivado e inteligente que representan Richards y August Furst. Pero mientras que la Chica Invisible elige lo segundo, Nadia se queda con Kaspian. Tuvo con él dos hijos superpoderosos que serán criados por el doctor Furst: Natalie y Nick, ambos con poderes relacionados con la energía. Nick mostrará un comportamiento tan impetuoso como el de la Antorcha Humana de los Cuatro Fantásticos, y Natalie será una madre tan abnegada como la Chica —Mujer, ya— Invisible. La familia se completa con Rex, el hijo de la reina de un reino submarino que recuerda, obviamente, a la Atlantis del príncipe Namor, aunque al ver el aspecto tosco y los modales de Rex, es imposible no acordarse de la Cosa. Rex se casa con Natalie, y tienen una hija, Astra, muy poderosa. En los números inéditos en castellano Nick se ha casado con una abogada y ha tenido dos hijos, demostrando la intención de Busiek de presentar a la Primera Familia como una saga familiar. Otros puntos en común con los Cuatro Fantásticos son la existencia de una base fija, el observatorio del monte Kirby —homenaje, una vez más—, que cumple la misma función que el edificio Baxter, o el transporte habitual del grupo, el Family-1, que recuerda al Fantasticar, aunque el diseño sea diferente.

El Hombre (El Hombre). Héroe hispano de folclórico nombre en su identidad civil —Esteban Rodrigo Suárez Hidalgo— inspirado en el Zorro, personaje creado por Johnston McCulley, antecedente directo de los superhéroes. En el cómic, es famosa la tira dibujada por Alex Toth.

Pistopasta/Pistola de Pegamento (Glue-Gun). En la edición española se han utilizado ambos nombres en sus dos apariciones. Es un villano de tercera, un perdedor torpe con una pistola de pegamento. Por su actitud y sus "poderes", es evidente que está inspirado de forma directa en el Trampero (Marvel Comics), también conocido como Pete-Pote-de-Pasta.

La Alianza Impía (The Unholy Alliance). Como grupo de supervillanos némesis de la Guardia de Honor, la Alianza Impía remite a grupos como La Liga de la Injusticia (DC Comics) o los Amos del Mal (Marvel Comics), aunque sus miembros no guardan una equivalencia directa con los de dichos grupos.

El Trapero (The Junkman). Un anciano villano que inventa todo tipo de artilugios a partir de basura. Recuerda por ello mucho al Chatarrero (Marvel Comics), viejo enemigo de Spiderman. Por su resentimiento hacia los jóvenes también recuerda a Zorro Negro (Marvel Comics) o al Buitre (Marvel Comics).

El Ahorcado (The Hanged Man). Es un poderoso espíritu con poderes sobrenaturales que vela por la realidad. No diría que está basado en el Espectro (DC Comics), pero tiene muchos puntos en común con él.

El Caballero (The Gentleman). Por su rostro y su peinado, y por el hecho de que no envejece, podría estar ligeramente inspirado en el Capitán Marvel/Shazam (DC Comics).

Ruiseñor y Ave Solar (Nightingale y Sun Bird). Podrían ser una versión femenina de Batman y Robin (DC Comics). Sus uniformes contrastan igual de llamativamente que los de ellos, pero, curiosamente, en este caso la que lleva el nombre de un ave es la adulta del duo —Robin significa petirrojo—. Busiek hace que se especule en alguna ocasión con la posibilidad de que ambas sean lesbianas: la homosexualidad de Batman y Robin es un chiste recurrente en el mundo del cómic. Además, los poderes de Ave Solar son prácticamente los mismos, por lo poco que se ha visto, que los de Júbilo (Marvel Comics), que en sus primeras apariciones era claramente un intento por dotar a Lobezno de su propio Robin.

Americano Total (All-American). Un viejo superhéroe de los años cincuenta que por nombre, ingenuidad y atuendo recuerda a los típicos superhéroes patrióticos de la época de la Segunda Guerra Mundial. El más obvio es el Capitán América (Marvel Comics), pero también puede nombrarse a otros, por ejemplo Fighting American (Cretswood Publications/Prize Comics) o a The Shield (Archie Comics).   

Más información sobre Astro City en esta excelente página, que me ha sido utilísima en la redacción de este artículo.

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9 Noviembre 2009

Cómic: Astro City, de Kurt Busiek y Brent Anderson.

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            En 1995 Kurt Busiek inició, junto con el dibujante Brent Anderson, la publicación de una serie que sorprendió a todo el mundo: Astro City. Busiek ya había firmado poco antes Marvels, que quizás fue el mejor cómic de Marvel en los noventa, y poco después sería el principal estandarte del giro clasicista que la editorial daría a gran parte de sus series tras el experimento de Heroes Reborn. Pero Astro City fue y es otra cosa.

            En los noventa pesaba aún la losa de la mirada desmitificadora de Watchmen: lo que debió ser la muerte del género, paradójicamente lo alimentó para que diera sus peores frutos durante unos años realmente aciagos. A punto de colapsarse sobre sí mismos, los universos de ficción —sus propietarios, quiero decir— optaron, justo antes del cambio de siglo, por volver a los orígenes y confiar las naves no a dibujantes de nociones anatómicas, digamos, creativas, sino a guionistas que durante toda su vida habían leído tebeos de superhéroes, y que conocían y amaban el trabajo de Roy Thomas, Steve Englehart o Gerry Conway. Fueron gente como Mark Waid, Geoff Johns y sobre todo Kurt Busiek quienes se ocuparon de reinventar a los superhéroes recurriendo a su época dorada, a los setenta y primeros ochenta. Tenía esta opción, ahora lo vemos claro, una fecha de caducidad clara: duraría el invento lo que durara la capacidad enciclopédica de los guionistas implicados. Sin ellos, en menos de diez años hemos vuelto a la casilla de salida: quien no conoce la historia está condenado a repetirla; quien no leyó cómics en los noventa está condenado a repetir sus argumentos y encima creerse que inventa la sopa de ajo.

            Pero vuelvo a Astro City, que me solivianto. Es un caso extraño. Es indudable que nace como respuesta al paradigma del género en los noventa, pero, sin embargo, no puede considerarse un producto puramente retro o clasicista. En realidad, Busiek abre con ella una tercera vía, una forma de deconstruir a los superhéroes sin destruirlos, sin sarcasmo, desde el amor profundo por el género que le profesa el guionista.

            Articuladas en torno a la ciudad del mismo nombre, las historias narradas en la serie, tanto las episódicas como las que abarcan varios números, aparentan ser "clásicas", sí, pero hay más. Para empezar, el gran mérito de Busiek es la creación de un trasfondo y una historia para su universo, basándose en lugares comunes y arquetipos del género que todo lector reconocerá, incluso a veces demasiado fácilmente. No es difícil, identificar al Samaritano como Superman, a Victoria Alada como Wonder Woman, al Confesor y el Monaguillo como Batman y Robin, o a Jack Caja de Sorpresas como Spiderman, al margen de que más allá de la inspiración cada personaje tenga después sus propios orígenes, motivaciones o personalidades. Pese a que esto puede lastrar en ocasiones las historias, nunca son tan oscuras como para que un lego en la materia se pierda, aunque evidentemente aquel que haya leído superhéroes disfrutará más con esto. Porque lo que hace Busiek es, en realidad, construir la historia de su ciudad y su universo de forma paralela a la historia del género. Los superhéroes de sus años cincuenta son patriotas e ingenuos, los de los ochenta, descreídos y cuestionados por el público. Lo hace además muy bien, porque dosifica la información con mucha inteligencia. Nunca cae en el error de contar demasiado y, consciente de que casi siempre las cosas tienen más valor si se insinúan en lugar de mostrarlas explícitamente, muchos de los acontecimientos fundamentales en la cronología de la ciudad se dan por supuestos pero nunca se cuentan. El hecho de crear una cronología "real", en la que los personajes envejecen, le permite jugar con diferentes generaciones de héroes y saltar en el tiempo contando historias de todos. En este juego metalingüístico está, ya digo, el mayor hallazgo de Astro City, a pesar de que a veces por su causa Busiek es excesivamente frío en historias que agradecerían más emotividad —lo cual no significa que otras no pueda emocionar, y mucho.

            Me gusta mucho también el acercamiento a lo que se cuenta, basado siempre en el protagonismo coral y en la visión personal de algún héroe o, más frecuentemente y con mucho acierto, en el de una persona normal. El tratamiento psicológico de los protagonistas es, por profundidad y por las herramientas que Busiek utiliza, más propio de un slice of life que de un tebeo de superhéroes. Casi siempre se apoya en una primera persona que favorece la identificación con los protagonistas y la comprensión de los mismos. Ésa y no otra es la originalidad de Astro City. Si nos quedáramos en la mera superficie, en la simple descripción de las tramas, tendríamos historias típicas sin más interés. Pero Busiek consigue con el cambio del punto de vista algo que parecía a estas alturas de la película totalmente imposible: que aquello que es más viejo que la tos parezca novedoso. Es verdad que al lector veterano todo le va a sonar, pero el toque realista —un realismo muy diferente al de The Authority o Rising Stars, uno que no cuestiona las bases del género pero sí incide en la repercusión que la existencia de seres superhumanos tendría para la gente corriente—, así como los giros que Busiek suele dar, hacen que aún sean posibles las sorpresas. Tiene cierta habilidad para usar la lógica en la resolución de las historias y tocar teclas que nunca se habían tocado, para dar la enésima vuelta de tuerca por la vía difícil: respetando las reglas del juego y no tirando el tablero por la ventana, jugando con los guiños y dando pequeños y medidos pasos hacia delante.

            Pese a que la serie pasa por ciertos baches y que el resultado, en conjunto, es menos brillante que el de otras series más o menos similares, como el maravilloso Tom Strong de Alan Moore, a mí me parece una de las propuestas del género más interesantes de los años noventa, especialmente porque abrió, como Marvels, una salida para algo que estaba ya prácticamente muerto y que, me temo, no supo aprovechar lo que se le brindaba. Ahí quedan, en todo caso, historias tan buenas como la saga del Confesor, la cita de Victoria Alada y el Samaritano, el especial Cerca de ti o el impresionante primer número, En sueños, una de las mejores historias de Superman que se han hecho. La serie, no sin problemas de periodicidad, continúa abierta, siempre con los dibujos del correcto Brent Anderson y las portadas y diseños de Alex Ross. En España, tras varios años de sequía, Norma se lanza a su publicación, desde el principio, lo que supone que para leer historias nuevas habrá que esperar no menos de un año. O tirar de edición original, claro. Muy recomendable, en definitiva, para todos aquellos que están hartos de las macarradas actuales y creen que los superhéroes pueden ser otra cosa.

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