The Watcher and The TowerBlog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.2009-11-30T20:10:33+00:00
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Culturathe-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thingThe Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/30/ultimo-gran-viaje-olivier-duveau-es-comic-que-comoCómic: El último gran viaje de Olivier Duveau, de Jali.2009-11-30T20:10:33+00:002009-12-01T00:02:48+00:00
<p align="center"><img src="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/Elltimoviaje.jpg" border="0" alt="Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket" width="220" height="335" /> </p>
<p><em>El último gran viaje de Olivier Duveau</em> es un cómic que, como su autor, me llamaba la atención. En su día, cosas del presupuesto, lo tuve que dejar pasar. Hoy, gracias a ese gran invento que es la biblioteca, he podido leerlo.</p>
<p> Y es una lectura deliciosa. Un cuento entre lo infantil y el realismo mágico, con una sensibilidad especial para lo fantástico, para teñir con ello lo real a través del dibujo, elemento principal del tebeo. Jali posee un estilo deudor de muchos —<strong>Edward Gorey</strong>, <strong>Dave McKean</strong>—, pero que funciona y es muy atractivo, empezando por el excepcional diseño de la cubierta. En él deposita Jali la mayor parte del peso de la historia, aunque quizás lo más sobresaliente sea la excelente narrativa gráfica. Aunque a veces adopta soluciones un tanto fallidas, en general sale airoso de todos los riesgos que corre con la composición de página: la alternancia de viñetas páginas preciosas y detalladas con otras limpias y casi vacias, las viñetas apaisadas, los juegos con el orden de las mismas en las páginas en las que hay varias... La experimentación no está reñida con la claridad en la exposición, lo cual es de agradecer, pero evidentemente sin ella <em>El último...</em> no sería lo mismo. Jali se divierte. A partir de la historia de un niño criado sin padres y encerrado en una mansión, va trenzando una historia simple y sin complicaciones, pero que captura la atención del lector. Olivier crece, y, como cuando era pequeño, está obsesionado con alcanzar las estrellas, hasta que idea un sistema de transporte que le permite viajar al espacio y que da paso a la parte más fantástica y metafórica de la historia. Jali hace maravillas gráficas con esas estrellas, y se permite algún efecto resultón, como la luna escaneada. Otros no le quedarán tan bien, como, cuando encuentra una Tierra paralela a la nuestra en esa especie de mundo tras el espejo que encuentra al atravesar la luna, utilice una imagen excesivamente pixelada y burda. Son pecados menores ante el despliegue de recursos, entre los que destaca la integración del texto con el dibujo en algunas viñetas, jugando con la colocación de las palabras para conseguir diversos efectos, y la manera en la que se sitúan algunos bocadillos "fuera de cámara" cuando el protagonista no está prestando atención y no escucha del todo lo que le están diciendo. El problema principal, no obstante, es otro: da la sensación de que la reproducción es un tanto defectuosa, como si los dibujos estuvieran borrosos, sucios. Los grises, que Jali usa con inteligencia, se ven deslucidos, como si todo fuera demasiado opaco. Sorprende siendo una edición de <strong>Astiberri</strong>, pero es así. Por ejemplo, las viñetas en las que Olivier está a oscuras son un tormento para la vista, y dudo mucho que ésta fuera la intención del autor, por lo que tengo que achacarlo a otros factores. Tal vez influye el hecho de que el dibujo lleno de detalles y el trazo fino de Jali pedían un formato mayor, de álbum, y quizás otro papel de mayor calidad. Algunas veces he tenido la sensación de que estoy leyendo un tebeo "reducido".</p>
<p> Al margen de esto, centrémonos en la historia: simple y sin complicaciones. A través de imágenes visuales evocadoras, alguna más afortunada que otra, Jali nos lleva de la mano haciendo uso de un narrador en tercera que dialoga con el lector haciendo que éste se involucre en el juego que se le propone. En alguna de las acciones de Olivier veo, quizás, la enorme sombra de <strong>Luis Durán</strong>. Tatuarse todo el cuerpo con estrellas o llenar el suelo de espejos para que se reflejen las del cielo son imágenes profundamente duranescas, pero, también es cierto, ambos autores miran sin disimulo al realismo mágico hispanoamericano. Puede que de ahí vengan las similitudes, pero para mí ha sido imposible que en algunos momentos no me asaltara la sensación de estar ante un Durán menor. Me quedo quizás como idea más poderosa la de tocar con una flauta la música del pentagrama que forman las estrellas al mirarlas a través de los cables de un tendido eléctrico: es francamente buena. Los textos tienen ese punto lírico que requiere el tono fantástico, pero sin excesivas pretensiones, lo cual es de agradecer porque Jali no es un buen escritor, aunque intuyo que es consciente dado que el protagonismo lo tiene, como decía antes, el dibujo. A veces se notan sus limitaciones en el aspecto literario, aunque el tono de cuento narrado oralmente ayuda a que podamos pasarlas por alto y dejarnos llevar. Pero no hay ni una frase que recuerde tras acabar de leer el cómic; todo lo más, el simpático texto con el que, hacia el final del tebeo, nos da Jali una agradable sorpresa que no voy a reventart aquí, de ésas que hacen que nos sintamos como críos, y que nunca se agradecen lo bastante.</p>
<p> Intuyo que la gran obra de Jali está por llegar, y quizás cuando lo haga venga con un guionista que le ayude con los textos. Porque realmente tengo la sensación de que las condiciones del mercado español lleva a muchos a convertirse en autores completos aunque sus habilidades como escritores no estén a la altura del talento para los otros aspectos de la historieta. En todo caso, <em>El último viaje...</em> es un buen tebeo, para dejarse llevar durante un ratito con una sonrisa en la cara. Es sólo que, una vez terminado ese ratito, el análisis posterior revela que podría haber sido todavía mejor. No pasa nada: Jali es muy joven y tiene un talento evidente. Estaré atento. </p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/29/problema-logicaProblema de lógica.2009-11-29T15:28:48+00:002009-11-29T15:42:55+00:00
<p>La editorial <strong>Norma</strong> editó en octubre de 2008 el cómic <em>Gus</em> 2, impreso en la Unión Europea, con el precio de 17€. Un año más tarde, la misma editorial edita <em>Gus 3</em>, impreso en China, con el mismo precio de 17€.</p>
<p>A partir del enunciado, y teniendo en cuenta que a) ambos cómics tienen las mismas páginas y b) es más barato imprimir en China que en la Unión Europea, responda a las siguientes cuestiones:</p>
<p>¿Quién sale ganando en está operación?<br />
¿Quién sale perdiendo?<br />
¿Qué se le ha escapado al autor de este problema para tener que recurrir a este lamentable intento de ironía?
</p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/29/musica-the-millenium-bell-mike-oldfieldMúsica: The Millennium Bell, de Mike Oldfield.2009-11-29T01:00:11+00:002009-12-01T00:06:17+00:00
<p align="center"><a href="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/peorescartulas1.jpg"><img src="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/peorescartulas1.jpg" border="0" alt="Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket" width="300" height="300" /></a></p>
<p> Al contrario de lo que suele ser habitual en este repaso por la discografía de <strong>Mike Oldfield</strong> en esta ocasión tengo que empezar por la valoración final, porque si no difícilmente podrán aceptarse ciertas cosas que sobre este disco tengo que decir: creo que <em>The Millennium Bell</em> es el peor álbum de Oldfield. E incluso diría que el peor con diferencia. Lo he escuchado entero tres veces como mucho, y escucharlo una cuarta para poder escribir este artículo ha costado. Desde la primera vez que lo escuché supuso una tremenda desilusión. Tras un trabajo potable, <em>Guitars</em>, no podía esperarme semejante esperpento. Lo odié entonces y aún lo hago, cuando pierdo mi tiempo en pensar en él, que no suele ser muy frecuentemente. Intentar razonar mis críticas a <em>The Millennium Bell</em> debe de ser una de las cosas más difíciles que he intentado, y sin duda la más innecesaria. Pero hay que hacerlo.</p>
<p> A finales de 1999 se publicó <em>The Millennium Bell</em>, un disco que desde el momento en el que recurría de nuevo a la campana —tan sólo, recordemos, año y medio después de <em>Tubular Bells III</em>— ya se adivinaba como una maniobra comercial. Fue sorprendente que en un momento de su carrera en el que ya estaba espaciando los lanzamientos tuviéramos dos discos en el mismo año. Todo se entiende si tenemos en cuenta el pretencioso y risible objetivo de <em>The Millennium Bell</em>: hacer un recorrido por la historia de la humanidad y sus diferentes músicas. En once pistas. Imposible, evidentemente. El objetivo real hay que buscarlo en otra parte: en hacer coincidir el final del milenio —sé que es una batalla perdida, pero en realidad no acabó hasta el final del año 2000— con el lanzamiento y con el concierto más vergonzoso que ha dado Oldfield en toda su carrera, en Berlín, en la madrugada del año nuevo. Para poder sacar este trabajo a tiempo fueron necesarias unas prisas que se hacen patentes a poco que se escuchen tres temas del álbum. Nada de trabajo, nada de la documentación que habría sido necesaria para realizar competentemente el anunciado viaje a través de la historia. Una música apresurada, vulgar y chabacana, simplísima incluso comparándola con lo que hacía entonces —no hablemos ya de sus discos buenos—. Algunos temas no parecen ni de Mike Oldfield. Un <em>totum revolutum</em> musical que queda perfectamente representado en la horrible portada. La excusa, el <em>casus belli</em> de este atentado al buen gusto, el recorrido histórico, se saldó con un primer tema dedicado al nacimiento del cristo, para pasar a los incas y luego de golpe a 1492, zampándose milenio y medio. A partir de esto, no tiene sentido ni siquiera prestarle ya atención a este aspecto de <em>The Millennium Bell</em>. Centrados en la música, no se encuentra prácticamente nada salvable. Había que sacar un disco de debajo de las piedras, y se hizo. Oldfield cogió cosas de aquí y de allá y fue perpetrando tema tras tema, influido como no podía ser de otra forma por el esoterismo de salón que siempre le ha fascinado. Composiciones simplísimas, abusos obscenos de los secuenciadores y los sonidos sintéticos, introducción de coros a granel para atraer la atención del oyente no entrenado y tapar así las terribles, inmensas carencias de su trabajo. Su guitarra es escasa y poco trabajada, el peor ejemplo de esa guitarra lenta que tanto he criticado aquí, ese sonido de después de la siesta sin garra ni temple. Para contribuir aún más a la despersonalización de <em>The Millennium Bell</em>, ramplones arreglos orquestales herencia de las bandas sonoras más baratas e influencias de <em>world music</em> que son introducidas con un mero "copia y pega", sin que haya un trabajo por su parte para asimilarlas a su propio y antaño inconfundible estilo, para hacerlas suyas o dar su propia interpretación de las mismas. Y de propina, una vuelta al chunda chunda y al efecto electrónico de discoteca bakaladera. Lo tiene todo, como puede observarse.</p>
<p> Pero sobre todo, destaco el poquísimo trabajo, el descaro y el morro con el que un músico al que hasta ahora, incluso en sus peores momentos, se le presuponía un mínimo de dignidad, presenta este trabajo deficitario en el que falla hasta, pásmense, la producción, que hasta en sus peores discos solía ser impecable. Aquí hay momentos que parece que han sido sacados antes de pasar por la fase de producción. El sonido es plano y le faltan los matices y tonos que cabe esperar no ya de Mike Oldfield, sino de cualquier profesional. Estoy convencido de que algún tema de no le llevó mucho más de diez minutos. ¿Exagerado? En absoluto. Quitemos los coros y los oropeles orquestales y nos daremos cuenta de que algunos temas no son más que una base de <em>loops</em> de sintetizador cuya programación no supone ningún esfuerzo.</p>
<p> Para hacer aún más sangre de la herida, el inicio del disco supone un verdadero desafío para el oyente. Los tres primeros temas son un tedio casi insoportable, un aburrimiento mortal. Música simplona, con un sonido sintetizado de hace una década, que basan todo su escaso atractivo en los coros de profunda vacuidad e influencia de <strong>Adiemus</strong>. Oldfield se limita a rasguear la guitarra un par de veces desganado y llenarlo todo con los sonidos de sus teclados. <em>Peace on Earth</em> y sus <em>nananana</em>, <em>Pacha Mama</em> con sus <em>iaiaiaia </em> y su percusión de mentira —quizás es el tema más simple que ha "compuesto" jamás Mike Oldfield—, y <em>Santa Maria</em> con su sopor, constituyen no una música insoportable, sino algo casi peor: una música anodina. Sin identidad y sin vergüenza. <em>Sunlight Shining Through Cloud</em> no es mucho mejor, pero al menos los coros de gospel nos despiertan un poco. Aún así, la mezcla de cánticos africanos con tambores sampleados y la voz de <strong>Pepsi Demacque</strong> con los coros no es precisamente un gran hallazgo. Casi me avergüenza reconocer que el siguiente tema, <em>The Doge's Palace</em>, es el único que me gusta al menos un poco, el único que roza el aprobado. Y digo que me avergüenza porque la mezcla de cuerda y viento orquestal -que suenan, por cierto, horrorosamente mal- con el ritmo pachanguero es una atrocidad musical. Pero al menos tiene un ritmillo del que carece todo lo anterior. <em>Lake Constance</em> es otro tema insípido, basado en orquesta y con una guitarra acústica, por lo menos, decente, aunque la manera que tiene de conseguir un clímax al final es de rubor. El disco va ya a la deriva. Una vez agotadas las inspiraciones musicales de la primera mitad, Oldfield ya no sabe a dónde va, y se limita a llenar minutos sin complicarse mucho la vida. <em>Mastermind</em> es atroz. Secuencias y secuencias programadas y una guitarra que copia sin ningún complejo a las bandas sonoras de <em>James Bond</em>. Un tema antipático que cuesta escuchar entero por su falta de contenido y de criterio. <em>Broad Sunlit Uplands</em>, de nuevo, es soporífero. Es que no parece de Oldfield. Un piano simplísimo con una melodía típica que no dice nada. Será un error recurrente por su parte empeñarse en vertebrar temas con el piano, instrumento con el que no es lo suficientemente bueno como para hacerlo. <em>Liberation</em> por lo menos tiene algo de garra. No es bueno, pero por lo menos tiene cierta personalidad, y una guitarrilla eléctrica hacia el final que bien puede ser lo mejor de todo el disco, sin ser espectacular. Por contra, tenemos que tragar con una burda imitación de la <strong>Enya</strong> más afectada y comercial, con la voz de <strong>Miriam Stockley</strong>, que no tiene la culpa, evidentemente. <em>Amber Light</em> es otro tema "Adiemus", coros vocales sobre una base sintética simple y repetitiva y algún arreglo por encima para que el conjunto no parezca lo que es. <em>The Millennium Bell</em> es el "gran final". Un tema ridículo. Con un tecno completamente desfasado, por lo menos diez años, Oldfield y un tal <strong>DJ Pippi</strong> revisan los mejores —y los peores— momentos del disco y los pasan por la coctelera ibicenca que tras un trabajo tan centrado como <em>Guitars</em> creíamos ya enterrada. Un despropósito tras otro que llega en algunos momentos a hacer daño al oído, aunque no tanto como al buen gusto, y que busca con la eléctrica hacia el final, demasiado obviamente, un clímax comparable al de <em>Tubular Bells III</em> que no llega a lograr porque el oyente está ya tan fuera del tema que no puede emocionarse. Bueno, sí, cuando termina, es imposible no sentir cierto alivio.</p>
<p> Soy consciente de mi dureza y mi poca imparcialidad. Tampoco es mi objetivo ser imparcial. Creo de verdad que este trabajo no es sólo que sea malo, es que conjuga los peores defectos de Oldfield con una falta de trabajo y elaboración insultante. Hay otros discos de él que no me gustan, o que me parecen poco trabajados, pero sólo con éste he tenido la sensación de que me estaba tomando el pelo. El resultado es tan pobre a todos los niveles que no considero posible ningún tipo de defensa. Pésima producción, arreglos orquestales de bajo presupuesto, abuso de coros, prisas, desgana por parte de Oldfield... <em>The Millennium Bell</em> es el resultado final de toda una década de abandono y autocomplacencia progresiva. Es el resultado de cambiar a <strong>Simon Phillips</strong> por DJ Pippi. Es, simple y llanamente, lo más bajo que ha caído un genio llamado Mike Oldfield.</p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/28/los-salones-y-yoLos salones y yo.2009-11-28T13:53:09+00:002009-11-28T13:53:09+00:00
<p>Hace poco hablaba de los premios del Expocómic, y como tengo mucho tiempo libre, desde entonces se lo he dedicado —bueno, todo, todo, tampoco— a darle unas cuantas vueltas al tema de los salones, y a la afirmación tan tajante que hice en aquel post acerca de mi desinterés por los mismos. El problema es, lo voy a decir ya, enteramente personal. Los salones, o más concretamente el de Madrid, que es el que conozco, ofrecen algo que no es para mí. Pero hubo un tiempo en el que sí me atraían. Hago un poco de onfálica historia.</p>
<p> Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, me acerqué por alguno de los salones primerizos que se celebraron en Madrid. Tengo recuerdos muy vagos de aquello: estrecharle la mano, después de que me firmara un libro, a <strong>Luis Royo</strong> —que con el tiempo pasó de hacer ilustraciones para roleros a hacerlas para góticos, y que debería cambiarse el apellido por Rollo, la verdad, porque se repite más que el ajo—, una partida a <em>La llamada de Cthulhu</em>, una cola interminable en el Palacio de los Deportes antes del incendio para que <strong>Kurt Busiek</strong> me firmara el especial que <em>Dolmen</em> le dedicó, su charla en una especie de cuarto de las escobas con <strong>Pedro Angosto</strong> preguntándole chorradas. En 2000 fui al mejor salón de todos los que visité: en un recinto enorme, yendo todos los días, con dinero y cosas que hacer. <strong>Paul Jenkins</strong> me firmó el primer número de una serie que entonces me encantaba y ahora me parece más bien mediocre: <em>Los Inhumanos</em>. Andaban también por allí <strong>Carlos Pacheco</strong> y <strong>Jesús Merino</strong>, y un señor que, de haber habido entre los asistentes alguno con la capacidad de ver el futuro, lo mismo no habría salido vivo de allí: <strong>Joe Quesada</strong>. Después de aquel año fui perdiendo interés. También influyó el hecho de que la calidad de los recintos cayó en picado. Una vez se celebró en un museo del ferrocarril y había que andarse con ojo para no caerse a las vías. La siguiente fue la de las goteras famosas en los cuarteles del Conde Duque. Y fue la última. Jamás he vuelto a una convención de cómics. Y de eso hará cosa de ocho años ahora. Los motivos son muchos, supongo. Y gran parte de ellos están en mí mismo.</p>
<p> Para empezar, con el tiempo dejé de ser mitómano. Perdí el interés en ver de cerca a los autores, y mucho más en hacer cola durante horas para que me garabatearan encima de un tebeo. Dejé de verle sentido al fetichismo de la firma. Otra cosa es que te hagan un dibujito, pero vamos, que tampoco me vuelve loco. Eso sí, si alguna vez veo a <strong>Trondheim</strong>, a él <a href="http://www.youtube.com/watch?v=Y2dZsrQ1XgA">sí le pediré que me firme</a>. Es algo completamente personal, insisto. Respeto y entiendo que a otras personas les haga ilusión tener un tebeo que les guste firmado por su autor. Lo que pasa es que luego en los salones, te das cuenta de que la realidad es un poco distinta. Acabas harto de ver a gente que ni conoce al autor haciendo cola por deporte, llegándole su turno y preguntando al dibujante que qué hace, o, mucho mejor, pidiéndole a un guionista que le haga "un dibujito". Eso por no hablar de lo mucho que me jode ver a autores buenísimos viendo pasar las moscas en su sesión de firmas mientras que <strong>Victoria Francés</strong> tiene la cola más larga. Y las escenas patéticas que te hacen sentir un poco de lástima, francamente, y que prefiero evitar. La última vez que acudí a un salón, compré el primer número de una revista de historieta cuyo nombre no voy a decir. La compré en su stand, y el vendedor, que también era el editor, me ofreció que me podía firmar uno de los autores de su revista. Y ahí vi a un hombre sentadito en una mesita, aburrido, cortado, esperando a que llegara algún fan. No pude negarme. Yo no sabía quién era, y él sabía perfectamente que yo no lo conocía. Fue una situación que, de haberme pasado a mí al otro lado, me habría parecido muy humillante. Así que mi opinión desde aquello, y no sólo por la anécdota, es que el autor a currar y yo a leer. Punto. Sí, me gusta mucho tu tebeo, así que no me lo garabatees, por favor. </p>
<p> Por tanto, uno de los principales atractivos de un salón a mí ya no me atrae. ¿Qué más puede ofrecerme? Charlas con los autores, sí. Eso sí podría interesarme. Pero en la práctica, al menos a las que yo he ido, se convierten en una especie de tercer grado en el que los fans acribillan a preguntas chorra al autor. Claro que en su día únicamente fui a charlas de autores a sueldo que trabajaban para el mercado americano; estoy seguro de que con otros autores podría disfrutarlo muchísimo. Pero no vienen a Madrid. La lista de autores invitados a Expocómic casi nunca me atrae demasiado, no porque no me gusten los autores, que siempre hay alguno que sí, sino porque no son autores que considere que tengan nada que decir que pueda interesarme. Lo que quiero decir es que, pongamos por caso, a mí podría gustarme mucho <strong>Jim Lee</strong>, pero dudo bastante que este hombre pueda dar una charla cautivadora, la verdad. Hay más cosas, pero a ninguna le veo el suficiente atractivo. Presentaciones de novedades: autobombo por parte de las editoriales en el que me cuentan básicamente lo que dice su nota de prensa. Proyecciones de películas o series: para qué, si tengo internet. Lo veo en casa y me ahorro los aplausos y comentarios de los frikis.</p>
<p> Dicen que ahora el salón se celebra en un excelente recinto. No lo sé. Pero tengo la sensación de que la organización ha potenciado básicamente dos aspectos. Uno, el comercial. El Expocómic es un gran mercado donde se concentran muchas —no todas— las librerías especializadas de la ciudad, más alguna importante de fuera, y muchas —no todas— las editoriales del país, con el objetivo de atraer el dinero de los visitantes y que consuman cuanto más mejor. Sobredosis de estímulos para un instinto consumista que ya de por sí está suficientemente desarrollado. Es comprensible, claro. Es ante todo un negocio. Pero a mí no me da la gana pagar una entrada de cinco o seis euros para luego entrar a un sitio a comprar cosas que podría comprar en cualquier tienda sin pagar entrada. ¿Qué ofrecen? Un tebeo de saldo como regalo —al menos lo ofrecían, ahora no sé—, y un 10% de descuento. El mismo que me hacen en mi tienda habitual, fíjate. Además, sin tener esto en cuenta, pensemos que hacía falta gastarse entre cincuenta y sesenta euros para que el descuento amortizara la entrada y se compesara ir al salón a comprar en lugar de a una tienda. Y a las editoriales por principio jamás voy a comprarles en un salón. Sé que legalmente no pueden aplicar descuentos a sus productos, pero me parece la hostia que se aprovechen cuando van a un salón para saltarse el margen de beneficios de librero y distrbuidor y embolsárselo ellos. Es evidente que, especialmente las grandes, amortizan productos que lanzan para el salón que sea y que saben que van a vender cuatro ejemplares con las ganancias de su stand, pero desde mi punto de vista las editoriales no deberían ir a vender a un salón. Así de sencillo. Que vayan a promocionar, a llevar autores, a organizar eventos. Pero no a hacerle la competencia a sus propios clientes directos.</p>
<p> Segundo aspecto que siempre se destaca como gran atractivo para visitar convenciones: "el ambiente". No me gustan las aglomeraciones de gente. No me gusta la condensación en el techo, ni el olor, ni los empujones, ni avanzar como en una procesión. Son los motivos por los que hará diez años que ni me acerco al rastro de Cascorro, por ejemplo. Si encima tengo que pagar... Pues me apetece aún menos. Pero incluso aunque la acumulación de gente no sea excesiva y el recinto sea lo suficientemente amplio como para poder respirar, le tengo bastante alergia a todo lo que rodea a eso que hoy se llama "lo friqui". Cuando yo acudí a mis últimos salones, aún no se hablaba de friquis. Pero ya se empezaba a apuntar maneras. Hoy un salón es un sitio repleto de gente que grita mucho en un patético pero comprensible, dada la edad, intento de llamar la atención. Los muchachos esforzados que se han currado un fanzine la noche antes y te persiguen para que les compres uno, la megafonía tediosa, unos tíos patéticos que piden abrazos o yo qué sé. Lo friqui me repele. Lo entiendo desde un punto de vista sociológico: declararse friqui viene a ser lo mismo que declararse emo, gótico, heavy, neonazi o aficionado al Real Betis Balompié: una manera de sentirse parte de un grupo y buscar una identidad propia en un momento vital en el que aún no se tiene del todo. Pero me carga tanta historia. El día del orgullo friqui, el poder friqui, esa reivindicación constante de derechos (¿?), la manía de creerse perseguidos como si de mutantes se tratara. Me cansa muchísimo. El "jiji, qué friki soy", la falta de criterio que convierte una afición en una religión, la voz afectada y pedante que adoptan muchos de ellos para hablar de chorradas como pianos, la tendencia al sabelotodismo. La mezcolanza y confusión por las cuales si eres friqui, si te autodenominas friqui, te DEBEN gustar los tebeos, las películas de tiros, <em>Star Wars</em>, <em>Perdidos</em>, el rol y <em>Los Tres Mosqueperros</em>. Por no hablar de los otakus, que son más ruidosos todavía y en ocasiones he visto cómo monopolizan el espacio de los salones con sus concursos chorras, su <em>cosplay</em>, su karaoke y sus teatrillos de una forma que te hace preguntarte para qué cojones tienen su propio salón anual si luego vienen a éste a hacer lo mismo. Ojo: sé que lo está pareciendo, pero no estoy en contra de que la gente se lo pase bien, aunque yo no lo haga. Es sólo que creo que es posible un salón diferente que no se olvide de la cultura, en el que convivan ambos aspectos de lo mismo.</p>
<p> Todo esto es potenciado por la propia organización, como es lógico. Los colorines atraen al público. Cuando los medios de comunicación buscan unos minutillos para rellenar y mandan una reportera al Expocómic, lo que buscan es un grupo de púberes sin sentido del ridículo, que es lo que vende y lo que hace gracia. Eso por no hablar del evidente reclamo sexual que suponen las azafatas de Norma Editorial, ya famosas en el mundillo, o las modelos de <strong>Carlos Díez</strong>, del cual llevo años preguntándome qué narices pinta en un salón del cómic. O las góticas, o las lolitas —cuidado con éstas: a veces les pasa como a Victoria Francés y tienen la cola más larga—. Se busca la visita masiva del público general, de la familia que lleva a los críos, de la pareja que no sabe qué hacer ese domingo por la tarde y se da una vuelta por un sitio que al menos ofrece espectáculo visual. Es, sinceramente, una de las poquitas utilidades que le veo al evento tal y como ahora está montado: el visitante ocasional que pica y se lleva un par de tebeos. Las ventas en los salones no son para nada desdeñables, pero al margen de eso, a largo plazo pueden haber servido para enganchar a alguien a los cómics, o, por lo menos, para conseguir aunque sea durante cuatro días eso que algunos venimos diciendo que es imprescindible para que esto no se vaya al carajo: el comprador ocasional que compra cuatro, cinco tebeos al año. Bien puede hacerlo exclusivamente en el salón, da lo mismo. Lo que ocurre es que para atraerlo vale todo: un señor vestido de Pikachu, presentadores famosillos, o, los dioses nos asistan, las <strong>Charm</strong>.</p>
<p> Al menos en los últimos años se está corrigiendo, o lo parece desde fuera, uno de los mayores errores que yo veían en la concepción del Expocómic: la dispersión absoluta. En mi época el evento era un salón del cómic, el manga, la ilustración, los videojuegos, el rol, los juegos de estrategia, los juegos de cartas coleccionables, el anime, la fantasía, y los sexadores de pollos que viven en Villaconejos y se llaman Pepe. Al final, claro, no era más que un cajón de sastre, que respondía a esa confusión de la que hablaba antes y que <a href="http://blog.adlo.es/">ADLO!</a> bautizó muy acertadamente como "Expofriki". Ahora parece que está más centrado en cómic y satélites, pero el problema es que esos satélites son mucho más publicitados y copan mucho más espacio que el cómic en sí, que la historieta como medio de expresión y como cultura. Se está copiando el modelo de San Diego en lugar de fijarse en Angulema, para entendernos. No hay disertaciones, no hay mesas redondas en las que los estudiosos del medio se junten y traten temas relacionados con el cómic con la profundidad que se merecen. Hay, ya decía, presentaciones de editoriales, encuentros con autores que no aportan gran cosa. Al igual que pasa en la Feria del Libro —modelo de ésta en todo menos en lo de la entrada gratuita, ya es mala suerte—, en el Expocómic el tebeo no es mimado como un bien cultural. Es un producto, es algo que venderle a la gente. La visión que se da es una totalmente sesgada, centrada únicamente en un tipo de cómic muy concreto —véase, de nuevo, la lista de nominados a sus premios—, y en la excentricidad de una parte muy pequeña de sus seguidores que hace mucho ruido y quedan muy graciosos en pantalla. Pero no hay un lugar para el estudio serio, ni para la reflexión, ni para la reivindicación de tantos y tantos autores tanto de aquí como de fuera que merecerían un reconocimiento. No sé si sería posible que esto que pido conviviera sin problemas con la vertiente meramente lúdica, con la jarana y el cachondeo que están muy bien para el que los quiera. Aún recuerdo lo vergonzoso que era estar en la charla de Pacheco y Merino y que éstos tuvieran que callarse cada dos por tres porque unas crías berreaban a escasos metros de la sala la canción de <em>Evangelion</em> micrófono en mano.</p>
<p> Pero me temo que eso será muy difícil mientras los responsables de Expocómic sean los mismos. Porque este modelo les dará ciertos beneficios y les permite ir tirando. Otros salones parece que se acercan más a lo que a mí me gustaría —el de Getxo, por ejemplo, que se está celebrando este fin de semana, o Viñetas desde O Atlántico—, pero el de Madrid es y será un mero sacacuartos, un gran mercado en el que el aspecto teórico, cultural y sociológico del medio están en un segundísimo plano o directamente no están. Por eso cada vez tengo más claro que la dignidad del medio y el rigor en su tratamiento no vendrá de los salones —o al menos de la gran mayoría—, sino del ámbito universitario, en el que tampoco es que tenga una confianza inquebrantable, pero que al menos ya está dando muestras de que el cómic interesa desde otros puntos de vista. Ha habido actos, charlas, jornadas, encuentros con autores, en universidades de Valencia, de Granada o de Cádiz. En Madrid, que yo sepa, de momento nada. Pero hay espacios culturales fuera de la universidad que también están empezando a hacer cosas. El Espacio Sins Entido, por ejemplo, promovido por la editorial del mismo nombre, una de las pocas que parece que quiere hacer algo que vaya más allá de ganar dinero. Hasta en la Fnac a veces hay actividades mucho más interesantes que las de Expocómic. Lo que sea menos resignarse. Si el salón se ha perdido como plataforma de lanzamiento y lugar de debate e investigación, habrá que irse a otros pastos. El salón de Madrid quedará como un lugar donde ir a divertirse sin complejos ni vergüenza durante cuatro días, donde disfrazarse, cantar, maquillarse, hacer colas, ver episodios de series, y si acaso leer algún tebeo si queda tiempo. Es verdad que me molesta un poco la imagen que se da al gran público desde un salón así, pero vaya, que tampoco es terrible que "el gran público", ése que hace líder de audiencia a <em>Gran Hermano</em> y va en masa a ver <em>Luna Nueva</em>, piense lo que quiera. También es cierto que puede que esté siendo demasiado radical, que no sea para tanto. Pero a mí me cuesta mucho pedir dignidad o reivindicar la importancia de la historieta rodeado de muchachos disfrazados de Lobezno. Tal vez sea la edad. O tal vez, simplemente, parafraseando la película de <strong>Paco Martínez Soria</strong>, el Expocómic no es para mí.</p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/26/literatura-ubik-philip-k-dickLiteratura: Ubik, de Philip K. Dick.2009-11-26T15:09:55+00:002009-11-28T13:57:03+00:00
<p align="center"><a href="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/ubik.jpg"><img src="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/ubik.jpg" border="0" alt="Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket" width="220" height="335" /></a></p>
<p> Hoy he leído <em>Ubik</em>. Y creo que debe de ser el libro más tramposo, más improvisado y más descabezado que he leído nunca. Pero, joder, ¡qué divertido es!</p>
<p> Dick es como un prestidigitador malo al que se le ven los trucos, pero que te divierte igual. La trama avanza tan a golpe de deus ex machina sacados de la chistera y explicaciones demenciales que es imposible no leer <em>Ubik</em> escuchando dentro de la cabeza el <em><a href="http://www.youtube.com/watch?v=_B0CyOAO8y0">Entry of the Gladiators</a></em>. Es evidente que Dick no es un grandísimo escritor, pero tampoco es malísimo. Tiene mucho oficio y una capacidad para ser claro cuando quiere y confuso cuando no. Se maneja bien con la voz subjetiva en tercera persona. Se desenvuelve como nadie con la cháchara ininteligible propia de la ciencia ficción. Pero todo eso no evita que mientras se lee <em>Ubik</em> uno se dé cuenta del batiburrillo de personajes, de la maraña argumental que no lleva a ninguna parte, de los giros de guión, cada uno más absurdo que el anterior, hasta llegar al último, que es el triple salto mortal. Y sin embargo, se mueve. No sé cómo, pero el invento funciona. Porque es divertidísimo. Por los neologismos incomprensibles, por el genial desfile de moda constante, por los trastos que salen cada dos por tres, por el chiste constante que en realidad es el Ubik. Por la cantidad de ideas que tiene Dick en su cerebro, y que suelta a chorro, o como una inundación, y que absurdas o no, son originales incluso hoy, cuando deberíamos estar ya hasta las narices de ci-fi. Por eso no se puede dejar de leer una vez que se empieza, pese a que mientras se hace se suelte un “¡venga ya!” continuo entre risas. Y porque Dick no se toma en serio jamás. Porque se ríe con nosotros, y no de nosotros. </p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/25/los-mas-grandesLos más grandes.2009-11-25T18:37:31+00:002009-11-26T15:11:53+00:00
<p>Los Teleñecos son lo más grande que hay. Y punto.</p>
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The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/25/comic-tomorrow-stories-alan-moore-y-otrosCómic: Tomorrow Stories, de Alan Moore y otros.2009-11-25T18:19:35+00:002009-11-25T18:20:31+00:00
<p align="center"><a href="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/tomorrow.jpg"><img src="http://i204.photobucket.com/albums/bb137/thewatcher_bucket/tomorrow.jpg" border="0" alt="Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket" width="220" height="335" /></a></p>
<p> Hace poco pude al fin leer el final de <em>Tomorrow Stories</em> gracias a la edición de Norma. Como el resto de series creadas por <strong>Alan Moore</strong> dentro de su sello American's Best Comics, ha costado tenerlas completas en español por el cambio de derechos de Planeta a Norma, que se ha tomado con mucha calma continuar con las series, y además lo ha hecho con ediciones buenas pero caras, supongo que por la tapa dura, que bien podrían haberse ahorrado. Todas las series de American's Best Comics me parecen excelentes; <em>Tomorrow Stories</em> puede no ser la mejor, pero sin duda es la más original.</p>
<p> Hablar del talento de Alan Moore me parece absurdo. Es el guionista más importante del mercado americano en los últimos veinticinco años, domina perfectamente todas las facetas de la escritura, sus trabajos están unidos por una línea de coherencia que no está reñida con el cambio constante de género, es intelectual y visceral a la vez. Cada uno de sus cómics exprime al máximo las posibilidades del medio: nada de lo que él cuenta con tebeos puede contarse en otro soporte —como demuestran los fiascos que han resultado todas las adaptaciones al cine de su obra, sin excepciones—. Y, no es menos importante, sabe moverse perfectamente en diferentes niveles. Moore, al contrario que la gran mayoría de guionistas, que siempre creen que su último trabajo es el mejor y que hasta su mierda huele a rosas, diferencia perfectamente la categoría de cada una de las series. Hay, por decirlo de otra manera, trabajos mayores y trabajos menores. Hay obras maestras concebidas como tales y a las que le dedica el tiempo que se merecen -<em>From Hell</em> fue el fruto de casi una década de trabajo-, y cómics que lo único que buscan es entretener, sin que eso signifique jamás insultar la inteligencia del lector.</p>
<p> <em>Tomorrow Stories</em> pertenece a este segundo grupo, pero es mucho lo que ofrece en ella Moore. Primero, un entretenimiento impecable, con humores de todos los colores, mala leche e inteligencia. Fue un cajón de sastre donde pudo dar rienda suelta a su lado más cafre. Segundo, una de las mejores muestras de la ilimitada imaginación del autor, de la cantidad ingente de ideas que puede llegar a parir —recordemos, además, que a la vez que guionizaba <em>Tomorrow Stories</em> trabajaba en otras cuatro colecciones—. Recuperando el concepto de antología, de aquellas revistas de los años cincuenta, en los tiempos en los que nadie es capaz de contar una historia en veinticuatro páginas, Moore ofrece nada menos que cuatro. De nivel obviamente variable, pero siempre basadas en alguna idea original e ingeniosa, con una solidez y un contenido difíciles de encontrar en el <em>mainstream</em>. A lo largo de doce números y un par de especiales, Moore se acompañó de cinco dibujantes distintos para plasmar las historias de cinco personajes, enfocados cada uno desde un punto de partida distinto que ayuda a definirlos y diferenciarse entre sí. Moore tiene muy claro qué quiere hacer con cada uno, y, sea más o menos brillante, rara vez no consigue su objetivo. Junto a <strong>Ritch Veich</strong> —antiguo colaborador suyo en <em>La Cosa</em><em> del Pantano</em>— hace <em>Greyshirt</em>, un reconocido homenaje a <em>The Spirit</em> de <strong>Will Eisner</strong> en el que se suceden los experimentos narrativos. Con <strong>Jim Baikie</strong>, <em>First American</em>, una sátira de los superhéroes pero, sobre todo, de la sociedad y política americanas, sátira que gracias a o por culpa de la globalización nos resulta tan hilarante como a ellos. <em>Cobweb</em>, junto a su mujer, la dibujante <strong>Melinda Gebbie</strong>, es una parodia de los <em>pulp</em> eróticos más casposos, con la que no siempre es fácil conectar; <em>Jack B. Quick</em>, con dibujos de <strong>Kevin Nowlan</strong>, es quizás lo mejor de <em>Tomorrow Stories</em>, un delirio tremendamente imaginativo en el que cualquier cosa puede pasar. Por último, <em>Splash Brannigan</em>, con <strong>Hilary Barta</strong>, que sustituyó a <em>Jack B. Quick</em> durante varios números. Fue una parodia de la industria del cómic americano, y la más floja de todas las series incluidas en la antología.</p>
<p> Ruptura de la cuarta pared, cruces entre personajes, apariciones de famosos... todo era posible en <em>Tomorrow Stories</em>. Fue una pena que fuese la serie más intermitente de todas las que editó Moore bajo el sello de American's Best Comics. En cuatro años sólo salieron a la luz doce cómics, con una periodicidad inexistente. Sin embargo, son un puñado de historias que van de lo correcto a lo brillante, y que no deberían pasarse por alto. Como decía, un trabajo menor para los estándares de Alan Moore, pero con una calidad que muchos otros guionistas matarían por alcanzar. </p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/24/albricias-y-zapatetasAlbricias y zapatetas.2009-11-24T19:02:27+00:002009-11-24T19:03:12+00:00
<p>No es habitual que me haga aquí eco de las novedades editoriales, pero es que ésta me ha hecho dar saltos de alegría: la tercera entrega de la excepcional <em>Sócrates el semiperro</em>, de <strong>Sfar</strong> y <strong>Blain</strong>. Para mí, junto con <em>El gato del rabino</em>, lo mejor de Sfar, del que este año hemos tenido sequía, no sé muy bien por qué -no será por obras inéditas-. En diciembre. Ya mismo, vamos. Publica <strong>Sins Entido</strong>, y lo hace mucho antes de lo que esperaba. Tengo verdadera curiosidad por saber cómo dibujará Blain esto, tras su evolución en <em>Gus</em>. Ah, y de regalo, al fin prosigue <strong>Norma</strong> con <em>La Mazmorra</em>, con dos nuevos cómics, uno en enero y otro en marzo. Ya era hora, joder. Más Sfar, por favor.</p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/23/la-cosa-esta-dicen-es-thorLa cosa esta que dicen que es Thor.2009-11-23T10:18:31+00:002009-11-24T18:35:05+00:00
<p>¿Hogun el Torvo asiático? ¿Heimdall negro? ¿¿Volstagg DELGADO?? Dios, tengo que reservar YA una entrada. O quince, mejor.</p>
The Watcher and The Towerhttp://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpghttp://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/22/los-premios-del-expocomicLos premios del Expocómic.2009-11-22T17:48:07+00:002009-11-23T11:42:04+00:00
<p>Vaya por delante que a mí los premios, por regla general, ni fu ni fa. Ni me causa especial alegría que se lo den a una obra que a mí me guste ni le doy más valor que el anecdótico, ya sean populares o elegidos por jurado. Pero es que lo de los salones de España tiene tela. Ahora tocan los del Expocómic. Se ha hablado algo de los nacionales, de por qué no está <em>Las serpientes ciegas</em>, premio nacional de este año. Pero yo me voy a fijar en los internacionales. En el año de <em>Catálogo de novedades ACME</em>, en el año de <em>George Sprott 1894-1975</em>, de <em>Dándole vueltas</em>, de <em>Breakdowns</em>, de <em>All-star Superman</em>... ¿nominan el <em>Black Summer</em> de Ellis? ¿<em>Northlanders?</em> ¿<em>Los muertes vivientes de </em>Kirkman? Yo viendo esto entiendo que la organización quiere darle un tono popular a los premios y evita obras demasiado sesudas, pero, vaya... ¿no es tirar el nivel por los suelos? Quitando <em>La educación de Hopey Glass</em>, todas son obras de género y <em>mainstream</em>. Y además, americanas. Nada en contra, ya digo: cada cual es libre de darle a sus premios el cariz que quiera. Pero que no hablen de "mejor obra internacional", porque suena a coña cuando todas son del mismo país y son las que son. Que hablen de mejor obra americana mainstream, y todos contentos. Y otra cuestión: la nominación de <em>Epicuro el sabio</em>, que es reedición, al menos parcialmente. ¿Valen reediciones, entonces? Porque este año hay unas cuantas bastante mejores. Ni se sabe qué criterios se siguen para elegir los nominados, ni se intenta al menos aparentar cierta variedad. Resultado: me reafirmo en mi desinterés. El mismo que siento por los salones en general, la verdad.</p>