La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Literatura

2 Marzo 2011

Literatura: Tirano Banderas, de Valle-Inclán.

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            Este señor formidable de aquí arriba es Ramón María del Valle-Inclán, y es uno de mis escritores favoritos de siempre. De entre los españoles, si alguien me obligara a punta de pistola a elegir sólo a uno, sería a él —o a Clarín, depende del día—. Luces de bohemia me apartó, o me empezó a apartar, de la mala literatura. No la he debido de leer menos de treinta veces: me parece una obra impresionante, y el mejor retrato que se ha hecho nunca de lo que este país ha sido, es y será por los siglos de los siglos. El resto de sus obras, sin embargo, las voy descubriendo sin prisa, poco a poco, a lo largo de mi vida. Hay tiempo de sobra —ahora va y me atropella un trolebús la próxima vez que salga de casa, como si lo viera.

            La semana pasada anduve enfrascado en Tirano Banderas. Hace unos diez o doce años me acerqué a ella con timidez y demasiado respeto y no me atreví a leerla: me pareció un monstruo inabarcable aún para mí. Y bueno, no es que ahora sea mucho más listo que entonces, pero sí más inconsciente. Y me la he zampado sin miramientos. O ella a mí, no lo tengo aún muy claro; porque Tirano Banderas es un monstruo grotesco y deformado en el que Valle, don Valle, da rienda suelta al esperpento y a su incomparable dominio del lenguaje.

            Mentiría si dijera que me enteraba de todo. Valle, abigarrado y excesivo, hace exactamente lo mismo que años antes había hecho en Luces de bohemia: crea un lenguaje nuevo lleno de matices e inmensurablemente rico en su léxico. Pero nadie habló jamás así. El valor de Valle no es capturar la realidad, sino entenderla tan, tan bien, que puede deformarla a su antojo. O sea: el esperpento. La cháchara del pueblo llano, el insulto zafio, la grosería malsonante, mezclados con discursos elevados, discusiones intelectuales y, aquí, oscuros americanismos que fuerzan los diálogos hasta lo ininteligible en muchas ocasiones. Es, claro, un efecto buscado. La musicalidad y las sensaciones que arranca esta prosa enrevesada y dura suplantan al mero significado, que por otra parte se adivina siempre y permite no desconectar de la narración.

            Ahora bien; la cuestión es que la narración en sí... es lo de menos. Para mí, claro. No me importa tanto el desarrollo de los acontecimientos, que por otra parte remite a la novela de dictador sin más, como el constante pulso con el lenguaje y la manera en la que describe situaciones y personajes, los choques frontales entre elementos aparentemente antagónicos que está en el meollo del esperpento. Y cuando Valle describe con toda su mala leche a sus criaturas, animalizándolos, cebándose en sus defectos físicos, exagerándolos sin piedad, es imposible no verlos mentalmente como una caricatura de Daumier o algún otro maestro del grabado. Generalito Banderas es "el garabato de un lechuzo": sublime.

            El de Tirano Banderas es un Valle maduro y desatado. Después de dar tumbos y tumbos por el espectro ideológico, casi por estética más que por ética, convirtiéndose en un personaje fascinante digno de protagonizar su propia novela, Valle es ya un descreído radical. Como escritor, claro. Luces de bohemia es el mejor ejemplo, pero Tirano Banderas tiene también muchísimo de eso. No es la única conexión entre ambas obras: la tipología de los personajes es bastante pareja —no es difícil acordarse de la Pisa Bien o el rey de Portugal al leer a los golfos de Tirano Banderas—, aunque no haya un protagonista absoluto, sino tres o cuatro. Y estilísticamente, es un autor de vuelta de todo, alejado ya de su etapa irónico-modernista —divertidísimas las Sonatas—, al que no le preocupa abrumar al lector en absoluto. La adjetivación en esta novela no es que sea abundante, es que hay párrafos con más adjetivos que sustantivos, casi. Las palabras de nuevo cuño pueblan un texto que, en lo descriptivo, es extraordinariamente vívido y desasosegante, como un grabado de Goya —referente del esperpento— o una película expresionista de terror de las contemporáneas a Tirano. Por si fuera poco, la estructura embarra aún más la narración: piezas breves sin solución de continuidad entre sí, escenas que componen un relato no siempre conexo, a veces narradas en presente, casi como acotaciones de teatro, a veces en pretérito.

            Pero siempre y por encima de todo el esperpento. Es verdad que, como novela, Tirano Banderas es una obra fallida. Pero, como texto, es brutal. Soberbio. Da lo mismo que la narración sea farragosa o que no haya un equilibro en la misma: el dominio del lenguaje de Valle aplicado a las situaciones más rocambolescas es algo insuperable, y que se resume, sin ninguna duda, en una de las últimas escenas, en la que un iniciado en la teosofía hipnotiza a una dotada médium —una puta del arrabal— frente a un tribunal, con lo que se demuestra la inocencia de un muchacho acusado de traición, ya que obviamente había sido la médium-puta la que había extraído de su cabeza los datos comprometidos, en una visitilla del susodicho al lupanar. Imposible, claro, no pensar en el Basilio de Soulinake de Luces de bohemia, el inolvidable zumbado que irrumpe en el velatorio de Máximo Estrella proclamando que no estaba muerto, sino catalépsico.

            Son cosas que sólo se le ocurrían a Valle-Inclán. Nadie ha tenido tras él su visión retorcida de la realidad, ni su crueldad para con la condición del ser humano. Ni el cacareado Cela, claro. El esperpento sigue hoy tan vigente como en su época, tan presente en el día a día de la sociedad y política española como entonces, si no más. El problema es encontrar el Valle de nuestro tiempo, de nuestra literatura. Chungo.

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21 Abril 2010

El cuervo, de Poe, de Doré, de Caldas.

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            Hoy me he pasado por Correos para recoger la nueva joya editada por don Manuel Caldas. En esta ocasión, y por eso tal vez ha pasado desapercibido en la red, no es un cómic, sino una edición maravillosa del poema de Edgar Allan Poe The Raven acompañada de los grabados de Gustave Doré.

            Un tamaño generoso que permite apreciar debidamente las espectaculares imágenes de Doré, una reproducción exquisita de las mismas, una presentación elegante, textos sin erratas en inglés, portugués y castellano —lo que permite ver hasta qué punto se inventan Pessoa y Pérez Bonalde las versiones de sus respectivos idiomas—, textos sobre el poema, biografías, y hasta uno que explica la técnica de grabado que usó Doré y rescata los nombres de los técnicos que la llevaron a cabo a partir de sus dibujos.

            Y todo esto ¿por cuánto? ¿Treinta? No. ¿Veinte? Menos. Trece euros. Si esto lo saca una editorial española, de los veinticinco no baja. Compárese, porque son productos hasta cierto punto similares, con la edición de Planeta del Frankenstein ilustrado por Bernie Wrightson. Que sí, que mucha tapa dura forrada en tela, mucha letra plateada, mucho marcapáginas, pero vaya, que para mí el concepto de edición de lujo es otro.

            Edición de lujo es una hecha con cuidado extremo y aún mayor cariño por lo que se está editando. Edición de lujo es una que respete al lector y no pretenda esquilmarle el bolsillo con la excusa de la etiqueta. Edición de lujo es una que aunque tenga tapa blanda, permita disfrutar de verdad de la obra y no sólo lucirla en la estantería.

            Si les gusta Poe, Doré, o ambos, no lo duden: háganse con esta pequeña maravilla. Si se lo piden directamente a Caldas, les saldrá por el mismo precio que si lo compraran en la tienda y además lo recibirán perfectamente embalado.

 

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21 Marzo 2010

Again: Bravo, Fontdevila.

Este hombre no tiene techo.

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6 Marzo 2010

Literatura: Niebla, de Miguel de Unamuno.

 Recientemente he leído las tres mejores novelas, o al menos las más mencionadas, de Miguel de Unamuno: La tía Tula, Niebla y San Manuel bueno, mártir. Creo que la mejor por estilo, argumento y significado es ésta última. Pero a mí me ha gustado más Niebla.

            Niebla es una novela tan moderna que podría pasar, si estuviera peor escrita, por una gafapastada de antes de ayer. Rompió moldes y normas y dio libertad al género. Unamuno prescinde de la estructura y el reglamento de la novela realista -no hay descripción del escenario; la trama transcurre en un lugar sin espacio ni tiempo- y se centra en desarrollar no a los personajes, sino su filosofía a través de ellos, hasta el punto de que prácticamente es una novela de tesis. Lo de menos es la trama, ante la que Unamuno toma una distancia irónica que me encanta. El tratamiento de los personajes está muy lejos de la crueldad de un Galdós, pero tampoco es benévolo. Son muñecos convenientes que Unamuno trata con amabilidad, pero con ironía. Así, es imposible tomarse en serio la historia del pobre Augusto, que se enamora perdidamente de Eugenia simplemente viéndola pasar por la calle —y se pone a seguirla, el pervertido—, y a partir de entonces todas las mujeres le gustan un poco. Eugenia es un poco feminista, vive con sus tíos y trabaja como profesora de piano, y está enamorada con un vago que no da ni golpe. Eugenia rechaza al lechuguino de Augusto, pero acaba por aceptar su propuesta de matrimonio, tras un conato de triángulo amoroso extraño con una planchadora, y todo para, al final, meterle el sablazo del siglo y escaparse con el vago dejando a Augusto tirado. No es más que una excusa para desarrollar un nuevo modelo que Unamuno llamó nivola y que ejemplifica con esta primera parte de Niebla.

            Pero, precisamente, lo crucial de esta novela, o nivola, esta en la manera en la que Unamuno retuerce la narración para sumergirse en el terreno de la pura metaliteratura. Así, el concepto de nivola es explicado por el amigo íntimo del protagonista, que escribe a su vez un libro al que da ese nombre, y que, en sus peculiaridades, es similar al que tenemos en las manos. Durante las primeras páginas de Niebla leemos cómo Augusto adopta a un cachorro con el que mantiene largos diálogos; capítulos después, su amigo le explica cómo en una nivola se evita el monólogo excesivamente largo: "... para que parezca un diálogo, invento un perro a quien el personaje se dirige".

            Entre ecos del Quijote y La vida es sueño, Unamuno reflexiona acerca de la naturaleza de la ficción. El personaje que duda de su existencia, el autor que acaba difuminándose y siendo más personaje que aquél, la niebla, en suma, en la que vivimos: ¿Somos nosotros reales? ¿Sí? También Augusto se creía real.  

            El cúlmen de Niebla, el encuentro entre Augusto y su creador, el propio Unamuno, es lo mejor de la novela y el resumen de su esencia: el autor se convierte a sí mismo en personaje de su propia novela en un juego que no sólo es magistral, sino también, por qué no decirlo, muy divertido. No deja por ello de ser perturbador. Augusto descubre que es un personaje, que no existe, que su vida no es suya. Que ha sido creado por Unamuno, que decide matarlo. Augusto, que hasta hacía unos momentos amenazaba con suicidarse, suplica por su vida, en una escena soberbia en la que acaba gritándole a su creador que él también, un día, morirá.

"¡También usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, entre ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima..."

            Soberbio. Es tremendamente impactante el final del encuentro entre ambos porque Unamuno, escritor de tono reposado y amable, se desata y escribe con una garra inusitada y por ello, sorprendente.

            Al final, claro, Augusto muere en la cama, porque así lo quiso don Miguel. Pero, al mismo tiempo, vivirá para siempre, porque en última instancia lo que subyace en Niebla es la poderosa idea de que la literatura depara la inmortalidad, de que la ficción y la realidad se mezclan, de que son, en suma, la misma cosa. De que no sabemos del todo nunca si somos nosotros o somos el otro, el que no existe, el sueño de alguien que a su vez es soñado.

  

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6 Marzo 2010

... O tiene verdadero talento.

"Hay que desconfiar de un escritor si hace novelas muy diferentes. O las roba o está mintiendo".

Arturo Pérez Reverteaquí.

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1 Marzo 2010

Literatura: Mi vida en la maleza de los fantasmas, de Amos Tutuola.

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            Pocas veces me ha costado tanto acabar un libro como este Mi vida en la maleza de los fantasmas, de Amos Tutuola. Tutuola, nigeriano, cuenta en su novela varias historias tradicionales de la etnia Yoruba, pero en lugar de hacerlo en su lengua natal, elige hacerlo en un inglés que no domina del todo. Así, y gracias a una labor de traducción de Maribel de Juan que se intuye titánica, me he encontrado con un texto infernal, en el que abundan las oraciones agramaticales e incompletas, los errores de concordancia, los conectores mal usados, las reiteraciones constantes, por las cuales es habitual encontrarse el mismo sustantivo siete veces en tres líneas. Un texto infernal que en algunos momentos ha sido prácticamente ilegible y que en el mejor de los casos era tolerable sin más. Y sin embargo, me he peleado con Mi vida en la maleza de los fantasmas hasta llegar al final. Porque lo que cuenta Tutuola sí es tremendamente interesante desde el punto de vista del folclore.

            Toda la narración se basa en la sucesión de mitemas del folclore africano, que Tutuola engarza toscamente a partir de la excusa del niño que se pierde y entra en la maleza de los fantasmas, que no es más que el otro mundo: el mundo de los muertos. La novela es una pesadilla, una alucinación de casi treinta años de estancia en el mundo de los fantasmas sin pies ni cabeza, carentes de todo sentido si la analizamos desde la lógica occidental. Un caos reforzado por la deficiente sintaxis de Tutuola y una voz de narrador en primera persona maníatico y extraño, que introduce pequeñas historias de fantasmas crudas, sin elaboración u organización alguna, y por ello aún más interesantes. No hay apenas estructura, no hay coherencia interna. Cuando Tutuola necesita que algo haya pasado previamente, en lugar de volver atrás y rehacer su texto para encajarlo, sobre la marcha cuenta que ha pasado y punto. Se saca de la manga personajes y habilidades del principal sin problema alguno, porque, de hecho, el error más grave que comete es querer darle a esto estructura de novela occidental. No lo es. Es una colección de motivos de un folclore terrible, brutal, extraño y desagradable. Y por todo ello, muy atractivo. en su viaje, el protagonista va pasando por diferentes pueblos de fantasmas, sufre transformaciones en animales, se casa dos veces, y hasta tiene un hijo con una fantasma de peculiar nombre: la Súper Señora. La corrupción de los cuerpos, los enjambres de insectos, los fantasmas deformes salidos del subconsciente colectivo, como la enorme mujer con cientos de cabezas en su cuerpo, de tintes casi lovecraftianos, son habituales en Mi vida en la maleza de los fantasmas. Es una mitología escatológica que a nosotros nos resulta alienígena, y precisamente por eso es obligado acercarse a ella, y comprobar cómo retuerce y reinterpreta motivos recurrentes en cualquier cultura, como las mencionadas transformaciones o el certamen de magos, y sobre todo, observar el rapidísimo proceso de aculturación que tiene como resultado una superposición de elementos occidental con los tradicionales extremadamente llamativa, especialmente hacia el final, donde podemos ver a los fantasmas haciendo huelga, a una muchacha fantasma con una televisión en la mano, o al primo del protagonista fundando una iglesia metodista en la maleza de los fantasmas y poniendo anuncios en los periódicos de los vivos para ofrecer en matrimonio a sus hijos fantasmas, muestra esto último de un sentido del humor que alcanza una brutal y poco sofisticada ironía cuando el protagonista consigue al fin escapar de la maleza de los fantasmas para ser capturado de inmediato y ser convertido en esclavo.

            Quizás uno de los libros más extraños que he leído nunca, La maleza de los fantasmas tiene como principal inconveniente la infernal prosa de Tutuola. Una cosa es la oralidad y la desnudez del relato tradicional, que son de agradecer, y otra es la inintencionada sensación de turbación que produce el terrible inglés del autor, que, efectivamente, tal y como señala el insigne Siruela en el prólogo, contribuye al tono pesadillesco de la narración, pero de un modo completamente involuntario y contraproducente. Una lástima que no escribiera Tutuola en su lengua materna. Pese a ello, si se hace el esfuerzo de salvar la barrera estilística, que en este caso tampoco es lo más importante, el lector se dará de bruces con un mundo extraño y horrible en el que pocas veces nos molestamos en sumergirnos.

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22 Enero 2010

Contemplad, oh mortales...

... la prueba definitiva de que Luisgé Martín tenía razón. Gracias a los editores, no se publica mierda. Apenas.

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19 Enero 2010

El chiste del día...

... lo ha escrito Luisgé Martín en este artículo de El País. Con su título, ¡Mueran los ‘heditores'! pretende, de un modo nada sutil, llamar incultos a los que pensamos que la figura del editor, en un noventa por ciento de los casos, no beneficia al autor, ni económica ni profesionalmente, y a los que creemos que los avances tecnológicos acabarán con una situación de abuso.  

            Martín considera que el editor es imprescindible, y nos cuenta una dulce historia de abnegación y amor por la literatura que es difícilmente tragable. Todo lo que conozco del mercado editorial, a pesar de que mi experiencia es, digamos, en "segunda persona", contradice el artículo entero de Martín. "A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja". Alucino. La inmensa mayoría de editoriales españolas no aceptan manuscritos no solicitados. Y las que lo hacen, rara vez los leen o responden algo que no sea una fórmula de cortesía. ¿Entonces? Hay que tener padrino, o agente; hay que pagar. Hay que estar dentro del sistema editorial, de esa élite cultural que sabe qué puede ser publicado y qué no. Es una concepción de la cultura como algo casi aristocrático, en manos de unos pocos, que tiende a desconfiar de cualquier movimiento fuera de ese mundo rancio. Para cualquier editor, la autoedición es algo despreciable, por definición no puede haber nada de calidad en ella, porque no ha entrado en el circuito. Y para Martín, el editor es lo único que se interpone entre el incauto lector falto de criterio propio y un maremágnum de bazofia escrita que podría sepultarlo sin su heroico y sacrificado trabajo. ¿Editores preocupados por mejorar la calidad de la obra, por corregir erratas y estilo? Venga ya. Los hay, pero ¿cuántos editores han eliminado la figura del corrector profesional? ¿Cuántos encargan traducciones a conocidos que no son profesionales del asunto? ¿Eliminar cuatrocientas páginas de un libro de seiscientas es "proponer cambios", como asegura Martín? Yo sé ciertas cosas de primera mano. Irregularidades, incluso alguna estafa, perpetradas en alguna editorial que, ironía, tiene premios por la calidad de sus ediciones, y que evidencian una falta de respeto vergonzosa por la obra y por el autor. Y es cierto que hay mucha ínfula suelta por el mundo. Que la gran mayoría de personas que envían originales no saben escribir y sus novelas son mierda. Pero, aunque leyendo el artículo pudiera parecer que todo lo publicado es maravilloso, de esa mierda, una parte llega a las tiendas. No hace falta tener conocimiento alguno del mundo editorial: simplemente basta con pasarse por una librería. La calidad es el último criterio que determina las decisiones de un editor. Si no lo fuera, jamás se habrían publicado determinadas novelas. Y no me vengan con el gusto personal: Crepúsculo tiene menos calidad que casi cualquier fanfic que puede encontrarse en la red, y esto es algo completamente objetivo. Los criterios del editor son otros. Son de mercado. No interesa que la novela sea buena; interesa que sea de vampiros si están de moda los vampiros, que sea un thriller político si están de moda los thrillers políticos, que el autor o sobre todo la autora sea mona y quede guay en la contraportada. El trabajo del editor no consiste en difundir la cultura o en proteger al lector de obras de escasa calidad, sino en vender productos. Y en esa mecánica, cuántas buenas obras nos estaremos perdiendo porque el cuadriculado editor considera que no se ajusta a los parámetros del mercado y por tanto no es comercial.

Martín cae además en flagrantes contradicciones. Dice que sin el editor muchos autores desaparecerán por no saber o querer realizar lo que él llama "labores mundanas", relativas a la promoción, cuando son precisamente los editores los que obligan al autor, mediante clásulas en su contrato, a participar activamente del circo, quieran o no, y cuando es precisamente internet la que librará al escritor misántropo de semejantes obligaciones que nada tienen que ver, estrictamente, con la literatura. Habla además de una imaginaria prima Paqui que, sin talento alguno, gracias a la terrible red y su don de gentes, podrá tener éxito y eclipsar al buen autor. Y qué curioso, porque pretendiendo adivinar el mercado futuro, Martín ha descrito con total precisión el actual, lleno de primas y primos Paquis que saben venderse y salir guapos en pantalla pero que lo de juntar letras lo hacen regular, llámense Lucía Etxebarría, Juan Manuel de Prada o Ruíz Zafón.

            Así que sí, que venga ya la revolución definitiva. No me cabe la menor duda de que con ella mucha, muchísima bazofia saldrá a la luz, pero también obras excelentes que andan por las editoriales, en un montón de originales cogiendo polvo por los siglos de los siglos. La calidad siempre se abre paso. Y no estoy defendiendo el criterio de la masa; defiendo el mío propio. El que ahora lee basura, seguirá leyendo basura. El que lee, o lo intenta, literatura, tendrá más. Es lo único que me importa.

            Y sí, antes de que me lo diga nadie, creo que el editor ideal que dibuja Martín, o alguno muy cercano, puede que exista. Todos somos jóvenes en algún momento y tenemos ideales. Pero que ese editor amante de la cultura y mimoso con el autor representa no más de un dos por ciento del total, también lo tengo clarísimo. El resto, chanchulleros profesionales, que ven peligrar su negocio y patalean de forma infantil, intentando asustarnos para que creamos que sin ellos el mundo será más feo. Lo sorprendente, o quizá no tanto, es que salgan los autores a partirse la cara por el que los explota. Síndrome de Estocolmo, lo llaman.    

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