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Este mes de febrero ha sido publicado el último tomo de Bone, así que aprovecho para hablar un poco de esta serie que se ha convertido por derecho propio en un clásico contemporáneo, una de las pocas que mantienen el concepto de saga, con un principio y un final. Han sido más diez años de seguir las aventuras —reales y editoriales— de los personajes creados por Jeff Smith, y ahora, con la perspectiva que dar leer la obra completa, puede decirse que el conjunto es redondo. El gran mérito de Smith es haber creado, partiendo de diversas influencias, un producto que lejos de parecer un pastiche, es fresco y, si no original en su concepto, sí lo es en su planteamiento. En Bone hay fantasía épica, pero en sus orígenes también están los cartoons, los funny animals de las tiras clásicas americanas, el Pogo de Walt Kelly, y hasta Disney. Desde el principio de la serie esa mezcolanza que en manos menos capaces probablemente habría acabado mal, es el secreto del éxito de Bone, porque si algo supo hacer Smith fue equilibrar perfectamente ambas facetas, la épica y la cómica, sabiendo cuándo dar prioridad a una y cuándo a la otra.

Con un estilo de dibujo igualmente a caballo entre ambos mundos —humanos realistas, animales y Bones caricaturizados—, el autor va aprendiendo en cada número, de forma que puede verse un significativo cambio entre el primer número y el último, pese a que siempre tuvo un excelente sentido del ritmo narrativo, muy dinámico, especialmente en escenas de acción, en batallas o persecuciones. Es además Smith un maestro del gag cómico con elipsis, de tira cómica que incluso puede entenderse como tal extraída del contexto del tebeo, pero que a pesar de ello leído en él está perfectamente integrado, y ésa es la clave: hay que ser muy bueno para mezclar carreras de vacas con dragones y que quede totalmente natural.

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Un buen ejemplo de la excelente narrativa de Smith. Nótese cómo la elección de los momentos de la persecución que muestran las viñetas es totalmente perfecta.

Todo esto, de todas formas, no dejan de ser intentos por racionalizar algo que es en realidad mucho más sencillo. Bone me gusta porque me emociona, porque lo leo siempre con una sonrisa, porque me preocupan los personajes, porque me meto en su mundo cuando lo leo y lo disfruto de verdad. Y eso, en un género tan trillado como es el fantástico, es decir mucho. Muchísimo. Sólo experimento hoy en día esa sensación de maravilla —queda cursi, pero es que es la única forma de evitar el término inglés sense of wonder, que implica más cosas—, con La Mazmorra y, salvando las distancias, con El Príncipe Valiente. Es esa manera de leer que con la edad se va perdiendo, con la boca abierta, del tirón, vibrando de verdad porque estás leyendo algo emocionante, grandes historias —de nuevo, bigger than life, dirían los ingleses—. Las peripecias de Fone Bone y sus dos primos, de Thorn y la abuela Ben, del dragón, empiezan, como tantas veces, por accidente. Es fácil, por cierto, encontrar paralelismos entre El Señor de los Anillos y Bone, desde la naturaleza involuntaria del héroe pasando por sus enemigos, que son el mal absoluto, o el hecho de que Thorn sea una princesa exiliada a lo Aragorn, hasta el grandioso final y la sensación agridulce que comparten la partida de Frodo en los puertos y la marcha de los Bones del valle. Es una influencia importante y reconocida por el autor, pero además, es evidente que no dejan de ser en la mayoría de los casos situaciones y personajes arquetípicos de la mitología y el folclore y, por extensión de la literatura fantástica. La innovación no está en la historia que se cuenta, porque ésta, en realidad, tiene que ser siempre la misma, o no funciona. No, la novedad está en el humor, en la mezcla de géneros, en el sentido de la narración. Por eso es una serie clásica y a la vez contemporánea, y por eso merece un lugar entre los grandes de la última década, pese a que creo que con frecuencia se magnifica su verdadero valor. En la contracubierta por ejemplo aparece una cita de la revista Time, “Una de las diez mejores novelas gráficas de todos los tiempos”, que es un disparate, que sí, viene de perlas para darse autobombo, pero que no puede tomarse en serio. Primero por utilizar ese término acomplejado que es “novela gráfica” —cuando además la serie se publicó primero en comic-books—, y después porque, vaya, se me ocurren bastantes más que diez tebeos mejores que Bone.

La edición por parte de Astiberri, salvo puntuales y leves pixelados en un tomo y el error en el título del penúltimo en el lomo, es notable. E inteligente, porque ofrece un producto muy atractivo para los críos, público potencial de esta serie —y de muchas otras cuyos editores se empeñan en mantener tozudamente en el gueto de la librería especializada donde sólo los compran treintañeros, pero eso es otra historia—, que puede venderse en las grandes superficies, y que los padres pueden comprar por el mismo precio que les costaría un libro de Harry Potter o Narnia.

El asunto del color ha sido quizás el más polémico, y ahí me resulta difícil pronunciarme. Me refiero al hecho de que la serie originalmente se publicó en blanco y negro, y posteriormente Jeff Smith preparó una reedición en color para los tomos. no puede decirse, por tanto, que Bone “necesite” el color. El blanco y negro de la serie era perfecto, y además Smith poco a poco fue sacándole todo el jugo con ciertos experimentos. Sin embargo, tampoco puede decirse que el color no quede bien. Está dado con cabeza, no es estridente ni chirría nunca, y posiblemente para el público de la serie sea más atractivo. Como de todas formas Astiberri también está editando tomos más gordos en blanco y negro, todo el mundo contento.

Y es que, en color o en blanco y negro, Bone es una joya, que parece tener además la facultad de gustar a la gente que no suele leer cómics tanto como a los que sí. Jeff Smith es un maestro no sólo manejando el continuará de cada cómic, sino también construyendo la arquitectura de la historia, ésa que sólo se ve al final, dosificando la información, distribuyendo acción y diálogos y marcando el ritmo a base de clímax y anticlímax como pocas veces se ve en la fantasía actual, y sólo puede criticarse el hecho de que más o menos en el ecuador de la serie empezara a pensar más en el resultado final leído del tirón que en el episodio del mes, de forma que leerla poco a poco podía llegar a ser desesperante, y más aún con la penosa periodicidad que sufrimos en España en su momento.

Pega nimia, en todo caso. Lo importante es la aventura, la felicidad y el optimismo que derrocha la serie y que contagia al lector más cínico o que esté más jodido. La nostalgia que queda cuando se cierra el último tomo, el hueco que dejan las grandes historias cuando acaban, y la alegría de saber que siempre podremos volver a ella.