Hoy comienzo una serie de artículos centrados en la figura y obra de Jim Henson, creador de algunos de los mitos más importantes de mi vida. En un principio pensé en un solo artículo, pero a sugerencia de Álvaro Naira, lo he convertido en una serie, lo cual me permitirá ahondar más en algunas de sus creaciones, tanto las más conocidas por todos, como otras más oscuras (era eso o escribir un artículo de veinte páginas que no se iba a leer ni dios). Este primer post es de presentación: en los siguientes me centraré en obras concretas.

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Jim Henson es una de las pocas personas (o tal vez la única) que admiro totalmente. En primer lugar por su profesión, que siempre me ha fascinado. Un marionetista hace magia: mientras está en sus manos, la marioneta está viva, él le insufla vida. Pero no es sólo eso. Henson tenía una creatividad desbordante, y una imaginación privilegiada, no sólo para crear historias y personajes, sino también para aplicarla en buscar soluciones a cuestiones técnicas. De espíritu inquieto, siempre estuvo investigando nuevas formas de construir y manejar sus marionetas, desde que empezó a trabajar en televisión hasta que murió en 1990. Sin ir más lejos, es el inventor del muppet (contracción de marionet y puppet), un tipo de marioneta que se manejaba introduciendo una mano en ella y manejando los brazos con un cable del que se encargaba la otra mano del marionetista. También ideó una peculiar pero utilísima forma de manejarlas: el muppet se colocaba por encima de la cabeza, y a la vez, el marionetista podía ver los movimientos que ejecutaba en un monitor, de forma que se conseguía una precisión mucho mayor y se eliminaba la necesidad de que el humano estuviera en escena manejando la marioneta.

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También experimentó con materiales blandos y flexibles como la felpa o la espuma de caucho, que dotaron de expresividad a las marionetas. Hasta entonces, todas eran del estilo del muñeco de Edgar Bergen. ¿No sabéis quién es? Sí, hombre, éste:

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Con el tiempo, creó muppets que debían ser manejados por dos personas, muppets de cuerpo entero como Big Bird, o muppets con sofisticados controles remotos que eran accionados por cinco o seis marionetistas, como por ejemplo Hoggle de Laberinto. Jim Henson, sencillamente, cambió el arte de las marionetas.

Gracias a esa determinación de seguir siempre experimentando, para Henson y su equipo no existía la palabra imposible. Todo podía hacerse, siempre había una forma de conseguir hacer realidad lo que se cocía en su cabeza. Fue uno de esos tipos carismáticos y apasionados que contagian a sus colaboradores de su locura y consiguen que se comprometan con su trabajo tanto como él. Cuando uno se da cuenta de la cantidad de esfuerzo y de horas de trabajo que supusieron ciertos sketchs de los muppets, o los cinco años de trabajo previos al estreno de Cristal Oscuro, es cuando realmente se comprende el mérito de Henson (y se le ponen a uno los pelos de punta al imaginarlo, de paso). Todas las cosas increíbles que consiguió tuvieron como base el trabajo artesanal, utilizando los efectos especiales y la tecnología digital para enriquecerlo, no para suplantarlo. Y ahí está la clave de la atemporalidad de sus criaturas: un muppet existe físicamente, interactúa de verdad con actores humanos o con otros muppets: no envejece porque no pretende pasar por real. Las criaturas generadas por ordenador, tarde o temprano (temprano, normalmente), quedan obsoletas. Cuando uno ve un capitulo del Cuentacuentos, queda admirado; cuando ve uno del Hércules de Kevin Sorbo, se parte de risa.

Los medios audiovisuales actuales pueden mostrarlo todo: Henson poseyó, frente a este vicio, la virtud de insinuar. La imaginación y el ingenio suplían cualquier carencia técnica, y de hecho, hicieron que la mayoría de las veces el resultado fuera superior, porque la fantasía funciona mejor si es atisbada en lugar de mostrada explícitamente. Jim Henson sabía esto perfectamente: de su concepción de la fantasía (que comparto al cien por cien) hablaré en futuros artículos.

En todos sus años de profesión, Jim Henson supo alternar la creación de programas de encargo (dotados siempre de su personalidad inconfundible) y el diseño de personajes que se convertirían en iconos absolutos en todo el mundo con otros trabajos mucho más personales y normalmente desconocidos para el gran público.

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Todo eso, sumado a su excepcional sensibilidad estética, y a un sentido del humor muy especial, es lo que convirtió a Henson en un auténtico genio. Sin embargo él siempre se consideró a sí mismo un trabajador, un artesano, y ni cuando disfrutó del reconocimiento mundial y su compañía cosechaba éxito tras éxito, dejó nunca de dirigir nuevos proyectos o de manejar a sus personajes en los distintos programas que producía. Era tremendamente humilde, y nunca pensó estar haciendo algo especialmente trascendente: sólo intentaba que sus espectadores soñaran y disfrutaran un poco. Como si hubiera algo más importante, Jim.

Nota: Muchos de los datos que utilizo en este artículo y en los siguientes dedicados a Henson los he sacado de la página oficial de la Jim Henson Company, de la página jimhensonlegacy.org y del excelente libro de Josep Busquet, La diferencia entre arriba y abajo (Camaleón ediciones, 1998).