La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Literatura

9 Enero 2009

Hasta la polla de El Quijote.

Antes de explicar semejante exabrupto, tengo que decir alto y claro que me gusta El Quijote. Es una puta obra maestra, una cumbre de la literatura española y mundial. Creo que Cervantes consiguió muchas cosas con su novela, entre ellas aniquilar un género literario entero, y para eso hay que ser muy bueno. Lo he leído dos veces, y más que lo leeré a lo largo de mi vida.

Pero de lo que estoy realmente cansado es de lo pesados que pueden llegar a ser políticos, instituciones, educadores y demás fauna con él. De verdad, es cansino hasta límites insoportables. Hace tres años, durante el cuarto centenario —de la primera parte, que de la segunda ya darán buena cuenta dentro de unos años; miedo les tengo—, el bombardeo mediático fue espectacular. Regalaban El Quijote hasta con las compresas. Fue el libro que había que comprar, regalar, y… bueno, leer… eso ya si tenías tiempo y tal. Y pasada aquella fiebre, queda lo de siempre, que no es poco. El Quijote por allí, El Quijote por allá… Parece que leerlo redime a cualquier palurdo de su palurdez, incluso aunque no se haya leído nada más en la puta vida. O como ciertos futbolistas, analfabetos funcionales, que cuando les preguntan en las entrevistas cuál es su libro favorito —también es que los periodistas son unos cabrones—, contestan que El Quijote, porque es el único que les suena ligeramente, claro.

Estoy harto de que gente que no se lo ha leído nos den la tabarra con él, de estudiosos que harían mejor en dejar de recalcar lo importante y sesudo que es y dijeran, joder, que es un libro DIVERTIDO. Y mucho. Si se tiene la suficiente formación para leerlo y entenderlo, claro. Y es que aquí quería llegar: hay que admitir de una puta vez que El Quijote NO es un libro para todo el mundo. Hoy no. Y que porque sea una maravilla, que ya he dicho que lo es, no hace ningún bien que los profesores, por ejemplo, se lo metan por vena a gañanes a los que no han formado para que puedan leerlo y disfrutarlo. Ésta es la realidad, muy triste, sí, pero realidad al fin y al cabo: hoy en día la inmensa mayoría de jóvenes en edad escolar no pueden entender El Quijote. Joder, si apenas pueden entender cualquier libro, menos aún uno del siglo XVII. Es un sinsentido absurdo intentar que la gente que no lee, al menos lea El Quijote, precisamente porque eso es lo peor que se puede hacer si lo que se pretende es estimular el hábito de lectura. Además, es que no se dan cuenta de que normalmente lo que se consigue cuando se machaca tanto con un libro es justo lo contrario: la gente acaba por rechazarlo, y de hecho, entre los adolescentes, y entre gente de mi edad también, casi está hasta de moda decir que El Quijote “es un rollo”. Ellos se lo pierden, claro. Es de risa, directamente, escuchar a gente con su carrerita, que se cree algo por tragar best-sellers a mansalva, decir esto, y claro, luego si tú les sueltas que no, que perdonen, pero que están equivocados y si no son capaces de entenderlo, valorarlo y disfrutarlo, el problema está en ellos, que carecen de herramientas —nivel de lectura, vaya— para hacerlo, quedas como un borde y un intransigente. Pues sí, oigan, y a mucha honra. Que uno está harto de que todo se subordine a la tiranía de los gustos y sea igual y estén a la misma altura El Quijote, Los pilares de la tierra y la cosa esta ultraconservadora y reaccionaria de los vampiros de palo.

Por otro lado, y teniendo esto en cuenta, ¿pasa algo por decir que El Quijote, oh dios mío, tiene fallos, que hay incoherencias argumentales, que Cervantes se equivocó en algunas ocasiones? ¿Es tan terrible o tan inconcebible para las autoridades competentes ver más allá de El Quijote y tener en cuenta otras obras maestras? Porque, joder, para algo bueno que tenemos, nuestra literatura, y nos empeñamos —se empeñan— en ningunearla sistemáticamente al darle tantísimo bombo a una obra pasando de cualquier otra. Creo que lo que más me molesta es el día del libro: leer tooodos los putos años El Quijote. SIEMPRE. Es tan tan tan importante que hay que leerlo todos los años, no vaya a ser que a alguien se olvide de los importante que es. Y mientras tanto, al Lazarillo de Tormes, La Celestina, El Buscón, La Regenta, o Luces de bohemia que los folle un pez. Pues yo digo, ¡sacrilegio!, que éstas están a la misma altura que El Quijote. Y si no lo están, tampoco pasa nada porque se acuerden alguna vez y suban al atril para leerlos los personajes y personajillos patrios. Me parece que tendría mucho más valor eso, intentar dar a conocer o recordar en ese día dedicado al libro —o durante todo el año, vaya— todos los clásicos, y no un único libro, siempre, que además es el que menos lo necesita.

O no, la verdad. Lo mismo todo esto es una tontería. Los buenos libros no necesitan de campañas, y tampoco les pueden perjudicar demasiado. Al final el que quiera leer, leerá. Y un clásico lo es precisamente porque es válido siempre, en el siglo XVII, ahora y dentro de trescientos años. Supongo que lo que me molesta es eso: un clásico ya lo es. No necesita ser reivindicado. No necesita que se invierta en su promoción la cantidad de dinero brutal que se invirtió el año del centenario, la gente ya sabe que existe. Y admitámoslo, la gente pudo comprarlo llevada por el frenesí de la celebración o pudo llegarle por medio de una de los tres millones de promociones que hubo, pero ni de coña se va a leer un tocho como El Quijote si no tiene verdadero interés. Puede empezarlo, claro. Aquello del galgo corredor y el rocín flaco nos suena a todos. Los más voluntariosos llegarán hasta los molinos. Después, acabarán hasta la polla del castellano antiguo, de las referencias a la época, de no pillar ni una, de perderse constantemente, y dejarán el libro tirado por ahí. Estamos en lo mismo, darle El Quijote a la mayoría de la gente de este país es como darme a mí un ferrari: muy bonito, pero oiga, yo no sé conducir.

Así que venga, se me ocurre que voy a acabar este post con una ingenuidad: todo ese dinero que se gastó en los fastos quijotescos, habría estado mucho mejor empleado en promocionar autores noveles y obras más diversas, que habrían llegado a más público y por lo tanto habrían servido mejor para estimular el hábito lector. Buf. No, demasiado ingenuo. En realidad es una gilipollez y no lo pienso en absoluto. No creo que haya que promocionar la lectura ni hacer campañas de ningún tipo: el que quiera, que lea, que ahí están los libros, y el que no, peor para él. Además, se puede ser feliz sin leer: precisamente por no leer se suele ser más feliz. Así que en lugar de con una ingenuidad, mejor acabo el post con una burrada, igual que lo empecé: lo que de verdad deberían haber hecho los políticos con ese dinero es gastárselo en putas y cocaína. Mucho más productivo, sin duda.

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6 Enero 2009

Literatura: Los cuentos de Beedle el Bardo, de J.K. Rowling.

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Quién me iba a decir a mí que a estas alturas me iba a reconciliar, aunque fuera un poquito, con J.K. Rowling. No es que la decepción que supuso el último libro de Harry Potter haya desaparecido, pero con estos Cuentos de Beeddle el Bardo la autora me ha demostrado que aún puede escribir con inteligencia, su característico y sutil buen humor y su pequeña dosis de soterrada mala leche. Y la verdad es que me he pasado mi media horita muy entretenido con esta colección de cuentos en los que Rowling supera con un aprobado la papeleta, difícil, de escribir relatos a la manera tradicional, pero pensándolos desde el mundo de los magos. Demuestra, aunque el resultado sea irregular según el cuento, que conoce los mecanismos del cuento de hadas y que sabe qué cambios se han ido produciendo con el tiempo en las diferentes versiones de los mismos. Ella opta por dotar a los cuentos clásicos de Beedle el Bardo de la crudeza de las versiones primitivas —especialmente en los dos que considero mejores, El corazón peludo del brujo y La fábula de los tres hermanos—, pero se permite, en un divertido juego intertextual, chotearse de las versiones edulcoradas de nuestros tiempos en las notas de cada cuento, escritas por el insigne director de Hogwarts Albus Dumbledore, que hace alusión a los ñoños Cuentos para leer debajo de una seta, versión light de los presentados. Estas notas, por cierto, son lo mejor del libro con diferencia. Además de ciertos datos desconocidos del universo Potter —que son lo de menos —, Dumbledore, sin duda el mejor personaje de la saga y el que mejor escribe Rowling —obviando siempre, por favor, el último volumen— ofrece comentarios de una ironía genial acerca de los mencionados cuentos modificados para no dañar las mentes infantiles, su intercambio epistolar con Lucius Malfoy acerca de la conveniencia de retirar de la biblioteca de la escuela cuentos promuggles y unas notas al pie de página que han hecho que soltara directamente la carcajada dos o tres veces.

Una lectura rápida muy entretenida, de verdad. Sin pretensiones y sin moralina. El mayor pero que puede ponérsele es que un par de los cuentos están demasiado lastrados por la necesidad de introducir elementos mágicos que referencian las novelas de Harry Potter, lo que resta autenticidad al tono tradicional y dificulta un poco la lectura para aquellos no familiarizados con la saga. Aún así, muy recomendable.

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31 Diciembre 2008

Está de broma, ¿verdad?

"El público español ha sabido entender la complejidad de mis novelas. En mi país al principio no tuve éxito porque los lectores mayores de allí estaban acostumbrados a leer libros más sencillos"

Katherine Neville en la presentación de su nueva masterpiece, El fuego.

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21 Diciembre 2008

Literatura: Moby Dick, de Herman Melville.

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De pequeño nunca leí Moby Dick; me negaba a leer un libro en el que se masacraban ballenas. Afortunadamente con la edad uno aprende a no confundir el culo con las témporas, y aunque sea a destiempo, he acabado leyéndolo y disfrutándolo. Digo a destiempo porque creo que de haberlo leído con catorce o quince años lo habría disfrutado mucho más y quizás se habría convertido en libro de cabecera. En todo caso me ha parecido un excelente libro de aventuras, escrito con un estilo vibrante y preciso en las descripciones, que no ahorra detalles al describir la caza de la ballena y el proceso posterior a su captura, y que construye personajes con maestría, dotándolos con cuatro pinceladas y alguna conversación de personalidad reconocible. Evidentemente sobresale por encima de los demás la enorme figura del capitán Ahab, uno de los personajes más inolvidables de la novela de aventuras decimonónica, que en su odio visceral hacia Moby Dick arrastra a su tripulación a su búsqueda sin descanso.

Y es en esto donde la novela me ha supuesto una pequeña decepción, en tanto en cuanto no ha colmado mis expectativas: yo esperaba que el conflicto central —la enemistad entre Moby Dick y Ahab— fuera mucho más extenso. Evidentemente Melville no tiene la culpa de las películas que yo me monte antes de leer su libro, y de hecho esto ni le resta valor al mismo ni hace que mi opinión sea peor. Simplemente, sorprende. Moby Dick comienza con el relato en primera persona de Ismael, que se enrola en el Pequod, barco ballenero capitaneado por el cojo Ahab, que a los pocos días de travesía, en uno de los mejores momentos de la novela, enardece a sus hombres consiguiendo su juramento: no descansarán hasta dar caza a la ballena blanca que le arrancó la pierna hace años. A partir de ahí Melville se centra en diversas peripecias del viaje: la caza de las ballenas, los encuentros con otros barcos, las tareas a bordo. Ahab permanece como dormido: encerrado en su camarote casi permanentemente, no se deja ver y es más una presencia simbólica que un protagonista de la acción. Del mismo modo y de forma en absoluto casual, Moby Dick no aparece hasta las páginas finales de la novela. Durante toda ella, la ballena blanca es un fantasma, una leyenda, el final del viaje para los balleneros del Pequod, pero sólo sabemos de ella por los recuerdos de Ahab y el testimonio de los capitanes de los barcos balleneros que se van cruzando en su camino. El punto de inflexión en Moby Dick es, claramente, el capítulo titulado Las calderas, el último que cuenta hechos protagonizados realmente por Ismael. Hasta entonces, el narrador en primera persona era protagonista activo de la historia, participando en las cacerías, interactuando con el resto de personajes. Pero a partir de Las calderas, el narrador prácticamente se convierte en uno en tercera persona. Ismael deja de aparecer como personaje, ya no participa en la acción, e incluso se prescinde de sus valoraciones subjetivas —deja de referirse a su amigo Queequeg con expresiones cariñosas, por ejemplo.

Y esto, que en un principio parece casual o hasta erróneo, rápidamente se revela como una jugada maestra que posibilita la construcción de un clímax impecable, porque de forma paralela a este cambio sutil la narración va volviéndose cada vez más épica: Ahab, presintiendo la cercanía de su enemigo, despierta de su letargo y se erige en el protagonista absoluto de la última parte de la novela, preparándose para su lucha. Lo vemos participando en la caza de otros cachalotes, descubrimos hasta dónde llega su obsesión cuando se niega a ayudar a otro capitán a buscar a su hijo perdido por seguir persiguiendo a Moby Dick, y, en uno de los capítulos más bellos, asistimos a la forja de su particular Excalibur, el arpón con el que espera matar a la ballena blanca. Hasta en los diálogos se observa el cambio, y pasan a estar dominados por las exclamaciones sentenciosas y el soliloquio desencajado y febril de Ahab, que habla de sí mismo en tercera persona. En los últimos tres capítulos, donde al fin se enfrenta Ahab a su némesis, la novela alcanza cotas de tragedia griega, ya que, por mucho que uno lea emocionado y expectante la resolución de la lucha, en el fondo sólo un final es posible: Moby Dick, perseguida durante tres días, acaba destrozando el Pequod, y Ahab acaba arrastrado a las profundidades por la ballena. El destino de los supervivientes que quedan flotando en el mar se nos escamotea; incluso el de Ismael, porque ya no importa, porque la novela acaba, debe acabar, con el final de Ahab, y de ahí que ese cambio en el narrador sea tan acertado.

A menudo se ha dicho que Moby Dick representa el mal absoluto, primero como presencia incorpórea, y luego como aterradora realidad. Sin embargo, yo propongo otra tesis: que el capitán Ahab es el verdadero símbolo del mal. En su afán autodestructivo Ahab es cruel y fanático, se despreocupa de las vidas de sus hombres, y él mismo llega a considerarse “la oscuridad que surge de la luz”. No obstante, la clave que me hace pensar que era ésta la verdadera intención de Melville me la da el oficial Starbuck, a través del cual se da la única valoración moral de los actos de Ahab —como contrapunto a la voz del narrador en esa parte final de la novela, que exalta, como corresponde a la épica, las acciones del capitán—. Starbuck le llega a decir a su capitán que “¡Dios está contra ti, anciano!”, y sobre todo ofrece la reflexión que hizo que se me encendiera la bombilla: “¡Moby Dick no te busca! Eres tú quien comete la locura de buscarle a él”. Estas palabras de Starbuck me parecen muy esclarecedoras, ya que el oficial es la voz de la razón, el sentido común que intenta, sin éxito, ser el Sancho Panza del quijotesco Ahab, y significarían que la ballena es una fuerza de la naturaleza, terrible, sí, pero más allá del bien y del mal por definición. No es un demonio: es un simple animal. Al menos así es para Starbuck, y tal vez —así lo creo— para el propio Melville.

En todo caso, los capítulos finales son tan buenos y dan tanto juego, que compensan con creces esa pequeña decepción de la que hablaba al principio del artículo. Hasta ese punto, la novela se lee con interés, por su detallismo documental y la maestría de Melville como narrador, pero el clímax de Moby Dick se come al resto, y su terrible grandeza es lo que al final, y con justicia, permanece en la memoria del lector para siempre.

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6 Noviembre 2008

Literatura: Viviana y Merlín, de Benjamín Jarnés.

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Sé que con ese título parece la enésima macarrada de autor actual que basándose en un conocimiento superficial del ciclo artúrico perpetra un atentando al buen gusto, pero no. Viviana y Merlín es una novela extraña de preguerra (1930) de un autor oscuro y semidesconocido, Benjamín Jarnés, uno de esos tipos que no salen en los libros de texto o si sale es en una ristra de nombres de los que nunca se estudian. Es una obra a la que, quizás por falta de lecturas, no le encuentro referente claro en la literatura española de la época. Sí, la recreación que hace del medievo y de la imaginería artúrica viene directamente del romanticismo, como puede apreciarse simplemente echando un vistazo a las ilustraciones de la edición original. Y la estética por tanto tiene algo de prerrafaelita, como bien vio Cátedra al calzarle en la cubierta La seducción de Merlín de Burne-Jones. Y el estilo recuerda a algunos de la generación del 27, en la adjetivación, en el tono lírico. Pero a partir de ahí, Jarnés se desmarca con una novela a medio camino entre la narrativa y el ensayo, que no es fantasía, ni novela realista, sino más bien un juego intelectual en el que, contando las peripecias del hada Viviana para arrebatarle el mago Merlín a la corte de Arturo, se juega a oponer las dos caras del ser humano: el intelecto y la pasión, Apolo contra Dionisos. O, en la novela, el recto Merlín encerrado en su torre, leyendo a Plotino, ajeno por decisión propia a los placeres del mundo, chocando contra el fuego del hada Viviana, que es a la vez la lujuria y la sensibilidad artística, las musas griegas y la Eva que incita al pecado. Básicamente toda la novela gira en torno a esta dialéctica, a una lucha de voluntades que sólo puede acabar de una manera: ni una ni otra sino ambas, como se lee en la exhortación final: “Que en todos nuestros actos, aun en los más menudos, vayamos siempre del brazo de la pareja más encantadora de toda la Edad Media y de todas las edades. Con la gracia y la sabiduría. Con Viviana y Merlín”.

Jarnés es un escritor inteligente, con un humor sutil y nada agresivo y con una cultura rara en la época, que se ve reflejada en la novela. Conoce por igual los mitos griegos y las corrientes filosóficas de su época —yo no dejo de ver algo de Kierkegaard e incluso de un primer Nietzsche en Viviana y Merlín—. Su estilo es extraño: usa en la narración la primera persona de forma casi exclusiva —se nota en esto que también escribía teatro, al igual que en los diálogos, la mayoría de la veces sin verbos de habla que los introduzcan o apostillen—, es lírico, pero no a la manera modernista, o no del todo: hay cierto comedimiento, como si se quisiera guardar el mismo equilibrio que al final tiene que haber entre Viviana y Merlín. Jarnés, sin ser un escritor espectacular, escribe bien, muy bien incluso, tiene ideas geniales —la descripción del castillo de Arturo como si fuera un cuerpo humano a mí me parece buenísima— y pule el lenguaje, a pesar de que hay que lamentar ciertos descuidos y alguna repetición que empañan el resultado final: una imagen valiosa deja de serlo si aparece dos veces.

A pesar de ello le dan de sobra a Jarnés su capacidad e imaginación para ofrecer momentos brillantes en la novela. Por ejemplo, de las alusiones y juegos con el Quijote —Jarnés aprovecha que Merlín aparece en un capítulo de la obra de Cervantes— surge uno de los mejores pasajes, en el que Viviana enfrenta a los caballeros de Arturo a su esperpéntico reflejo de La Mancha, ante el que montan en cólera porque, como dice Merlín al poner orden, “No podéis aún comprender del hombre del bacín y del labriego. No podéis aún comprender el espectáculo. Aún no llegó el tiempo con que podamos soportar nuestra propia caricatura”. Y de la pugna entre Viviana y Merlín que es la columna vertebral de la novela, lógicamente salen momentos gloriosos, especialmente el clímax temprano que supone el primer intento de Viviana de tentar y hacer flaquear al viejo sabio, a ese Merlín que creía que ya estaba más allá de ciertos sentimientos, y que intenta rechazar al hada en una escena con muchísima fuerza, un diálogo tenso y extraordinariamente bien escrito —“Merlín, Merlín… Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que acaricias con tanto mimo, uno de esos librotes que abres tembloroso, como se desnuda a una virgen— en el que poco a poco el mago va cediendo a los encantos de Viviana y, a pesar de que en el último momento consigue escapar, ya se ve que acabará cayendo y dejándose arrebatar por ella.

Viviana y Merlín es uno de mis libros de cabecera, y aunque a base de relecturas se me ha ido cayendo un poco, no por eso deja de parecerme muy recomendable. Una novela a descubrir que aun con sus defectos me parece mucho mejor que otras de la época o de pocos años después encumbradas más por realistas que por ser buenas. Quizás ése fue el problema de Jarnés, escribir a destiempo, tratar temática artúrica —aunque sea como excusa para tratar otras— en un momento en el que la literatura empezaba a volver la vista hacia la política y en la que el realismo sucio estaba a punto de explotar y acapararlo casi todo. En todo caso, para el que quiera y sepa apreciarlos, ahí quedaron esta novela y este autor inclasificable y único en su generación.

RECTIFICACIÓN: Me dicen que tan inclasificable y único no es, que lo que hace Jarnés es novela intelectual. Queda dicho. Tengo que leer más...

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13 Septiembre 2008

Sí, yo leí Eragon.

Y aunque a la mayoría de la gente eso ya le parecería suficiente penitencia, yo soy tan masoca que también voy a contarlo. Además, hace tiempo que no critico algo que no me haya gustado, y es sábado por la mañana y me aburro.

Así que sí, confieso: yo leí Eragon. Y no estaba borracho, ni tenía fiebre. Simplemente apareció en el momento adecuado, cuando yo andaba buscando algo de fantasía épica que no fuera rematadamente malo. Es muy difícil encontrar buena literatura en ese género. De hecho yo sólo considero la obra de Tolkien, la de Lord Dunsany y La historia interminable de Ende como buena literatura —y los dos últimos entran en el género sólo cogidos con pinzas, la verdad—. Y El último unicornio de Beagle, casi casi. Después hay algún libro al menos escrito de forma medianamente competente, y una inmensa cantidad de mierda, de trilogías, pentalogías y heptalogías de franquicias que no van a ninguna parte. Así que ahí estaba yo, hace… por lo menos cuatro años, con ganas de leer algo nuevo que fuera por lo menos decente. Y, incauto de mí, me fijé en Eragon, magna ópera prima de Christopher Paolini, cuya publicidad aseguraba que era el nuevo Tolkien —en la última década ha habido no menos de diez nuevos Tolkien, por cierto. Deben de criarlos en granjas—. Hace cuatro años era yo menos gruñón que ahora, pero sí lo suficiente como para no tragarme de buenas a primeras semejante afirmación. Además, esas tontadas a la larga —y a la corta— perjudican más que benefician al publicitado, y más cuando se repite hasta la náusea con cualquier pelanas que venda cuatro ejemplares. Pero vaya, me pareció, por algún motivo misterioso, que el libro podía estar bien, y lo compré a esa digna asociación garante de la cultura que es el Círculo de Lectores —qué tiempos, cuando pedía libros al Círculo de Lectores.

Al empezar a leer el mamotreto, por algún misterioso motivo —ignoro si el mismo que intervino la vez anterior— empecé por la introducción del autor, y ahí fue donde me enteré de que el tal Paolini tenía dieciséis añitos cuando escribió Eragon. A cuadros me quedé: ¡el nuevo Tolkien era un pimpollo imberbe con la cara llena de acné! Pensáreis que el chaval es un niño prodigio de la literatura. Pues… no, más bien no. Yo no niego que hay un porcentaje de personas capaces de escribir una novela interesante a esa edad, que tienen el talento y las suficientes lecturas encima como para elaborar algo mínimamente bueno y original. Pero es algo extraordinariamente raro, y me temo que Paolini no entra en esa categoría. No, lo que yo me encontré no es más que lo que muchos chavales con cierta afición a la lectura pueden escribir a esa edad, una historieta con tooodos los tópicos del género y alguno más, un pastiche absurdo, más plano que una tabla, cuyo argumento es tan simple que ni agujeros tiene. La única virtud de Paolini es la constancia, porque sí es cierto que normalmente las cositas que escribe un adolescente rara vez se llevan a buen término —o a malo— y se pueden organizar en una novela. Y la introducción nos da la explicación a que esto haya acabado publicado: mamá Paolini tiene una editorial. Uno puede imaginarse a esa madre con la baba cayéndosele viendo cómo su hijito junta letras, leyendo las historias que escribe y pensando que tenía en casa una luminaria de la literatura ¿Hay alguna madre para la que su niño sea feo? ¿Quién no ha visto alguna vez uno de esos programas a los que llevan a niños a que imiten a cantantes famosos —siempre, pero siempre, hay uno que hace a Nino Bravo: ¿cómo coño conoce un nene de ocho años a Nino Bravo?— mientras la familia observa desde sus asientos llorando a lágrima viva ante el genio del infante, que está hecho un artista? Pues esto es lo mismo, sólo que esta vez el tópico amor de madre se llevó hasta sus últimas consecuencias y se vio apoyado por el descerebrado mercado que nos ha tocado sufrir. Va contando Paolini en el prólogo, con insufrible ñoñería, por cierto, lo mucho que mami le apoyó, además de cómo otro tipo le ayudó a corregir faltas y puntuación y le adecentó los dos primeros capítulos, que parece ser que no tenían ni pies ni cabeza —menos aún, se entiende—. No hace falta ser un lince para deducir que si se reconoce eso es porque en realidad hubo más y el sujeto metió mano en toda la novela. Tampoco mucha, ojo; leyéndola se hace dolorosamente obvio que Paolini es el autor, que no se ha limitado a poner el jeto y el otro es un mero corrector que tampoco puede hacer milagros.

Y es que la novela está llena de las incoherencias y tonterías que puede esperarse de alguien de esa edad. Ya lo decía antes: Paolini no es un superdotado, sino un chaval normal y corriente, y hace lo que pueden hacer muchos adolescentes con imaginación —y los hay con más, mucha más que él—. Lo que hemos hecho muchos jugando al rol, sin ir más lejos. El niño podía estar fascinado por los cuatro libros de fantasía épica que habría leído en su día —como mucho—, pero le faltan lecturas y sobre todo capacidad de reflexión para hacer algo coherente. Se nota que todo está hecho sin pensarlo demasiado, por mera acumulación, como cuando jugábamos de pequeños. No hay planificación en el relato, y mucho menos en el mundo en el que transcurre, de cartón piedra —más aún de lo habitual en la mala literatura fantástica— por la falta de documentación del chaval, que no es capaz de describir ni una sola actividad propia de la Edad Media. Los nombres de los personajes son especialmente graciosos, porque no tienen nada que ver entre sí, están puestos al tuntún, como en esas partidas de rol desfasadas en las que un personaje se llama Drizzt, otro Legolas y un tercero Pako Jones —la ka es obligatoria en estos casos—. El nombre del malvado enemigo de Eragon es especialmente glorioso, por parecer salido de un álbum de Asterix: Galbatorix.

Al margen de ese tipo de cosas el lineal y pobre argumento de Eragon está plagado de topicazos pobremente utilizados. Que la fantasía funciona por arquetipos es algo que a estas alturas sé perfectamente. La literatura fantástica, como extensión que es del cuento de hadas tradicional, tiene una serie de figuras y temas recurrentes: la búsqueda, el viaje iniciático, el héroe involuntario y débil —sea un niño o un hobbit, da lo mismo—, el maestro mágico… Y esto no tiene nada de malo. Es más, así debe ser para que la fantasía alcance su verdadera dimensión. Ahora bien, la diferencia entre el tópico y el arquetipo es clara, y reside en el punto de vista del autor. En darle a la historia de toda la vida un enfoque nuevo, una vuelta de tuerca que plantee como algo novedoso lo que es tan viejo como el hombre. Justamente lo que hizo Tolkien con El Señor de los Anillos, con el que involuntariamente creó un nuevo canon en la fantasía que todos los mediocres autores del género han copiado en menor o mayor medida desde su edición. Paolini carece de la formación y el bagaje cultural necesario para dar ese nuevo enfoque —sí, nos queda claro que ha leído El Señor de los Anillos quince veces, pero ¿ha leído las sagas, el Mabinogion, siquiera La muerte de Arturo?—, y se dedica a hacer lo que un chaval puede hacer: copiar sin ton ni son. Eragon está lleno de homenajes —taquiones, que dirían los de ADLO!— a El Señor de los Anillos, pero hay más. El inicio de la historia es prácticamente igual al de otra saga épica moderna, La guerra de las galaxias, y el sistema de magia que existe en el mundo de Eragon, basado en conocer el verdadero nombre de las cosas, clama al cielo: está fusilado vilmente del que aparece en las novelas de Terramar de Ursula K. Leguin. Lo del nombre verdadero de las cosas es mucho más antiguo que Terramar, en efecto, pero la forma de enfocar su funcionamiento es tal cual en ambas novelas, con la diferencia de que Leguin intentaba ser original encontrando el nombre verdadero de las cosas y Paolini se limita a coger la palabra en inglés y cambiarle alguna letra, por ejemplo stone y stenr —también es casualidad que los anglosajones sean los que más se acerquen al nombre auténtico de las cosas, ¿eh?—. Además, a Paolini pueden apasionarle los dragones, pero la verdad es que no hizo ningún esfuerzo por intentar acercarse a cómo se comportaría uno y lo que conlleva ser inmortal. No, la dragona que monta Eragon es totalmente humana, o en el mejor de los casos un caballo parlante.

Para seguir con el cachondeo, en Eragon hay elfos, enanos y orcos —perdón: úrgalos—. Todos hablan en idiomas que pretenden emular a los de Tolkien. Igualito con los mapas y los apéndices, un ejercicio de pedantería no exclusivo de Paolini, al menos. los mapas, los glosarios de lenguas inventadas y demás parafernalia sobran en una novela. No deben ser necesarios para entenderla y disfrutarla totalmente. Todo eso tenía sentido en Tolkien, pero es que resulta que Tolkien era FILÓLOGO. Y sabía lo que hacía. Y lo que hacía tenía muy poco que ver con lo que hicieron todos los copiadores que vinieron después. Tolkien creó un mundo entero, una historia basada en mitos preexistentes, unas lenguas con su gramática, que podían hablarse realmente —otra cuestión es que para él fueran un divertimento académico, y que no las creara para que la hablaran en la intimidad cuatro frikis con orejas de plástico puntiagudas, precisamente—. Cuando un chavalín se pone a inventarse palabras sin tener ni puta idea de etimología, sin saber en realidad lo que está haciendo, simplemente poniendo palabras que le suenan bien el resultado es obviamente patético, aunque la verdad, produce cierto candor.

El mismo candor que produce un chico lo suficientemente inocente e inculto como para usar lugares comunes como “negro como ala de cuervo” y creer que está inventando la sopa de ajo. El estilo de Paolini no podía ser otro: el típico de un chaval cuando se pone a escribir “bonito”. Metáforas más viejas que mear de pie, sinónimos varios para el verbo “decir” que quedan fatal —por mal usados—, adjetivación innecesaria y diálogos de besugos que emulan las películas más cazurras de Hollywood. Si a esto le añadimos los terribles problemas de ritmo que arrastra la novela, el resultado es que, incluso aunque se obviaran todos los problemas argumentales e hiciéramos el esfuerzo de ver como novedoso lo que está ya añejo, Eragon seguiría siendo intragable. Y no sólo por el estilo: el principal problema es la falta de trascendencia, de calado. La buena literatura fantástica necesita cierta profundidad, es, debe ser, un reflejo magnificado de los grandes temas que atañen al ser humano desde que lo es. Eragon no lo es ni remotamente, porque no hay reflexión ni conocimiento de la naturaleza humana. Es que no puede haberlo a los dieciséis; a esa edad lo que hay es un sentido adolescente de la justicia y de lo que está “bien”. Como era de esperar el protagonista es una proyección del propio autor y de sus deseos adolescentes, y eso, de nuevo, está muy bien que se ponga por escrito, pero no que se publique. No me vale que el libro esté destinado a un público infantil para justificar la falta de calado, primero porque no son tan pequeños los chavales que yo he visto leyendo el libro —calculo que el público ideal rondará los doce-trece años, vamos, que no son tan infantiles ya—, y segundo porque eso es un error como la copa de un pino. Precisamente es al contrario: escribir para niños es algo tremendamente complicado, y por supuesto que algo infantil tiene que tener profundidad y reflexión. Creer lo contrario sólo puede dar productos vacíos, evasión de mala calidad perfectamente olvidable.

Supongo que habrá quien piense que esta crítica ha sido demasiado destructiva. Que Eragon no está tan mal si tenemos en cuenta la edad del autor, que hay que ser indulgentes. Obviamente no estoy de acuerdo. Vamos a ver, si a mí me llegara un sobrino y me enseña algo como Eragon, lo alabaría, y lo animaría a seguir escribiendo, claro que sí. Tiene su mérito, no lo niego. El problema aquí es que yo a ese sobrino hipotético jamás lo animaría a publicar; le diría que siguiera trabajando duro para poder hacerlo algún día. Porque en el momento en el que se publica, a mí me da igual la edad del autor. Como si es retrasado, francamente. El libro se convierte en uno más, al que hay que medir por el mismo rasero, y las circunstancias vitales del autor no me importan, es más, normalmente ni las conozco. No me valen excusas de ningún tipo: una novela es buena o es mala, y punto. Y es posible que en unos años Paolini llegue a ser un autor decente, por qué no. No mucho más, claro, si hubiera verdadero talento, se habría visto en Eragon. Quizás llegue el día en el que le produzca vergüenza que esa primera novela viera la luz, o quizás viva toda su vida en la luna de Valencia, qué sé yo. Pero lo que tengo claro es que a la larga haber publicado sus pajas mentales adolescentes va a perjudicarle. Y me da igual cuánto haya vendido. Fue un fenómeno de márketing, un hype de temporada que se convirtió en el libro a regalar a hijos, sobrinos y nietos. No se entiende la legión de fans que tuvo salvo si comprendemos que para muchos de ellos Eragon fue el primer libro que leyeron. Es la única forma de que alguien, aunque sea un niño de la generación sms, pase por alto la ínfima calidad del libro y lo flipe con él.

Para los demás, un consejo: aléjense de Eragon como de la peste —y de sus secuelas, por descontado—. Aunque algo bueno saqué de su lectura, la verdad. Gracias a Eragon desterré para siempre la estúpida costumbre de acabar cualquier libro que empiece: fue la última vez que lo hice. Así que pese a todo, gracias, Paolini. La de horas de tedio que me has ahorrado…

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16 Julio 2008

Falacias literarias I.

No sé si se entiende el título del post; me refiero a algunas ideas o creencias falsas sobre obras literarias que por alguna razón se han establecido como verdaderas. Me apetecía recopilar unas cuantas, creo que alguna sorprenderá a más de uno. Si me voy dando cuenta de más, habrá segunda parte.

· En el Génesis no se dice en ningún momento que el fruto del árbol del bien y del mal del que comen Adán y Eva fuera una manzana, aunque puede encontrarse en muchas manifestaciones artísticas representada así.

· Siguiendo con la Biblia, Noé no reune una pareja de cada especie animal por mandato de Yahveh, sino siete parejas de los animales puros y una de los impuros.

· En la Teogonía de Hesíodo, la caja de Pandora es en realidad un ánfora.

· Sherlock Holmes, el célebre personaje creado por Arthur Conan Doyle, jamás pronuncia en ninguna de las novelas que protagoniza la frase “Elemental, querido Watson.”

· El monstruo de la novela de Mary Shelley no se llamaba Frankenstein; éste era el nombre de su creador. La criatura en realidad carecía de nombre.

· La famosa sentencia de Hamlet, “Ser o no ser, ése es el dilema”, en realidad no se dice en la escena en la que Hamlet sostiene la calavera de Yorick.

· Don Quijote no dice nunca “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”; dice “con la iglesia hemos dado”, y no tiene en absoluto el sentido que se atribuye hoy a la frase: en realidad es literal, se estampa contra el muro de una iglesia.

· Los elfos de la obra de J.R.R. Tolkien no tienen las orejas puntiagudas, o al menos Tolkien no las describe así jamás.

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5 Julio 2008

Politeísmos, de Álvaro Naira.

No os podéis imaginar las ganas que tenía de escribir este post, aunque al final las cosas hayan salido como han salido. Lo de Politeísmos ha sido para Álvaro Naira un parto largo y doloroso, sin epidural, y en el que al final ha habido que hacer cesárea, pero sobre esto creo que ya se ha dicho todo cuanto había que decir. Lo importante ahora es que aquél que quiera leer el libro ya puede hacerlo comprándolo aquí, y por tanto ha llegado el momento de hablar de él.

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A estas alturas todos sabéis que Naira es mi amigo (bueno, amigo; es un cabrón que me jode las bolsas free-acid para guardar los cómics cuando se los dejo, pero eso es otro tema), y no voy a ocultar que he seguido de forma muy estrecha el proceso de creación de Politeísmos. Por eso mismo no me apetece (ni posiblemente podría) intentar ser frío y objetivo en este post. No puedo, cuando he visto al autor dejarse la vida en ella, matándose a trabajar, dejar de salir de casa más que para que mearan sus perros. Viviendo única y exclusivamente para escribirla. Sí, es una novela que para mí significa demasiadas cosas; pero también es una buena novela, y lo que pretendo con este texto es que sepáis de qué trata y por qué deberíais leerla.

El propio Naira insiste siempre en que es una novela juvenil, aunque yo no lo tengo tan claro. Muchos de sus personajes son jóvenes, pero las altas cantidades de alcohol, drogas y sexo (eso sí, siempre seguro) no sé yo si encajarían con lo que hoy en día se entiende por literatura juvenil, que es algo bastante más políticamente correcto que el concepto que podía tenerse hace veinte años. En todo caso, yo creo que es una novela que puede apasionar a un chaval, pero que a otro nivel dice muchísimo a la gente de nuestra generación, esos que hemos acabado los estudios, que estamos ya más cerca de los treinta que de los veinte. Luego os explico por qué. Antes: ¿de qué trata la novela? Pues básicamente de un grupo de gente en el Madrid del año 2000 que tiene la creencia de que dentro de ellos anidan almas animales que luchan con las humanas para destruirlas. El protagonista es un lobo, y en palabras de Álvaro, si le habláis de tótems, se partirá la polla u os partirá los dientes, según el día. La cita del libro que Naira extrajo para la contraportada resume esto mejor que yo:

"Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre".

Ésta es su visión: la que corresponde a un predador. Otros personajes tienen otras. Hay un cuervo argentino de lo más sectario, un ciervo niujero, un coyote oportunista, y tres niñas góticas de diverso pelaje que hacen ouijas para hablar con sus animales interiores. Y todas son válidas, al igual que lo serán las vuestras.

Pero lo que siempre resalto como su principal valor, es la presencia de un conflicto que es imposible que no os afecte, sobre todo a ciertas edades: la domesticación. ¿Nos hemos dejado llevar por la vida? ¿Hemos renunciado a nuestros sueños, a nuestros ideales, por la cruda realidad? Miremos atrás: ¿conseguimos todo lo que queríamos cuando teníamos quince años y todo estaba meridianamente claro? Yo siempre defino Politeísmos como una advertencia, un aviso de que lo que le pasa a ciertos personajes de la novela te puede pasar a ti. Que cuando llegas a ciertas edades el peligro de rendirte siempre está ahí, donde todo deja de estar en blanco y negro y aparecen los grises, el momento en el que hay que elegir: caseta cálida o monte agreste.

Más cosas. Decía que la novela transcurre en Madrid, y en 2000. Y, al contrario de lo que sucede en muchas novelas actuales, el escenario no es de cartón piedra. Pese a que la novela puede considerarse fantástica, la historia hunde sus raíces en un Madrid sucio y real, fruto de una labor de documentación bestial. Naira ha estado en todos los lugares que aparecen en la novela, ha calculado cuánto se tarda en recorrer cada uno de los trayectos que recorren los personajes, y se ha fijado en ambos casos no en qué ve y siente él, sino en qué verían y sentirían esos personajes, siempre con la dificultad de que no bastaba con saber cómo es un sitio, sino cómo era en el año 2000. El Madrid de la novela descubrirá a los que como yo seáis madrileños y estéis hasta los huevos de esta ciudad un Madrid distinto, con lugares mágicos, con rincones en los que aún hay sitio para la maravilla (el templo de Debod, los jardines de Sabatini...). Y a los que no seáis de Madrid, bueno, ya tenéis sitios que visitar cuando vengáis). En Politeísmos, los diálogos son otro de los puntos fuertes. El estilo engañosamente llano de Naira consigue una naturalidad en los diálogos muy difícil de encontrar hoy en día, y más allá de eso, hay tres, cuatro pasajes en la novela prodigiosos. Concretamente el capítulo cuatro del primer arco es un mecanismo de relojería impecable. Todo esto no es fortuito, igual que tampoco lo es la perfecta estructura de espejo que organiza sus dos arcos argumentales. No, es fruto de una labor de corrección y autocrítica bastante poco habitual, y es que hasta prácticamente el último momento antes de enviar el archivo por correo electrónico a Lulú, estaba revisando y cazando erratas. Naira miente como un bellaco cuando dice que ha leído la novela cien veces: yo os aseguro que no bajan de quinientas. ¿Os parece obsesivo? Lo es. Pero si la literatura no es obsesión, entonces no es nada.

Gracias a eso, hoy tenemos una novela que es tan buena como puede ser sin dejar de ser ella. Naira escribirá mejores novelas: probablemente ahora mismo ya sería capaz de hacerlo. Hay cosas mejorables, por supuesto. Pero la visceralidad con la que está escrito y la rabia que destila en muchos momentos, demuestran que es un libro escrito con las tripas, con momentos desgarradores que se te clavan muy dentro. Como las buenas novelas de fantasía, Politeísmos no es escapismo. Como las realmente buenas novelas de fantasía, Politeísmos agita algo dentro de nosotros, remueve cosas que están ocultas pero que son parte de nosotros. Araña, como dice Álvaro. Cuenta una historia en la que es imposible no involucrarse y vivirla casi como propia, porque como decía antes, expone un conflicto que es, fue, o será el del lector. Además lo hace de forma que cuando pasa algo “fantástico” el contraste es mucho más brusco, porque los protagonistas no son criaturas mágicas habitantes de mundos exóticos, sino gente que podrías toparte por la calle, que anda por Gran Vía, come en el MacDonalds y compra en los chinos de la esquina. Álvaro me suele decir que si yo no hubiera vivido tan de cerca la creación de Politeísmos y lo leyera ahora como cualquier otra novela, no me gustaría tanto. Puede que tenga razón. No lo sé. Son demasiadas conversaciones, demasiadas noches en vela. Demasiadas cosas que han convertido esta experiencia en una de las más enriquecedoras de mi vida. No puedo saberlo, no, ni falta que me hace. A veces sentía envidia del que podría leer el libro con ojos nuevos, descubriéndolo por primera vez, pero hace tiempo que llegué a la conclusión de que he tenido una inmensa suerte por leer Politeísmos como jamás volveré a leer una novela, según se escribía, leyendo no sólo la novela que llegará a vuestras manos, sino todas las que podían haber sido, viendo entrar y salir personajes y escenas que quedarán en el limbo, acumulando experiencias y aprendiendo mucho sobre el oficio del escritor. Creo también que parte del valor de un libro reside en su capacidad de afectarte. Pocos libros tienen la capacidad de cambiar al lector, pero estoy seguro de que Politeísmos es uno de ellos. A mí me ha pasado. Politeísmos ha conseguido que cada vez que escuche nombrar los jardines de Sabatini sienta un escalofrío en la nuca, que cuando paso por la calle Lagasca mire siempre a un punto determinado de la acera, por si acaso. Ha conseguido que (¡horror!) me guste una canción de Depeche Mode. Que siempre que conozca a alguien piense inevitablemente en su animal interior. Simplemente, me ha dado algo en lo que creer. Y si lo leéis, también os lo dará a vosotros, estoy seguro.

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