Leo en La Cárcel de Papel que ha muerto a los noventa y tres años George Tuska, dibujante de Marvel en series como Avengers, The X-Men, Captain Marvel y sobre todo Iron Man. No es de mis favoritos de la Silver Age, pero sus setenta años en la profesión, y el hecho de que aún a su avanzada edad siguiera dibujando profesionalmente -se dedicaba a realizar commissions por encargo- hacen que se merezca todos mis respetos. Ironía, hace unos días parece ser que anunciaba que se jubilaba definitivamente. Puede decirse, por tanto, que prácticamente murió con el lápiz en la mano. No se me ocurre mejor epitafio para un dibujante.
No quería aún hacerme eco de la noticia porque no estaba confirmada, pero acabo de leer en la Cárcel de Papel que lo que me temía desde hace una semana se ha hecho realidad: ha muerto Yoshito Usui, creador de Shin-Chan. Salió a hacer senderismo y no volvió. Hoy se ha recuperado su cuerpo de un precipicio. Y no por digerirla poco a poco me deja su muerte mejor cuerpo. Con sólo cincuenta y un años nos quedamos sin el creador de uno de los personajes de anime y manga más conocidos y más universales. Shin-Chan, tanto en su versión de papel como en la serie televisiva, ofrecía una sátira certera y divertidísima de la sociedad y la cultura japonesas, ponía de manifiesto nuestras debilidades y contradicciones como seres humanos, y por encima de todo, hacía reír. Da igual lo jodido que esté: ver un capítulo de Shin-Chan me hace soltar una carcajada detrás de otra. Su visión de la infancia, con esos niños que pese a razonar casi como adultos mantienen una inocencia y optimismo contagiosos, se une a su retrato costumbrista de una familia media japonesa para ofrecer historias en las que el humor escatológico más básico se mezcla con una ternura emocionante —nunca olvidaré el capítulo en el que se pierde Nevado—, en las que cabía cualquier tema, cualquier argumento.
Me ha dejado mal cuerpo, sí. Pero sé que tengo que hacer para que se me pase: ver su obra una vez más. Porque aunque él no esté, Shin-Chan seguirá, para siempre, haciendo el baile del culo. Gracias, señor Usui.
Probablemente este nombre no os suene de nada. A mí tampoco hasta hoy, día de su muerte, pero a este señor le debo, le debemos muchos, algunos de los mejores ratos de nuestra infancia. Porque Hans Beck fue el inventor de los clicks de Playmobil, esos muñecos de plástico articulados, un poco o un mucho ortopédicos, pero que, como cualquiera que los haya tenido sabe, son los mejores para jugar, y más resistentes que las cucarachas además. La boba nostalgia de baratillo les ha encasquetado el calificativo de ochenteros —horrendo y absurdo vocablo que sirve para cualquier cosa que le mole al que la use y no sepa que aún existe, desde las panteras rosas hasta Bola de Dragón, por supuesto sin importar demasiado que sea o no de los ochenta—, pero lo cierto es que los clicks han entretenido a varias generaciones de niños, desde su creación en 1974 hasta nuestros días, en los que gozan de una salud excelente.
La verdad es que me siento un poco tonto por ni siquiera haberme planteado que lógicamente, esta maravilla del diseño —y va sin coñas— tenían un creador. Nunca había indagado lo suficiente, supongo. También sé que esto le pasa a la inmensa mayoría de la gente, aunque me gusta pensar que a este hombre que he conocido hoy le bastó con saber que sus muñecos han sido y son los favoritos de muchos niños, incluso hoy, en la época de las figuras de acción con luz y sonido que se rompen con mirarlas.
Casualidades de la vida: hace nada hablaba de ellos, y hoy tengo que volver a hacerlo, por un motivo bastante más desagradable. Ha muerto de cáncer a los sesenta y cinco años Richard Wright, teclista y miembro fundador de uno de los dos o tres grupos de rock más influyentes de la historia, Pink Floyd. Me he quedado helado, porque ni siquiera sabía que estaba enfermo. Démosle el mejor homenaje que se le puede hacer a un músico: escucharlo.
Llego a casa y me entero por un correo electrónico: ha muerto Gary Gygax. A la mayoría ni os sonará, pero Gygax, aparte de escritor, fue el diseñador de la primera versión de Dungeons & Dragons, el primer juego de rol de la historia. Varias generaciones de roleros han disfrutado con la creación de este hombre, y yo a nivel personal le debo, sencillamente, algunos de los mejores momentos de mi vida.
Ha muerto el gurú lúdico de muchos de nosotros, aunque en realidad, su juego estaba en pañales; sin la aportación de otros a lo largo de los años, no habría llegado a ser lo que es. Pero sin esa primera idea, nada hubiera sido posible. Así que, señor Gygax, gracias por esa chispa genial, gracias por tus elfos y enanos (que no eran tuyos, pero los hiciste un poco tuyos), gracias por los dados de veinte caras y los cubos gelatinosos, por las puertas secretas y los proyectiles mágicos. Gracias por tu ilusión, y la que nos diste a los demás, y gracias, sobre todo, por seguir jugando hasta el final.
Os dejo uno de los mejores homenajes que se le hicieron: su aparición en Futurama.
Vaya año llevamos. Primero fue Umbral, y hoy el que nos deja es Fernando Fernán Gómez. Escritor, actor, director, y ante todo, señor sin pelos en la lengua y que llamaba a las cosas por su nombre. Siempre fiel a sus ideas, trabajador incansable, y con un mal genio mítico, Fernán Gómez fue uno de los pocos intelectuales que alumbraba el panorama desolador de la España en posguerra.
Lo peor no es que mueran, no. No queda otra. Lo peor es que nadie recoge la antorcha, y el mundo es cada vez un poco más mediocre.
Esta mañana nada más levantarme me he enterado de la muerte de Francisco Umbral. Muere relativamente joven, a los setenta y dos años, aunque parece ser que llevaba varios enfermo (dato que yo, con mi habitual apego a la actualidad, desconocía).
Estos días nos van a contar su vida y obra, nos van a decir que ha muerto un grande de las letras españolas, y también nos venderán la moto de su enorme calidad humana y lo buena persona que era. Pues no, joder. Umbral era un cabrón con pintas. No la persona, que sólo le pertenece a él y si acaso a la familia, sino el personaje Umbral, con sus gafas de culo de vaso, el pelo siempre largo, y su permanente aire de cabreo (de hecho, el mayor logro de su vida puede que no fuera su literatura, sino conseguir que nadie lo fotografiara jamás sonriendo). Era un tipo huraño y polémico, quizás un pelo reaccionario. No era agradable en público ni pretendía serlo. Y será lamentablemente recordado más por el pifostio aquel con la Milá (ya saben, “yo aquí he venido a hablar de mi libro”) que por su obra.
Pero también era una persona original, algo de incalculable valor en esta sociedad emponzoñada de corrección política y globalización. Era un respondón que no se callaba ni debajo del agua, dotado con un ingenio rápido y dañino. Umbral era un snob de chupa de cuero. La antítesis del rancio Cela. Un cabrón con pintas, vaya, y dudo mucho que quisiera ser recordado de otra forma. Y sí, también era escritor.
Hace un tiempo, hablando de literatura con Álvaro Naira, me dijo que hay escritores que escriben con la cabeza y escritores que escriben con el corazón. Yo le dije que Umbral escribía con la polla. Y es cierto: con la polla, y sin corregir, o eso parecía. Su prosa era engañosamente descuidada, sus diarios (género que probablemente trabajó para ahorrarse el trabajo de la estructura novelística, el muy zángano) eran a veces repetitivos.
Sin embargo, la sinceridad que destilaban, lo descarnado de su estilo, su capacidad de hablar de lo más intrascendente y hacerlo sagrado, de pasar de lo soez a lo lírico sin despeinarse y sin que chirriara, suplía con creces cualquier defecto. Umbral, al que no le gustaba la música porque no podía olerla, que era capaz de escribir del esmegma que se le quedaba impregnado en el capullo y hacer que fuera fascinante, no era el mejor, pero era único. Y yo hoy estoy jodido.
Leo en la página de El País que será incinerado en una ceremonia privada y estrictamente civil: el último acto de rebeldía de un rebelde sin causa. Con dos cojones, don Paco.
“No, la ciudad no existe, la ciudad es una locura, una invención, una esperanza, una mentira. La sueñan desde allá abajo los que van en Metro, ánimas del purgatorio en túnel, justos en multitud, limbo húmedo, catacumba veloz. No existimos, no tomamos café, no hacemos el amor. Sólo nos sueña, desde lo profundo, un hombre silencioso que va en Metro”.