La Coctelera

Categoría: Música

La viga en el propio.

PREGUNTA: ¿Ya ha leído La divina comedia, el libro que da nombre a su banda?

RESPUESTA: "Me compré el audiobook, y ni con ésas. Me quedé a medio camino del paraíso".

Neil Hannon, músico, unas diez líneas después de quejarse de que los jóvenes prefieren los videojuegos y no compran música. Aquí más.

Música: Tr3s Lunas, de Mike Oldfield.

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            En 2002 Mike Oldfield ya no estaba para nadie. Encerrado en su mansión, embobado todo el día delante de la pantalla de su carísimo ordenador, andaba fascinado con la creación de un videojuego, Music VR, que incorporara su música y fuera una experiencia sensorial sin parangón. El juego, que pude probar hace unos años, no es que fuera nada del otro jueves, pero curioso lo era un rato. El disco de música que lo acompañó en su salida al mercado ya es otra cosa.

            Esto es lo primero que tenemos que entender de este proyecto: para Oldfield lo más importante era Music VR. La música contenida en Tr3s Lunas, si bien tiene más trabajo que The Millenium Bell, responde, en mi opinión, a la necesidad de cumplir el contrato con Warner Music y poner fin a una relación que había empezado muy bien, con varios éxitos comerciales, pero que ahora moría de desidia. Así que Oldfield, ya que estaba liado componiendo la banda sonora de su juego, seleccionó o creó expresamente unas cuantas pistas para conformar un CD que Warner pudiera vender junto a Music VR. De hecho, si se juega, o si se escucha el disco creado por sus aficionados y compuesto por la música extraída del mismo, uno se da cuenta de que, sin ser tampoco espectaculares, varios cortes son bastante mejores que los incluidos en Tr3s Lunas.

            Como ya no podía ser de otra manera, todo el disco sufre el abuso tecnológico que ya era habitual en su trabajo. Más aún, porque era la intención de Oldfield que la música sonara "moderna" y "futurista". Salvo su guitarra y su piano, absolutamente todo está sampleado. Hasta el saxofón que aparece en algunos temas. La percusión es, por momentos, insoportable. Los ambientes que Oldfield crea a base de programas informáticos y sintetizadores son planos, pesados, molestos. Se pierde en ellos, confunde, como lamentablemente tiende a hacer en los últimos tiempos, los sonidos "bonitos" con la calidad. Lo que debería ser accesorio se convierte en la base y el leitmotiv de la música. La composición es lo de menos. Si desnudáramos la mayor parte de las pistas de Tr3s Lunas de sus adornos sintéticos, apenas quedaría una raspa que aprovechar. Warner publicitó este álbum como el disco chill out de Mike Oldfield. No me interesa en absoluto ese estilo, así que no puedo saber realmente esto es o no chill out. Pero es evidente que comparte su objetivo: relajar al personal. El lado más místico de Oldfield salía a relucir en las entrevistas de la época cuando explicaba que tanto disco como juego buscaban ser una experiencia relajante para el oyente, algo que sanara su espíritu, como si del taichi se tratara. Y al menos, eso hay que concedérselo, lo consigue a veces.

            Porque, sorprendentemente, no todo en Tr3s Lunas es despreciable. Parte de una buena premisa. Si la pretenciosidad de The Millenium Bell lo convertía en un disco hasta risible, la humildad de Tr3s Lunas predispone a su favor. Busca tan poco Oldfield que involuntariamente tampoco exigimos demasiado. Es un trabajo menor y él lo sabe y no lo oculta. Es una música modesta hecha en casa con las pantuflas puestas, sin complicarse la vida pero, al menos, tomándose la cosa mínimamente en serio. Más allá de las vocalistas y un par de ingenieros que le programaron la percusión, no requirió la ayuda de ningún músico. Por eso es inevitable que caiga en la autocomplacencia de la que tanto he hablado ya y en la que no voy a abundar más. Pero no está desafortunado del todo. Hay, al menos, más guitarra, mucha más, que en el anterior disco. El oyente no tiene la sensación de que le está tomando el pelo pese a los abusos electrónicos y a los loops contínuos. Sí, es verdad que al final se hace muy aburrido, muy igual —y eso que no lo es—. Es cierto que duerme, que no tiene garra, que no hay clímax ni anticlímax. Es una música "espacial" sin complicación alguna. Y sin embargo, por lo menos no cabrea. Oldfield parece decirnos: "no le deis demasiada importancia. Tr3s Lunas es lo que es". Te lo pones para dormir y ya está. Es para eso. ¿Triste final para una carrera como la suya? Desde luego. Pero tras The Millenium Bell, recuerdo lo aliviado que me quedé en su momento cuando escuché este trabajo y descubrí que por lo menos lo podía escuchar sin sentirme ofendido en mi inteligencia. No nos quiso estafar. Con The Millenium Bell sí. Nos vendió la liebre y luego resultó ser un gato feo y esquelético.

            Detenerme en cada tema casi resulta innecesario, pero alguna nota puede ponerse. En general todos adolecen de lo dicho anteriormente: demasiado enlatados y sintéticos. Además, más de una vez nos sorprendemos escuchando sonidos que remiten a otros trabajos de Oldfield, especialmente The Songs of Distant Earth, pero, aunque no sea esto una virtud, tampoco negaré que a estas alturas hace algo de ilusión. Dentro del tedio general, hay algunos cortes muy vulgares —Sirius, Viper, Thou Art in Heaven, Landfall— y otros en los que encontramos alguna chispa que se impone un poco al aburrimiento. Es el caso del tema Tres Lunas, el mejor del álbum, en el que Oldfield se sacude las telarañas y nos regala una guitarrilla apañada, sobre un fondo en el estribillo extraído de ¡Dark Star! Turtle Island es otro tema con cierto interés, porque, al menos, consigue lo que se propone: es el único que me relaja, y además es donde mejor encaja el saxofón de mentira que usa Oldfield durante el disco. Que no hiciera el tremendísimo esfuerzo de contratar a un saxofonista de sesión para grabarlo es el mejor ejemplo de la pereza en la que se encontraba. Y poco más: To Be Free, el corte "comercial", en tanto que dispuso de video clip y hacía mayor uso de las voces, siempre me pareció muy poquita cosa, menos aún que la media de Tr3s Lunas; No Man's Land o Return to the Origin tienen sus momentos pero me dejan muy, muy frío; Daydream es el inevitable tema a piano que se cae a pedazos porque Oldfield nunca ha sido lo suficientemente bueno con el instrumento como para hacerlo protagonizar un tema y que tenga interés.

            Un disco pobre e intranscendente. El hecho de que no nos pareciera en general tan horrible en su momento expone las miserias del Oldfield contemporáneo mucho más. Habíamos llegado a extremos tales que este álbum simplón y vago nos parecía lo mínimo exigible. No lo era, y hoy, al escucharlo, tampoco lo es. Tr3s Lunas es, como mucho, perdonable. Pero nada más.  

Bravo, Fontdevila.

            El humor es, en gran medida, provocación. Un humorista gráfico debe ser siempre valiente y no acomodarse en una posición estática en la que se sepa a salvo de las críticas de sus fieles. Qué fácil es reírse de tal o cual político, cuánta gracia nos hace a todos. Pero, ah, cuando toca mirarnos en el espejo deformado y reírnos de nosotros mismos... Eso ya no es tan fácil. Y como no nos gusta lo que vemos, nos enfadamos, y llamamos al autor vendido, y ya no nos hace gracia ni nos parece tan bueno como antes. El sentido del humor está bien, pero para reírse siempre de los de enfrente, ¿no? Si Ramoncín se enfada porque le hacen una parodia es un capullo, pero a mí que no me toquen, porque yo tengo razón y lo que digo es demasiado serio como para ser caricaturizado.

            Lo siento. No hay absolutamente nada que deba ser tabú en el humor. La viñeta de hoy de Fontdevila es magistral. Precisamente por eso ha sentado mal. Porque pone el dedo en la llaga, mediante el humor y la exageración —como siempre, joder, ¿o de verdad se creen que reflejan sus tiras la realidad tal y como es?—, y pone de manifiesto el comportamiento cazurro y becerril de muchísima gente. Sí, hay muchas personas informadas y con ideas acerca de qué puede hacerse, de cómo cambiar el modelo de negocio para que sea justo con el consumidor y con el creador, y que merecen ser escuchadas. Pero hay mucha gente también que no tiene ni puta idea de lo que habla, que se llena la boca hablando de cultura libre, que escribe con mayúsculas, kas y faltas de ortografía mezclando churras con merinas, trolleando en cualquier lugar donde se mencione a la SGAE, y que en el fondo no quieren ninguna alternativa a lo que hay. Quieren descargar gratis a cascoporro y punto, y no se complican más la vida. Es ésa y no otra la actitud que satiriza Fontdevila en su viñeta. Es el discurso lleno de tópicos que gente que no sabe pensar por sí misma suelta cada dos por tres.

            Evidentemente, el autor es un tipo inteligente. Sabía que esto iba a pasar. Sabía que iba a batir el récord de comentarios en el blog. Lo fácil habría sido hacer mofa de la manifestación de "artistas" del otro día, pero la opción que ha elegido es infinitamente más valiente y valiosa. Pero, por favor, es obvio que Fontdevila no está a favor de la ley de marras. Recuérdese la cantidad de viñetas que le ha dedicado a la SGAE. Ha criticado, simplemente, una actitud tan fanática como la de los susodichos "artistas", igual de radical y de poco abierta al diálogo. El problema no lo tiene él, sino aquellos que se han ofendido. Porque ésos, una de dos: o se han sentido identificados con el bebé llorón, o no tienen ni pizca de sentido del humor. O ambas cosas, claro.

            No está hecha la miel para la boca del asno. No todo el mundo es capaz de entender la sutileza y la ambigüedad, por mucha "cultura" que se descargue. Pero, señor Fontdevila, por favor, siga con lo suyo y pase de todo.    

ACTUALIZACIÓN: Manel Fontdevila se explica con otra tira, y de paso da una lección magistral de cómo hacer un tebeo aprovechando las peculiaridades de la pantalla. Y de paso bate otra vez el récord de comentarios.

Minutos musicales.

Hoy he escrito un largo post acerca de la noticia que he enlazado por la mañana aquí. Pero no me ha gustado y por eso no lo he subido. Sin embargo, no me puedo resistir a lanzar un par de ideas.

1. Lo verdaderamente molesto es que estos "artistas" a los que las discográficas han comido el coco para que se partan la cara por un modelo de negocio que NO les beneficia pero que les han hecho creer que es el único posible consideran en su fanatismo que cualquiera con acceso a internet se ve impulsado por fuerzas desconocidas a bajarse sus discos.

2. Lo crean o no, yo no quiero internet para descargarme el último álbum de Rosario Flores, Chenoa o David de María. Lo quiero para bajarme música que la industria ha decidido que no esté en las tiendas. Así de sencillo. Internet ha acabado con la dictadura de discográficas y distribuidoras: ahora es posible escuchar lo que uno quiere y no lo que nos venden. Gracias a la red he podido escuchar a decenas de bandas y solistas cuyos trabajos no es posible comprar, porque están totalmente descatalogados, en algunos casos desde hace décadas; historia de la música que todos estos defensores de la cultura desconocen. ¿Descargarlos también debería ser delito?

3. Un analfabeto musical que no sabe ni solfeo, que no es capaz ni de componer la mierda que suena mientras canta moviendo el pandero, no está moralmente capacitado para acusarme a mí, y a muchos como yo, de matar la música por bajarme los discos de Gong, Brand X, Tom Newman, High Tide o David Bedford, por citar sólo unos pocos de los genios que hoy están completamente olvidados gracias al modelo de negocio que nos han impuesto. Eso, señores, sí es cultura, y si ésta les importara de verdad y no fuera más que una coartada demagógica, harían un esfuerzo por recuperarla.

4. Si hacen música de ínfima calidad para las masas, el resultado es obvio: al no valorar en absoluto esa música como obra artística, no se comprará si puede obtenerse gratis. Son canciones de moda que se olvidan a los dos días, pero oyéndoles hablar parece que son comparables a los Nocturnos de Chopin. El músico -músico, no "artista"- que hace música y no mamarrachadas, tiene un público fiel que respetará su trabajo. La cantidad de bandas excelentes que están ya pasando de discográficas y moviéndose en internet no es nada desdeñable, por cierto.

5. Yo compro música. Lo que hace mucho tiempo que no hago es comprarla en una tienda española. Comprando en tiendas de ebay me ahorro dinero, incluso pagando gastos de envío. Y además puedo encontrar obras de gente fundamental que hoy, vergonzosamente, los distribuidores no tienen a bien ofrecer al público español. Dense una vuelta por la Fnac y comprueben cómo es imposible encontrar un solo disco de los Genesis de la época de Peter Gabriel, el catálogo de Virgin de Mike Oldfield, o incluso discos de Jimi Hendrix. A lo mejor en todo esto está también el problema, y no sólo en los pocos escrúpulos de las hordas de usuarios descargadores.  

6. Lo que pretenden hacer ahora es el resultado de varios años de interponer demandas contra las páginas de enlaces que los jueces han desestimado sistemáticamente. Esto es necesario decirlo: en España jamás se ha cerrado una sola página de estas características por mandato judicial, ni se ha condenado a ninguno de sus responsables. A la SGAE en cambio se le ha llamado la atención por sus malas prácticas más de una vez en estos asuntos. Ante esto, lo que intentan es saltarse ese paso tan molesto que es el juicio y obtener la potestad de cerrar ellos mismos la página. Absurdo: bastará una denuncia del dueño de la página cerrada para que un juez aplique la ley vigente y le dé la razón.

7. Reflexión final: pensemos quién hace más por la cultura y quién mata más a la música: un usuario que emplea su tiempo libre desinteresadamente en ripear un vinilo de, por ejemplo, Pan y Regaliz -banda española de rock progresivo de los setenta-, limpiar el sonido y subirlo a la red acompañado de información relativa al mismo para que todo el mundo pueda acceder a él, o Alejandro Sanz y su último engendro compuesto con un acorde, los gorgoritos de una cría y el sampleo de un gato siendo destripado que ha hecho pasar por su voz.

Música: The Millennium Bell, de Mike Oldfield.

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            Al contrario de lo que suele ser habitual en este repaso por la discografía de Mike Oldfield en esta ocasión tengo que empezar por la valoración final, porque si no difícilmente podrán aceptarse ciertas cosas que sobre este disco tengo que decir: creo que The Millennium Bell es el peor álbum de Oldfield. E incluso diría que el peor con diferencia. Lo he escuchado entero tres veces como mucho, y escucharlo una cuarta para poder escribir este artículo ha costado. Desde la primera vez que lo escuché supuso una tremenda desilusión. Tras un trabajo potable, Guitars, no podía esperarme semejante esperpento. Lo odié entonces y aún lo hago, cuando pierdo mi tiempo en pensar en él, que no suele ser muy frecuentemente. Intentar razonar mis críticas a The Millennium Bell debe de ser una de las cosas más difíciles que he intentado, y sin duda la más innecesaria. Pero hay que hacerlo.

            A finales de 1999 se publicó The Millennium Bell, un disco que desde el momento en el que recurría de nuevo a la campana —tan sólo, recordemos, año y medio después de Tubular Bells III— ya se adivinaba como una maniobra comercial. Fue sorprendente que en un momento de su carrera en el que ya estaba espaciando los lanzamientos tuviéramos dos discos en el mismo año. Todo se entiende si tenemos en cuenta el pretencioso y risible objetivo de The Millennium Bell: hacer un recorrido por la historia de la humanidad y sus diferentes músicas. En once pistas. Imposible, evidentemente. El objetivo real hay que buscarlo en otra parte: en hacer coincidir el final del milenio —sé que es una batalla perdida, pero en realidad no acabó hasta el final del año 2000— con el lanzamiento y con el concierto más vergonzoso que ha dado Oldfield en toda su carrera, en Berlín, en la madrugada del año nuevo. Para poder sacar este trabajo a tiempo fueron necesarias unas prisas que se hacen patentes a poco que se escuchen tres temas del álbum. Nada de trabajo, nada de la documentación que habría sido necesaria para realizar competentemente el anunciado viaje a través de la historia. Una música apresurada, vulgar y chabacana, simplísima incluso comparándola con lo que hacía entonces —no hablemos ya de sus discos buenos—. Algunos temas no parecen ni de Mike Oldfield. Un totum revolutum musical que queda perfectamente representado en la horrible portada. La excusa, el casus belli de este atentado al buen gusto, el recorrido histórico, se saldó con un primer tema dedicado al nacimiento del cristo, para pasar a los incas y luego de golpe a 1492, zampándose milenio y medio. A partir de esto, no tiene sentido ni siquiera prestarle ya atención a este aspecto de The Millennium Bell. Centrados en la música, no se encuentra prácticamente nada salvable. Había que sacar un disco de debajo de las piedras, y se hizo. Oldfield cogió cosas de aquí y de allá y fue perpetrando tema tras tema, influido como no podía ser de otra forma por el esoterismo de salón que siempre le ha fascinado. Composiciones simplísimas, abusos obscenos de los secuenciadores y los sonidos sintéticos, introducción de coros a granel para atraer la atención del oyente no entrenado y tapar así las terribles, inmensas carencias de su trabajo. Su guitarra es escasa y poco trabajada, el peor ejemplo de esa guitarra lenta que tanto he criticado aquí, ese sonido de después de la siesta sin garra ni temple. Para contribuir aún más a la despersonalización de The Millennium Bell, ramplones arreglos orquestales herencia de las bandas sonoras más baratas e influencias de world music que son introducidas con un mero "copia y pega", sin que haya un trabajo por su parte para asimilarlas a su propio y antaño inconfundible estilo, para hacerlas suyas o dar su propia interpretación de las mismas. Y de propina, una vuelta al chunda chunda y al efecto electrónico de discoteca bakaladera. Lo tiene todo, como puede observarse.

            Pero sobre todo, destaco el poquísimo trabajo, el descaro y el morro con el que un músico al que hasta ahora, incluso en sus peores momentos, se le presuponía un mínimo de dignidad, presenta este trabajo deficitario en el que falla hasta, pásmense, la producción, que hasta en sus peores discos solía ser impecable. Aquí hay momentos que parece que han sido sacados antes de pasar por la fase de producción. El sonido es plano y le faltan los matices y tonos que cabe esperar no ya de Mike Oldfield, sino de cualquier profesional. Estoy convencido de que algún tema de no le llevó mucho más de diez minutos. ¿Exagerado? En absoluto. Quitemos los coros y los oropeles orquestales y nos daremos cuenta de que algunos temas no son más que una base de loops de sintetizador cuya programación no supone ningún esfuerzo.

            Para hacer aún más sangre de la herida, el inicio del disco supone un verdadero desafío para el oyente. Los tres primeros temas son un tedio casi insoportable, un aburrimiento mortal. Música simplona, con un sonido sintetizado de hace una década, que basan todo su escaso atractivo en los coros de profunda vacuidad e influencia de Adiemus. Oldfield se limita a rasguear la guitarra un par de veces desganado y llenarlo todo con los sonidos de sus teclados. Peace on Earth y sus nananana, Pacha Mama con sus iaiaiaia  y su percusión de mentira —quizás es el tema más simple que ha "compuesto" jamás Mike Oldfield—, y Santa Maria con su sopor, constituyen no una música insoportable, sino algo casi peor: una música anodina. Sin identidad y sin vergüenza. Sunlight Shining Through Cloud no es mucho mejor, pero al menos los coros de gospel nos despiertan un poco. Aún así, la mezcla de cánticos africanos con tambores sampleados y la voz de Pepsi Demacque con los coros no es precisamente un gran hallazgo. Casi me avergüenza reconocer que el siguiente tema, The Doge's Palace, es el único que me gusta al menos un poco, el único que roza el aprobado. Y digo que me avergüenza porque la mezcla de cuerda y viento orquestal -que suenan, por cierto, horrorosamente mal- con el ritmo pachanguero es una atrocidad musical. Pero al menos tiene un ritmillo del que carece todo lo anterior. Lake Constance es otro tema insípido, basado en orquesta y con una guitarra acústica, por lo menos, decente, aunque la manera que tiene de conseguir un clímax al final es de rubor. El disco va ya a la deriva. Una vez agotadas las inspiraciones musicales de la primera mitad, Oldfield ya no sabe a dónde va, y se limita a llenar minutos sin complicarse mucho la vida. Mastermind es atroz. Secuencias y secuencias programadas y una guitarra que copia sin ningún complejo a las bandas sonoras de James Bond. Un tema antipático que cuesta escuchar entero por su falta de contenido y de criterio. Broad Sunlit Uplands, de nuevo, es soporífero. Es que no parece de Oldfield. Un piano simplísimo con una melodía típica que no dice nada. Será un error recurrente por su parte empeñarse en vertebrar temas con el piano, instrumento con el que no es lo suficientemente bueno como para hacerlo. Liberation por lo menos tiene algo de garra. No es bueno, pero por lo menos tiene cierta personalidad, y una guitarrilla eléctrica hacia el final que bien puede ser lo mejor de todo el disco, sin ser espectacular. Por contra, tenemos que tragar con una burda imitación de la Enya más afectada y comercial, con la voz de Miriam Stockley, que no tiene la culpa, evidentemente. Amber Light es otro tema "Adiemus", coros vocales sobre una base sintética simple y repetitiva y algún arreglo por encima para que el conjunto no parezca lo que es. The Millennium Bell es el "gran final". Un tema ridículo. Con un tecno completamente desfasado, por lo menos diez años, Oldfield y un tal DJ Pippi revisan los mejores —y los peores— momentos del disco y los pasan por la coctelera ibicenca que tras un trabajo tan centrado como Guitars creíamos ya enterrada. Un despropósito tras otro que llega en algunos momentos a hacer daño al oído, aunque no tanto como al buen gusto, y que busca con la eléctrica hacia el final, demasiado obviamente, un clímax comparable al de Tubular Bells III que no llega a lograr porque el oyente está ya tan fuera del tema que no puede emocionarse. Bueno, sí, cuando termina, es imposible no sentir cierto alivio.

            Soy consciente de mi dureza y mi poca imparcialidad. Tampoco es mi objetivo ser imparcial. Creo de verdad que este trabajo no es sólo que sea malo, es que conjuga los peores defectos de Oldfield con una falta de trabajo y elaboración insultante. Hay otros discos de él que no me gustan, o que me parecen poco trabajados, pero sólo con éste he tenido la sensación de que me estaba tomando el pelo. El resultado es tan pobre a todos los niveles que no considero posible ningún tipo de defensa. Pésima producción, arreglos orquestales de bajo presupuesto, abuso de coros, prisas, desgana por parte de Oldfield... The Millennium Bell es el resultado final de toda una década de abandono y autocomplacencia progresiva. Es el resultado de cambiar a Simon Phillips por DJ Pippi. Es, simple y llanamente, lo más bajo que ha caído un genio llamado Mike Oldfield.

Música: Guitars, de Mike Oldfield.

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En 1999 Mike Oldfield volvió a cambiar radicalmente. Con un look más normal, sin estridencias, con más publicidad de la que tienen ahora sus discos pero no tanta como la que tuvo, tan sólo un año antes, Tubular Bells III, salía al mercado Guitars.

            Injustamente ignorado por los seguidores y la crítica en general, probablemente porque es un álbum que ni se ama ni se odia, Guitars supone, para mí, el último trabajo digno del pasado de Oldfield. El mejor disco de la era Warner y aún por superar —y probablemente, así se quede—, Guitars se aleja radicalmente del tono ibicenco-fiestero de Tubular Bells III y de su pompa y boato artificiosa. Oldfield, criatura de extremos, se encerró en el estudio y completamente en solitario, compuso este disco de carácter íntimo partiendo de una idea sencilla: que es ante todo un guitarrista y por tanto era capaz de hacer un álbum exclusivamente con dicho instrumento. No fue mala idea, pero nunca le vi sentido alguno a trastear con una guitarra midi para fabricar percusión en lugar de usarla real. Más allá de la excentricidad, el resultado, como decía, es muy digno. Un disco trabajado como no se ha trabajado ninguno de los que vinieron detrás, con una técnica que, si bien está lejos de la mostrada con justificada arrogancia en los años setenta, está lo suficientemente pulida como para exponerla sin excesos en la producción. Las acústicas suenas crudas y crujientes, sin efectos, y las eléctricas tienen, al menos en ocasiones, una garra que probablemente ya pocos esperábamos encontrar. Se nota que es un trabajo hecho por capricho, que motivó a Oldfield, que lo mimó hasta el detalle, que incluyó composiciones mínimamente complejas.

            No es, cuidado, el mejor Oldfield. Aquél se agotó con Amarok. Pero sí es un disco de madurez aceptable. Y decir eso es mucho decir viendo lo que vendrá después. Es lo mínimo que se puede esperar de él: un mínimo de técnica, un mínimo de marca de fábrica, un mínimo de complejidad... Es la mejor forma de definir Guitars: es un disco que recibe el aprobado con holgura, que no contiene ninguna aberración, que no desespera y se escucha con cierto gusto y sin la amargura y, sí, la vergüenza ajena, que otros posteriores provocarán.

            Guitars es un disco agradable, que empieza y acaba muy bien, aunque atraviesa ciertos baches en ciertos temas, que pueden llegar a aburrir un tanto. Pero los dos primeros cortes, el acústico Muse y el eléctrico Cochise son lo mejor del disco y los que, justamente, más fama tuvieron y tienen. Son dos muestras del espíritu de un disco sin pretensiones, pero compuesto con oficio y esmero. Otros temas me parecen más flojos, por monótonos o faltos de garra. Oldfield a la guitarra cumple igual, pero temas como Embers, Summit Day o Out of Sight me parecen excesivamente lentos y lineales. Se echa en falta, si de exprimir las guitarras se trata, algo más de caña, algún clímax más de los que hay. B. Blues o Four Winds —tema formado por cuatro partes— ofrecen algo más, aunque en ellos chirrían un tanto los sonidos sintéticos que Oldfield introduce. Mejor sabor de boca dejan Out of Mind y From the Ashes, donde, especialmente en el primero, se encuentra la garra que falta en otros temas.

            El último disco de Oldfield que escucho con cierta frecuencia. Con sus defectos, que no son pocos, empezando por el hecho de que renunciar a todo instrumento que no sea guitarra no deja de ser una forma de renunciar a un aspecto importante de su carrera, el multiinstrumentalismo, supuso una alegría para aquellos que tras Tubular Bells III intuíamos que su música a partir de entonces tiraría más al tecno que al rock. Varios de sus temas pudieron escucharse en la gira de Then & Now, y quizás por la falta de complejidad de los mismos, fueron de los que mejor sonaron en unos conciertos más que desangelados. Fue un espejismo, lamentablemente. A partir de aquí, la deriva definitiva. La falta de ideas, el hermetismo, el componer con gesto de aburrimiento sentado frente al pantallón de su ordenador, por el mero hecho de no caer en el olvido, supongo. A mi pesar, aquí lo veremos.

Música: Tubular Bells III, de Mike Oldfield.

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En 1998 Mike Oldfield llevaba ya unos años viviendo en Ibiza. Pero si al principio de su estancia en la isla se dio a la meditación y a la filosofía niujera que inspiró The Voyager, para entonces había perdido completamente el norte. Asiduo a la jarana nocturna, dado a todo tipo de excesos que le llevaron incluso a empotrar su cochazo contra un muro, Oldfield se dejó fascinar por los cantos de sirena de la noche ibicenca y la música tecno, que entonces estaba en su momento de máxima popularidad. Y dicha fascinación por esa música y por el trabajo de djs de dudoso gusto es una de las máximas inspiraciones de este Tubular Bells III.

            Si Tubular Bells II, pese a las críticas, tenía evidentes motivos estrictamente musicales para llevar ese nombre, en el caso de la tercera parte de la saga es evidente que las razones para bautizarla fueron exclusivamente económicas. Sólo cinco años después del remake, un agotado Oldfield, perdido ya en el autismo musical más absoluto, no tiene más idea que darle a su discográfica un nuevo disco campanero que recaude el dinero que este mismo material no habría recaudado jamás de haberse llamado de cualquier otra manera. Pero no es, ni pretende ser, una reinterpretación de su primer álbum, ni se inspira en él, ni lo anima el mismo espíritu, elementos todos ellos que sí podían encontrarse con mayor o menor fortuna, en Tubular Bells II.

            Tubular Bells III es un disco inconexo, balbuceante, que parece hecho de retales sin más unión que la puramente arbitraria, fruto del caos en el que su creador estaba sumido. Oldfield acometió este trabajo sin colaboradores, más allá de vocalistas de sesión, y con él se reafirmó en los errores que venía arrastrando desde The Song of Distant Earth: excesivo uso de sonidos e instrumentos sintetizados, melodías poco trabajadas y demasiado llanas, música, en suma, sencilla y carente de los matices y los niveles de complejidad que siempre le habían caracterizado como compositor. No puede negársele, de todas formas, cierta contundencia y efectividad a este Tubular Bells III. Atrajo a muchos nuevos seguidores —el último disco suyo en hacerlo de forma masiva— e interesó, lo recuerdo perfectamente, a los chavales que por aquel entonces flipaban con el tecno más comercial y facilón que podía encontrarse en los recopilatorios más chusqueros, a los que Man in the Rain les pareció una canción "preciosa".

            Empieza Tubular Bells III con el único nexo de unión con la obra original: The Source of Secrets, una remezcla en clave tecno de la melodía inicial de Tubular Bells. De resultado aparente y efectivo, no puede decirse sin embargo que se aleje demasiado de las remezclas que otros habían hecho antes a lo largo de los noventa -Oldfield, como casi siempre en sus últimos años, llegaba mal y tarde a la moda-, aunque es notablemente mejor que la demo que se incluyó como primicia en el recopilatorio XXV editado el año anterior y que incidía mucho más en el chunda chunda machacón de catedral del tecno. Quizás bien asesorado, Oldfield temperó el sonido electrónico y dio más espacio a la guitarra, aunque el resultado final no sea ni de lejos interesante. Tras el desconcierto de este tema, ya decorado con samples de tormenta en su comienzo y apuntalado con la percusión enlatada, el disco naufraga totalmente. Y a la deriva, el oyente que pretende sacar algo más que un poco de diversión circunstancial se siente terriblemente decepcionado. No hay sustancia. No hay detalles, no hay nada por debajo de lo evidente. Es una música vulgar y superficial, que en determinados momentos alcanza el aprobado justo, pero nada más. Los bandazos que va pegadno Oldfield tampoco ayudan. Flamenco, las voces indias de Amar, un tema pop, retazos del Oldfield más ambient y tostonazo... Mezclado sin ton ni son. No hay discurso, no hay objetivo alguno más allá de llenar minutos y llegar, claro, al clímax final, donde sí se hace evidente el interés de Oldfield.

            Así, temas como The Watchful Eye o Moonwatch son completamente irrelevantes y pasan sin pena ni gloria, mera ambientación de sintetizador que no aporta nada. El segundo es además uno de los muchos temas lentos que Oldfield parirá en adelante hechos con plantilla, sin innovación alguna: melodía de piano tranquilita con mil efectos por debajo completamente huecos, y melodía posterior con guitarra que estalla -por decir algo- en un mini clímax sin garra ni fuerza alguna. Otros temas que podrían tener cierto interés son arruinados por la percusión sintética que resulta, oída hoy, horriblemente machacona y penosamente repetitiva. Es el caso de Jewel in the Crow o la aflamencada Serpent Dream, donde hasta las palmas son de mentira. The Innerchild no es más que un ejercicio vocal totalmente plano, aunque bien ejecutado por la buena voz de Rosa Cedrón. Outcast y The Top of the Morning, el primero basado en las guitarras y el segundo en los teclados, quizás sean dos de los temas más interesantes de Tubular Bells III, quizás porque en ellos la percusión pasa a un segundo plano y no los arruina, o quizás porque son en los que Oldfield hace cosas mínimamente complicadas con los instrumentos que maneja. Man in the Rain fue en su momento, no voy a negarlo, una agradable sorpresa para mí. La primera canción vocal de Oldfield en nueve años —desde su último disco con Virgin, Heaven's Open—, un tema pop de la vieja escuela, que, lo supimos después, en realidad estaba compuesta desde hacía diez años: de ahí el aire retro. Pese a ello es una buena canción pop, aunque demasiado dulce y "bonita", demasiado pastel. A ello ayuda la dulcísima voz de Cara Dillon y la producción de la canción. Pero el verdadero problema de la misma es otro: Oldfield fusiló la base rítmica de Moonlight Shadow, por lo que el tema es demasiado similar, justificándose con pobres excusas y dando alas a sus detractores, que ya se cachondeaban, y con razón, del tercer disco con la campana retorcida en su carátula.

            Dejo para el final el largo clímax de Tubular Bells III, formado por Secrets y Far About the Clouds, remezcla de, de nuevo, el inicio de Tubular Bells más la melodía de The Bell, sazonadas con múltiples efectos de sintetizador y la consabida percusión de lata. Aparece por allí la voz de una cría, para darle a todo un aire de mística completamente fallido e innecesario, aunque, para qué negarlo, el estallido final de campanas y guitarra sí funciona, y con él consigue Oldfield un final de fiesta espectacular para su disco, aunque sobre, una vez más, el minuto de pajaritos piando del final.

            En definitiva, Tubular Bells III no es un buen disco. Es un trabajo de inmadurez, producto de una persona confusa que no está asimilando bien su edad y que de la misma forma que se viste y se peina como un jovencito, intenta acercarse a la muchachada pastillera del momento con "lo que se lleva ahora", sin hacer nada que no estuviera inventado ya en el tecno ni, desde luego, marcar ningún hito en su propia discografía. Tubular Bells III, al menos, sirvió para que toda una nueva generación conociera a Oldfield, pero como álbum, es mediocre, y además, como casi todos los de esta época, ha envejecido muy mal, pese a sus —escasos— buenos momentos. Por si fuera poco, el título fue desde el primer momento una enorme losa con la que tuvo que cargar y que acabó por sepultarlo. Y sin embargo, lo peor estaría por llegar.

Música: Voyager, de Mike Oldfield.

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Tras The Songs of Distant Earth, Mike Oldfield mantuvo silencio durante dos años en los que, entre otros cambios en su vida privada, se va a mudar a Ibiza, atraído primero por su tranquilidad y entorno natural, pese a que con el tiempo caería en los excesos de la noche ibicenca. Será en 1996 cuando rompa ese silencio y salga al mercado Voyager. Es quizás uno de los álbumes más tibios de Oldfield, uno de los que más pasan desapercibidos para bien y para mal: ni tiene grandes defensores ni detractores a ultranza. Esa indiferencia que provoca en el oyente es quizás la misma con la que se intuye que el músico acometió su composición. A instancias, tal vez, de Warner, Oldfield arrima el ascua a la sardina de la música "celta" más light y comercial, la más cercana a la new age que entonces estaba en su punto más alto de popularidad y auguraba por tanto un negocio seguro. Así, de la misma manera en que a finales de los ochenta se le intentó convertir en un músico pop, ahora se le pretende vender como un hacedor de música "espiritual", de ésa que sana el alma y que se vende en estanterías junto a los sonidos de la selva amazónica y los cantos de las ballenas, ésa que sirve para practicar Tai-chi —disciplina que entonces, y no es casualidad, el mismo Oldfield practicaba—. Una música que, ironía, no deja de ser él último y más pobre fruto del rock instrumental que Oldfield y otros llevaron a lo más alto en los setenta.

            Todo esto es, en realidad, un poco exagerado. Es evidente que incluso entonces, cuando a Oldfield se le apreciaban ya los signos del cansancio y la falta de ideas que hoy lo mantiene retirado, al músico le bastaba y le sobraba para sobrepasar en calidad a la gran mayoría de esa new age comercial —otra cuestión es que a ciertos compositores muy solventes se les haya incluido en esa marca comercial sin ningún argumento musical—. Y sin embargo, Voyager, no termina de funcionar. Principalmente, porque parte de un error de base: el folk debe escucharse en directo, o, en su defecto debe grabarse como si lo fuera. Al folk auténtico no le sienta nada bien el sonido perfecto y sintético que Oldfield consigue en su estudio; lo que necesita es frescura, espontaneidad, el crujir de las cuerdas, la respiración de los flautistas, la percusión viva y enérgica. Cuanto más proceses ese sonido, más desalmado sonará. Y si el folk no conmueve, si no te llega, si no suena como si una banda estuviera tocando junto a ti, no tiene ningún sentido. 

            El resultado de esa idea a mi parecer errada es un disco que la mayor parte del tiempo aburre. es monótono e insulso, no tiene apenas altibajos, no provoca las emociones que provoca la buena música tradicional. Es lento durante demasiado tiempo, moroso, impersonal. A pesar de contar con la colaboración de buenos músicos —por ejemplo Matt Molloy, de The Chieftains— no parece aprovechar esa circunstancia y darles suficiente espacio para lucirse. Sus guitarras siguen asentándose en el nuevo sonido Oldfield, más plano y lento, y la percusión sintética, si ya era incómoda en TSODE, en Voyager está completamente fuera de lugar. Y eso que el propio Oldfield se apañaba perfectamente con instrumentos tradicionales como el bazuki, y en caso de que no quisiera, podría haber contratado a cualquiera de los excelentes percusionistas que tenía entonces la escena folk. Pero por algún motivo, probablemente la comodidad e inmediatez que proporciona el software, Oldfield arrinconó la percusión real, e igualmente usó otros instrumentos más puntuales en su versión sintetizada, además de no darse cuenta de cuánto habrían ganado ciertos temas si los hubiera hecho plenamente acústicos.

            Los temas que versionan canciones tradicionales son los que más flojean precisamente porque son en los que más se notan estos defectos. Son versiones además que no aportan nada, que no mejoran en nada a las cientos de versiones que se han hecho antes. Ni siquiera tienen el aliciente de escuchar cómo suenan pasadas por la batidora Oldfield, porque son tan impersonales, parecen hechas tan por compromiso, que el toque propio de su música es practicamente inexistente. She Moves Through the Fair es floja, cargada con una atmósfera de sintetizador que le sienta como a un santo dos pistolas y que hace que te entren unas ganas terribles de escuchar cualquier otra versión de las muchas y buenas que por ahí pululan. Flowers of the Forest está menos manida y por ello entra mejor, pero la percusión machacona y mecánica arruina el tema, al igual que esas gaitas que suenan flojas, sin garra, y el piano completamente fuera de lugar. Women of Ireland y The Hero son mejores, pero en el fondo igualmente prescindibles, y eleva un poco la media Dark Island¸cuya sección final me transmite más sensaciones y más dinamismo típicamente folk, más vida, que todos los demás temas de Voyager salvo uno: Mont St. Michel. El último corte del álbum supone su mejor pieza con diferencia, y posiblemente ni siquiera ha sido superada desde entonces en su discografía. Se trata de un tema medianamente largo —doce minutos—, en los que Oldfield se aleja de la falseada influencia folk y se acerca a la música sinfónica. Desde la primera audición es evidente que es el único tema en el que el músico de verdad ha invertido esfuerzo y tiempo, y los resultados son abrumadoramente superiores al resto. Destaca el estallido orquestal dirigido por Robert Smith, realmente épico, un clímax bien construido para un tema que sabe estar a la altura del pasado de su creador.

            De entre el resto de los temas destacaré The Song of the Sun, versión de O Son do Ar de Luar Na Lubre, que pese a ser inferior a la original —probablemente el mejor tema de la formación gallega— y estar lastrado por la premisa de todo el disco y su sonido artificioso, encierra mucho trabajo y se sustenta por la acertada combinación de instrumentos. Los demás son muy irregulares y pasan desapercibidos; pueden servir de música ambiental, son agradables si uno no se obsesiona con la percusión, pero a Oldfield se le debe exigir más. Por destacar alguno, siempre me gustó el tono melancólico de la guitarra de Wild Goose Flaps is Wings, pero por criterios meramente subjetivos.

            En conjunto, por tanto, estamos ante un disco gris e insípido, del que sólo se salva verdaderamente y con nota Mont St. Michel. La base de la que parte su sonido está terriblemente equivocada, y contrasta poderosamente con los guiños y las incursiones folk de su música en los setenta, harto mejores y más auténticas, con las que se demostró que es posible capturar el espíritu de la música tradicional y aplicarle los elementos típicos de la música de Mike Oldfield con resultados óptimos.

 Y más allá de eso, Voyager fue la constatación de que ya no había marcha atrás. El viaje hasta la autocomplacencia se había completado. Aislado, con colaboraciones de otros músicos que son simples anécdotas, sin escuchar otra música y sin estar en contacto con músicos, Oldfield pierde el norte y las referencias, deja de exigirse a sí mismo, y ya no sabe qué está a la altura y qué no. Sin nadie a su alrededor para picarle, para estimularle y hacerle trabajar para mejorar, se amodorra, y pare una música perezosa y simple que, como no la confronta con nada, le parece excelente. Es mi teoría: prefiero pensar eso, me es menos doloroso, que afrontar la otra opción: que sea totalmente consciente de que lo que hace desde entonces es flojísimo... y le dé exactamente igual.