Lo veo y no lo creo: Alan Moore será objeto de un ciclo de conferencias en la universidad Complutense de Madrid, la que fue mi casa, o algo así, hace ya unos cuantos años, y en la que hasta hace poco esto era, simplemente, inimaginable. Ya tuvimos en 2010 el precedente de las UCMComic, pero esto supone un paso más en la penetración del cómic en la universidad impresionante. Y no en cualquier universidad, sino en una que, por mi experiencia, es una institución poco permeable a los cambios. Toda la información al respecto en La Cárcel de Papel.
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Vivimos tiempos extraños, en los que han irrumpido con fuerza conceptos como realidad virtual y sociedad de la información. Tiempos en los que no parece estar clara, para ciertos sectores o generaciones, al menos, la frontera entre realidad y ficción. Todo es tan difuso que puede acusarse de "pedófilo" a A Serbian Film y todos los tertulianos supuestamente de izquierdas aplauden entusiasmados pero nadie se plantea, por ejemplo, llevar a Sylvester Stallone a los tribunales por sus múltiples asesinatos en el cine.
A eso, sumémosle la mojigatería, los lobbies que se indignan por todo, el miedo a ofender, a la demanda millonaria, sazonémoslo todo con unas gotitas de fundamentalismo religioso, del que sea, y, voilà, aquí tenemos a la estrella del momento: la corrección política. La censura del siglo XXI. Nacho Vigalondo hace un chiste más o menos bueno (es lo de menos) y lo despiden, porque, uy, ¿y si se enfada alguien? La cabaña del tío Tom lleva años vendiéndose mutilada en EE UU porque, supuestamente, contiene estereotipos racistas. Y a todo el mundo le parece bien, porque, claro, "tú libertad termina donde empieza la mía". Pues bueno, lo siento, pero yo me cago en esa frase, que no es más que una pura falacia y un puto lugar común para conversación de tarugos. ¿Qué significa eso? Pues justo lo que cada uno quiera que signifique.
Hoy, significa que si tú haces algo que yo decido que me ofende, cualquier cosa, te coges tu libertad de expresión y te la metes donde te quepa, porque "todo tiene unos límites". O mejor, mi favorita, la frase más facha que ha conocido el hombre: "una cosa es la libertad y otra el libertinaje".
Pues nones. Si la libertad no puede ser libertinaje, entonces no es nada. El único límite debe estar en los tribunales. Punto. Y más cuando hablamos de humor. La calidad de una democracia se mide por lo lejos que puede llegar su humor. Para mí, en el humor vale todo. Y cuando digo todo, es todo. La función del bufón es arremeter contra lo que sea, sin límites, sí, porque el humor es catarsis. Sea bueno o sea malo, que más de uno usa como pretexto la baja calidad de una obra para cargársela. Pero hoy en día todos estamos muy susceptibles y trascendentes. Se nos ha olvidado reírnos de nosotros mismos y por eso no nos mola un pelo que se rían de nosotros los demás. Nos hemos vuelto gilipollas, vamos. Todo nos ofende. Resultado: así no tiene ni puta gracia hacer humor ni hacer nada, y todo se vuelve blanco e inofensivo. Los productos anodinos de diseño inundan el mundo. Y a todo el mundo le parece bien, sí. Pagamos con sangre nuestra libertad y luego la regalamos para que nadie se enfade y seamos todos amiguitos.
Ah, que con el calentón se me olvidaba: todo esto viene a cuento de esta noticia que me ha cabreado sobremanera. Esto en Europa, ¿eh? No en una república marxista ni en una pseudoteocracia musulmana. Right here. Para que nadie se ofenda ni se traumatice, o se alarme indebidamente. En fin, todo esto no hace sino aumentar el increíble valor de una serie, The Simpsons, que más allá de la sobredosis a la que nos somete el canal que lo emite en España y de las penosas últimas temporadas, vale un potosí. Sólo un producto subversivo genera estas reacciones por parte del poder.
Lo que ha pasado, lo que está pasando en Japón estos últimos días es, evidentemente, tremendo. Pero lo que están haciendo desde el día en que el terremoto sacudió el país la mayoría de los medios de comunicación occidentales es una puta vergüenza. Y lo digo así de claro. Una puta vergüenza ver un vídeo o una fotografía mientras la voz del locutor se inventa directamente lo que estamos viendo, nos dice qué tenemos que ver, en realidad. O ayer mismo, noticias de Cuatro: un experto en energía nuclear al ser consultado dice que aunque la situación es complicada, no hay posibilidades de que estemos ante una hecatombe como la de Chernobyl, que no hay motivos para la alarma. Acto seguido, el presentador suelta: "Bien, ésta es la situación. NADIE PUEDE ASEGURARNOS QUE LAS COSAS NO EMPEOREN Y LA SITUACIÓN SE DESCONTROLE". ¿De qué van? ¿Qué quieren, mierda, carnaza? No sólo ellos, cuidado: los políticos igual. Ayer, un belga diciendo no sé qué del apocalipsis. El otro día, Sarkozy recomendando a todos los franceses residentes en Japón que se piren.
Entren ahora mismo en la página de El País, ese periódico que cada día hace oposiciones para dejar de ser considerado parte de la prensa seria de este ídem. En portada, una noticia en la que se asegura que los tokiotas tienen problemas de abastecimiento. Que hay pánico y caos. Fíjense en la fotografía que encabeza la información. Tremenda, ¿eh? Una larga cola con angustiados japoneses tapando su boca con máscaras, deseosos de salir de esa ciudad que pronto será un cementerio atómico. Lo parece, al menos. Ahora fíjense en que, en realidad sólo cinco pasajeros llevan máscara. Fíjense en que, tal y como está tomada la fotografía, desde delante, la cola parece mucho más larga de lo que es. Compárenla con cualquier escena en hora punta del metro de Tokio. El fin del mundo, ¿eh?
Yo no sé por qué este interés en que todos pensemos que Japón se va a la mierda. Las partes afectadas están, lógicamente, jodidas. Pero esta insistencia con el caos en Tokio y la amenaza de la radioactividad que se cierne sobre ella es, simple y llanamente, repugnante. Las fotografías, desengáñense, no son objetivas. Nunca. Es su mayor poder. La imagen parece neutra, sincera. Sin trampa ni cartón. No lo es, claro, como cualquiera con unos mínimos conocimientos de semiótica sabe. Y ahora mismo, día a día, estamos asistiendo a un curso acelerado del tema.
Afortunadamente, vivimos en una época brillante. Probablemente no dure. Esto no interesa a casi nadie. Pero hoy en día, y de momento, gracias a las posibilidades de internet, uno puede estar un poco más cerca de la verdad. No hablo de Wikileaks, que también, sino de los twitteros y blogueros que están INFORMANDO, en contraposición con lo que hacen los periodistas, que es intoxicar. Ironías, ¿eh? Las nuevas herramientas lo cambian todo, en serio. Yo esta crisis no la he seguido apenas por los medios tradicionales. La he seguido, en tiempo real, por el twitter de Marc Bernabé. Sí, sí, por twitter. Aberrante, ¿eh? Bernabé, que desde el primer día insiste una y otra vez por ahí y cuando le han requerido los medios en que no hay caos, que la situación está controlada y es tranquila dentro de lo que cabe, se ha hartado de que su familia en España esté angustiada por las gilipolleces que se sueltan día tras día en la prensa y televisión, y ha optado por abandonar Tokio. Pero antes de irse, ha grabado un demoledor vídeo que muestra cuál es la verdadera situación de la capital de Japón. Y pide que se difunda. Y yo, como no tengo twitter, pues lo cuelgo aquí. No digo que se lo crean sin más. Digo que comparen las imágenes que van a ver, si tienen a bien pinchar aquí abajo, con el fin del mundo que nos quieren mostrar con insistencia patológica y no sé qué motivo localizado en Tokio.
Y por favor, lo de las máscaras: lo explica Bernabé en el final de su vídeo. Como cualquiera que haya visto dos animes en su vida sabe es más que habitual ver a japoneses por la calle con ellas, por la contaminación, las alergias, y porque son tan respetuosos con los demás que consideran que, si están resfriados, no tienen por qué pegárselo a sus congéneres. Saber esto debería ser el trabajo de un periodista, creo.
ACTUALIZACIÓN: Muchas más muestras de prensa seria, objetiva y moderada en el imprescindible blog del señor Ausente, además de impagables comentarios conspiranoicos o directamente delirantes recopilados en la red.
Nos quedamos sin Plétora de Piñatas, la tira diaria del gran Mauro Entrialgo. Ya me han jodido la noche.
... es lo que ha debido de pensar el señor Álex de la Iglesia, ya que se da el piro de la academia de cine en breve. De la Iglesia, que sigue siendo uno de mis directores favoritos a pesar de que su última película, Balada triste de trompeta, me ha decepcionado mucho, ha dado una lección de tolerancia y saber estar en todo el asunto de las descargas en la red y la llamada ley Sinde. Ha sido dialogante y abierto, ha sabido cambiar de opinión y crear lo que se necesitaba: un debate público. Probablemente no sirva de nada su postura, pero yo agradezco muchísimo que se haya mojado como lo ha hecho, hasta el punto de ganarse las críticas de buena parte del sector. Ha sido lo suficientemente inteligente como para defender los derechos de los creadores sin demonizar a los consumidores ni convertirse en un histérico prepotente como tantos y tantos otros que llevan desde que internet echó a andar dando tumbos por los platós de televisión clamando que las descargas matarían a la cultura. Medios, políticos y creadores deberían aprender de su ejemplo, aunque, claro, no tardarán en ponerle a los pies de los caballos. Bueno, mi respeto lo tiene, aunque no sea gran cosa. Este fin de semana me veo otra vez El día de la Bestia en tu honor, Álex.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Hoy/salvo/toro/hoy/torturo/elpepisoc/20100924elpepisoc_1/Tes
Es lo que ha tenido el Parlamento catalán en estos últimos días. Igual que me alegré de la prohibición de las corridas, ahora tengo que decir que el blindaje de los toros embolados me parece no sólo demagógico, sino repugnante desde el punto de vista político. No soy gilipollas. Ya dije que sabía perfectamente que tras la prohibición de las corridas había motivos políticos y nacionalistas —por parte de los parlamentarios, que no de las asociaciones que en un primer momento consiguieron llevar a la cámara la propuesta, ésos que antes de ayer, aunque fueran pocos, se manifestaron frente al Parlamento contra este sinsentido—, pero que me daba igual: me importa el fin que se conseguía, y me daban igual los medios. Ahora, como suele suceder, la ponzoña política se vuelve contra las ganas que tiene uno de que este país deje de cometer según qué salvajadas. Un diez para Iniciativa Per Catalunya, que ha sido el único grupo político de los que votaron en contra de las corridas al que no se le ha visto el plumero. Los demás se han aferrado a EXACTAMENTE los mismos argumentos que los procorridas esgrimían hace dos meses: el toro no sufre, es una tradición, es cultura. Asco de mundo. Menos mal que tenemos la suerte de contar con el genio de Manel Fontdevila, un señor que va camino de convertirse, si no lo es ya, en el mejor humorista gráfico del país, un tío que no se casa con nadie y que siempre, siempre, da justo donde más duele. Bravo.


