The Watcher and The Tower http://thewatcher.espacioblog.com Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor. es-es Cultura crítica cómics http://s3.amazonaws.com/lcp/thewatcher/myfiles/buho65x65.jpg The Watcher and The Tower http://thewatcher.espacioblog.com the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com Lobezno y los X-Men. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/06/lobezno-y-x-men 2009-11-06T21:59:33+00:00  He empezado a ver la serie de animación de Lobezno y los X-Men. Y estoy encantado: los X-Men que salen en ella son más X-Men de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos, pongamos, cinco años. He tenido la misma sensación que tuve con los primeros Ultimate X-Men de Mark Millar —qué tiempos, cuando Millar hacía buenos tebeos—. Inventan su propia continuidad pero mantienen todos los elementos definitorios de la franquicia, todo aquello que la hacía tan atractiva. Mientras que en aquellos cómics que dejé de coleccionar por puro aburrimiento guionistas que, buenos o malos, no tenían ni puta idea de qué debe ser la Patrulla-X se dedicaban a ir de un lado a otro embrollando cada vez más las tramas sin llegar jamás a ninguna parte, en los tres primeros episodios de esta serie encontramos a los X-Men en estado puro: una guerra abierta entre humanos y mutantes, campos de concentración, centinelas, tropas de asalto, la Hermandad de Mutantes Diabólicos, el profesor Xavier desaparecido, la mansión destruida, los X-Men desbandados, y sólo la Bestia y Lobezno, que son más Bestia y más Lobezno de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos cinco años, manteniendo el fuerte e intentando reunir de nuevo un equipo al tiempo que evitan que la guerra llegue a un punto de no retorno.

            En el ajo anda metido Craig Kyle, un guionista que en su día hizo uno de los pocos títulos mutantes entretenidos de su momento, New X-Men —algunos de cuyos personajes aparecen de pasada en la serie de animación—. No me sorprende por tanto que Lobezno y los X-Men ofrezca lo que deberían ofrecer los tebeos: acción, diversión, personajes bien definidos. Aventuras. Emoción, intriga y dolor de barriga. E importante: para TODOS los públicos. Porque si los X-Men no los puede leer cualquier chaval de doce años, apaga y vámonos. Igual para Lobezno, convertida en los últimos años en un catálogo gore en el que Logan, que antaño luchaba por no ser una bestia salvaje aferrándose a su humanidad, mata, mata, y mata, y vuelve a matar, mientras los guionistas —muchos— que ha tenido en los últimos años le han quitado toda la gracia que tenía como personaje a base de llevar su factor de curación a tales extremos que lo convierte en inmortal.

            Así que estoy tan contento. Luego la cagarán, o se irán por los cerros de Úbeda, o se repetirán como el ajo. Uno está ya demasiado desencantado, quizás, como para esperar que esto dure. Pero de momento, que nos quiten lo bailao. Los X-Men de verdad están en la tele. Tiene huevos la cosa.

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Cómic: Hulka, de Dan Slott, Juan Bobillo y otros. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/04/comic-hulka-dan-slott-juan-bobillo-y-otros 2009-11-04T23:32:44+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

  

No es que Hulka sea muy original como concepto, la verdad. Creada en la misma coyuntura que Ms. Marvel o Spiderwoman, no era más que una versión femenina de Hulk —además de su prima— que protagonizó una serie de tercera división y después habría caído en el olvido, de no ser porque le cayó en gracia a John Byrne, que la relanzó a finales de los ochenta en una de las colecciones más rompedoras de la historia de Marvel, y que, por no haberse reeditado nunca en nuestro país, no he podido leer jamás. En ella, Hulka vivía aventuras de tono marcadamente humorístico en las que rompía frecuentemente la cuarta pared y era por ello consciente de estar protagonizando un tebeo, al tiempo que Byrne la dotaba de una personalidad que le daba empaque como personaje y autonomía más allá de ser un Hulk con tetas. De alguna forma, la última andadura del personaje con serie regular es heredera de aquélla, pero también es por derecho propio mucho más.

            Dan Slott no es, maravillémonos, ni guionista de cómics independientes, ni novelista, ni guionista de televisión. A pesar de ello, aunque parezca increíble, ha conseguido trabajar de forma regular en la Marvel de Quesada. No, Slott es un guionista de la vieja guardia, uno que como Kurt Busiek o Peter David, empezaron desde abajo, currando en las oficinas y haciendo de vez en cuando el guión de algún fill-in. Hacía tebeos de Ren and Stimpy e incluso se tuvo que buscar las habichuela en la acera de enfrente -DC Comics, claro-, antes de volver a Marvel y sorprender a todo el mundo con series como Hulka. El éxito le llega tarde, pero merecidamente.

            Slott consiguió con sus dos volúmenes de Hulka —doce y veintiún números respectivamente— que los viejos lectores que por entonces aún luchábamos por no perder nuestro lugar en una Marvel en pleno proceso de entropía —que se inició con la llegada de Bendis a Los Vengadores y terminó con la Civil War, alrededor de un par de años después— consideráramos la serie poco menos que la reserva espiritual de occidente.

            ¿Era entonces una obra maestra la Hulka de Slott? En absoluto. Era algo que en estos tiempos es casi igual de excepcional: un tebeo de entretenimiento tremendamente divertido y bien hecho, guionizado por un señor que no va de estrella ni de reinventor del medio con cada cómic que pare, y sobre todo, que demostró que no es necesario cagarse en todo lo anterior para hacer historias de superhéroes modernas y de calidad. Claro, Slott, al contrario que otros guionistas que hacen superhéroes únicamente porque es ahí donde está el dinero, ama el género. No dejó de leerlo cuando le salió la primera espinilla, como Bendis o Straczynski —incapaz en su repaso a la historia de Spiderman de ir más allá de la muerte de Gwen Stacy—. Lee tebeos de superhéroes, conoce la historia de la editorial y la usa sin pudor para hacer disfrutar al lector veterano como es imposible disfrutar en cualquier otra colección del momento. No sé hasta qué punto su Hulka es disfrutable por lectores nuevos, pero desde luego para el veterano fue todo un placer leer historias hechas por un tío con el que no tienes la impresión de saber mucho más que él de los personajes que escribe.

            Con un excelente sentido del humor del que también hace gala en su serie limitada de Los Vengadores de los Grandes Lagos, Slott construyó su Hulka sobre la premisa de que primaría su trabajo como abogada sobre su faceta de heroína, genial hallazgo que nos dio los mejores momentos de la serie, especialmente el número en el que Spiderman demanda por difamación a J.J. Jameson, una idea que de puro obvio no se le había ocurrido jamás a nadie. Todo en el trabajo de Slott se rige por la misma lógica interna, a caballo entre el clasicismo y la distancia irónica que le lleva a respetar la continuidad y acordarse de detalles olvidadísimos pero al mismo tiempo le hace soltar sus buenas pullitas a los fanáticos de la continuidad. Otra idea genial: en el universo Marvel se publican los mismos tebeos que en el nuestro, sólo que allí se basan en hechos reales y pueden ser utilizados como prueba en un juicio.

            El reparto de personajes secundarios —Pug, el Asombroso Andy, el friki encargado del archivo de tebeos del bufete, Dos Pistolas Kid— añade variedad y permite introducir tramas secundarias que hacen que, maravilla entre maravillas, en un cómic de veinticuatro páginas de Hulka dé la sensación de que pasan cosas, que tenga densidad y no tengamos la impresión de estar siendo poco menos que timados.

            Tuvo Slott suerte dispar con sus dibujantes: comenzó la serie un extraño pero interesante Juan Bobillo, que sin duda no era plato de gusto de todos -mío sí, conste- pero al que no se le podía negar muchísima personalidad. Le siguieron un correcto y claro pero soso Paul Pelletier y un todavía más anodino Rick Burchett que ya se mantuvo hasta el final. Paralelamente al deterioro gráfico, la serie fue perdiendo fuelle en los guiones. Le perjudicó mucho a Slott el torbellino de cross-overs en el que se estaba metiendo la editorial, y tuvo que sacar a Hulka de su trabajo como abogada —motor de la serie— y meterla a agente de SHIELD. Llevó la cosa a buen término como pudo el guionista, dando de paso en su final a Marvel una forma higiénica de solucionar problemas de continuidad recientes ocasionados por otros escritores menos cuidadosos. La colección fue dejada en las a priori adecuadas manos de Peter David: las malas críticas que recibió junto con el devenir del universo Marvel me hacen abstenerme de leer su final.

            Atrás dejó un puñado de historias y momentos divertidísimos. Escritos con inteligencia y profesionalidad, los números de Dan Slott han sido el último cómic de superhéroes a la manera tradicional que he disfrutado de verdad, pasándomelo en grande con los guiños al pasado, riéndome con los chistes malos, y a veces, emocionándome con lo bien que conoce y mueve este hombre a los personajes de la editorial. Hulka era una especie en extinción, un recuerdo doloroso de lo que eran antes los cómics de Marvel. Tras su etapa en ella, Slott fue reclamado a empresas supuestamente más altas en las que, sin la libertad creativa que tenía en una serie secundaria como Hulka, dudo mucho que vaya a repetir lo que hizo. Qué le vamos a hacer.

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Cómic: Hitler, de Shigeru Mizuki. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/11/01/comic-hitler-shigeru-mizuki 2009-11-01T18:34:48+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

 

            No suelo comprar mucho manga. Primero porque el presupuesto llega hasta donde llega, aunque haya autores que me interesan mucho —Hino, Urasawa—, pero en parte también porque la inmesa mayoría de lo que se publica en España es shonen y shojo que no me dice absolutamente nada. Más allá de algunos clásicos de esos géneros —Touch, Ranma 1/2— y de autores a los que sigo como tales, como Jiro Taniguchi, mis incursiones recientes en el tebeo japonés son escasas y decepcionantes, por ejemplo el chasco que me llevé con Jacarandá. Sin embargo, esta vez me alegra decir que he acertado de pleno.

            Hitler de Shigeru Mizuki es, como cabe esperar por su título, una biografía del dictador del bigotillo, y es, para mi sorpresa, muy buena. Digo para mi sorpresa porque quizás ya iba predispuesto a otro fracaso, pero no: Mizuki es un autor excelente y el tebeo engancha, no sólo por lo que cuenta, sino por cómo está contado. Acostumbrados como estamos al cansino ritmo narrativo del shonen de acción, moroso, que busca siempre alargar las tramas para con ellas alargar las series, se nos olvida —o se me olvida— que es un error considerar dicho ritmo como un elemento definidor del manga; todo lo más, lo es de un género o géneros concretos. Porque Hitler es un tebeo trepidante, que a pesar de la mucha información que ofrece no se hace nunca pesado, ni decae el interés en unos hechos por otra parte archiconocidos. La gracia está, claro, en la manera particular con la que Mizuki aborda esta historia que abarca desde la juventud de Hitler como pintor y vagabundo hasta su suicidio en el búnker de Berlín. Por un lado el autor es fiel a los hechos y realiza una aceptable labor de documentación sin caer nunca en la demonización del personaje, y esto, en 1971, tiene su mérito.

            Por otro, hay un distanciamiento irónico tanto en lo argumental como en lo gráfico que le sienta genial a lo que se está contando, y que hace además que Hitler sea diferente a cualquier otra biografía del personaje. Esa diferencia dota de sentido a un tebeo que en algunos momentos es una sutil sátira, sin dejar nunca de lado el aspecto humano del dictador. Así, Hitler es presentado como un hombre inestable, de humor voluble, inseguro, pero también dotado de un extraño e inexplicable carisma. Mizuki juega con el paradójico hecho de que Hitler en las distancias cortas era visto con sorna, sobre todo por sus compañeros de partido antes del inicio del Reich, pero en sus discursos, ante grandes audiencias, era un imán. Y a través de sus vivencias y sus relaciones con los otros protagonistas de la historia, es como Mizuki soterra un humor que bordea lo negro: impagable el asesinato de Röhm, o la mención a la "voz de pajarito" de Franco.

            Con su dibujo también define el tono: Mizuki me ha parecido sorprendentemente moderno en su grafismo, sobre todo las caricaturas a las que recurre para representar a todos los personajes históricos y que encuadra, con acierto, en escenarios realistas y muy detallados. El fuerte contraste que consigue cuando los personajes con nombres propios aparecen entre multitudes anónimas me parece simplemente genial, igual que cuando dibuja un Hitler heroico e hiperbólico, en consonancia con la publicidad política de la época, pero le coloca la cara de psicótico triste que tiene siempre su personaje. De trazo muy suelto, Mizuki sabe dotar a sus personajes de una expresividad increíble, otro de los puntos fuertes de Hitler.

            Una agradable sorpresa, en definitiva. Me ha encantado este Hitler y su particular manera de afrontar el género histórico y biográfico, ameno pero riguroso, respetuoso pero iconoclasta y desenfadado. Quizás se le puede poner algún pero a la última parte, la que cuenta la segunda guerra mundial, no porque sea mala, sino porque creo que daba más de sí y merecía un poco más desarrollo, pero sigue siendo una obra redonda, excelente además para usarla en el aula, a pesar de que la historiografía ha desmontado algunas teorías que entonces se tenían como ciertas —por ejemplo, hoy sabemos que el encuentro de Hendaya entre el fürher y el caudillo fue muy diferente a como lo explica Mizuki—. La edición de Glénat es buena, y, esta vez sí, con un excelente precio. Doce euros por casi trescientas páginas con sustancia. Sólo una pega, y es relativa, porque habría que ver una edición original: algunas de las fotos que usa Mizuki están excesivamente quemadas y no se ven. No es grave, en todo caso, ni impide disfrutar de Hitler, un tebeo genial de un autor a seguir.

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Soy feliz... http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/28/soy-feliz 2009-10-28T21:08:53+00:00 ... porque hoy me he comprado Ponyo en el acantilado en DVD, pero más aún porque dentro de la caja he encontrado un folleto en el que descubro que se van a reeditar o editar en algunos casos por primera vez todas las películas del señor Hayao Miyazaki: Nausicaä del valle del viento, Laputa, Porco Rosso... Y sobre todo, esa genialidad, esa obra maestra de la animación que es Mi vecino Totoro, ésta en diciembre de este año, ¡junto a Pompoko, de Isao Takahata! Por una vez y sin que sirva de precedente, tengo ganas de que llegue la navidad.

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Cine: Déjame entrar. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/26/cine-dejame-entrar 2009-10-26T22:46:06+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

AVISO: SPOILERS DE ÉSOS.

¿Se puede inventar algo a estas alturas en el cine de vampiros? Antes de ver Déjame entrar, me habría jugado el cuello —qué agudo— a que no.

            Déjame entrar es una película que innova y retuerce el mito del vampiro y al mismo tiempo es profundamente respetuoso con el mismo. En el panorama actual del cine de género fantástico, donde todas las producciones están cortadas por el mismo patrón, esta película es una gloriosa excepción en todos sus aspectos. Sueca, ambientada en un barrio obrero del Estocolmo de los años ochenta, Déjame entrar es una extraña mezcla. Es, sin duda, una película fantástica, pero al mismo tiempo, aborda temas sociales con una consciencia evidente, sin moralina y sin discursos. Es premeditadamente lenta, fría y oscura, de una belleza perversa. He leído muchas críticas que la califican de tierna. ¿Tierna? Y una leche. Al contrario. Es incómoda, turbia y despiadada. Pasar por tierna es la mayor de sus crueldades. Porque sí, se articula en torno a la "historia de amor" de una vampira y un niño, pero... tienen doce años. El despertar sexual es tratado aquí de una manera muy particular: son niños, sí... pero no tanto. Y cuando ambos están acostados en la cama desnudos, no puede verse como algo sórdido, pero tampoco como inocente.

            Los actores que los interpretan, por cierto, son espectaculares. Especialmente la niña, pero el chaval es cojonudo igualmente. Hay una sinceridad y una intensidad en sus actuaciones que hace que lo que podría haber sido un fiasco —qué peligro tiene trabajar con niños en el cine— se convierta en una auténtica maravilla. Oskar es un chaval pálido y enclenque, de padres separados, acosado brutalmente en su colegio. Eli es una vampira que se muda al apartamento de al lado junto a un hombre que se encarga de matar incautos para alimentarla, que se hace pasar por su padre y se intuye enamorado de ella, obsesionado y capaz de matar por complacerla, y que acaba enloquecido, desfigurado, y finalmente asesinado por la vampira. Los dos niños se conocen en el patio del edificio, e inician una extraña relación que en realidad no tiene nada de extraña: son un chico y una chica que mezclan amistad, amor y sexo, como cualquier otros a esa edad.

            Quizás lo que más me impactó de Déjame entrar, al margen de la ambientación y el tono de la misma, fue el magnífico uso que hace el director de los diálogos. Acostumbrados como estamos ahora a películas donde los personajes sufren una incontenible verborrea, donde se nos explica ab-so-lu-ta-men-te todo, porque el público es tontito y necesita todo bien masticado, aquí nos encontramos sobre todo con silencio. Los niños apenas hablan entre ellos: su relación avanza con miradas, con gestos, con esas conversaciones que mantienen golpeando código morse en la pared —una de las mejores cosas de Déjame entrar—. No se nos cuenta de dónde viene la vampira, ni qué hace, ni por qué, más allá de saber que es fuerte, ágil, bebe sangre y necesita, como en la tradición, que la inviten a entrar a los espacios cerrados.

            No podría estar más alejada, además, de la última moda, que presenta a los vampiros como criaturas trágicas y románticas, víctimas de una maldición, y demás cháchara sobadísima ya desde que Ann Rice nos dio el coñazo y la sucedieron miles de imitadores, desde los creadores del juego de rol de La Mascarada hasta ese engendro lamentable que es Crepúsculo. Eli no está atormentada más que por la sed de sangre. No siente remordimientos, no declama largos monólogos en los que se lamenta por la pérdida de su alma. Es una criatura hambrienta y letal, y el hecho de que simpaticemos con ella incluso cuando se cepilla sin miramientos a vecinos del barrio que no han hecho nada malo no es más que el mejor ejemplo de lo retorcido que es el film.

            Hay otra cosa decisiva en el resultado final que me encanta: la óptica desde la que se muestra lo fantástico. De nuevo, frente a la moda de los efectos especiales a cascoporro para tapar carencias interpretativas y argumentales, frente a la costumbre de mostrarlo todo explícitamente por el único motivo de que puede hacerse, el director de Déjame entrar tiene la virtud de insinuar. Esta película es de otra época, no sólo por ambientación sino también y sobre todo por realización. Ninguna escena violenta es mostrada directamente, los "poderes" de Eli son mencionados, pero ni siquiera podemos estar seguros de que sean auténticos porque no los vemos. Y no hace falta alguna. No es una cuestión ésta de mojigatería o buen gusto: ¡es que es mucho más efectivo así! Intranquiliza más, da más miedo incluso, saber qué está pasando pero no verlo claramente. Hoy, en la era de los morphings y la casquería en primer plano, es una agradabilísima sorpresa encontrarse con un director con la sensibilidad adecuada para enfrentar el género fantástico como se hacía antes, sin estridencias, sin fuegos de artificio barato que impactan, sí, pero sólo superficialmente. La escena final, lo más parecido a un clímax que tiene esta película de ritmo pausado, sucede fuera de cámara: Oskar está bajo el agua, a punto de ser ahogado por sus acosadores, y entonces Eli aparece y acaba con ellos. Pero no vemos más que los resultados. La cámara está fija en el niño mientras oímos los gritos, vemos caer al fondo del plano una cabeza, el brazo que sujetaba la cabeza de Oskar se desprende flotando, el de Eli saca al chico del agua. Magistral. Incalculablemente más valioso que si se hubiera orquestado una lucha con muñeco infográfico.

            Ojalá se hicieran más películas como ésta, aunque evidentemente gran parte de su valor está en su excepcionalidad. Sensible, sí, pero aterradora, de un modo complejo, que huye de obviedades y esquiva el camino más corto para ir por otro más fructífero. Tremendas actuaciones, decenas de escenas sublimes —Eli lamiendo las gotas de sangre de Oskar en el suelo, ambos en la cama, sin mirarse, el beso que ella le da con la boca llena de sangre—. Una película que pone de manifiesto lo solos que estamos, lo difícil que es comunicarse, pero que también es, más allá de eso, la mejor película de vampiros que he visto en mucho tiempo, que se ha abierto paso a la chita callando, sin presupuesto, sin publicidad, sin la pompa y el boato de Hollywood. Déjame entrar creo que será recordada durante mucho tiempo, y mencionada a partir de ahora como un referente del cine de vampiros, donde tantísima mierda se ha hecho. O debería serlo, vaya. Poco me importa mientras pueda seguir disfrutando de ella y entender que el terror no es dar un respingo en el asiento por culpa de un susto barato, sino comprender, en el final de la película, al ver a Oskar huyendo en tren junto a Eli, que él envejecerá mientras ella tendrá, eternamente, doce años. Darse cuenta, con un escalofrío, de que el destino del niño es acabar como el adulto que acompañaba a Eli: viejo, loco, y sustituido al final por un nuevo niño. Eso es el miedo.  

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Música: Tubular Bells III, de Mike Oldfield. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/23/1998-mike-oldfield-llevaba-ya-unos-anos-viviendo-ibiza 2009-10-23T21:48:58+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

En 1998 Mike Oldfield llevaba ya unos años viviendo en Ibiza. Pero si al principio de su estancia en la isla se dio a la meditación y a la filosofía niujera que inspiró The Voyager, para entonces había perdido completamente el norte. Asiduo a la jarana nocturna, dado a todo tipo de excesos que le llevaron incluso a empotrar su cochazo contra un muro, Oldfield se dejó fascinar por los cantos de sirena de la noche ibicenca y la música tecno, que entonces estaba en su momento de máxima popularidad. Y dicha fascinación por esa música y por el trabajo de djs de dudoso gusto es una de las máximas inspiraciones de este Tubular Bells III.

            Si Tubular Bells II, pese a las críticas, tenía evidentes motivos estrictamente musicales para llevar ese nombre, en el caso de la tercera parte de la saga es evidente que las razones para bautizarla fueron exclusivamente económicas. Sólo cinco años después del remake, un agotado Oldfield, perdido ya en el autismo musical más absoluto, no tiene más idea que darle a su discográfica un nuevo disco campanero que recaude el dinero que este mismo material no habría recaudado jamás de haberse llamado de cualquier otra manera. Pero no es, ni pretende ser, una reinterpretación de su primer álbum, ni se inspira en él, ni lo anima el mismo espíritu, elementos todos ellos que sí podían encontrarse con mayor o menor fortuna, en Tubular Bells II.

            Tubular Bells III es un disco inconexo, balbuceante, que parece hecho de retales sin más unión que la puramente arbitraria, fruto del caos en el que su creador estaba sumido. Oldfield acometió este trabajo sin colaboradores, más allá de vocalistas de sesión, y con él se reafirmó en los errores que venía arrastrando desde The Song of Distant Earth: excesivo uso de sonidos e instrumentos sintetizados, melodías poco trabajadas y demasiado llanas, música, en suma, sencilla y carente de los matices y los niveles de complejidad que siempre le habían caracterizado como compositor. No puede negársele, de todas formas, cierta contundencia y efectividad a este Tubular Bells III. Atrajo a muchos nuevos seguidores —el último disco suyo en hacerlo de forma masiva— e interesó, lo recuerdo perfectamente, a los chavales que por aquel entonces flipaban con el tecno más comercial y facilón que podía encontrarse en los recopilatorios más chusqueros, a los que Man in the Rain les pareció una canción "preciosa".

            Empieza Tubular Bells III con el único nexo de unión con la obra original: The Source of Secrets, una remezcla en clave tecno de la melodía inicial de Tubular Bells. De resultado aparente y efectivo, no puede decirse sin embargo que se aleje demasiado de las remezclas que otros habían hecho antes a lo largo de los noventa -Oldfield, como casi siempre en sus últimos años, llegaba mal y tarde a la moda-, aunque es notablemente mejor que la demo que se incluyó como primicia en el recopilatorio XXV editado el año anterior y que incidía mucho más en el chunda chunda machacón de catedral del tecno. Quizás bien asesorado, Oldfield temperó el sonido electrónico y dio más espacio a la guitarra, aunque el resultado final no sea ni de lejos interesante. Tras el desconcierto de este tema, ya decorado con samples de tormenta en su comienzo y apuntalado con la percusión enlatada, el disco naufraga totalmente. Y a la deriva, el oyente que pretende sacar algo más que un poco de diversión circunstancial se siente terriblemente decepcionado. No hay sustancia. No hay detalles, no hay nada por debajo de lo evidente. Es una música vulgar y superficial, que en determinados momentos alcanza el aprobado justo, pero nada más. Los bandazos que va pegadno Oldfield tampoco ayudan. Flamenco, las voces indias de Amar, un tema pop, retazos del Oldfield más ambient y tostonazo... Mezclado sin ton ni son. No hay discurso, no hay objetivo alguno más allá de llenar minutos y llegar, claro, al clímax final, donde sí se hace evidente el interés de Oldfield.

            Así, temas como The Watchful Eye o Moonwatch son completamente irrelevantes y pasan sin pena ni gloria, mera ambientación de sintetizador que no aporta nada. El segundo es además uno de los muchos temas lentos que Oldfield parirá en adelante hechos con plantilla, sin innovación alguna: melodía de piano tranquilita con mil efectos por debajo completamente huecos, y melodía posterior con guitarra que estalla -por decir algo- en un mini clímax sin garra ni fuerza alguna. Otros temas que podrían tener cierto interés son arruinados por la percusión sintética que resulta, oída hoy, horriblemente machacona y penosamente repetitiva. Es el caso de Jewel in the Crow o la aflamencada Serpent Dream, donde hasta las palmas son de mentira. The Innerchild no es más que un ejercicio vocal totalmente plano, aunque bien ejecutado por la buena voz de Rosa Cedrón. Outcast y The Top of the Morning, el primero basado en las guitarras y el segundo en los teclados, quizás sean dos de los temas más interesantes de Tubular Bells III, quizás porque en ellos la percusión pasa a un segundo plano y no los arruina, o quizás porque son en los que Oldfield hace cosas mínimamente complicadas con los instrumentos que maneja. Man in the Rain fue en su momento, no voy a negarlo, una agradable sorpresa para mí. La primera canción vocal de Oldfield en nueve años —desde su último disco con Virgin, Heaven's Open—, un tema pop de la vieja escuela, que, lo supimos después, en realidad estaba compuesta desde hacía diez años: de ahí el aire retro. Pese a ello es una buena canción pop, aunque demasiado dulce y "bonita", demasiado pastel. A ello ayuda la dulcísima voz de Cara Dillon y la producción de la canción. Pero el verdadero problema de la misma es otro: Oldfield fusiló la base rítmica de Moonlight Shadow, por lo que el tema es demasiado similar, justificándose con pobres excusas y dando alas a sus detractores, que ya se cachondeaban, y con razón, del tercer disco con la campana retorcida en su carátula.

            Dejo para el final el largo clímax de Tubular Bells III, formado por Secrets y Far About the Clouds, remezcla de, de nuevo, el inicio de Tubular Bells más la melodía de The Bell, sazonadas con múltiples efectos de sintetizador y la consabida percusión de lata. Aparece por allí la voz de una cría, para darle a todo un aire de mística completamente fallido e innecesario, aunque, para qué negarlo, el estallido final de campanas y guitarra sí funciona, y con él consigue Oldfield un final de fiesta espectacular para su disco, aunque sobre, una vez más, el minuto de pajaritos piando del final.

            En definitiva, Tubular Bells III no es un buen disco. Es un trabajo de inmadurez, producto de una persona confusa que no está asimilando bien su edad y que de la misma forma que se viste y se peina como un jovencito, intenta acercarse a la muchachada pastillera del momento con "lo que se lleva ahora", sin hacer nada que no estuviera inventado ya en el tecno ni, desde luego, marcar ningún hito en su propia discografía. Tubular Bells III, al menos, sirvió para que toda una nueva generación conociera a Oldfield, pero como álbum, es mediocre, y además, como casi todos los de esta época, ha envejecido muy mal, pese a sus —escasos— buenos momentos. Por si fuera poco, el título fue desde el primer momento una enorme losa con la que tuvo que cargar y que acabó por sepultarlo. Y sin embargo, lo peor estaría por llegar.

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Cómic: Laika, de Nick Abadzis. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/22/comic-laika-nick-abadzis 2009-10-22T21:47:08+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

 

Laika ha sido editado en nuestro país este mes, con cierto retraso —se anunciaba para septiembre—, tras ganar el año pasado el premio Eisner a la mejor novela gráfica juvenil. Es un tebeo que despertó mi curiosidad desde el momento en que Glénat anunció su publicación, porque siempre he sentido debilidad por este tipo de historias. Tras leerlo, sin embargo, me ha dejado cierta sensación agridulce.

            El  autor, Nick Abadzis, totalmente desconocido para mí, consigue que el tebeo funcione en algunos niveles, pero fracasa en otros. Laika funciona como crónica de unos hechos y como retrato de la URSS de los años sesenta, en plena guerra fría, alejado de tópicos y estereotipos a los que el cómic americano nos acostumbró en sus tiempos. Los personajes reconstruidos, fruto de un buen trabajo de documentación, suenan y parecen tan reales como exige este tipo de historias. Más allá del debate acerca de si es ético o no usar animales en las investigaciones humanas, Abadzis nos acerca el caso concreto de Kudryavka —verdadero nombre de Laika— y recorre sus pasos, rellenando los huecos en su biografía con ficción plausible y posicionándose del lado de los personajes contrarios a la experimentación sin demonizar a los que no lo son ni caer en discursos, al mismo tiempo que destaca la vergüenza del proyecto que llevó a la perra al espacio, y que hasta hace siete años se mantuvo oculta por la propaganda soviética: al contrario de lo que se dijo, se sabía de antemano que Laika no volvería, y no murió, como se hizo creer entonces, por medio de una inyección letal, sino víctima del estrés y del calor y con mucho sufrimiento. La obra de Abadzis presenta aquel proyecto como un mero ejercicio de propaganda, en el que se trabajó sin garantías y con prisas para poderlo llevar a cabo el día del aniversario de la revolución, y en el que lso beneficios científicos fueron escasos o directamente inexistentes. La muerte de Laika respondió por tanto a motivos políticos y sirvió de poco o nada, y esto lo dijo uno de los científicos que participó en aquello. Sí sirvió en su momento para despertar las primeras reacciones serias y organizadas por todo el mundo en contra del maltrato animal. Laika fue desde entonces y para siempre un símbolo, a pesar de que, aunque mucha gente lo ignore, fue la primera pero no la última perra en morir en misiones espaciales soviéticas, y EE UU había ya acabado con la vida de varios primates en pruebas similares.

            El problema es que más allá de que la información documental y la historia interesen, Laika no es un cómic especialmente bueno. De ahí mi sensación agridulce. Abadzis tiene un dibujo decente —a pesar de que muchas veces cueste saber en qué estado de ánimo están los personajes por lo indescifrable de sus expresiones faciales—, pero fracasa, pese a sus esfuerzos, cuando intenta experimentar con el montaje de las viñetas o cuando incluye secuencias oníricas de la perra, que sueña que vuela. En eso y en su relación con su cuidadora observo que pretende provocar la complicidad del lector por el lado más fácil y más errado: humanizando al animal. No es necesario. Incluso aunque así se crea, no es preciso hacerla hablar junto al resto de los perros del proyecto a través de la imaginación de una cuidadora que lejos de presentarse al lector como sensible y amante de los perros, parece estar loca. No están bien encajadas esas secuencias, además, con el relato de los hechos más o menos objetivos, y su no inclusión no habría restado ni un ápice de intensidad a la historia, ni impediría empatizar con la perra y con la cuidadora.

            No obstante, tampoco es que sea un mal tebeo. Tiene secuencias —la mayoría— narrativamente bien resueltas, y momento emotivos que se combinan con una narración de los hechos que no es fría ni lo pretende. Pero esperaba y se puede hacer más con esta historia, aunque Laika cumpla a la perfección con su objetivo de darla a conocer.

            La edición de Glénat, por último, es buena, pero 19'90€ por ella es una clavada considerable. Sí, es en color y el papel es de alta calidad, pero volvemos a lo de siempre: ¿no habría sido mejor publicarla con un papel de menor calidad, que tampoco tiene por qué ser de tipo biblia, y abaratar el precio en unos pocos euros? Porque aunque estemos hablando de doscientas páginas, el formato es sólo un poco mayor que el de un tomo de manga de la misma editorial, y no trae tapa dura, además de que contiene alguna errata aislada, y aún así vale unos veinte euros que me temo que van a echar atrás a muchos compradores, como de hecho estuvieron a puntito de echarme a mí. De verdad, no sé qué esperamos que vendan ciertos cómics a estos precios.    

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Cómic: George Sprott 1894-1975, de Seth. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/17/comic-george-sprott-1894-1975-seth 2009-10-17T01:38:25+00:00 Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

 

Antes de nada, y para que quede claro: George Sprott 1894-1975 es un tebeo BRILLANTE. A partir de ahí, hablemos.

            Seth es uno de mis autores de cabecera. En su momento, la lectura de La vida está bien si no te rindes —para mí siempre será ésa la traducción canónica, la de la edición, pésima, de La Factoría de Ideas, a pesar de que la posterior de Sins Entido sea más acertada— supuso junto a la de otro puñado de obras darme cuenta de que el cómic podía ser y era mucho más que los superhéroes disfrazados. Es comprensible que a aquel tebeo y a su autor me ate una relación que va más allá de lo puramente intelectual. Por ello, esperaba con muchísimas ganas y la confianza total en que no me defraudaría la nueva obra de un autor poco prolífico pero siempre acertado.

            Y el veredicto es impecable. George Sprott es un cómic de los que, nada más terminar de leerlos, sabes que son automáticamente historia del medio. Muy influido, sobre todo formamente, por la obra de Chris Ware, es probablemente la primera muestra de los nuevos caminos que el autor del Catálogo de novedades ACME abrió para toda una serie de autores independientes a los que ha marcado profundamente. Es inevitable pensar en ello al ver las pequeñas viñetas de George Sprott, el cuidado en la composición de las páginas, la manera de jugar con el ritmo y con la transición entre viñetas. Pero cuidado, porque no estamos ante un mero imitador cualquiera. Seth es un autor que hace muchos años que goza de una voz propia inconfundible y personalísima, y que tiene ideas y emociones que transmitir, y su propia forma de hacerlo. Aquellos que como yo estén enamorados de La vida... o de la no menos espectacular Ventiladores Clyde —teóricamente, inacabada aún— reconocerán a su autor perfectamente en las páginas de su nuevo tebeo. Lo que hay de Ware en él va más allá de la imitación: es la asunción de las nuevas herramientas narrativas que éste ha creado y su utilización desde las intenciones y los puntos de vista propios. Así, encontramos soluciones narrativas muy originales y efectivas que explotan, y es éste y no otro el camino abierto por Ware, las posibilidades que tiene este medio y no tiene ninguno más. Sobre todo en la transición entre viñetas y el uso de las calles es donde Seth juega a inventar, con resultados sobresalientes: el bocadillo que ocupa dos viñetas consecutivas y cuyo texto está cortado por la calle para representar el hecho de que el personaje no oye bien lo que se está diciendo es el primero que me viene a la mente, pero hay muchos otros que, en sucesivas lecturas, se van descubriendo.

            No me atrevo a calificar George Sprott con la expresión "obra madura" porque eso sería, por omisión, considerar las dos anteriores como "no maduras", y tal cosa me parece un disparate. Es una obra perfecta, sí, pero igualmente lo era Ventiladores Clyde, que contiene uno de los usos más impresionantes que se han hecho del tiempo narrativo en el cómic. No es eso, no. Es más bien la sensación de que en George Sprott Seth maneja por completo todas las herramientas a su disposición y cuenta exactamente lo que quiere contar, usando esas herramientas con meticulosidad y sin artificios, sin renunciar por ello a su sinceridad y su habilidad para tocar al lector, como tampoco renunció Ware.

            Recurriendo de nuevo a la falsa biografía, que ocupa aquí un lugar más central que la del ficticio dibujante del New Yorker Kalo en La vida..., Seth reconstruye la vida del presentador de televisión George Sprott, que es la excusa y a la vez el hilo conductor a través del cual el canadiense aborda sus motivos de siempre: la nostalgia por el pasado, la melancolía, el irreparable paso del tiempo. Tiene Seth una sensibilidad especial que hace que un tema en el que otros caerían en un simplista y reaccionario "cualquier tiempo pasado fue mejor" sea sincero y profundo, y que el lector, incluso el joven, aprecie la poesía que hay en él. Esa melancolía resignada de sus personajes, que recuerdan, casi siempre con más amargura que verdadero dolor, su pasado, sin idealizaciones, es el rasgo definitorio de toda su obra, y el hecho de que siempre sea capaz de abordarla desde puntos de vista novedosos no hace sino engrandecer su talla como artista. La secuencia de viñetas que muestra la decadencia de una sala de conferencias hasta ser demolido y sustituido por una franquicia de venta de ordenadores ilustra a la perfección este elemento central de la obra de Seth.

            Con ese fondo, el autor va ofreciendo pequeñas piezas de una, dos o tres páginas, que van conformando el puzzle que nos permite conocer a Sprott, a través de tres tipos principales de ellas: pasajes de su vida sin narrador y con la estructura más sencilla y tradicional, entrevistas a amigos, colaboradores y familiares del presentador, y las que relatan los hechos de su último día de vida. En estos últimos destaca, al margen de la excelente puesta en escena, el inteligente uso del narrador, al que siempre da Seth una importancia que quizás sólo se aprecia totalmente al leer varios de sus cómics. Si en La vida... usaba un narrador en primera persona al uso en el relato autobiográfico, y en Ventiladores Clyde era, en la primera parte, el propio personaje quien dialogaba con el lector, en George Sprott Seth experimenta con una voz en tercera persona que en apariencia parece que va a ser corriente, pero que acaba estableciendo una relación con el lector que nunca antes había visto en un cómic, o en una novela, una voz cuyo narrador nos hace partícipes de sus dudas acerca de cómo está contando los hechos, que se excusa cuando cree que algo no ha sido convenientemente explicado, que aparenta improvisación y transmite desasosiego.

            Y mediante este puzzle, vamos conociendo la figura de George Sprott, explorador del ártico, conferenciante, y sobre todo presentador de un espacio en una televisión local de Canadá durante décadas con el que alcanzó una gran fama, a pesar de que cuando Sprott muere hace mucho tiempo que pasaron los buenos tiempos. Hay en su retrato y en su historia multitud de elementos desagradables. El abandono y engaño a una mujer inuit con la que tuvo una hija, la infidelidad a su posterior esposa. Descubrimos que Sprott no caía del todo bien, que era excesivamente autocomplaciente, que no tenía verdaderos amigos, porque no supo ganárselos. Y sin embargo, hizo cosas buenas, tenía pasión por su trabajo y no es, y ésta es la grandeza de Seth como narrador, un personaje arquetípico. Tiene, como todos nosotros, luces y sombras, y en ellas se refleja el lector, porque es ése el mensaje de la obra: todos somos más miserables que sublimes, el ser humano es mezquino y contradictorio y está lleno de miserias. En el desalentador retrato que hace Seth de la sociedad hay un naturalismo despiadado pero, curiosamente, alejado del pesimismo implacable y desolador de un Alan Moore en From Hell o del cruel sarcasmo de Ware en el Catálogo de Novedades ACME. Lejos de esas posturas, en Seth se encuentra una aceptación serena de la naturaleza humana, que a su modo resulta igualmente dura.

            Donde quizás sí gana este libro claramente a sus predecesores es en el aspecto gráfico: el dibujo de Seth está ya plenamente pulido. Su estilo único, inspirado por esos dibujantes de tiras que tanto admira, alcanza aquí la perfección, y destaca especialmente la increíble habilidad para plasmar las emociones a través de las expresiones faciales, así como el brillante uso del bitono, al que siempre recurre como elemento que trasciende lo estético y llega a lo ambiental.

            Todo esto y mucho más es esta maravilla. Me dejo en el tintero metafórico las hermosas dobles páginas de paisajes helados, las fotografías de recortables de los principales edificios que aparecen en la historia, la bella dedicatoria a su amigo y compañero en Drawn & Quaterly Chester Brown —otro genio—, el exquisito diseño del libro, la elegancia y perfección de sus distintas tipografías. Un libro especial, correctamente editado por Random House/Mondadori aunque, incomprensiblemente, hayan reducido las dimensiones del mismo.

            No puedo, no obstante, considerarla la mejor obra de Seth. Probablemente lo sea, pero mentiría si dijera que no siento que en La vida... hay algo que no encuentro aquí, algo que conecta conmigo a un nivel distinto, totalmente subjetivo y sujeto a lo emocional. Pero eso no puede restarle mérito y valor a este George Sprott, que si no es el tebeo más importante del año —en cuanto a relevancia, pienso que el Catálogo de novedades ACME está por encima—, poco le falta. Un punto y aparte en el cómic independiente americano, un tebeo que se recordará durante décadas y que debería leer cualquier aspirante a autor, de cómic o de lo que sea.  

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George Tuska. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/16/george-tuska 2009-10-16T22:11:23+00:00 Leo en La Cárcel de Papel que ha muerto a los noventa y tres años George Tuska, dibujante de Marvel en series como Avengers, The X-Men, Captain Marvel y sobre todo Iron Man. No es de mis favoritos de la Silver Age, pero sus setenta años en la profesión, y el hecho de que aún a su avanzada edad siguiera dibujando profesionalmente -se dedicaba a realizar commissions por encargo- hacen que se merezca todos mis respetos. Ironía, hace unos días parece ser que anunciaba que se jubilaba definitivamente. Puede decirse, por tanto, que prácticamente murió con el lápiz en la mano. No se me ocurre mejor epitafio para un dibujante.

Y vaya año el que llevamos, joder.

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Cambiar o morir. http://thewatcher.espacioblog.com/post/2009/10/14/cambiar-o-morir 2009-10-14T15:05:34+00:00 Tenía el día yo un poco tonto, y ha venido este artículo que acabo de leer a alegrármelo, aunque sea por las risas que me he echado. Por partes.

            El artículo sobre las encuestas que se han llevado a cabo en la feria de Frankfurt —la más importante de Europa, probablemente— deja claro que lo que llevo esperando y augurando desde hace tiempo está muy cerca de ser una realidad: se calcula que para 2018 el volumen de negocio del libro electrónico ya será superior al del libro físico. Para dentro de dos años, se habla de un 25% del pastel. Muy pronto las editoriales se encontrarán en la misma situación que afrontan hoy las discográficas, y eso es una indiscutible buena noticia. Porque con el libro electrónico, se les acabará el negocio, y con él, la sistemática explotación que hacen de los autores, los contratos draconianos, las condiciones feudales, el absoluto desprecio por la obra como tal.

            Esto es imparable. Por mucho que haya gente que se aferre al romanticismo del a letra impresa, al tacto del papel, al olor del libro al abrirlo, desengañémonos: cuando uno pueda leer gratis, se acabó el romanticismo. Yo soy el primero al que le encanta el papel, pero hay que ser realistas. También se hablaba de la calidad del vinilo, del ritual de pincharlo, etc., y ahora es un objeto de coleccionismo, como lo será el libro en el año 2020 a más tardar. Y esto es bueno, se mire por donde se mire. Es bueno porque acaba con una situación injusta, y es bueno, sobre todo, porque se dejará de necesitar celulosa y se dejará de contaminar incinerando los ejemplares sobrantes de las tiradas desproporcionadas a sabiendas que hacen las editoriales, al menos aquí en España.

            Los editores tienen aún la posibilidad de subirse al carro, de cambiar su modelo de negocio y aprovechar también el libro electrónico. Tienen ahí el ejemplo de lo rematadamente mal que lo están haciendo las discográficas, que han perdido la batalla hace ya tiempo y están abocadas a desaparecer tarde o temprano. Pero, comportándose como los dinosaurios torpes que son, parece que están siguiendo el caminito de sus colegas punto por punto. Ya deberían estar haciendo intentos, al menos, experimentos con el invento a ver por dónde pueden ir los tiros. Pero, de nuevo hablando de España, no se ve prácticamente nada. El editor español sigue pensando que esto es una cosa de ciencia ficción, que no es una amenaza seria y que no va a darle dinero. Pronto esto cambiará, y empezarán a verlo como el enemigo, igual que la industria de la música consideró las descargas como algo a erradicar. Uno no puede evitar pensar que los intentos de ésta por aprovechar internet en su beneficio eran poco sinceros, y parecían más bien maniobras para convencer a la gente de que deje de darles dinero. Sólo así se explica que pretendan vender por precios sólo ligeramente inferiores al CD discos en un formato con pérdida de calidad como es el mp3 y encima con mil y una trabas a la hora de copiarlo o reproducirlo en otros aparatos. Es decir, por casi el mismo precio, compre el mismo producto con peor sonido, sin libreto, sin caja, con más problemas para reproducirlo, y encima nosotros nos ahorramos transporte, producción y demás. Plas, plas, plas. Ah, y ni se te ocurra descargarlo "ilegalmente" porque entonces eres peor que Hitler. Éste es el uso a destiempo que una industria moribunda pretende hacer de internet. No funciona, evidentemente. No hace falta ser muy listo para darse cuenta.

            Los editores quieren ir, demostrando su gran olfato para los negocios, justo por ahí. Según el artículo, un 15% de los encuestados piensan que el libro electrónico debería valer lo mismo que en papel. Un 4% piensa que debería valer más. De lo cual se deduce que un 19% de los editores encuestados son bobos. O piensa que lo somos los demás. Claro que sí, yo te pago lo mismo o más por el mismo contenido, y tú te ahorras transporte, impresión y porcentaje del librero. Y luego te doy el número secreto de mi tarjeta de crédito para que ya de paso te sirvas tú mismo. Tal parece que en realidad lo que quieren es acabar con esto antes de que empiece. Que la gente vea esos precios y diga "bah, para eso me lo compro en papel" y así el chiringuito no se les cae, ni a ellos, ni a las imprentas, ni al resto de sectores implicados en la realización de un libro. No cuentan, claro, con lo que ya es una realidad en la red: que yo me puedo bajar en PDF el libro que me dé la gana. ¿Ilegal? Aquí no. Pero aunque lo fuera. Es, como pasa con la música, intentar ponerle puertas al campo. Es absurdo pretender luchar contra las descargas gratuitas desde una posición inmovilista que apela a la tradición y a los buenos sentimientos del comprador, a la vez que se le llama delincuente sin ningún miramiento. Porque a lo mejor el robo es vender un CD de música a dieciocho euros.

            Volvamos a la industria del libro. Hay editores más realistas que hablan, según el artículo, de un 10, un 20 y hasta un 30% de descuento en el libro electrónico con respeto al físico. Me parece, aún, insuficiente. Calculemos cuánto se ahorra una editorial vendiendo en la red, y descontemos esa cantidad al precio del producto. Y al resultado, descontémosle algo más, si es que se quiere competir con el hecho de que se puede encontrar el mismo contenido totalmente gratis. Y es que realmente, si lo pensamos lógicamente, ¿cuánto cuesta publicar un libro en formato electrónico? Porque mientras que una discográfica aunque no fabrique el soporte físico aún tendrá que pagar la producción del álbum, el mundo editorial funciona de tal manera que la inversión en este nuevo modelo sería cercana a cero. En España, un señor escritor escribe una novela y la envía a editoriales. La mayoría la tira a la basura —y encima la exige en papel; ¿ven como son dinosaurios?—, pero si tiene suerte o padrino, o ambas cosas, puede llegar a publicar. ¿Qué le cuesta por tanto la producción del texto a la editorial? Cero. Y si no lo imprime y no lo distribuye, ¿qué gastos va a tener? La maquetación, que se paga una sola vez o la realiza una persona que tiene su sueldo mensual, la corrección, cada vez en menos casos, que suele hacerla un freelance y está mal pagada, y el porcentaje del autor, que como es sobre ejemplar vendido, nunca supone una inversión previa por parte del editor. Y, claro está, la publicidad. Que en España, en la inmensa mayoría de los casos, es inexistente.

            Es evidente a qué responde el precio que quieren imponer. Es la idea preconcebida de que una descarga es un libro en papel menos que van a vender, y por tanto deben ingresar la misma cantidad que ingresarían por ese libro o una muy cercana. Pero eso no es lo que yo entiendo por adaptarse a un nuevo modelo de negocio. Es evidente que cuando comience a imponerse el electrónico, se deberán ir tirando paulatinamente menos ejemplares en papel. No se trata de compensar las pérdidas de las tiradas invendidas con los ingresos por las descargas: ésta es la clave. Esto es pensar aún en el modelo de negocio actual y no en el próximo. Las editoriales deberían centrarse YA en idear un sistema cabal, realista y justo con autor y lector de explotación del libro electrónico. El tren no pasa dos veces. Aún están a tiempo; lo mismo dentro de dos años no, y les vemos llorando por las esquinas, clamando que las descargas de libros son una aberración, y que suponen la muerte de la cultura. Y lo dirán, irónicamente, empresarios en cuyo vocabulario no caben las palabras cultura o literatura, a los que, a la hora de valorar si publican o no una obra, su calidad artística les da igual. Ellos hablan de productos y de mercado, y nada más. Por eso la literatura no se resentirá si el día de mañana desaparecen. Al contrario: el lector, el verdadero lector, no el comprador de bestsellers, se fijará en ciertas obras que ahora no ven a luz o lo hacen desde la autoedición porque los cerrados de mente que están al frente de las editoriales consideran que no son comerciales. Como le pasó, y admito que es demagogia baratísima, a Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. ¿Que al no haber filtro saldrá a la luz mucha más mierda? Más de la que sale ahora, difícil.

            Las oportunidades de negocio de las editoriales pasan, desde mi punto de vista, bien por vender los libros individualmente a precios realistas, bien por establecer tarifas planas para acceder a un fondo editorial. En el primer caso, el precio cobrado por un archivo PDF jamás debería ser superior a tres euros. Son casi tres euros de ganancias brutas para la editorial, así que no es poco. Y por supuesto, bajarse un libro de forma legal no debería ser nunca un quebradero de cabeza, como sucede con la música. Nada de claves, nada de bloqueos para impedir que el archivo se duplique o se abra en aparatos diferentes, nada de problemas de incompatibilidades. Se trata de hacerle al consumidor las cosas más fáciles, no más difíciles. Si le complicas la vida, obviamente se harta y se lo descarga gratis, y fin de la historia. Si se opta por la tarifa plana, opción que yo considero más lógica, los precios deberían rondar los diez euros mensuales, sin límites de descarga. Para ello, es evidente que las editoriales deberían agruparse, porque de nuevo, el lector busca un título, no una editorial, y tampoco va a pagar las tarifas planas de treinta editoriales distintas. Pero si uno puede acceder a un enorme portal con los fondos de multitud de editoriales, la cosa puede cambiar. Podría incluso establecerse un sistema mixto: pagas por un libro o dos o, si eres un lector rápido, te compensa la tarifa plana y la pagas. ¿Cómo evitar que el lector se descargue todos los libros el primer mes y se dé de baja? Es difícil. En primer lugar, ofreciendo novedades atractivas. Y quizás podría hacerse que el archivo descargado tuviera una vida útil de seis meses, por ejemplo, y después se borrara. Esto ya sería complicarle la vida al lector, pero podría compensar a muchos, si se hace bien.

            Los editores, como antes los magnates discográficos, deben asumir que se han acabado las vacas gordas. Van a dejar de tener la sartén por el mango: ahora somos los consumidores los que tenemos una posición de poder. Porque, legalmente o no, podemos obtener lo que ellos ofrecen completamente gratis. Así que si quieren que paguemos, tienen que ofrecer algo que lo merezca. Yo estoy dispuesto a pagar, pero de una manera racional. Tienen una oportunidad única: su negocio va a reducir brutalmente los gastos, por lo que, si no son codiciosos, pueden mantener unos ingresos suficientes. Si pretenden seguir cobrando lo mismo o sólo un poco menos por el mismo contenido, se hundirán. Pero lo hagan o no, creo que son los autores los que más ganan con esto. En poco tiempo el editor desaparecerá como intermediario imprescindible para sacar una novela a la luz, y por tanto el autor ya no tendrá que plegarse a sus caprichos y hacer publicidad aunque no quiera, modificar su texto o quitarle páginas. Nada impedirá al autor consagrado vender él mismo su texto en formato electrónico directamente. Imaginemos que Stephen King decide pasar de editoriales y su próxima novela la vende él en su página web a dos euros. Se forra —más aún—. El autor desconocido lo tendrá más difícil, ¡pero es que ahora también lo tiene! Además, si desaparecen las editoriales en papel, el lector prestará más atención a portales de descarga que alojen obras nuevas y será posible que la gente se haga un nombre.

            Ellos verán. De momento lo que veo es mucha pereza e iniciativas tan ingenuas e irreales como las que se explican en el artículo de El País. Allá ellos. El libro electrónico está aquí, y no es una moda. Es el futuro, y antes de que parpadeemos, el presente. En cuanto los lectores dejen de valer trescientos euros y cuesten sesenta, se acabó. Para entonces, más les vale tener una alternativa seria y realista más allá del pataleo que ahora se prevee.  

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