The Watcher and The Tower http://thewatcher.espacioblog.com Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor. es-es Cultura crítica cómics http://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpg The Watcher and The Tower http://thewatcher.espacioblog.com the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com Salvemos la tapa blanda. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/22/salvemos-tapa-blanda 2009-12-22T00:10:38+00:00             Porque si no hacemos nada por evitarlo, se acabará extinguiendo. En el tiempo que tardas en leer este post, tres tebeos en tapa blanda son eliminados de un plan editorial. Ayúdanos a evitarlo.

            No, en serio: ¿qué está pasando con la tapa blanda? De un tiempo a esta parte, la mayoría de las editoriales apuestan por la tapa dura para gran parte de sus lanzamientos. Encareciendo sus productos, lógicamente. Presentación de lujo para "sibaritas", que decía aquél. A veces es tan absurdo que las tapas son más gruesas que el contenido del libro. Pero parece que funciona. ¿Por qué? No lo sé. Pero yo tengo claro que esta escalada de precios y de formatos reventará en algún momento. No es normal que por cualquier chuminada nos claven ya los veinte euros. ¿Cuánto vale la tapa dura? ¿Dos, tres euros más? Pues hombre, digo yo que con los tiempos que corren, bien estaría ahorrárselos al lector. Es que no puedo entenderlo. ¿De verdad vende más el cómic que sea porque lleve tapa dura? ¿Cuánta gente no compraría ese cómic si la llevara blanda y costara dos o tres euros menos? ¿Más de la que no lo compra porque la lleva dura? No lo creo.

            Parte de la culpa la tiene el aficionado, me temo. Es verdad que si un cómic sólo se ofrece en un formato, el que lo quiera tiene que retratarse o quedarse sin él. Hasta ahí de acuerdo. Pero me da la sensación de que estamos cayendo en la misma conducta que exhibe la gente que compra cultura no como tal sino porque decora y da aire intelectual. Que compra libros o DVDs en el formato más caro aunque sean medianías o directamente mierdas, simplemente por fetichismo. La tapa dura queda más bonita, claro. Pero es que se supone que aquí, como decían en La Bella y la Bestia, lo importante es el interior. Y es lo que parece que se está olvidando últimamente.

            Yo tengo muy claro que el continente no hace el contenido. El siglo de las luces seguirá siendo una de las cumbres de la literatura en la edición de bolsillo más discreta; La trilogía del elfo oscuro será siempre un truñazo aunque la encuadernen en piel y la impriman con sangre.

            Miro a mi alrededor, a estas estanterías y cajas que amenazan con sepultarme. Y me pregunto qué tienen de malo mis Sandman en tapa blanda, o La Mazmorra, o cualquier cosa de Taniguchi. O Lapinot y las zanahorias de la Patagonia, que es un tebeo voluminoso. Miro mi edición en inglés de From Hell, comprada por cuatro duros, y me pregunto en qué la mejora la edición de Planeta en tapa dura, más cara, y con las tintas completamente quemadas —y quien haya leído este cómic entenderá que eso es destrozar salvajemente el trabajo de Eddie Campbell—. Porque ésa es otra. Muchos editores hablan de ediciones de lujo simplemente porque le cascan la tapa dura, tras la cual se encuentran con demasiada frecuencia traducciones vergonzosas, rotulaciones descuidadas y chapuceras, faltas de ortografías, problemas de reproducción, pixelados. Pero es ahí donde se nota si una edición está o no cuidada. En lo que no se ve a simple vista. Poner una tapa dura o un papel de alta calidad —incluso aunque sea mortal para el color de los años sesenta a ochenta de Marvel, por ejemplo, y haga que las reediciones de aquellos tebeos parezcan una alucinación psicotrópica— es muy fácil. Pero la dura realidad es que aquí la única edición de lujo que hay es Príncipe Valiente del señor Manuel Caldas. Y sí, lleva tapa blanda. ¿Por qué? Pues porque, dicho por él, la tapa dura habría encarecido el precio final en unos diez euros.

            Así pasa luego, claro. Se saca material mediocre como si fuera una obra maestra, veánse los tomos de la saga Ultimatum que ha preparado Panini. O material que está bien, pero que tampoco lo es. Por ejemplo, la edición del Thor de Walter Simonson, que consta de ocho tomos y sale por un ojo de la cara. O el caso más reciente que tengo: el Capitán América de Ed Brubaker. La edición española del primer tomo vale lo mismo que los dos primeros TPB americanos. ¿Estamos locos o qué? ¿De verdad es necesario ponerle esa presentación a un tebeo de superhéroes?

            Hace muchos años, las editoriales recurrían al tomo cuando la grapa no se vendía lo suficiente. Era una manera de ahorrar gastos, al no tener que pasar por imprenta diez veces en lugar de una, y llevar sólo una cubierta. Parte de ese ahorro la editorial lo transmitía al lector, de forma que, por poner el caso, si el tomo incluía diez números americanos, no costaba como diez tebeos de grapa, sino como nueve u ocho, más o menos. Ahora es al contrario. ¡Sale más caro! Si compras aquí, claro. Pero lo cierto es que los que nos planteamos comprar ediciones originales somos y seremos siempre demasiado escasos como para suponerle eso un perjuicio demasiado grande a la editorial que sea. De eso se aprovechan, supongo. Pero creo que el asunto es para reflexionar. Un tebeo no es mejor por tener tapa dura. Sólo queda más bonito. Pero eso es puro fetichismo. si cumple unos mínimos —correcta reproducción, que no se deshoje por el camino a casa—, yo cuanto más barato mejor.

            Soy, como ya se habrá deducido, defensor a ultranza de la tapa blanda, de cualquier tipo. Hay muy poquitos casos en los que considero que está justificada la edición en tapa dura, en cómics en los que la forma y el fondo constituyen un todo. Catálogo de Novedades ACME, por ejemplo, o Lost Girls. Pero salvo esas excepciones, sinceramente, cuanto menos me ocupen en la estantería y menos me cuesten los tebeos, mucho mejor. Repito: el tebeo no será mejor o peor por la presentación. No estoy despreciando el cómic por no querer presentaciones chulas, simplemente intento que sea un poco más accesible. Astiberri, por ejemplo, que en general me parece una buena editorial, a veces se descuelga con unas pijadas de la leche. Encuadernaciones en tela. Luego venderán cuatro, claro. Estamos llegando a extremos absurdos en los formatos. Vean si no el esperpento perpetrado por Planeta en eso que llaman "omnibus", en su edición del Flash de Geoff Johns. Eso es inmanejable. Y vale sesenta eurazos, encima.

            Parece que no hay límite ya para el precio de los tebeos. Y cuando ves, que es de esto de lo que aquí hablo, que la presentación es tan cara, da rabia. Porque es que parece que prefieren cobrarle cien euros a diez personas que diez a cien. El tebeo ha pasado de ser popular, la más barata de las opciones de ocio, a una cosa carísima que sólo compramos los de siempre. Ahora que el cómic está abriendo puertas, que parece que está interesando con sus temáticas a lectores no habituales, tal vez es el momento de plantearse una política de abaratamiento, no al estilo de Planeta —"oiga, ya sé que el tebeo es una mierda pinchada en un palo y que mi packager es un chimpancé borracho, pero mire qué barato"; y encima no lo es—, pero sí una que permita ofrecer un producto de calidad mínima sin subirse a los veinte euros. Que es que son muchos euros, oigan. Es verdad que a ese lector ocasional a lo mejor le da más igual soltar ese dinero por un tebeo cada cierto tiempo, pero démonos cuenta de contra qué competimos: una película que sea novedad en DVD no vale más de dieciséis euros en su edición normal; un disco o un libro, por el estilo. No voy a caer en la falacia de medir el precio de un producto cultural por el tiempo que le ocupa al consumidor, pero vaya, creo que es un factor que a mucha gente le puede influir. Y desde luego al lector habitual le destroza el presupuesto. Uno se compra cinco cómics en un mes y ya se pasa de los veinte euros. Es paradójico que la mayoría de editoriales asuma, aunque no lo digan, que venden a un mercado reducido, que no quieran abrirlo, que se conformen con venderle a los cuatro de siempre, y que no se den cuenta de que con precios más bajos esos cuatro comprarían más.

            No es tampoco ésa la solución, claro. No me canso de repetir que hay que abrir mercado. Que hay que conseguir que a esa base sólida de siete, ocho mil lectores compulsivos, se sumen un número muy superior de compradores ocasionales. Tal vez con otros formatos no sería tan difícil, quién sabe. A mí, mientras las editoriales siguen decidiendo si se autoinmolan o no con los precios, sólo me queda hacer lo de siempre: comprar lo que pueda, seleccionar muy bien qué cojo y qué dejo fuera, y tirar de biblioteca para el resto. Es lo que hay.

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Música: Tr3s Lunas, de Mike Oldfield. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/20/musica-tr3s-lunas-mike-oldfield 2009-12-20T21:40:38+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

            En 2002 Mike Oldfield ya no estaba para nadie. Encerrado en su mansión, embobado todo el día delante de la pantalla de su carísimo ordenador, andaba fascinado con la creación de un videojuego, Music VR, que incorporara su música y fuera una experiencia sensorial sin parangón. El juego, que pude probar hace unos años, no es que fuera nada del otro jueves, pero curioso lo era un rato. El disco de música que lo acompañó en su salida al mercado ya es otra cosa.

            Esto es lo primero que tenemos que entender de este proyecto: para Oldfield lo más importante era Music VR. La música contenida en Tr3s Lunas, si bien tiene más trabajo que The Millenium Bell, responde, en mi opinión, a la necesidad de cumplir el contrato con Warner Music y poner fin a una relación que había empezado muy bien, con varios éxitos comerciales, pero que ahora moría de desidia. Así que Oldfield, ya que estaba liado componiendo la banda sonora de su juego, seleccionó o creó expresamente unas cuantas pistas para conformar un CD que Warner pudiera vender junto a Music VR. De hecho, si se juega, o si se escucha el disco creado por sus aficionados y compuesto por la música extraída del mismo, uno se da cuenta de que, sin ser tampoco espectaculares, varios cortes son bastante mejores que los incluidos en Tr3s Lunas.

            Como ya no podía ser de otra manera, todo el disco sufre el abuso tecnológico que ya era habitual en su trabajo. Más aún, porque era la intención de Oldfield que la música sonara "moderna" y "futurista". Salvo su guitarra y su piano, absolutamente todo está sampleado. Hasta el saxofón que aparece en algunos temas. La percusión es, por momentos, insoportable. Los ambientes que Oldfield crea a base de programas informáticos y sintetizadores son planos, pesados, molestos. Se pierde en ellos, confunde, como lamentablemente tiende a hacer en los últimos tiempos, los sonidos "bonitos" con la calidad. Lo que debería ser accesorio se convierte en la base y el leitmotiv de la música. La composición es lo de menos. Si desnudáramos la mayor parte de las pistas de Tr3s Lunas de sus adornos sintéticos, apenas quedaría una raspa que aprovechar. Warner publicitó este álbum como el disco chill out de Mike Oldfield. No me interesa en absoluto ese estilo, así que no puedo saber realmente esto es o no chill out. Pero es evidente que comparte su objetivo: relajar al personal. El lado más místico de Oldfield salía a relucir en las entrevistas de la época cuando explicaba que tanto disco como juego buscaban ser una experiencia relajante para el oyente, algo que sanara su espíritu, como si del taichi se tratara. Y al menos, eso hay que concedérselo, lo consigue a veces.

            Porque, sorprendentemente, no todo en Tr3s Lunas es despreciable. Parte de una buena premisa. Si la pretenciosidad de The Millenium Bell lo convertía en un disco hasta risible, la humildad de Tr3s Lunas predispone a su favor. Busca tan poco Oldfield que involuntariamente tampoco exigimos demasiado. Es un trabajo menor y él lo sabe y no lo oculta. Es una música modesta hecha en casa con las pantuflas puestas, sin complicarse la vida pero, al menos, tomándose la cosa mínimamente en serio. Más allá de las vocalistas y un par de ingenieros que le programaron la percusión, no requirió la ayuda de ningún músico. Por eso es inevitable que caiga en la autocomplacencia de la que tanto he hablado ya y en la que no voy a abundar más. Pero no está desafortunado del todo. Hay, al menos, más guitarra, mucha más, que en el anterior disco. El oyente no tiene la sensación de que le está tomando el pelo pese a los abusos electrónicos y a los loops contínuos. Sí, es verdad que al final se hace muy aburrido, muy igual —y eso que no lo es—. Es cierto que duerme, que no tiene garra, que no hay clímax ni anticlímax. Es una música "espacial" sin complicación alguna. Y sin embargo, por lo menos no cabrea. Oldfield parece decirnos: "no le deis demasiada importancia. Tr3s Lunas es lo que es". Te lo pones para dormir y ya está. Es para eso. ¿Triste final para una carrera como la suya? Desde luego. Pero tras The Millenium Bell, recuerdo lo aliviado que me quedé en su momento cuando escuché este trabajo y descubrí que por lo menos lo podía escuchar sin sentirme ofendido en mi inteligencia. No nos quiso estafar. Con The Millenium Bell sí. Nos vendió la liebre y luego resultó ser un gato feo y esquelético.

            Detenerme en cada tema casi resulta innecesario, pero alguna nota puede ponerse. En general todos adolecen de lo dicho anteriormente: demasiado enlatados y sintéticos. Además, más de una vez nos sorprendemos escuchando sonidos que remiten a otros trabajos de Oldfield, especialmente The Songs of Distant Earth, pero, aunque no sea esto una virtud, tampoco negaré que a estas alturas hace algo de ilusión. Dentro del tedio general, hay algunos cortes muy vulgares —Sirius, Viper, Thou Art in Heaven, Landfall— y otros en los que encontramos alguna chispa que se impone un poco al aburrimiento. Es el caso del tema Tres Lunas, el mejor del álbum, en el que Oldfield se sacude las telarañas y nos regala una guitarrilla apañada, sobre un fondo en el estribillo extraído de ¡Dark Star! Turtle Island es otro tema con cierto interés, porque, al menos, consigue lo que se propone: es el único que me relaja, y además es donde mejor encaja el saxofón de mentira que usa Oldfield durante el disco. Que no hiciera el tremendísimo esfuerzo de contratar a un saxofonista de sesión para grabarlo es el mejor ejemplo de la pereza en la que se encontraba. Y poco más: To Be Free, el corte "comercial", en tanto que dispuso de video clip y hacía mayor uso de las voces, siempre me pareció muy poquita cosa, menos aún que la media de Tr3s Lunas; No Man's Land o Return to the Origin tienen sus momentos pero me dejan muy, muy frío; Daydream es el inevitable tema a piano que se cae a pedazos porque Oldfield nunca ha sido lo suficientemente bueno con el instrumento como para hacerlo protagonizar un tema y que tenga interés.

            Un disco pobre e intranscendente. El hecho de que no nos pareciera en general tan horrible en su momento expone las miserias del Oldfield contemporáneo mucho más. Habíamos llegado a extremos tales que este álbum simplón y vago nos parecía lo mínimo exigible. No lo era, y hoy, al escucharlo, tampoco lo es. Tr3s Lunas es, como mucho, perdonable. Pero nada más.  

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Cómic: La ascensión del Gran Mal, de David B. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/20/comic-ascension-del-gran-mal-david-b 2009-12-20T01:25:24+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket 

            En ocasiones, las obras maestras no son reconocidas como tales hasta que pasan unos años. Son obras adelantadas a su tiempo que no son adecuadamente valoradas o entendidas en su contexto, y precisan de un alejamiento que dé suficiente perspectiva. Es el caso, creo, de las obras de Chris Ware o la de autores franceses como los Sfar y Blain de los que hablaba hace poco. Otras en cambio crean la sensación en el lector desde un principio de ser un hito en el medio, de estar cambiándolo para siempre. Es lo que sucede con La ascensión del Gran Mal de David B.

            Una obra tiene que reunir muchos requisitos para ser incuestionable, para ser incluida dentro de un canon y marcar un antes y un después de su aparición. No basta con menos que la excelencia en todos sus aspectos. La ascensión del Gran Mal la alcanza. Tiene el peso necesario, la carga cultural, artística y personal para ser considerado con toda justicia la primera gran obra del tebeo en el siglo XXI, aunque esté realizado a caballo entre dos siglos, y una de las mayores muestras de cómo partir de la autobiografía para construir una historia universal capaz de afectar a cualquier lector. David B. es un genio indiscutible. Lo es porque domina a la perfección los recursos de la historieta, porque integra como nadie texto y dibujo, porque crea un universo propio de símbolos y figuras, porque entiende cómo funcionan esos símbolos y usa la metáfora visual para aprovechar toda la fuerza que como medio tiene el cómic, y que hace que lo que se cuente con su lenguaje, si está bien contado, no pueda contarse con ningún otro. Teje David B. una historia ambiciosa, se desembaraza de los tópicos del slice of life, historias pequeñas casi por definición, y crea algo grandioso y universal, un mostruo que es mucho más que su biografía. Los diferentes niveles de lectura, la complejidad de las historias que se entrelazan, y que parecen, y quizá los sean, una sola en realidad, la profunda sinceridad que destilan sus páginas, hace que sea una obra disfrutable tanto intelectual como emocionalmente, aunque lo de "disfrutable" no sea quizás la palabra más adecuada para referirse a ella.

            Porque más allá de cualquier análisis, La ascensión del Gran Mal es una lectura terrible. Una que desde que se lee la primera vez te afecta irremediablemente. Es imposible no sentise cambiado tras adentrarse en el mundo alucinado de David B. Alucinado y enfermo. Sobre todo enfermo. Las imágenes de esta obra son perversas: se enganchan en la mente del lector, la envuelven como alquitrán. Su intensidad araña las tripas, su fuerza abrumadora perturba y causa un malestar físico. Es un cómic opresivo y enfermizo que transmite un desasosiego que sólo iguala, en cómic, From Hell. No es una lectura agradable, no apetece con frecuencia revisarla. Pero es difícil no pensar a menudo en sus páginas. y hacerlo con una sensación agridulce, la que produce una obra que se sabe excelente pero que trata temas que nos causan rechazo. Querríamos mirar hacia otro lado, pero algo nos lo impide y nos impulsa a seguir leyendo y a no salir del mundo que David B. ha imaginado y que, en mayor o menor medida, impregna toda su obra dotándola de unidad. La fascinación casi morbosa que se siente es malsana, pero inevitable.

            Hablemos del argumento. La ascensión del Gran Mal es la historia de la enfermedad del hermano de David B., aquejado de epilepsia, el Gran Mal, desde pequeño. La excelente primera persona narra con frialdad y humor negro, pero sobre todo con una sinceridad brutal y descarnada, la lucha de su familia por intentar curar a Jean Christophe. Poco importa, en realidad si lo contado se ajusta del todo o no a la auténtica biografía de David B.; incluso aunque todo fuera imaginado, no perdería ni un ápice de su valor. Pero sí, las páginas de La ascensión del Gran Mal sangran amargura y desesperación. La vida del autor y su familia se convierte en un infierno, lentamente, sin ser conscientes de ello. La incertidumbre se adueña de ellos, y comienza una pesadilla kafkiana interminable, a la busca de la cura del Gran Mal. Médicos de todo tipo, espiritistas, terapias macrobióticas, psicólogos... Todos, retratados con despiadado sarcasmo, fallan en el intento. Cuando Jean Christophe parece mejorar, sólo es para estar después aún peor. Pasan los años y queda claro que la situación no cambiará nunca. El hermano mayor de David B. no sanará jamás. Su familia aprende a vivir en ese estado de permanente enfermedad, y él abandona y se convierte en un inválido. Una y otra vez caen en el mismo abismo, y cuando parece que se ve la luz, caen aún más profundo, y el lector con ellos. El autor describe con escalofriante detalle cómo deseó entonces la muerte de su hermano, cómo él mismo pensó en matarlo. Cómo se veía reflejado en su fracaso vital, y el miedo a desarrollar el también la enfermedad.

            Pero La ascensión del Gran Mal es también y sobre todo, desde mi punto de vista, la historia de la búsqueda de una identidad. David B. cuenta cómo de pequeño se refugió en el dibujo y en las historias de guerras y dioses, fantasías de poder necesarias para escapar de la realidad que lo rodeaba. Es fascinante ir viendo cómo construye su propia identidad de modo consciente, en contraposición a su hermano, buscando vencer a ese monstruo que es la epilepsia, magníficamente simbolizada por un dragón, que cree que lleva dentro de él. El autor se crea su propia mitología, sus propios dioses animales protectores. Y, significativamente, cambia de nombre para ser una persona nueva, una que no sucumba a la enfermedad, una que no se vea atada por su hermano, al que aún quiere. Alejarse, al crecer, del hogar familiar, será una liberación para él, pero la sombra de su hermano y la enfermedad siempre lo perseguirán. Asistiremos a sus estudios, al inicio de su carrera como dibujante. De pasada veremos la fundación de La'Association. Pero el Gran Mal siempre le sobrevalorará, más aún cada vez que visite a su hermano, convertido ya en una presencia fantasmal, prácticamente un vegetal incapaz de hacer nada por sí mismo. Lo odiaba por elegir estar enfermo, por no luchar. Se odia por odiarlo, por no intentar comprenderlo, aunque, en el final de La ascensión del Gran Mal, en una secuencia onírica mantiene una imaginaria conversación con él y se reconcilia, en cierta forma, con sus fantasmas.

            No es fácil transmitir el verdadero valor de La ascensión del Gran Mal sólo con palabras. Entre otras cosas, porque David B. exprime las posibilidades del dibujo hasta límites rara vez traspasados. No es que dibuje mejor o peor; es que es, como le dice en el último tomo de la serie un profesor, un dibujante "inquietante y perverso". Su estilo es único: impreciso, moviéndose en la frontera entre lo realista y lo onírico, capaz de fluir de una viñeta a otra y pasar de la realidad a la alegoría visual, a la metáfora que da forma a lo abstracto y que evoluciona y se transforma, siendo cada vez más presente según el autor madura y el niño que es él también crece dentro de la obra. Gracias a ello podemos realmente ver la epilepsia rodeando a su hermano y a éste cambiando cuando la enfermedad lo asalta. Las viñetas de este cómic son lugares blandos, en los que nunca sabes dónde estás pisando. El lector se deja llevar, porque no tiene otra opción. David B. se te engancha con sus dibujos enfermos, con sus siniestras caras sonrientes, con sus animales, con su universo de símbolos, con sus cuadros herederos de El Bosco y del primer Escher. La mayor parte de los escenarios en tanto que son recuerdos del autor, son dúctiles y se retuercen como si fueran sueños.

            Pero lo verdaderamente grande de La ascensión del Gran Mal es que no se note lo gran autor que es David B. y el perfecto dominio que tiene de las herramientas a su disposición. Porque podría hablar de su uso del blanco y negro, del manejo de la plumilla, especialmente en el último tomo, de lo buen escritor que es, de la excelente primera persona, de lo bien que inserta historias de personajes secundarios o sueños propios en la narración. Pero todo eso da igual. David B. consigue que dé igual, y por eso es un maestro. Porque lo que queda cuando uno lee esta historia es el mal cuerpo, el miedo, la angustia, y a veces, la compasión. El perfecto aparato formal sobre el que se asientan las emociones y sentimientos que transmite la historia no se ve, no se aprecia casi si no se busca; pero sin él el edificio se derrumbaría. Y en esta paradoja reside, ya digo, la grandeza de este tebeo, en el que el experimento narrativo es un medio para un fin y no un fin en sí mismo.

            Poco más puedo decir. Es un cómic que cambió mi forma de ver los cómics, que me marcó más allá de ser una buena o una excelente lectura. David B. inventa en La ascensión del Gran Mal una nueva forma de afrontar el género autobiográfico, que hasta entonces se sustentaba en el texto y usaba el dibujo como un mero apoyo funcional. David B. se transforma a través de su obra. Nos cuenta quién era, expone su mundo al lector y le deja asistir a su conversión, deja de ser el que era para ser su personaje literario. Por el camino, nos ha afectado en lo más hondo de nosotros, haciendo que nos planteemos preguntas incómodas, tocando las fibras de nuestro inconsciente con esos dibujos que harían salivar a un psicoanalista. Nos ha hecho conocernos mejor a nosotros mismos. Y eso jode, claro. Porque nadie es gran cosa por dentro. Por eso la relectura cuesta: reabre las heridas que el tebeo nos hizo la primera vez.

            Habrá quien prefiera leer tebeos más alegres o ligeros, historias que no revuelvan las tripas. Para ellos no es La ascensión del Gran Mal. Pero por encima de las preferencias personales, es justo, y es inevitable, considerar este cómic como una de las cumbres de la historieta, y a David B. como uno de los mejores narradores, de este o de cualquier otro medio, que han dado los tiempos recientes.    

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Al fin, algo está cambiando. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/18/al-fin-algo-esta-cambiando 2009-12-18T20:07:53+00:00 No me suelo salir a menudo del "guión" de este blog, pero dado que es mío y me lo follo cuando quiero:

http://www.elpais.com/articulo/espana/antitaurinos/ganan/debate/corridas/votos/elpepuesp/20091218elpepunac_14/Tes

Cataluña acaba de mandar a la mierda a esa "fiesta" que aún defienden algunos con los mismos argumentos con los que podría defenderse las luchas de gladiadores o la esclavitud. Cataluña, por lo motivos que sean, me la pelan, va a abolir las corridas de toros. Se acabó, al menos en una parte de España, el espectáculo más repugnante, el máximo exponente de esa España añeja y reaccionaria de jarana y pandereta, de esa mentalidad cateta que nos mantiene cultural y socialmente a la cola de Europa. Se acabaron los toros afeitados y hasta drogados para que cuatro señoritos fachas sean llamados valientes. Ahora, por favor, cuanto antes, referéndum nacional para acabar definitivamente con esto.

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Cómic: Sócrates el semi perro, de Joann Sfar y Christophe Blain. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/18/comic-socrates-semi-perro-sfar-y-blain 2009-12-18T19:46:45+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Joann Sfar y Christophe Blain son dos genios. Tienen mucho en común: infatigables renovadores de la BD, extraordinariamente prolíficos, y la misma tendencia a la dispersión en cuanto a sus series, cosa que a muchos les molesta y a mí me parece que, precísamente, ahí reside parte de la gracia de ambos.  Y cuando dos autores cuyas peores obras son excelentes se juntan, sólo puede salir una auténtica maravilla.

            Sfar y Blain se fusionan con tal perfección que es casi como si dieran lugar a un autor único y diferente, y su obra es, sencillamente, maravillosa. En todos los sentidos. Los tres álbumes aparecidos hasta ahora de Sócrates el semiperro son tres joyas en las que partiendo de una de esas premisas increíbles tan del gusto de Sfar —el perro filósofo parlante dado por Zeus a su hijo Heracles para que le haga compañía—  los autores desarrollan un fascinante y certero recorrido por los mitos y arquetipos de la antigüedad clásica: Ulises, los mencionados Heracles y Zeus, Homero, Poseidón, Edipo... Todos se pasean por la serie, pivotando alrededor de Sócrates con un único cometido por parte de Sfar y Blain: inspeccionar la naturaleza humana.

            El mito y la filosofía son dos formas de conocimiento que, en su origen, responden a la misma finalidad por parte del ser humano: explicar el mundo y a sí mismo. El primero lo hace mediante causas sobrenaturales; la segunda, por medio de la lógica. Así, en Sócrates el semiperro encontramos ambas facetas de nosotros mismos, de forma que, como en las mejores obras de Sfar, cuando acabamos su lectura, tenemos la sensación de que sabemos un poco más de nosotros mismos. Y ésa es la clave, y por eso estas historias con una ambientación tan lejana nos parecen tan cercanas, y nos afectan de manera similar a la que se encuentra en los buenos slices of life.

            Sócrates, que no es humano, pero a veces lo parece, es el narrador perfecto para estas historias. Sus elucubraciones filósoficas chocan siempre con la incongruente naturaleza humana. Las pasiones son indominables, y al final, los hombres siempre le decepcionan. Pero, inevitablemente, Sócrates también sucumbe a su propio instinto, porque necesita un amo, como todo perro.

            El mismo aire despreocupado y contemplativo que impregna esa otra maravilla que es El gato del rabino —de Sfar en solitario— se encuentra en Sócrates. La misma sensación de que nada es demasiado importante como para dramatizar sobre ello, que nada nunca es tan terrible como nos imaginamos. Sfar es un hombre tranquilo, un amante de las cosas pequeñas y sencillas. Y sabe transmitirlo. Es terapéutico. Su sutil y amable sentido del humor, que sabe, no obstante, cuándo afilar, es esencial para que sus historias funcionen. Es asombroso cómo las largas conversaciones acerca de lo divino y de lo humano que plagan sus tebeos se sostienen solas sin que parezcan artificiales o pretenciosas. Al contrario: hay siempre leyendo a Sfar una sensación de naturalidad. Escribe, probablemente, los diálogos mejores del cómic actual, y lo hace hablando de temas en apariencia elevados. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo consigue hablar de filosofía o religión sin ser pesado o pedante? No lo sé exactamente, pero sospecho que gran parte de su secreto está en desproveer de gravedad a los asuntos graves y darle a las pequeñas cosas la cualidad de lo sagrado.

            Con todo esto consigue Sfar que el lector con un mínimo de sensibilidad hacia lo que él está contando se enamore irremisiblemente, y se deje llevar, la mayor parte del tiempo con una sonrisa de complicidad, por el ritmo de su narración, engañosamente plácido y reposado. Porque de vez en cuando, con la habilidad de los maestros del cómic, Sfar nos sacude el sofá con momentos terribles y de una garra extraordinaria, que hace que uno se replantee si realmente es tan amable como aparenta o es sólo un recurso para que sus maldades lo sean más, por contraste. ¿Un ejemplo? El momento, espectacular, en el que en el primer álbum Sócrates fantasea con la posibilidad de matar a su amo dormido.

            Usando una plantilla —rota en momentos escogidos— de seis viñetas por página, supongo que pactada con Sfar, Blain consigue en esta serie resultados increíbles. Dado que los tres álbumes se han publicado en un periodo de ocho años, Sócrates el semiperro es perfecta para ver la evolución de este dibujante que es, sin duda, uno de los grandes talentos del actual mercado francés. Blain no parece tener techo: cada vez es mejor. Habrá quien considere que el dibujo bueno es únicamente el "académico", el realista, pero si superaran un debate que en la pintura lleva un siglo clausurado, se darían cuenta de que el símbolo puede ser más poderoso que la emulación fotográfica. Lo demuestra Blain en cada una de las viñetas de Sócrates, igual que lo demuestra Sfar en las series propias. Blain tiene soluciones espectaculares en su sencillez, se maneja a la perfección en una variedad de registros amplísima, domina los recursos narrativos —esas magistrales elipsis— con una soltura que la mayor parte de los muchos sobrevalorados dibujantes americanos de superhéroes mataría por conseguir, puede limpiar sus figuras de todo detalle o dibujar masas oscuras llenas de trazos, y sobre todo, dibuja al perro Sócrates como nadie. Lo del tercer tomo es que ya no es normal: no he visto en mi vida un perro mejor dibujado. Espectacular.

            Lo dije hace unos días, tenía unas ganas terribles de leer el nuevo Sócrates. Ha habido que esperar cinco años, aunque es de agradecer que Sins Entido haya sacado su excelente edición —¿por qué ciertos editores no se fijan en lo que hace la mejor editorial de país en lugar de estar cada dos por tres poniendo excusas absurdas a negligencias inexcusables?— tan sólo tres meses después de su aparición en Francia. Aún es pronto para decir si este tercer álbum, Edipo, es mejor que los dos anteriores. El listón estaba alto. Es, en cualquier caso, un tebeo excelente e imprescindible. Un cómic que habla de la vida y de la muerte, del amor y del sexo, de la venganza y del perdón. Sin tomarse en serio ninguno de ellos. Es una delicia para disfrutar una y otra vez, un lugar al que volver durante toda la vida, porque es una obra que crecerá con nosotros. Sfar y Blain, Blain y Sfar: no llega ninguno de los dos aún a los cuarenta, y ya han creado varias de las obras más importantes del cómic del nuevo siglo. Su impacto e importancia no se puede valorar aún con propiedad, pero sé que algún día se hablará de esta generación —los Trondheim, Blutch, Guibert, David B.— como la mejor que ha dado Francia. Son los que han sabido ir un paso más allá en la forma y en el contenido, los que han llevado al cómic a la definitiva madurez como medio. Y son casi todos insultantemente jóvenes para hacer lo que han hecho durante toda esta década: me da escalofríos pensar qué no podrán hacer aún. Y lo dicho: que lean Sócrates, coño.   

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Cómic: Lobezno: El viejo Logan, de Mark Millar y Steve McNiven. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/16/comic-lobezno-viejo-logan-mark-millar-y-steve-mcniven 2009-12-16T15:56:58+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

            Lobezno tiene el dudoso honor, ex aequo con Spiderman, de ser el personaje de Marvel más sobrexplotado de su historia. Es, y más aún desde la película, una máquina de hacer dinero. Es el héroe invitado favorito de la editorial, y pertenece a tantos grupos que sólo le falta unirse a las girls scout —está en ello, tranquilos—. Hace años que está creativamente agotado. Lobezno es un personaje atractivo, eso es innegable, pero no son tantas las historias que pueden contarse sobre él, al menos no que valgan la pena. La historia de Lobezno es la historia del hombre contra su bestia interior. Es el antihéroe que redime sus pecados. Y esto, que es tan viejo como mear de pie, funciona muy bien si se hace con conocimiento de causa. Pero una vez, o dos. El eterno retorno que lleva viviendo el personaje desde hace veinte años es absurdo, y justificado únicamente porque es el típico superhéroe que flipa a los fanboys. Desde hace algún tiempo su serie regular se ha convertido en una sucesión de arcos argumentales sin conexión entre sí en el que van llegando guionistas que cuentan su gamberrada y se piran por donde han venido. El personaje dejó de evolucionar cuando le quitaron el adamantium y se lo volvieron a poner. Sí, ha descubierto que tenía por ahí un hijo perdido, ha recuperado la memoria y ahora sabe que se llama James. Todo erróneo. Lobezno era mucho más efectivo cuando desconocíamos su pasado. La expectación que se creó durante décadas de enigmas, pistas falsas y búsquedas infructuosas era demasiado elevada como para que la historia montada desde que se publicó la miniserie Lobezno: Origen pueda satisfacer mínimamente a ningún lector del personaje. Salvo al que le da igual, claro, y compra la serie para ver casquería. Porque es éste el principal problema que arrastra la serie desde que se eliminó el sello del Comic Code Authority de su cubierta: se ha convertido en un catálogo de salvajadas, más o menos explícitas según el equipo creativo.

            No se entiende al personaje. Lobezno era valioso por su dilema moral. Eliminado éste de un plumazo, el "héroe" puede dar rienda suelta a sus garras sin comidas de coco de ésas que se montaba Chris Claremont. Para qué preocuparse por si es moral o no matar a sus enemigos. Se le clavan las garras hasta el fondo y luego ya reflexionaremos sobre ello. El último que escribió un Lobezno que fuera de verdad Lobezno y no una máquina de matar fue Frank Tieri. El último que escribió un buen tebeo en la serie aunque su Lobezno no fuera del todo Lobezno, fue Greg Rucka. A partir de su etapa, y de eso hará ya cosa de seis años, la nada más absoluta. Su serie sólo consiste en un "a ver quién la hace más gorda" constante. Lobezno destripa y hace filetitos de villano en todos los números, y, lo que es más gracioso, el que se supone que era un luchador de la leche se convierte en un tío torpe al que ensartan, queman, o mutilan casi en cada aventura. Si al resto de superhéroes le dieran tanta cera, no quedaba ya ni uno. Además, si es que da igual: los guionistas han exagerado tantísimo con su factor de curación que es inmortal. En los setenta, si lo herían con una espada, necesitaba pararse un momento para recuperarse. Ahora, lo atomizan con una explosión nuclear y sale andando tan tranquilo. Es ridículo. Sus aventuras carecen de interés. Como digo, son una colección de burradas que, además, son bastante más light de lo que puede verse en muchos otros tebeos.

            Y claro, en esto de hacer burradas para dejar flipados a treceañeros, el rey es Mark Millar. Por eso no extraña que este El viejo Logan sea un compendio que resume a la perfección todo lo que he expuesto. Con la en principio atractiva premisa de hacer un relato crepuscular donde veamos los últimos días de Logan —algo que por cierto ya se hizo hace no mucho—, Millar construye una historia alargada en exceso, con un sentido del ritmo dudoso y balbuceante, que no funciona leída entrega por entrega pero tampoco si se lee entera. ¿Entretiene? Psé. No tanto como sus primeros Ultimates o su The Authority, de lejos su mejor obra dentro del género. La visión del futuro apocalíptico en el que los villanos han triunfado —con la pueril y simple excusa de que un día, sencillamente, se arrejuntaron todos para darles de leches a los héroes— es medianamente atractiva, pero no está lo suficientemente explotada. Los guiños, las alusiones a qué ha ido pasando con los personajes, son insuficientes y, al no responder en realidad a un conocimiento profundo del Universo Marvel, carecen de mayor interés. Esto, además, ya estaba hecho, y muy bien, en el Futuro Imperfecto de Peter David y George Pérez. La historia arranca como una road movie más: un Lobezno que se ha vuelto pacifista, que se niega a sacar las garras por un motivo que posteriormente se revelará —y que es completamente previsible para cualquiera con dos neuronas, al menos en su naturaleza, sino en los detalles— se une a un anciano Ojo de Halcón, que se ha quedado ciego pero que aún así sigue sin fallar un solo tiro, y se van por ahí a buscar a su hija. Lobezno, además, necesita cuartos para pagar a Hulk y los hijos retrasados que tuvo con Hulka, que si no matarán a su familia. A partir de aquí, lo que se le ocurra a Millar: dinosaurios —uno poseído por Veneno y todo—, bandas organizadas, un niño en un puente que tiene el casco controla hormigas de Hank Pym, el spidercoche... El viejo Logan es como una de esas películas de catástrofes que basan su éxito en no dar tiempo al espectador para que se pare a pensar que todo lo que está viendo no tiene lógica alguna. En cómic, claro, es más difícil que esto funcione: el lector puede interrumpir la lectura y el tebeo no sigue sin él, de forma que es, o debería ser, muy sencillo ver que el emperador está desnudo.

            Los efectos especiales de esta superproducción palomitera los pone el dibujo de Steve McNiven, uno de los "nuevos" dibujantes de Marvel cuyo éxito menos comprendo, sólo por debajo de David Finch o Leinil Francis Yu —alias "el borrador es para pringaos"—: sí, todo muy bonito, mucho detalle, mucho supuesto realismo, mucha viñeta página espectacular... ¡pero no sabe narrar! Vamos, no es que no sepa, es que yo creo que ni se lo plantea. Sus tebeos son colecciones de postales. Por eso triunfa en series donde tiene que dibujar a muchos muñecos, porque así es más divertido —veáse Civil War, también a medias con Millar.     

            Así, entre imágenes y frases pretendidamente epatantes, desfiles de personajes, referencias cinematográficas torpemente engarzadas, y mucha, mucha sangre, llegamos al fin de fiesta: un, llamémoslo, homenaje a Sin Perdón, en el que Logan cobra venganza y afila las garras con toda la prole de Hulk para después enfrentarse a papá en la gamberrada final, que haría llorar de orgullo al predecesor de Millar en esto del cacaculopedopisismo: Garth Ennis. A saber: Hulk se come a Lobezno. Sin echarle kétchup ni nada, a palo seco. Huesos de adamantium incluidos, no sabemos muy bien cómo. La digestión eso sí, se descubre un tanto turbulenta: Lobezno se regenera dentro del estómago de Hulk y se abre paso al exterior a garrazos. Guao.

            Qué lejos queda el Millar que sabía combinar la acción y el espectáculo con la caracterización de personajes, el Millar que tenía aún ideas que contar. El actual es una parodia de sí mismo, un niño malo que hace ganar dinero a sus jefes con historias intrascendentes que, eso sí, conectan bien con un tipo de público muy concreto. Un público que no soy yo, evidentemente.

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Búho. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/13/buho 2009-12-13T10:39:23+00:00 "He vivido en este mismo lugar —dijo el búho— más años de los que nadie puede recordar. Pero, ahora, cuando el viento sopla durante el invierno meciendo el bosque, me siento en la oscuridad y, de lo profundo del tronco, junto a las raíces, me llega un sonido nuevo. Son las fibras de la madera que crujen porque el frío las va quebrando una tras otra. Las ramas se caen; el árbol es viejo y se muere. Sin embargo, no puedo hacerme a la idea, después de tantos años, de marcharme, buscar un nuevo hogar y trasladarme a él, quizá incluso tener que luchar por él. Yo también me he hecho viejo. Cualquier día, uno de estos años, el árbol caerá y, cuando lo haga, si aún estoy con vida, caeré con él."

La señora Frisby y las ratas de Nimh, de Robert C. O'Brien.

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El mejor artículo sobre cómic que he leído jamás en un medio de comunicación de este o de otro universo. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/10/el-mejor-articulo-sobre-comic-he-leido-jamas-un-medio-de 2009-12-10T23:15:35+00:00 "Desde hace unos años, el noveno arte, como denominan al mundo de los tebeos, no solo trata sobre mutantes, kriptonita o arañas radioactivas sino que también se atreve con la epilepsia, el terrorismo o los problemas de pareja". (El siguiente paso será atreverse con los problemas de pareja de los mutantes o la epilepsia de la kriptonita).

"El festival, centrado habitualmente en los superhéroes de Marvel o DC, lleva años experimentando una apertura hacia el cómic político y social pero sin olvidarse de las mallas ni de los infrarrojos." (Lo de los infrarrojos será porque cuando van las Charm atraen siempre a uno o dos francotiradores altruistas).

El director del Expocómic se sumó a la orgía periodística: "Estamos viviendo una dignificación del cómic en la sociedad. Una época en la que las viñetas son tratadas como cultura con mayúsculas" (... por eso nosotros hemos dado los premios que hemos dado, para remediarlo).

Más chorradas aquí. Definitivamente ha llegado la normalización: ya dicen las mismas tontadas sobre el tebeo que sobre cualquier otro arte.

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Esquizofrenia informativa. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/10/esquizofrenia-informativa 2009-12-10T10:09:56+00:00 Uno se da cuenta de la verdadera calidad de los medios de comunicación y del follón que tienen montado muchos en la cabeza con todo el asunto de las descargas, internet, y la madre que los matriculó, cuando entra en elpais.com y lee en el titular de una noticia: "La voz de los jueces. La mayoría de las sentencias judiciales consideran delictivas las 'webs' de enlaces". Acompañado con un dibujito del burro entre rejas y llorando a lágrima viva. "Mentira", piensas. Justo al contrario. Manipuladores, mentirosos, besaculos de la SGAE, malincuentes, drogaditos... Y luego pinchas en la noticia y te das cuenta...

http://www.elpais.com/articulo/tecnologia/voz/jueces/elpeputec/20091210elpeputec_4/Tes

... de que debe de ser que tienes la comprensión lectora un poco oxidada. Porque no puede ser que el primer medio de comunicación del país se contradiga de una manera tan gilipollas, ¿verdad? Y evidentemente no puede ser que esto responda a oscuros intereses. Eso sólo pasa en las películas.

ACTUALIZACIÓN: Acaban de arreglarlo, han puesto un "no" delante de "consideran". El burro sigue enchironado.

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Literatura: La colina de Watership, de Richard Adams. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/12/08/literatura-colina-watership-richard-adams 2009-12-08T01:18:30+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

            La literatura anglosajona tiene una rica —y envidiable— tradición de literatura infantil y juvenil. Su siglo XX está plagado de clásicos imperecederos que hoy siguen siendo lecturas obligatorias en los colegios o, al menos, siguen siendo leídos y disfrutados. Aquí, salvo excepciones, desconocemos esta tradición. Estos clásicos son inencontrables porque se editaron en los tiempo de Maricastaña o, si están reeditados, tienen una difusión minoritaria. Es el caso de El viento en los sauces, de los libros de Winnie-the-Pooh —malogrados, qué sorpresa, por Disney—, de todos los libros de la saga de Oz excepto el primero, y era el caso del ciclo de Narnia hasta que se estrenó la película.  Y es el caso, evidentemente —si no a santo de qué estoy soltando este rollo— de La colina de Watership.

            Es un libro sorprendente. Leerlo ha sido todo un hallazgo, a pesar de que sea un libro fallido. Pero todo a su tiempo; empecemos por el principio. La colina de Watership es una historia en cuatro partes protagonizada por conejos. Por conejos de verdad: no andan a dos patas ni llevan corbata. Alejándose de la larga sombra de El viento en los sauces, Richard Adams creó una historia en torno a conejos reales, cuyo comportamiento documentó con minuciosidad. La etología de los conejos es exacta, y, paradójicamente, encaja a la perfección con la mitología y el folclore que inventa para ellos. Ése es el gran logro de la primera parte de la novela: hacer creíble a unos conejos que hablan y discurren, que tienen sus dioses y sus ritos, pero que siempre tienen su base en el animal real. Cuando uno comienza a leerla tiene una sensación de autenticidad inusual en las historias de animales.

            Por eso es lamentable —y por eso decía antes que es una novela fallida— que demasiado pronto Adams se olvide de esto. Los conejos se vuelven demasiado humanos. Ya no te los puedes creer. Es hasta cierto punto comprensible. Escribir una historia es todo un reto con tantas limitaciones, un reto que sobrepasaba la capacidad de Adams. Si no se humaniza al personaje animal es francamente difícil construir una novela, al igual que sucede con los personajes infantiles, que tienden siempre a ser adultizados por sus autores. Algo similar sucedía en un prometedor libro de Tad Williams que se derrumba a las treinta páginas: La canción de Cazarrabo.

            Y sin embargo, no puedo decir que no me guste La colina de Watership a partir de este punto. Porque sí lo hace. Sí, mi credibilidad revienta por los aires cuando los conejos planifican la construcción de una madriguera como si de un complejo de oficinas se tratase, cuando se hacen amigos de una gaviota, o cuando trazan un complicado plan que incluye usar una barca para descender por un río. Ya no son conejos. O no lo son tanto. Pero Adams tiene la suficiente habilidad como para crear personajes con los que el lector simpatiza. Una vez desaparecido el interés que suscita la perfecta caracterización conejil, quedan los individuos, y queda un libro de aventuras bastante decente. Y las correrías de Avellano, del poderoso Pelucón, del astuto Zarzamora, o del pequeño Quinto con sus visiones del futuro, son lo suficientemente emocionantes y divertidas como para compensar el fallo de Adams. Sí, la primera parte es la más valiosa. Probablemente el libro sea demasiado extenso. Pero el resto es una novela cercana a la fantasía épica nada desdeñable, una historia de amistad y supervivencia narrada con buen hacer y buen pulso. Y si uno logra obviar lo inverosímil de las situaciones descritas, puede aún disfrutar con ellas. El mejor ejemplo es la gaviota Kehaar: su aparición es completamente absurda. Que un conejo se haga su amigo y sea capaz de darse cuenta de que puede serle útil, más aún. Pero Kehaar... mola. Podría explicarlo de otra manera pero así acabo antes. La manera de hablar que Adams inventa para él es genial, y cae muy bien. Lo mismo puede decirse de la aventura de los conejos en Éfrafa —una madriguera nazi gobernada por el nada conejil pero sin embargo espectacular como personaje General Vulneraria—: es completamente increíble, pero funciona. Es emocionante, y Adams recrea muy bien la opresión de la madriguera superpoblada y el miedo de los conejos.

            Su estilo le da para cumplir con solvencia, sin ser ni de lejos un buen escritor. Pero es eficaz. La lectura es ágil y es suficientemente preciso en las descripciones, algo importante en una novela en la que hay que detallar muchas situaciones difíciles de visualizar si falla la habilidad del autor. Del mismo modo, traslada correctamente, aunque sin florituras, el entorno natural de la colina de Watership, paraje real que Adams conocía muy bien. Su trabajo como funcionario agrícola le permite que su bosque y su monte no se vean de cartón piedra. Al contrario: son auténticos, al menos lo suficiente. Su mayor patinazo es la inclusión de fragmentos desconcertantes en los que Adams pontifica sobre lo divino y lo humano y, sin venir al caso en absoluto, nos cuenta su visión de la vida de una manera más que torpe, y que evidencia que ésta fue su primera novela. Y, en ocasiones, peca de ofrecer excesiva información, de explicar demasiado sucesos que se entienden a la perfección y son más valiosos con la simple descripción de los hechos, como sucede en todo lo relacionado con la madriguera de Prímula, en la primera parte. No llega esto a empañar demasiado el conjunto, de todas maneras, porque tiene otros hallazgos más acertados, como la inclusión de varias historias tradicionales de los conejos protagonizadas por la figura mítica de El-ahrairah, un trickster más que interesante, o la invención de un puñado de palabras que usan los conejos para referirse a las actividades más importantes de su existencia —silflay por comer, hraka por defecar—, o la expresión dejar de correr como eufemismo de morir, que a mí me parece precioso. Destaca también la dureza de las escenas violentas del libro: Adams no ahorra detalles y hace que veamos a unos animalitos aparentemente inocentes de una manera muy diferente, capaces de matar en una pelea a un semejante. En La colina de Watership la sangre corre y las moscas acuden a las heridas, de un modo que hoy escandalizaría a los guardianes de la inocencia infantil pero que a mí me parece fundamental para esquivar la ñoñería que sobrevuela siempre cualquier libro infantil/juvenil, y más si está protagonizado por animales.

            Precisamente por esto es aún más extraño e inverosímil que ningún conejo de los protagonistas —ni siquiera de los secundarios— muera después de todo a lo que se enfrentan. A nivel argumental es uno de los mayores problemas, y sorprende, porque Adams sufre el síndrome de los enanos de El Hobbit: hay demasiados conejos con nombre propio corriendo de un lado para otro y distrayendo al lector, cuando hay cinco o a los sumo seis que realmente tengan importancia y personalidad propia; alguno podría haberse cargado, algo que habría hecho el libro aún más duro y perturbador. En todo caso, tiene una buena ración de escenas escalofriantes: el hallazgo de un erizo atropellado, la descripción de la destrucción de la primera madriguera, o ciertas peleas.

            La colina de Watership no es una novela excelente. Pero es divertida, incluso cuando las correrías de los conejos se vuelven demasiado parecidas a las de los hombres. Y es una buena historia, pese a todo, ideal para niños, que demuestra que la literatura infantil no tiene que ser ni simple ni simplista. Es uno de esos libros de los que tienes la seguridad que, de haberlo conocido en la infancia, se habría convertido en lectura de cabecera para siempre. Leído hoy, me lamento de lo que podría haber sido esta idea sin torcerse el rumbo tan pronto, pero no puedo mentir: me lo he pasado muy bien. Por una vez, que baste.       

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