La Coctelera

The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

5 Enero 2009

Música: Nightfall in Middle-Earth, de Blind Guardian.

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El heavy metal es un género musical adolescente. No quiero decir con esto que sólo pueda ser disfrutado por adolescentes, sino que es un género que en la mayoría de los casos se niega a madurar musicalmente. Las grandes bandas heavys llevan años —décadas— haciendo básicamente lo mismo, y pienso cuando digo esto en Iron Maiden, en AC/DC, en Helloween, grupos que gusten más o gusten menos, sean mejores o peores, siempre siguen los mismos esquemas, para bien o para mal. Se ciñen a lo que les gusta hacer y por regla general no destacan precisamente por ser dados a la experimentación. No deja de ser paradójico que justo eso, la experimentación, fuera el principal rasgo de identidad de las corrientes del rock surgidas en los 60 y 70 de las que derivan el actual heavy metal, que ha acabado bastante encorsetado, lo que en su día hizo que yo lo dejara de lado y me fuera a buscar otras cosas.

Uno de los pocos grupos del género que ha querido o sabido ir un poco más allá de ese sota, caballo y rey que es el heavy es Blind Guardian. Empezaron a mediados de los 80 con un estilo duro y rápido —speed metal lo llamaban; yo es que me pierdo con tanta categoría— con influencias de las bandas que entonces marcaban tendencia, Helloween y Megadeth, por nombrar dos, pero también tenían otras menos obvias al principio de su carrera pero que al final son las que han marcado la diferencia entre Blind Guardian y sus correligionarios: Uriah Heep, Rainbow, Queen… Con el paso de los años y los álbumes, el grupo, liderado por el vocalista Hansi Kürsch y el guitarrista André Olbrich, fueron depurando su estilo y buscando su propia forma de hacer las cosas, lo que supuso una evolución que no se ve en otros grupos de aquello que se llamó power metal —el tipo que se inventaba todos estos palabros era fan de Linneo, sin duda—, estilo marcado sobre todo por la temática fantástica de las letras y cierta intención épica. Y aquí es donde encuentro, y encontré en su momento, la mayor diferencia: mientras que la épica de grupos como Rhapsody —con sus humorísticos vídeo-clips en los que se pegan de mentira con espadas y mazas— o Hammerfall es infantil e irreflexiva, en la que los buenos ganan siempre y matan a sus enemigos sin despeinarse, la épica en Blind Guardian es más, digamos, oscura; es una épica sobria y madura, y entraña siempre la idea de que la victoria conlleva un sacrificio. A los quince años se puede no distinguir entre ambas, pero con el paso del tiempo, a mí la segunda me parece infinitamente más interesante, y me sorprende que haya gente que pueda seguir toooda la vida oyendo la misma cantinela de espadas esmeraldas y señores oscuros de la montaña de la sombra —o al revés, ya no me acuerdo—. Siguiendo un símil literario, Blind Guardian sería a estos grupos lo que Tolkien es a las noveluchas infumables de los Reinos Olvidados —que, confieso, leí de joven y, alguna, hasta disfruté.

Por eso no extraña que su sexto disco de estudio fuera un sentido homenaje a Tolkien y El Silmarillion. Nightfall in Middle-Earth (1998) no es mi disco favorito de la banda, pero sí creo que es el punto culminante de su carrera. Es un trabajo complejo, bastante más de lo que puede parecer a simple vista, en el que los relatos crepusculares de Tolkien son adaptados a canciones en las que siempre está presente el mismo sentimiento de pérdida, la misma tristeza que en El Silmarillion. Entre esto y las macarradas de esas otras bandas de las que hablaba, media, para empezar, el buen gusto; pero además, media todo el bagaje cultural de Tolkien, un patrimonio mítico que hizo suyo y adaptó en su obra, y que se ajustó como anillo al dedo —nunca mejor dicho lo del anillo— al estilo y sensibilidad de Blind Guardian. Así, en NIME se intercalan temas trepidantes con los que es imposible no vibrar y emocionarse —Into the Storm, The Curse of Feänor— con otros más lentos, más íntimos —Blood Tears, Nightfall— que crean un contraste curioso y que evita la monotonía que siempre acecha en un disco heavy. Las letras son excelentes —había que ser muy zote para hacerlo mal, teniendo en cuenta el material del que parten—, y contienen el mismo espíritu de grandeza que encontramos en la caída de Feänor o la historia de Beren y Luthien —adaptada en una de las canciones más espectaculares del disco, When Sorrow Sang—. Sin duda uno de los puntos fuertes del álbum es el interesante trabajo de voces de Kürsch, quizá el mejor vocalista de estudio del heavy actual —en directo, ay, me temo que pierde bastante—, o al menos el que más variedad de registros tiene. La forma en la que superpone esos registros creando capas de distintas tonalidades que se contestan unas a otras —en algunos momentos, se llega incluso a esbozar un canon— se ha convertido para Blind Guardian en marca de la casa, y aunque es posible que sus mejores frutos estén en los dos últimos discos, creo que fue en NIME donde mejor encaja. Las dos guitarras presentes —la de Olbrich y la de Marcus Siepen, dos excelentes guitarristas lamentablemente infravalorados— se compenetran a la perfección ofreciendo desarrollos a menudo más interesantes incluso que los solos, y la batería de Thomas Stauch —que dejó la banda hace un par de años, en desacuerdo con la dirección musical de la misma— es igualmente buena, versátil a la vez que tan contundente como se necesita en el heavy.

El disco transcurre sin apenas altibajos en su calidad, ofreciendo una colección de temas sinceramente difícil de comparar en conjunto con otros discos de la época. Mirror Mirror se convirtió en una de las favoritas de los seguidores de Blind Guardian, precisamente la canción más simple y estandarizada del disco —lo cual no quiere decir que sea mala o no me guste—. Into the Storm abre todos los conciertos del grupo, y rara vez falta en los mismos Time Stands Still, otro temazo brutal, y también, como Mirror Mirror, uno de los que más se ajustan a lo que es el típico tema heavy. Y es que, para bien o para mal, el heavy es eso: doble bombo, estribillos pegadizos que se puedan corear, solos potentes… Blind Guardian no renuncia a todo eso en NIME, es sólo que, utilizándolo como base, dan un paso más allá en complejidad de las composiciones y en la instrumentalización —esos momentos acústicos, ese The Eldar en el que un único piano acompaña la voz de Kürsch—, desmarcándose así de aquel boom de finales de los noventa de bandas flipadas con menos talento que ganas, clónicas unas de otras, provenientes de los países nórdicos y Alemania —por no hablar de la cosecha patria, todo un ejemplo de “originalidad”—. Y es que sé que con el tiempo, si es que no lo ha sido ya, Blind Guardian será reivindicada como una excelente formación, a la altura de las mejores y superior a muchas más famosas pero también más acomodaticias.

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