La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Literatura

13 Noviembre 2009

Viejo e imperturbable.

"El viejo Vainamoinen dijo: '¿Qué podría yo tener de sabio y qué podría valer como runoia, yo que he vivido toda mi vida en estos bosques solitarios, en medio de mis campos, atento solamente al canto de mi cuclillo? No obstante, no dejes por ello de hacerme oír lo que tú sabes, y lo que comprendes mejor que los otros'.

El joven Jukahainen respondió: 'Yo sé una cosa y aún otra cosa; lo que poseo, con toda claridad lo poseo. Sé que el paso del humo está junto al tejado, que la llama no está lejos del fuego, que la vida es fácil para el perro de mar y para la foca que se revuelca en el agua. Si esto no te basta, sé aún otras cosas, poseo aún otros motivos de sabiduría'.

El viejo Vainamoinen dijo: 'La ciencia del niño y la memoria del niño no son las del viejo héroe barbudo; como tampoco las del hombre que ha tomado mujer. Habla, si eres capaz, de las cosas serias, importantes y eternas.'

Jukahainen respondió: 'Conozco el origen del pinzón. Sé que el pinzón es un pájaro, que la culebra es una serpiente, que la perca es un pez de agua dulce, que el hierro es flexible, que la tierra negra es amarga, que el agua hirviendo produce dolor, que el fuego quema rabiosamente. Y aún me acuerdo de algo: me acuerdo del tiempo en que me ocupaba de labrar el mar, de sondear los abismos, en hacer agujeros para los peces, en zambullirme hasta el corazón del agua, en formar los lagos, en amontonar las colinas, en reunir juntas a las rocas. Yo estaba presente cuando la Tierra fue creada, cuando el espacio fue desenrollado'.

El viejo Vainamoinen dijo: 'Tú lo que haces es amontonar mentira sobre mentira'."

 

Fragmento del Kalevala, recopilado por Elias Lönnrot, 1835.

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14 Octubre 2009

Cambiar o morir.

Tenía el día yo un poco tonto, y ha venido este artículo que acabo de leer a alegrármelo, aunque sea por las risas que me he echado. Por partes.

            El artículo sobre las encuestas que se han llevado a cabo en la feria de Frankfurt —la más importante de Europa, probablemente— deja claro que lo que llevo esperando y augurando desde hace tiempo está muy cerca de ser una realidad: se calcula que para 2018 el volumen de negocio del libro electrónico ya será superior al del libro físico. Para dentro de dos años, se habla de un 25% del pastel. Muy pronto las editoriales se encontrarán en la misma situación que afrontan hoy las discográficas, y eso es una indiscutible buena noticia. Porque con el libro electrónico, se les acabará el negocio, y con él, la sistemática explotación que hacen de los autores, los contratos draconianos, las condiciones feudales, el absoluto desprecio por la obra como tal.

            Esto es imparable. Por mucho que haya gente que se aferre al romanticismo del a letra impresa, al tacto del papel, al olor del libro al abrirlo, desengañémonos: cuando uno pueda leer gratis, se acabó el romanticismo. Yo soy el primero al que le encanta el papel, pero hay que ser realistas. También se hablaba de la calidad del vinilo, del ritual de pincharlo, etc., y ahora es un objeto de coleccionismo, como lo será el libro en el año 2020 a más tardar. Y esto es bueno, se mire por donde se mire. Es bueno porque acaba con una situación injusta, y es bueno, sobre todo, porque se dejará de necesitar celulosa y se dejará de contaminar incinerando los ejemplares sobrantes de las tiradas desproporcionadas a sabiendas que hacen las editoriales, al menos aquí en España.

            Los editores tienen aún la posibilidad de subirse al carro, de cambiar su modelo de negocio y aprovechar también el libro electrónico. Tienen ahí el ejemplo de lo rematadamente mal que lo están haciendo las discográficas, que han perdido la batalla hace ya tiempo y están abocadas a desaparecer tarde o temprano. Pero, comportándose como los dinosaurios torpes que son, parece que están siguiendo el caminito de sus colegas punto por punto. Ya deberían estar haciendo intentos, al menos, experimentos con el invento a ver por dónde pueden ir los tiros. Pero, de nuevo hablando de España, no se ve prácticamente nada. El editor español sigue pensando que esto es una cosa de ciencia ficción, que no es una amenaza seria y que no va a darle dinero. Pronto esto cambiará, y empezarán a verlo como el enemigo, igual que la industria de la música consideró las descargas como algo a erradicar. Uno no puede evitar pensar que los intentos de ésta por aprovechar internet en su beneficio eran poco sinceros, y parecían más bien maniobras para convencer a la gente de que deje de darles dinero. Sólo así se explica que pretendan vender por precios sólo ligeramente inferiores al CD discos en un formato con pérdida de calidad como es el mp3 y encima con mil y una trabas a la hora de copiarlo o reproducirlo en otros aparatos. Es decir, por casi el mismo precio, compre el mismo producto con peor sonido, sin libreto, sin caja, con más problemas para reproducirlo, y encima nosotros nos ahorramos transporte, producción y demás. Plas, plas, plas. Ah, y ni se te ocurra descargarlo "ilegalmente" porque entonces eres peor que Hitler. Éste es el uso a destiempo que una industria moribunda pretende hacer de internet. No funciona, evidentemente. No hace falta ser muy listo para darse cuenta.

            Los editores quieren ir, demostrando su gran olfato para los negocios, justo por ahí. Según el artículo, un 15% de los encuestados piensan que el libro electrónico debería valer lo mismo que en papel. Un 4% piensa que debería valer más. De lo cual se deduce que un 19% de los editores encuestados son bobos. O piensa que lo somos los demás. Claro que sí, yo te pago lo mismo o más por el mismo contenido, y tú te ahorras transporte, impresión y porcentaje del librero. Y luego te doy el número secreto de mi tarjeta de crédito para que ya de paso te sirvas tú mismo. Tal parece que en realidad lo que quieren es acabar con esto antes de que empiece. Que la gente vea esos precios y diga "bah, para eso me lo compro en papel" y así el chiringuito no se les cae, ni a ellos, ni a las imprentas, ni al resto de sectores implicados en la realización de un libro. No cuentan, claro, con lo que ya es una realidad en la red: que yo me puedo bajar en PDF el libro que me dé la gana. ¿Ilegal? Aquí no. Pero aunque lo fuera. Es, como pasa con la música, intentar ponerle puertas al campo. Es absurdo pretender luchar contra las descargas gratuitas desde una posición inmovilista que apela a la tradición y a los buenos sentimientos del comprador, a la vez que se le llama delincuente sin ningún miramiento. Porque a lo mejor el robo es vender un CD de música a dieciocho euros.

            Volvamos a la industria del libro. Hay editores más realistas que hablan, según el artículo, de un 10, un 20 y hasta un 30% de descuento en el libro electrónico con respeto al físico. Me parece, aún, insuficiente. Calculemos cuánto se ahorra una editorial vendiendo en la red, y descontemos esa cantidad al precio del producto. Y al resultado, descontémosle algo más, si es que se quiere competir con el hecho de que se puede encontrar el mismo contenido totalmente gratis. Y es que realmente, si lo pensamos lógicamente, ¿cuánto cuesta publicar un libro en formato electrónico? Porque mientras que una discográfica aunque no fabrique el soporte físico aún tendrá que pagar la producción del álbum, el mundo editorial funciona de tal manera que la inversión en este nuevo modelo sería cercana a cero. En España, un señor escritor escribe una novela y la envía a editoriales. La mayoría la tira a la basura —y encima la exige en papel; ¿ven como son dinosaurios?—, pero si tiene suerte o padrino, o ambas cosas, puede llegar a publicar. ¿Qué le cuesta por tanto la producción del texto a la editorial? Cero. Y si no lo imprime y no lo distribuye, ¿qué gastos va a tener? La maquetación, que se paga una sola vez o la realiza una persona que tiene su sueldo mensual, la corrección, cada vez en menos casos, que suele hacerla un freelance y está mal pagada, y el porcentaje del autor, que como es sobre ejemplar vendido, nunca supone una inversión previa por parte del editor. Y, claro está, la publicidad. Que en España, en la inmensa mayoría de los casos, es inexistente.

            Es evidente a qué responde el precio que quieren imponer. Es la idea preconcebida de que una descarga es un libro en papel menos que van a vender, y por tanto deben ingresar la misma cantidad que ingresarían por ese libro o una muy cercana. Pero eso no es lo que yo entiendo por adaptarse a un nuevo modelo de negocio. Es evidente que cuando comience a imponerse el electrónico, se deberán ir tirando paulatinamente menos ejemplares en papel. No se trata de compensar las pérdidas de las tiradas invendidas con los ingresos por las descargas: ésta es la clave. Esto es pensar aún en el modelo de negocio actual y no en el próximo. Las editoriales deberían centrarse YA en idear un sistema cabal, realista y justo con autor y lector de explotación del libro electrónico. El tren no pasa dos veces. Aún están a tiempo; lo mismo dentro de dos años no, y les vemos llorando por las esquinas, clamando que las descargas de libros son una aberración, y que suponen la muerte de la cultura. Y lo dirán, irónicamente, empresarios en cuyo vocabulario no caben las palabras cultura o literatura, a los que, a la hora de valorar si publican o no una obra, su calidad artística les da igual. Ellos hablan de productos y de mercado, y nada más. Por eso la literatura no se resentirá si el día de mañana desaparecen. Al contrario: el lector, el verdadero lector, no el comprador de bestsellers, se fijará en ciertas obras que ahora no ven a luz o lo hacen desde la autoedición porque los cerrados de mente que están al frente de las editoriales consideran que no son comerciales. Como le pasó, y admito que es demagogia baratísima, a Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. ¿Que al no haber filtro saldrá a la luz mucha más mierda? Más de la que sale ahora, difícil.

            Las oportunidades de negocio de las editoriales pasan, desde mi punto de vista, bien por vender los libros individualmente a precios realistas, bien por establecer tarifas planas para acceder a un fondo editorial. En el primer caso, el precio cobrado por un archivo PDF jamás debería ser superior a tres euros. Son casi tres euros de ganancias brutas para la editorial, así que no es poco. Y por supuesto, bajarse un libro de forma legal no debería ser nunca un quebradero de cabeza, como sucede con la música. Nada de claves, nada de bloqueos para impedir que el archivo se duplique o se abra en aparatos diferentes, nada de problemas de incompatibilidades. Se trata de hacerle al consumidor las cosas más fáciles, no más difíciles. Si le complicas la vida, obviamente se harta y se lo descarga gratis, y fin de la historia. Si se opta por la tarifa plana, opción que yo considero más lógica, los precios deberían rondar los diez euros mensuales, sin límites de descarga. Para ello, es evidente que las editoriales deberían agruparse, porque de nuevo, el lector busca un título, no una editorial, y tampoco va a pagar las tarifas planas de treinta editoriales distintas. Pero si uno puede acceder a un enorme portal con los fondos de multitud de editoriales, la cosa puede cambiar. Podría incluso establecerse un sistema mixto: pagas por un libro o dos o, si eres un lector rápido, te compensa la tarifa plana y la pagas. ¿Cómo evitar que el lector se descargue todos los libros el primer mes y se dé de baja? Es difícil. En primer lugar, ofreciendo novedades atractivas. Y quizás podría hacerse que el archivo descargado tuviera una vida útil de seis meses, por ejemplo, y después se borrara. Esto ya sería complicarle la vida al lector, pero podría compensar a muchos, si se hace bien.

            Los editores, como antes los magnates discográficos, deben asumir que se han acabado las vacas gordas. Van a dejar de tener la sartén por el mango: ahora somos los consumidores los que tenemos una posición de poder. Porque, legalmente o no, podemos obtener lo que ellos ofrecen completamente gratis. Así que si quieren que paguemos, tienen que ofrecer algo que lo merezca. Yo estoy dispuesto a pagar, pero de una manera racional. Tienen una oportunidad única: su negocio va a reducir brutalmente los gastos, por lo que, si no son codiciosos, pueden mantener unos ingresos suficientes. Si pretenden seguir cobrando lo mismo o sólo un poco menos por el mismo contenido, se hundirán. Pero lo hagan o no, creo que son los autores los que más ganan con esto. En poco tiempo el editor desaparecerá como intermediario imprescindible para sacar una novela a la luz, y por tanto el autor ya no tendrá que plegarse a sus caprichos y hacer publicidad aunque no quiera, modificar su texto o quitarle páginas. Nada impedirá al autor consagrado vender él mismo su texto en formato electrónico directamente. Imaginemos que Stephen King decide pasar de editoriales y su próxima novela la vende él en su página web a dos euros. Se forra —más aún—. El autor desconocido lo tendrá más difícil, ¡pero es que ahora también lo tiene! Además, si desaparecen las editoriales en papel, el lector prestará más atención a portales de descarga que alojen obras nuevas y será posible que la gente se haga un nombre.

            Ellos verán. De momento lo que veo es mucha pereza e iniciativas tan ingenuas e irreales como las que se explican en el artículo de El País. Allá ellos. El libro electrónico está aquí, y no es una moda. Es el futuro, y antes de que parpadeemos, el presente. En cuanto los lectores dejen de valer trescientos euros y cuesten sesenta, se acabó. Para entonces, más les vale tener una alternativa seria y realista más allá del pataleo que ahora se prevee.  

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16 Agosto 2009

Literatura: Canto general, de Pablo Neruda.

En cierta forma éste es un post de desagravio, a la poesía como género y al propio Pablo Neruda. A la poesía, porque hasta ante de leer este Canto general, mi opinión sobre ella no era buena. No me interesaba, más bien. La consideraba la infancia de la literatura, o la adolescencia, más bien. Cosa de autores que o bien no tienen nada que contar o no tienen la hablidad necesaria, o la paciencia, para contarla en prosa. Algo aún más egocéntrico y narcisista que la literatura en general, un género que puede funcionar como juego si no se toma trascendentalmente en serio: no podía, al leer un poema, quitarme la cabeza la imagen del poeta contando sílabas con los dedos, buscando desesperadamente palabras para rimar peguen o no con lo que se está contando —en la mejor tradición de Mecano— y haciendo “trampas” con diéresis y sinéresis. Como juego, al menos me parece más interesante que los sudokus, pero poco más. Me resultaba infantil. Claro está que hay excepciones. No tengo ningún problema con la poesía épica clásica, al contrario, pero es que ahí hay cierta… naturalidad, a falta de una palabra mejor, en la forma de componer los versos. Es como un romance: sale “solo”. No se me ocurriría tampoco ponerle una sola pega a Quevedo o Góngora, pero es que nada del Siglo de Oro suele admitir mucha comparación con lo que se hace ahora. No, mi problema era con la poesía contemporánea, con la poesía lírica, sobre todo. Con la idea de que un tipo se embelese en sí mismo y empiece a parir cursiladas siguiendo reglas métricas que fuera de época no tienen sentido. Ni siquiera me cuadra demasiado el Borges poeta, y es uno de mis dos o tres escritores favoritos. Supongo, y es una reflexión hecha a raíz de mi lectura del Canto general, que mucha culpa de mis prejuicios la tienen la enorme cantidad de poetisos y poetisas que pululan hoy por las pequeñas editoriales españolas, con tiradas de cien ejemplares para que las compren papá y mamá y los cuatro amigos que aún no te han dado la espalda por rarito, que hacen presentaciones vergonzosas para alimentar sus egos de niños pera. Que escriben poemitas porque es más rápido que escribir un texto, porque creen que no hace falta contar nada, que basta con hablarnos de sus intensos sentimientos. Niñitos burgueses que no han pasado por nada en la vida pretenden hablarnos del intenso dolor y sufrimiento que han padecido porque la rubia que se sentaba delante en octavo de EGB no quiso salir con ellos, y lo hacen desde la incultura galopante, desde la falta de vocabulario y de conocimiento de los mecanismos de la poesía y los clásicos de la misma: como mucho se leen entre ellos. En realidad, si uno coge un poema de estos “posmodernos”, se da cuenta de que con la excusa de la deconstrucción, del verso blanco y el libre, es un texto normal y corriente que el “poeta” corta por donde le parece para darle apariencia de estrofa.

Y luego está Neruda. La imagen que la enseñanza obligatoria nos deja de él es injustísima. Es incomprensible que la lectura de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada sea obligatoria, que se venda la imagen de Neruda como poeta lírico, que canta su amor cansinamente una y otra vez, cuando existe otro Neruda infinitamente más interesante. Que sí, es cierto que el amigo se marcó cien sonetos dedicados a su amada —¡en pleno siglo XX! ¿Ven a lo que me refería?,—, que con el tiempo ésa es la imagen de él que ha quedado, la de un moñas cuyas poemas adornan las carpetas de las mismas adolescentes que hace suspirar, que los escriben con letras redonditas y corazoncitos en lugar de los puntos de las íes, y faltas de ortografía, un poeta reducido a chiste recurrente de aquella serie infame de Los Serrano, un poeta que inspira páginas tan poco aptas para diabéticos como esta pocholada.

Pero hay otro Neruda: el del Canto general. Esta recopilación de textos muestra un autor apasionado, salvaje, visceral, comprometido, que se autodenomina poeta del pueblo y se iguala con obreros y campesinos. Neruda habla tanto de sí mismo como de América, a la que recorre en su geografía y en su historia, de lo universal a lo particular, de su misma creación, de las piedras que son sus cimientos, a la última bellaquería del último de sus dictadores. Con un dominio total de la lengua y un uso preciso de la misma —por mucho que Juan Ramón Jiménez dijera de él que no sabía ni escribir una carta—, con un vocabulario riquísimo que le entronca en la tradición literaria latinoamericana y en el realismo mágico, Neruda escribió una colección de obras crudas e iracundas de las que en muchas ocasiones es imposible desligar su ideología política. Era comunista militante en el partido, llegó a ser senador en su Chile natal, se las tuvo tiesas con González Videla y tuvo que exiliarse durante varios años, en los que escribió, precisamente, el grueso de textos que componen el Canto general. Dadas las circunstancias, no es sorprendente encontrarse con obras dentro del Canto que caen en el panfletismo comunista sin disimulo alguno. La dialéctica marxista y la épica obrera se adueñan entonces de los versos de Neruda y, la verdad, hay algunos momentos que vistos hoy son de rubor. La oda al partido comunista, la elegía a Stalin, los elogios desmedidos a dirigentes del partido o a los mártires que a lo largo de la historia ha ido encontrando, tienen un evidente valor historiográfico y responden a la visión que entonces se tenía de la Unión Soviética y a las pobres alternativas que se ofrecía en los países sudamericanos —dictaduras militares de corte derechista—, pero aunque no están peor escritas, para mí son menos interesantes desde el punto de vista meramente literario. Pese a ello, el activismo político y el posicionamiento de Neruda es indisociable de su condición de escritor, y si algo no puede reprochársele es ser tibio: el poeta se moja a base de bien y llama a las cosas por su nombre sin reserva alguna. En las páginas de Canto general de Chile, América, no invoco tu nombre en vano, Que despierte el leñador o Coral de Año Nuevo para la patria en tinieblas Neruda carga con dureza contra personas a las que llama por sus nombres y apellidos, entre ellas, y no sin cierta razón, contra Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, por permanecer en España tras la guerra civil a pesar de la persecución sufrida por muchos de sus compañeros de la generación del 27. Esta actitud suya le deparó, como es normal, admiración por su integridad política —Alberti, García Márquez— y críticas por sus excesos —Borges, pero más por suspicacia hacia la obra literaria excesivamente politizada que por el signo de la de Neruda, aunque también—. Pese a todo, en Chile se le consideró y se le considera poco menos que un héroe nacional, y no lo sería, posiblemente, si su obra no estuviera teñida de su compromiso político.

Yo en cambio prefiero al Neruda telúrico que habla de la tierra y los bosques de América, con una pasión y una fuerzas increíbles, con emoción desatada, con una sensibilidad especial para ello y un dominio del ritmo y lenguaje adecuados que sólo había leído en Alejo Carpentier. En El gran océano, en La lámpara en la tierra —una suerte de Génesis— y sobre todo en el espectacular Alturas de Macchu Picchu Neruda se convierte en un poeta visceral, vinculado con el pasado mítico del continente, con su vegetación, con su mismo suelo, un escritor que se convierte, como muy pocos pueden hacerlo, en un mago del lenguaje capaz de abrumar al lector y tocar el cielo con algunas estrofas que, sencillamente, son abrumadoras. Tal intensidad sólo es posible en las obras de autores que hacen suyas dos herencias radicalmente distintas: la indígena, la de la tierra natal, y la de la antigua metrópoli, la cultura europea de raíz grecorromana. Sólo así es posible reflejar con palabras el poder de la tierra, de la lluvia, de las secuoyas, pulsarnos las cuerdas que seguimos llevando dentro por muchas toneladas de civilización que se nos eche encima y que son las mismas que tiene el hombre desde que lo es. Eso, que está al alcance de muy pocos, es lo que encuentro en las mejores páginas del Canto general, desprovistas de excesivos artificios más allá del uso de la palabra, sin preocuparse de la rima y de la métrica, más allá de su predilección por el arte mayor, especialmente el alejandrino.

Supongo que ésa es la clave: la forma importa, pero mucho más importante es el contenido, lo que Neruda tiene por contar, que es mucho. Muchos poetas contemporáneos suyos, y actuales, prescinden de los esquemas estróficos tradicionales y se acogen al verso blanco y libre, pero al hacerlo dejan expuesta más aún su falta de contenido. Ya decía que entre los jovencitos poetas españoles esto ya es mal endémico. Pero Pablo Neruda elige expresarse en verso, y aunque sea un verso libre de convencionalismos, no sería lo mismo, y no puedo explicar por qué, si prescindiera del último de ellos y escribiera los mismos textos en prosa. Es, en realidad, una cuestión de puro ritmo, de intensidad in crescendo, que sólo puede conseguirse con el corte abrupto y la repetición del verso. Sea como sea, momentos como el capítulo IX de Alturas de Macchu PicchuÁguila sideral, viña de bruma./Bastión perdido, cimitarra ciega.—, esa enumeración sin verbos que pone los pelos de punta y deja sin aliento, tras cuya lectura sólo cabe rendirse ante el genio de Neruda, únicamente es concebible en verso. Por lo que sea, qué más da.

Obra fundamental de la poética hispanoamericana —para mí la más brillante del siglo XX, pero me queda tanto por leer de ésta y de todas—, al Canto general le debo primero perder el prejuicio absurdo que tenía hacia la poesía, y darme cuenta de que en ella como en todo hay una inmensa cantidad de mierda y contadas obras maestras, y segundo, restituirle a Neruda la dignidad y el peso literario que tiene y que involuntariamente le han quitado quienes hacen en los libros de texto de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada la piedra angular de su obra poética, cuando ese puesto por justicia y pura lógica le corresponde al Canto general, pese a que aquellos, a la luz de éste, ganan muchísimo, porque en su lírica y romanticismo ahora se adivina la pasión y la fuerza de un autor en el que no se concibe la impostura y que vivió todo en términos absolutos. Y eso no abunda, precisamente.

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7 Mayo 2009

Christopher lo ha vuelto a hacer.

Hace un par de días leía esta noticia en elpais.com. Leánla y luego vuelvan —si quieren, si no, sigan, pero no creo que se enteren bien del asunto—. De nuevo, cuando parecía que tras Los hijos de Húrin ya no habría más “inéditos” de J.R.R. Tolkien, su hijo nos sorprende con otro. Y éste encima es un poema épico de quinientas estrofas, que probablemente “desanimará” a sus lectores habituales. Por cierto, cuando la leí la primera vez en la noticia aparecía un mucho más fuerte “repugnará”, pero se ve que alguien se había pasado de entusiasmo y lo han rebajado.

Yo ya lo dije hace un par de años con Los hijos de Húrin y lo vuelvo a decir: lo siento pero no cuela. No puedo creerme que Tolkien le dejara un manuscrito a su hijo y no se edite hasta ahora, más de treinta años después de su muerte. ¿Qué pasa, que lo dejó escondido en un altillo? ¿O es que el buen profesor se entretuvo en montarle una ginkana a su hijo con todas las hojas y no las ha juntado hasta ahora? ¿Por qué no publicarlo tras su muerte, como se publicó El Silmarillion, o por qué no durante el primer bum de su obra en los años setenta? ¿Por qué ahora, al final de la vida de Christopher? ¿Por qué se deja precisamente para el final este poema épico que nada tiene que ver con la Tierra Media? No puedo dejar de ver en las declaraciones del hijísimo cierto resentimiento hacia los seguidores de su padre, con todo eso de que es una lectura complicada que no van a entender, como si quisiera “limpiar” el nombre de su padre sacando una obra “seria” y dándoles en todos los morros con ella a los fanáticos que hablan quenya en la intimidad y se ponen orejas puntiagudas de mentira. Y eso que, francamente, le doy la razón. El fan medio de Tolkien considera que El Silmarillion “es un poco rollo”. Y si no llevara el nombre de Tolkien, le parecería una mierda directamente.

Pero no, no me creo que sea de Tolkien padre. A lo mejor me estoy pasando de listo, puede ser. Pero ya nos la quiso pegar con Los hijos de Húrin. Pretender que el autor es su padre porque, en el mejor de los casos y poniendo buena fe por nuestra parte, usó las notas que dejó para redactarlo es como decir que un tío es el autor de una sinfonía si la silba y luego otro le escribe la partitura. Es incluso peor, en realidad, porque una melodía puede silbarse íntegramente de seguido mientras que las notas de un escritor son un caos. He visto de cerca cómo se escribe un libro, y lo siento, pero de las notas al propio libro hay todo un mundo. Si lo ha escrito él, el autor es él por mucha nota del padre que usara, no hay más vuelta de hoja.

Quizás porque esto mismo lo pensó más gente, ahora se insiste especialmente en que el manuscrito del poema épico estaba ya prácticamente para ser publicado, que era una versión casi definitiva… que por misteriosos motivos ha permanecido inédito y del que nadie sabía absolutamente nada. Es todo muy lógico, sí: el padre nombra albacea universal al hijo y luego le esconde los inéditos.

Yo entiendo que J.R.R. vende más que Christopher. Comprendo que este hombre, ya muy mayor, por cierto, anteponga el negocio a su ego y no tenga ningún problema en poner el nombre de su padre bien grande en portada y asegurar que él sólo da lustre. Pero no cuela. Vamos, sí, habrá un montón de gente que sí se lo crea. Que crea que un manuscrito perfectamente acabado puede permanecer oculto durante treinta y tantos años y que ahora mágicamente aparece para disfrute de todos los fans. Y ojo que no estoy diciendo que sea malo por no ser de Tolkien padre. De hecho yo creo que en El Silmarillion hay por lo menos tantos textos del hijo como del padre y me gusta más que El Señor de los anillos. Pero no nos venda usted la moto, señor Christopher, que a su edad queda feo.

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23 Abril 2009

Plas, plas, plas.

Mauro Entrialgo, como casi siempre genial en su tira diaria en Público.

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2 Marzo 2009

Y así fue.

"Y ya he dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo devorador. Que ese día que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de la vida incierta; en la mejor parte de mí yo viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos".

Versos finales de Las metamorfosis de Ovidio, siglo I a.C.

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6 Febrero 2009

De nazis y esquijamas.

Ya ni me cabrea ni asombra el éxito comercial de libros como este El niño con el pijama de rayas, penúltimo pelotazo editorial con película incluida, que recauda un quintal y nadie recordará en cinco años o menos. Pero hay un motivo, ya se verá cuál más adelante, por el que me apetece hablar de él, aunque sea a destiempo —porque los cinco minutos de gloria de novela y autor pasaron hace tiempo—. Los fans del libro, por cierto, pueden empezar a lapidarme ya: no lo he leído. Gracias a Eragon sólo lo he hojeado por encima, y para lo que voy a decir, no hace falta más.

El niño... es una mala novela, digámoslo claro. Sé que el tema del holocausto es uno de los que tiene patente de corso en literatura y cine, pero no me vale. Ejemplos mejores de acercamientos al tema hay varios —tampoco voy a decir que muchos, pero sí los suficientes—, pero aunque no los hubiera, mostrar “la barbarie nazi” no puede ser nunca un valor literario per se, y muchos menos si como aquí, de barbarie más bien hay poco. Todo está dulcificado en exceso, y no me sirve la excusa de que es un libro infantil si lo que se dice pretender es concienciar al lector, y menos cuando se vende, o se intenta vender, como un libro que pueden leer los niños pero es para adultos —o al revés, qué más da—. Todo rezuma moralina de la más barata, y nada funciona. Por ejemplo, no funciona, de pura tontería que es, la maniobra publicitaria ejecutada en la contraportada y repetida por el boca a boca de “no te decimos de qué va el libro, que es mucho mejor descubrirlo poco a poco”: por dios, miren el título, miren las rayas de la portada. ¿De verdad no saben de qué trata?

El narrador omnisciente pero que narra las cosas desde el punto de vista infantil no funciona tampoco. Para empezar porque el niño de nueve años es demasiado ingenuo para su edad unas veces, y otras el narrador argumenta con demasiada complejidad, porque, en realidad, el autor usa al niño de excusa para soltar su discurso moral, y en todo momento suena de forma falsa y como un adulto intentando, sin conseguirlo, razonar como cree que razona un niño. Éste es el motivo por el cual El Principito está a años luz de esta novela —y la comparación viene al caso porque el aparato publicitario de El niño... la ha usado sin rubor alguno—: escribir una voz infantil es algo muy jodido. Hay que ser tremendamente bueno para hacerlo bien, y me temo que el autor, un señor llamado John Boyne, no llega al nivel necesario. Ayuda, supongo, el hecho de que escribiera la novela en un par de días, pero de todos modos, en realidad no tiene mucho sentido que me cebe en esto. Es pedirle peras al olmo. Pero sí, me jode que la simpleza de un texto, su puerilidad argumental, se justifiquen con la etiqueta de “literatura infantil”. Oigan, no, que no es eso. Un libro infantil puede y debe ofrecer más de lo que da El niño..., que no pasa de ser un cuento moral obvio y ñoño del principio al final.

Cuento excesivamente alargado, además. Echando un vistazo por encima se da uno cuenta de que hay demasiadas peripecias anecdóticas que no aportan nada, y que la excusa para la reflexión final, de parvulario —que todos somos iguales— no precisaba de tantas páginas para funcionar, si se hubiera hecho bien. Todo puede resumirse en que el hijo de un nazi se hace amigo de un niño judío en Auschwitz, el padre es muy malo, y al final su hijo cruza el agujero que hay en la alambrada y muere en una cámara de gas, y así el padre comprende que ha sido muy malo y vive atormentado hasta que llegan los buenos y, suponemos, lo condenan a pena de muerte. Para esto no hacen falta doscientas páginas, ni siquiera con el tamaño de letra de éstas. Toda la paja de El niño... lo único que aporta son diálogos de besugos en los que el autor queda en evidencia, personajes planos y poco creíbles, y un estilo literario que, en fin... Yo es que a estas alturas de la vida si leo en un libro actual “ojos anegados de lágrimas” suelto la carcajada, no puedo evitarlo. Igual me pasa con tanto “repuso”, “musitó” y otros verbos de habla que los malos escritores usan como sinónimos de “decir” cuando no procede. Por no hablar de la cursilería de la que hace gala durante toda la novela, buscando siempre la lágrima fácil y tramposa, en el final, por ejemplo, totalmente fallido. Cuánto más efectivo y conmovedor es el final de La vida es bella, cuando el niño grita “¡hemos ganado, hemos ganado!”.

Argumentalmente, por otro lado, se nota demasiado que el tal Boyne fuerza en exceso las cosas y falsea la historia más allá de la licencia para conseguir lo que quiere. Es demasiado tramposo. Para empezar, como decía antes, los niños no son creíbles. Pero nada. Alguien debería encerrar a este señor con un par de niños de nueve años para que se dé cuenta de que no son gilipollas, ni autistas. El niño nazi no se da cuenta absolutamente de nada. No sabe qué pasa. Pero es que el otro no le va a la zaga. ¿Un niño de nueve años no sabe que está preso, que matan a la gente a su alrededor, que se está quedando en los huesos porque no come? Venga ya. Además, Boyne demuestra que el concepto de documentación como que no lo acaba de comprender. Un niño de esa edad en la Alemania nazi sabía perfectamente quién era Hitler. A esas alturas les salía el nacionalsocialismo por las orejas, porque precisamente una de las bases del mismo era la educación de los jóvenes en su ideales desde muy pequeños. De la misma forma se les enseñaba quiénes eran los judíos y por qué debían despreciarlos, y por qué debían estar confinados en campos de concentración. El niño nazi de esta historia ni siquiera sabe quién es Hitler. De coña. Que sí, que si Boyne tiene eso en cuenta se le jode el rollo, tan bonito, de la inocencia infantil, de que los niños no entienden de razas ni de política y todo eso. Pero que no, que no se pueden hacer así las cosas. Tal vez si los niños tuvieran cuatro años no sería tan inverosímil, pero eso limitaría las posibilidades de usarlos como vehículo de la enseñanza moral, de ahí que los hiciera más mayores. Demasiado. Joder, que durante todo el tiempo que están hablando los dos niños hay un agujero en la alambrada, ¡y el niño judío no se lo dice a nadie! Es absurdo.

Y si el libro no funciona a ese nivel, tampoco lo hace en el que hay por debajo, y que de puro obvio da pudor. Es evidente, simplemente leyendo algunos de los pensamientos del niño alemán, que el autor pretende que éste sea una metáfora de todos los alemanes. Y por ahí sí que no paso. Qué fácil, qué tranquilizador, pensar que los nazis eran monstruos y Hitler un loco. Pues no. Los nazis eran HOMBRES, y conviene recordarlo, hombres como nosotros los responsables de todo aquello. Y los alemanes lo sabían, evidentemente. Y callaron. Por miedo a veces, sí, pero también por estar de acuerdo. El antisemitismo iba en el programa del partido cuando ganó las elecciones del 33. Los campos estaban siempre situados cerca de pueblos, por motivos de abastecimiento, y los alemanes, digan lo que digan después, veían llegar los camiones y los trenes. Veían las columnas de humo subir desde los hornos. Olían la carne quemada. Es muy tentador considerar el holocausto como una pesadilla culpa de unos tipos que engañaron al pueblo alemán. Muy adecuado para limpiar conciencias. Fueron los nazis, los nazis nada más. Y un niño que lea esta novela —o un adulto que ignore el tema— es esto lo que va a pensar, al ver a ese oficial nazi malvado, cuya mujer no sabe en qué consiste su trabajo, que no le dice a su hijo que mata judíos, cuando eso, evidentemente, era un orgullo, no una vergüenza. Es más, si el libro fuera fiel a la realidad, probablemente el niño alemán se habría entretenido torturando judíos con su padre, como de hecho pasaba. ¿Perturbador? Mala suerte. Es la verdad. Los alemanes fueron cómplices silenciosos de todo aquello, y por duro que sea, la higiene histórica exige que no se falseen los hechos para acomodarlos a lo moralmente soportable desde el punto de vista actual. Las obras que caen en esta visión del holocausto son tan peligrosas como el negacionismo. O más, porque mientras que éste es un disparate que sólo creen cuatro imbéciles, aquél parece plausible. Y el éxito de El niño... me hace pensar que ha tenido cierta aceptación, y eso es preocupante, porque igual que pienso que los judíos no tienen derecho a explotar el sentimiento de culpa de occidente, Boyne no puede ser tan condescendiente ni abordar el holocausto con tanta ligereza. Se debe ser siempre crítico, poner el dedo en la llaga, y que cada palo aguante su vela, pese a quien pese. Lo demás puede ser —puaj— políticamente correcto, pero, sencillamente, no es justo.

Igualmente críticos debemos ser con lo que leemos. Ni libro infantil ni leches. El niño con el pijama de rayas es mala literatura. Es sensiblero, tramposo, inverosímil y aburrido, y el autor no consigue lo que quiere —bueno, sí: llenarse el bolsillo—. Por enésima vez, recomiendo al que quiera una historia veraz, incómoda y apasionante sobre los campos, que lea Maus. Y con esto lo dejo, porque la verdad es que estoy acabando por sentirme algo culpable criticando El niño... Es como pegar al niño más débil del recreo. Tan fácil...

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9 Enero 2009

Hasta la polla de El Quijote.

Antes de explicar semejante exabrupto, tengo que decir alto y claro que me gusta El Quijote. Es una puta obra maestra, una cumbre de la literatura española y mundial. Creo que Cervantes consiguió muchas cosas con su novela, entre ellas aniquilar un género literario entero, y para eso hay que ser muy bueno. Lo he leído dos veces, y más que lo leeré a lo largo de mi vida.

Pero de lo que estoy realmente cansado es de lo pesados que pueden llegar a ser políticos, instituciones, educadores y demás fauna con él. De verdad, es cansino hasta límites insoportables. Hace tres años, durante el cuarto centenario —de la primera parte, que de la segunda ya darán buena cuenta dentro de unos años; miedo les tengo—, el bombardeo mediático fue espectacular. Regalaban El Quijote hasta con las compresas. Fue el libro que había que comprar, regalar, y… bueno, leer… eso ya si tenías tiempo y tal. Y pasada aquella fiebre, queda lo de siempre, que no es poco. El Quijote por allí, El Quijote por allá… Parece que leerlo redime a cualquier palurdo de su palurdez, incluso aunque no se haya leído nada más en la puta vida. O como ciertos futbolistas, analfabetos funcionales, que cuando les preguntan en las entrevistas cuál es su libro favorito —también es que los periodistas son unos cabrones—, contestan que El Quijote, porque es el único que les suena ligeramente, claro.

Estoy harto de que gente que no se lo ha leído nos den la tabarra con él, de estudiosos que harían mejor en dejar de recalcar lo importante y sesudo que es y dijeran, joder, que es un libro DIVERTIDO. Y mucho. Si se tiene la suficiente formación para leerlo y entenderlo, claro. Y es que aquí quería llegar: hay que admitir de una puta vez que El Quijote NO es un libro para todo el mundo. Hoy no. Y que porque sea una maravilla, que ya he dicho que lo es, no hace ningún bien que los profesores, por ejemplo, se lo metan por vena a gañanes a los que no han formado para que puedan leerlo y disfrutarlo. Ésta es la realidad, muy triste, sí, pero realidad al fin y al cabo: hoy en día la inmensa mayoría de jóvenes en edad escolar no pueden entender El Quijote. Joder, si apenas pueden entender cualquier libro, menos aún uno del siglo XVII. Es un sinsentido absurdo intentar que la gente que no lee, al menos lea El Quijote, precisamente porque eso es lo peor que se puede hacer si lo que se pretende es estimular el hábito de lectura. Además, es que no se dan cuenta de que normalmente lo que se consigue cuando se machaca tanto con un libro es justo lo contrario: la gente acaba por rechazarlo, y de hecho, entre los adolescentes, y entre gente de mi edad también, casi está hasta de moda decir que El Quijote “es un rollo”. Ellos se lo pierden, claro. Es de risa, directamente, escuchar a gente con su carrerita, que se cree algo por tragar best-sellers a mansalva, decir esto, y claro, luego si tú les sueltas que no, que perdonen, pero que están equivocados y si no son capaces de entenderlo, valorarlo y disfrutarlo, el problema está en ellos, que carecen de herramientas —nivel de lectura, vaya— para hacerlo, quedas como un borde y un intransigente. Pues sí, oigan, y a mucha honra. Que uno está harto de que todo se subordine a la tiranía de los gustos y sea igual y estén a la misma altura El Quijote, Los pilares de la tierra y la cosa esta ultraconservadora y reaccionaria de los vampiros de palo.

Por otro lado, y teniendo esto en cuenta, ¿pasa algo por decir que El Quijote, oh dios mío, tiene fallos, que hay incoherencias argumentales, que Cervantes se equivocó en algunas ocasiones? ¿Es tan terrible o tan inconcebible para las autoridades competentes ver más allá de El Quijote y tener en cuenta otras obras maestras? Porque, joder, para algo bueno que tenemos, nuestra literatura, y nos empeñamos —se empeñan— en ningunearla sistemáticamente al darle tantísimo bombo a una obra pasando de cualquier otra. Creo que lo que más me molesta es el día del libro: leer tooodos los putos años El Quijote. SIEMPRE. Es tan tan tan importante que hay que leerlo todos los años, no vaya a ser que a alguien se olvide de los importante que es. Y mientras tanto, al Lazarillo de Tormes, La Celestina, El Buscón, La Regenta, o Luces de bohemia que los folle un pez. Pues yo digo, ¡sacrilegio!, que éstas están a la misma altura que El Quijote. Y si no lo están, tampoco pasa nada porque se acuerden alguna vez y suban al atril para leerlos los personajes y personajillos patrios. Me parece que tendría mucho más valor eso, intentar dar a conocer o recordar en ese día dedicado al libro —o durante todo el año, vaya— todos los clásicos, y no un único libro, siempre, que además es el que menos lo necesita.

O no, la verdad. Lo mismo todo esto es una tontería. Los buenos libros no necesitan de campañas, y tampoco les pueden perjudicar demasiado. Al final el que quiera leer, leerá. Y un clásico lo es precisamente porque es válido siempre, en el siglo XVII, ahora y dentro de trescientos años. Supongo que lo que me molesta es eso: un clásico ya lo es. No necesita ser reivindicado. No necesita que se invierta en su promoción la cantidad de dinero brutal que se invirtió el año del centenario, la gente ya sabe que existe. Y admitámoslo, la gente pudo comprarlo llevada por el frenesí de la celebración o pudo llegarle por medio de una de los tres millones de promociones que hubo, pero ni de coña se va a leer un tocho como El Quijote si no tiene verdadero interés. Puede empezarlo, claro. Aquello del galgo corredor y el rocín flaco nos suena a todos. Los más voluntariosos llegarán hasta los molinos. Después, acabarán hasta la polla del castellano antiguo, de las referencias a la época, de no pillar ni una, de perderse constantemente, y dejarán el libro tirado por ahí. Estamos en lo mismo, darle El Quijote a la mayoría de la gente de este país es como darme a mí un ferrari: muy bonito, pero oiga, yo no sé conducir.

Así que venga, se me ocurre que voy a acabar este post con una ingenuidad: todo ese dinero que se gastó en los fastos quijotescos, habría estado mucho mejor empleado en promocionar autores noveles y obras más diversas, que habrían llegado a más público y por lo tanto habrían servido mejor para estimular el hábito lector. Buf. No, demasiado ingenuo. En realidad es una gilipollez y no lo pienso en absoluto. No creo que haya que promocionar la lectura ni hacer campañas de ningún tipo: el que quiera, que lea, que ahí están los libros, y el que no, peor para él. Además, se puede ser feliz sin leer: precisamente por no leer se suele ser más feliz. Así que en lugar de con una ingenuidad, mejor acabo el post con una burrada, igual que lo empecé: lo que de verdad deberían haber hecho los políticos con ese dinero es gastárselo en putas y cocaína. Mucho más productivo, sin duda.

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