La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Televisión

3 Octubre 2007

Televisión: Héroes.

Hace tiempo que me apetece hablar de Héroes, pero por una cosa o por otra nunca acababa de ponerme. Así que aprovecho el inicio de la segunda temporada (o volumen) de la serie para reseñar la primera. Aviso de que a pesar de que intentaré no hablar del argumento, se me puede escapar algún spoiler, por si las moscas.

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Cuando me acerqué a Héroes, llevaba ya sus buenos ocho o nueve capítulos emitidos, y la verdad es que lo hice con cierto reparo. Para alguien que como yo lleva más de media vida leyendo tebeos de superhéroes (buenos y malos), la idea de una serie con esta temática era atractiva, pero el punto de partida me recordaba demasiado a un par de series de cómic de Strakzynski (Supreme Power y sobre todo, Rising Stars), y me olía el plagio. Sin embargo, en lugar de con un plagio, me encontré con una serie que consigue algo que podría parecer impensable: que muchos de los que leemos tebeos de superhéroes la consideremos la mejor actualización posible del género (y fuera del medio que lo vio nacer: que espabilen las grandes editoriales) a la vez que engancha y apasiona a millones de espectadores que no se acercarían en su vida a un cómic, de superhéroes o de lo que sea.

Las referencias al mundo del cómic son muchísimas. Ya he mencionado la premisa inicial (básicamente, empiezan a aparecer seres con poderes por todo el mundo, cuyo origen parece tener una fuente común), pero hay más. La influencia del Watchmen de Alan Moore es clara (Linderman y su plan recuerdan poderosamente a Ozymandias, por ejemplo), los poderes y actitudes de muchos personajes tienen un referente claro en el papel (el más claro de todos ellos, al margen del homenaje nada disimulado a Spiderman/Peter Parker en la aliteración del nombre de Peter Petrelli, es el mentor de éste, un tipo al que sólo le falta estar ciego para ser Stick, el maestro de Daredevil), los juegos temporales y las consecuentes paradojas son las mismas con las que lleva años lidiando la Patrulla-X. Incluso las pinturas del vidente Isaac Méndez son en realidad obra de Tim Sale, un dibujante de cómics.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket Rising Stars, uno de los referentes más claros de Héroes.

El mérito de los creadores de Héroes no está en usar estos referentes, sino en la forma en la que lo hacen: la diferencia entre la inspiración y el plagio está en el tratamiento que le dan, en el punto de vista, que hace que situaciones y conceptos más viejos que el sol parezcan novedosos y frescos. En lugar de crear un pastiche, han dado un paso adelante, revitalizando un género que les apasiona y que en los tebeos hace por lo menos una década que se muere. Para ello no queda otra que quedarse con lo que vale y desprenderse de lo que no: en Héroes no hay trajes, ni identidades secretas, pero el tema del poder, el control y la responsabilidad está ahí, y es de eso de lo que en realidad van los cómics de superhéroes, al menos desde que Stan Lee y Marvel crearan el concepto del “superhéroe con superproblemas”. La angustia de Claire, o de Nathan Petrelli, dividido entre su carrera política y el amor a su hermano, es la misma que mostraban Spiderman o la Cosa en los tebeos. Así, demuestran que como tales las historias de superhéroes no tienen ninguna tara de fábrica que hace que sean aptas únicamente para cuatro frikis, sino que pueden ser un producto de entretenimiento masivo, y además de calidad. El éxito de la serie reside también en otros factores: el elenco de personajes, creíbles y bien caracterizados, algunos más carismáticos, otros menos, pero siempre ambiguos (salvo Sylar no hay “buenos” ni “malos” claros, hasta el friki japonés Hiro muestra una cara oscura); el acierto de crear una continuidad jugando con el pasado, el presente y el futuro; la forma en que todo va conectándose conforme pasan los capítulos... Y probablemente los mejores “continuarás” que he visto en una serie de televisión, que te dejan siempre con la boca abierta y ganas de cagarte en la madre que parió a los guionistas por dejarlo ahí, como debe ser. Esa capacidad de enganchar al espectador se complementa con la habilidad de resolver correctamente, casi siempre, tramas en las que han creado expectación durante varios capítulos. La información se dosifica, en cada capítulo vamos sabiendo algo más, al tiempo que se nos plantean nuevas preguntas. Y siempre sin que se nos quite la sensación de que puede pasar cualquier cosa, de que ningún personaje es intocable y cualquier giro es posible. Precisamente lo que no encontramos en los cómics actuales, tan predecibles. Y pese a los fallos, que los hay, o a que a veces, como en cualquier historia de paradoja temporal, se recurra a truquillos varios y algún deus ex machina que otro, la verdad es que saben sacarle mucho partido al juego de comprobar cómo se llega a determinada situación futura, si se cumple o no tal o cual vaticinio y de qué manera, y si al final los personajes escaparán al destino que el espectador conoce o no. Y todo esto sin romper la credibilidad del mismo, que es lo difícil.

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El protagonismo coral funciona porque casi todos los personajes tienen algo que decir y su historia interesa en alguna medida, y porque los guionistas saben cuándo tienen que saltar de una trama a otra manteniendo siempre el interés. Y también porque en contra de lo que suele ser habitual en otras series, la mitad del reparto no parece ser gilipollas y ninguno resulta cargante (por lo menos a mí). Mis preferidos: el agente Parkman, un tipo normal y majete que se ve metido en un berenjenal de la leche, y Noah Bennet, quizás de los personajes más complejos y el que más sorprende.

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En la columna del debe, estarían los efectos especiales, un poco limitados al mostrar ciertos poderes (imagino que por falta de presupuesto), y la forma en la que encajan ciertas tramas, un poco pilladas por los pelos. Tampoco se entiende muy bien el papel de ciertos personajes que desaparecen misteriosamente, algunos por razones externas (el amigo del instituto de Claire, según dicen porque los guionistas planeaban desvelar la homosexualidad del personaje, cosa que no gustó al agente del chaval) otras por motivos misteriosos, como el Haitiano (que la verdad es que diálogo no tenía mucho, pero molaba). También se echa en falta un villano que destile la grandeza de un Magneto o un Doctor Muerte, porque Sylar queda un poco plano. Y la verdad es que hay que decir que algunos actores son más bien malillos, de la escuela de la cariátide, por aquello del rostro inexpresivo.

Los creadores de Héroes se han puesto el listón bastante alto. Pese a algunas pegas, han conseguido lo que necesita toda serie televisiva: una legión de seguidores. La primera temporada nos enganchó: ahora toca estar a la altura. Hoy mismo he visto el primer capítulo y la verdad es que de momento la cosa pinta bien: se presentan algunos personajes nuevos, se plantean nuevas situaciones y nuevos enemigos, y vemos el nuevo estatus de algunos de los protagonistas de la anterior temporada, mientras que de otros aún no sabemos nada. Esperemos que no lo estropeen y sobre todo, que sepan cuándo parar (que es lo más difícil, sin duda alguna).

En todo caso, aquí estaremos para verlo. Si no conocéis la serie, dadle una oportunidad: unos tipos capaces de convertir a una animadora rubia en un personaje interesante bien la merecen.

 

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27 Julio 2007

Televisión: Twin Peaks

Aprovechando que acabo de terminar de verla hace unas pocas horas, hoy voy a hablar de Twin Peaks, la famosa creación de David Lynch y Mark Frost, hoy convertida en serie de culto. La pregunta de “¿quién mató a Laura Palmer?” fue todo un clásico; la imagen de la chica recién sacada del lago, todo un icono televisivo de los noventa.

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La historia arranca con el asesinato de la joven Laura Palmer en el pequeño pueblo de Twin Peaks, al que llegará el agente especial del FBI Dale Cooper, con el encargo de encontrar a su asesino y esclarecer las circunstancias de la muerte. Contado así, parece una serie policíaca más, pero nada más lejos. Pronto se ve que hay mucho más que el típico argumento de “¿quién lo hizo?”, al empezar a descubrirse toda una serie de secretos, hasta llegar a un conflicto que va más allá del asesinato de Laura, que queda casi en anecdótico.

El gran acierto de la serie, y lo que creo que hizo que hoy siga siendo recordada, fue el protagonismo coral, convertir al pueblo de Twin Peaks en el protagonista de la historia. Un pueblo montañero alejado de la civilización, pero también de la realidad, en el que no cesan de suceder cosas inverosímiles que son aceptadas con naturalidad por los miembros de la comunidad, personajes delirantes que en otro contexto no serían creíbles (destacan por méritos propios Lady Leño y el psiquiatra doctor Jacoby, que como no podía ser de otra forma, es el más loco de todos), pero que aquí no chirrían. ¿Por qué? Ahí está la clave y el gran mérito de Lynch. Todo el pueblo y sus habitantes está envuelto en una atmósfera de ligera irrealidad, como si existieran en su propio universo, en el que ciertos acontecimientos excepcionales pueden ser aceptados. Como si todo el pueblo fuera una alucinación. Y funciona, que es lo sorprendente. El espectador entra en el juego y no enarca las cejas pensando “y qué más”. Un ejemplo: aparece una mujer tuerta, con algunos problemas mentales, y que, como otro pequeño detalle, tiene superfuerza. Y NO SE EXPLICA. Y no nos importa. Y no chirría. De hecho, los que chirrían son los personajes normales, aquellos que por contraste con los otros parecen totalmente grises y anodinos (como los pavisosos Donna y James, pareja insoportable más propia de Sensación de vivir). Porque lo que de verdad importa es todo lo que tienen que ocultar, todos los secretos que hay detrás de cada vida de Twin Peaks. No hay nadie que sea lo que aparenta ser (y menos que nadie, la a priori angelical Laura Palmer). Al final de la serie, todos los habitantes de Twin Peaks han cambiado, de una manera u otra. Ir descubriendo esto, y las relaciones que atan a unos con otros, es uno de los mayores alicientes para seguir la serie.

A este escenario llegará el agente Cooper, el personaje central de la serie y sin duda el más carismático. Con una inteligencia privilegiada y una actitud extraña ante la vida, adicto al café y a la tarta de cerezas, siempre trajeado y dejando constancia de sus pensamientos en una grabadora, budista y entusiasta por naturaleza, Cooper se enamora de Twin Peaks nada más llegar. No choca con el surrealismo del pueblo porque él mismo va chorreando surrealismo por los cuatro costados (estamos hablando de un hombre capaz de interrumpir la descripción de los detalles más escabrosos de una autopsia para señalar lo bien que huelen los pinos de Twin Peaks), de la misma manera que lo hace el desfile de agentes del FBI que va llegando al pueblo para ayudarle en sus investigaciones (entre ellos un David Duchovny pre Expediente-X encarnando a un agente travesti).

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La imagen más repetida de la serie: Cooper bebiendo café.

Y bajo todo esto, late el elemento sobrenatural, que tiñe en realidad todo lo que sucede, pero que va siendo introducido muy lentamente en la trama. Primero en pequeñas dosis: una visión allí, un sueño allá, un método intuitivo absurdo para seguir la pista del asesino que sin embargo funciona, pero que podría haberlo hecho por casualidad: esta es la verdadera clave. Después, una vez ganado al espectador sin que éste se dé cuenta de que ha entrado en el juego, se convierte en el eje central de la historia, y ya no hay necesidad de velarlo. Y se hace bien, dosificando la información y las apariciones de lo fantástico, que encajan a la perfección en lo cotidiano (aunque lo que en Twin Peaks puede entenderse como cotidiano dista mucho de la normalidad). Quizás sea este tratamiento de lo sobrenatural lo que más me atraiga de la serie, porque me parece tremendamente difícil hacer que algo así funcione.

A lo largo de la serie, vamos siguiendo las investigaciones de Cooper, encontrando pistas, hábilmente diseminadas a lo largo de la historia. Todo está conectado, nada, ni lo más extraño, es gratuito. Todo está anticipado si se sabe ver, en un hábil y arriesgado juego de símbolos y frases crípticas, de enigmas que no tienen que ser necesariamente resueltos. Todo esto, gratinado con un glorioso humor negro que al contacto con la muerte se vuelve casi esperpento, y acompañado de una música sencillamente perfecta, compuesta por Angelo Badalamenti, una música que se ajusta como un guante a la acción y que ayuda tremendamente a hacer creíble todo lo que ocurre: de quitarse el sombrero.

¿Problemas? Hay varios, a pesar de todo. Una vez se ha descubierto al asesino de Laura Palmer, hacia el ecuador de la serie, Lynch la dejó en manos de su equipo de guionistas, y se resintió de forma espectacular. Hay un bajón tremendo en esa segunda parte de la historia, en la que la atención se desvía a insulsas tramas secundarias, y se pierde un tanto ese elemento surrealista que había antes, cayendo en la rutina y perdiendo también verosimilitud con ello. El agente Cooper deja de ser investigador activo y se limita a reaccionar y esperar acontecimientos, algo que decepciona bastante y hace perder el interés: casi parece que se haya vuelto tonto de golpe. Y en determinada trama, la acción se saca de Twin Peaks. Mal. Tremendo, tremendo error. Como explicaba antes, es en el pueblo donde son aceptables ciertos sucesos, entre sus bosques misteriosos y sus habitantes pirados. Fuera de ese escenario, no tiene sentido ni interés alguno.

Afortunadamente, en el clímax final de la serie, Lynch volvió a tomar las riendas, dirigiendo un último capítulo sencillamente brillante, que salvaba el barco a la deriva en el que se había convertido Twin Peaks. Un capítulo arriesgado, en el que se proponían más enigmas de los que se resolvían, en el que se dejaba prácticamente todo abierto y con una secuencia final en la habitación roja, que al margen de todo, está rodada de forma magistral. A mí me ha puesto los pelos de punta, y no digo más por no reventarle a nadie la serie. Ahora bien, el riesgo de que todo parezca una tomadura de pelo es grande, eso es cierto. Lynch fuerza más que nunca al espectador. O entras, o no lo haces. O juegas a adivinar el significado del desconcertante final en el que nada es evidente, o acabas pensando que se están riendo de ti. Yo soy de los primeros, pero francamente, admito que es algo completamente subjetivo.

Para concluir, aquí pongo el vídeo de la mítica cabecera de Twin Peaks:

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