El papel de la mujer en los cómics Marvel (I).
En 1961, con la aparición de Fantastic Four #1, se considera que da inicio la llamada “Era Marvel” en los cómics. El universo de ficción creado por Stan Lee y un puñado de dibujantes —sobre todo Jack Kirby y Steve Ditko, pero también otros como Gene Colan o Don Heck— cambió de manera radical la manera de hacer y entender a los superhéroes, introduciendo un grado de realismo que, si bien visto desde el día de hoy es ingenuo, en su momento supuso un corte abrupto con lo que venía viéndose. Los personajes de Lee no eran perfectos: se equivocaban, se dejaban llevar por las dudas y por sus obsesiones, y a veces, y esto es una auténtica revolución, perdían. No todos eran guapos y apuestos. Y detrás del disfraz, había una persona común y corriente, cuyas peripecias eran casi siempre tan importantes como las de su alter ego, y aquí reside la verdadera revolución de la “Era Marvel”. Superhombres con superproblemas. Iron Man y sus problemas cardíacos, La Cosa buscando desesperadamente volver a ser humano, y sobre todo, el paradigma de todo el concepto: Spiderman. Fue el mayor éxito de Lee pero nadie daba un duro por él, ya que rompía sistemáticamente todos los tópicos sobre los que se cimentaba el género. Era un adolescente, no un adulto, pero cumplía con el papel de protagonista y no el de compañero del héroe, y sus problemas con las chicas, la salud de su Tía May y la economía, hicieron de él precisamente eso: un chico normal con un traje, y no un superhombre que se ocultaba tras un disfraz de ciudadano común y corriente. El Universo Marvel se iba construyendo sobre la marcha, mes a mes, con un puñado de colecciones en las que los equipos creativos iban estableciendo, por el método del ensayo y error, una mitología propia con la que jugar, a la vez que definían un tono para las aventuras de sus personajes que se mantendría después durante décadas. Los primeros dos años de vida de ese universo son un torrente de imaginación desatada, en el que ningún statu quo está a salvo, en el que todo iba cambiando —trajes, poderes, estructuras narrativas— hasta dar con lo que mejor funcionaba.
Suele decirse también que otro de los aciertos de estos primeros pasos del universo de ficción de Lee y los dibujantes fue conectarlo, más o menos estrechamente, con el mundo real. Tengo ciertas reservas respecto a esto que ahora no procede explicar, pero acepto que, comparado con otras líneas de otras editoriales, los cómics de Marvel supieron aguantar el paso de los años a fuerza de reflejar la realidad, o una visión de la misma al menos. En los primeros tebeos de la editorial se mencionan músicos, películas, programas de televisión, incluso acontecimientos políticos. Sus historias no estaban encuadradas en un tiempo indefinido y ambiguo, sino en un momento y un lugar concretos. En ese intento por reflejar el mundo se incluye, evidentemente, la sociedad. Lee se esfuerza por imitar en sus diálogos el habla de la calle —engalanada por la verborrea florida que siempre fue marca de fábrica— y las costumbres y formas de actuar de adultos y jóvenes. Y es aquí donde surge la cuestión a la que quería acercarme con este artículo: el papel de la mujer.
Dicha cuestión puede formularse con un simplista “¿Era Stan Lee un machista redomado?”, o puede hacerse de una manera menos influida por la mentalidad actual, intentando acercarnos a los tópicos y estereotipos que a principios de los 60 manejaba Lee, y a la realidad social de la mujer de entonces. Porque es evidente que si la lectura de esos tebeos se hace desde el siglo XXI son, claramente, machistas. Pero, ¿lo eran ya en su momento? Veamos.
Comencemos por echar un vistazo a los antecedentes. El cómic americano siempre había estado en manos masculinas. Y compartía con la fantasía heroica dos grandes arquetipos femeninos: la virgen indefensa y la femme fatale. La primera es casi siempre el amor del héroe; es pura y recatada, asume su papel sin protestas, es sumisa, y su función suele ser ser secuestrada por los enemigos del héroe. La femme fatale en cambio es una mujer agresiva, aparentemente liberada del yugo de los hombres, pero que o bien es malvada y por tanto acaba sufriendo castigo por su error —salirse de la norma social—o bien se descubre con el tiempo equivocada en su actitud y acaba encontrando a un hombre que la lleve al buen camino. Ambos modelos son, como puede verse, igualmente machistas. Responden a las fantasías masculinas: una candorosa doncella que beba los vientos por nosotros o una lujuriosa mujer fatal cuya conquista es mucho más excitante, pero que debe acabar con ella convertida en una esposa y madre ideal. Así que cuando vemos en los cómics americanos pre era Marvel figuras femeninas aparentemente independientes como puede ser Barbarella o Dragon Lady —de la tira de prensa Terry y los piratas de Milton Caniff— en realidad lo que vemos es otra faceta del mismo arquetipo que se encuentra en la secuestrable Dale Arden —la eterna novia de Flash Gordon, creado por Alex Raymond—, no su contrario. Sólo conozco una excepción: Aleta la reina de las Islas de la Bruma, de Príncipe Valiente del maestro Harold Foster. Aleta responde, efectivamente, al modelo de “mujer de armas tomar”, es independiente y sabe defenderse sola en el mundo medieval donde transcurren las aventuras de la tira. Sin dejar de ser femenina y hermosa, sin renegar de su condición de mujer, de madre y de esposa, Aleta es al mismo tiempo inteligente, ingeniosa, dotada para el gobierno. Es una compañera a la que Valiente trata como a una igual: le pide consejo, no la ningunea ni la deja de lado por ser mujer. Cumple, no obstante, con roles femeninos, pero como en el resto de los personajes de Foster, respira como una persona real, no como un arquetipo conveniente. Aleta en su humanidad representa quizás el personaje femenino más adulto y real del cómic americano clásico.
Respecto al cómic de superhéroes, tenemos básicamente lo mismo, pero más simplificado si cabe. Catwoman es la femme fatale por excelencia, Lois Lane era ninguneada sistemáticamente, engañada como a una boba por un Superman que no dudaba en volverla loca si era necesario para mantener su identidad secreta. Era en realidad un chiste más que un personaje. Sí, en ese mundo dominado por hombres que eran los cómics de DC había una excepción: Wonder Woman, creada por William M. Marston, protagonista de su propia serie. Pero no se puede dejar que la evolución del personaje y su situación actual nos impidan ver la verdad de sus inicios, porque, pese a que Marston aseguraba que su personaje era “feminista”, basta con echar un vistazo a sus primeros tebeos para darse cuenta que no son más que la fantasía bondage de un reprimido, con una calidad similar a las biblias de Tijuana.
Así llegamos a los años 60, cuando Stan Lee, Jack Kirby y los demás dan inicio a la era moderna de los superhéroes. Sus mujeres, inevitablemente, están influidas por la situación de aquellos años, por lo que merece la pena fijarse en ella detenidamente. En 1961 aún no había empezado lo que luego se llamaría “segunda ola feminista”. No se hablaba aún de liberación femenina, y la ideóloga de aquello, Bettie Friedan, no había publicado aún la “biblia” del movimiento, La mística de la feminidad. No habían empezado las marchas multitudinarias por todo el país, ni el presidente John F. Kennedy había iniciado su política de igualdad de sexos. El feminismo acabó siendo una doctrina radical totalmente despreciable —y tan absurda como el machismo—, sobre todo por la ausencia de autocrítica por parte de las mujeres, que no aceptan que el machismo es un problema de la sociedad en su conjunto, no de los hombres únicamente, y que incluso hoy el deseo sublimado masculino de domar a la hembra —la femme fatale de la que hablaba— no es más común que el que muchas mujeres que se declaran feministas y liberadas tienen de ser domadas —y al éxito de ciertos libros de vampiros entre mujeres adultas y adolescentes por igual me remito—. Pero entonces cumplió una función necesaria, llamó la atención acerca de las desigualdades entre hombres y mujeres y posibilitó ciertas conquistas sociales posteriores —sociales en su conjunto, no de hombres o mujeres— tales como el aborto.
Llegados a este punto hay que decir también que Stan Lee no era un hombre joven en ese momento: contaba con treinta y nueve años en 1961. Los dibujantes, que participaban en la caracterización de personajes y los argumentos de los cómics, no eran tampoco jóvenes. no estaban en contacto con la juventud y sus valores, y su visión de la mujer estaba formada en otra época, en los años de posguerra y los cincuenta. La generación de Lee tuvo su propio movimiento feminista, el que consiguió conquistar cierta igualdad legal y derechos básicos como el del voto. La mujer en EE UU tenía además una situación ciertamente mejor que la de muchos países europeos. Durante la Segunda Guerral Mundial tuvo que incorporarse al mundo laboral y cubrir los puestos de trabajo de los hombres desplazados al frente. Luego volvió, no sin traumas sociales, a su rol habitual, pero para los años sesenta el ámbito de éste ya no estaba exclusivamente ligado al trabajo doméstico, aunque sí mayoritariamente. La mujer tenía sus lugares y el hombre los suyos. Había trabajos para mujeres y trabajos para hombres. Era por tanto una sociedad sexista, pero al menos la mujer estaba integrada en ella y no relegada a un mero elemento decorativo, o al menos no siempre o no tanto como en otras sociedades. La mentalidad americana, por otra parte, está inevitablemente teñida de cierto conservadurismo moral de herencia puritana que marca también el trato a la mujer. Y esa mentalidad no empieza a cambiar de verdad hasta los años sesenta. A Lee y los suyos, sin ser ni mucho menos hombres conservadores, esto les pilla a contrapié por un mero problema generacional. Por eso reproducen de manera inconsciente ciertos tópicos en sus personajes femeninos.
Hablemos primero de las superheroínas y supervillanas, mencionando antes de nada que bastante era que las hubiera, aunque fuera en manifiesta minoría. Todas las heroínas tenían una serie de características comunes: eran la única mujer en sus respectivos grupos cuando formaban parte de uno, siempre eran el miembro menos poderoso, sus poderes rara vez tenían una naturaleza física u ofensiva, siendo más bien poderes defensivos o evasivos, y por ello tendían a quedar relegadas en las batallas o a ser secuestradas por los villanos. Siempre pertenecían al grupo y estaban en la aventura por su conexión con un miembro varón del mismo, no por iniciativa propia. Nunca ocupaban posiciones de mando y normalmente actuaban como mediadoras entre las disputas de los hombres del grupo —más que frecuentes en aquellos primeros años de un Lee que tenía que llenar decenas de tebeos al mes, de forma que era muy socorrido recurrir a peleas internas que, sin que la sangre llegara al río, servían para llenar unas cuantas páginas—. Mientras que los hombres a menudo eran científicos de algún tipo o al menos tenían estudios y cultura, las mujeres en aquellos primeros años de Marvel nunca los tenían y no hacían gala de conocimientos especializados. Pero veamos pormenorizadamente a los personajes femeninos más importantes de la época.
Susan Storm, la Chica Invisible, fue la primera de todas ellas como miembro de Los Cuatro Fantásticos. Su poder consistía en poder volverse invisible: ni ofensivo ni útil en el combate más allá de dar la posibilidad de huir de él. Como mucho, su papel se limitaba a hacer tropezar a los enemigos que no podían verla. En Fantastic Four #22, se cuenta que por insistencia de Kirby, su poder se incrementa con la posibilidad de crear campos de fuerza invisibles. Es una mejora, pero seguía siendo un poder netamente defensivo, y lo sería durante muchos años, hasta que llegara John Byrne en los ochenta a mostrar qué se podía hacer con él. Susan cumplía a menudo con el papel de madre simbólica de aquella familia un tanto extraña que eran Los Cuatro Fantásticos, mediando en las frecuentes peleas de su propio hermano, la Antorcha Humana y la Cosa. Desde el principio se sintió atraída sentimentalmente por Reed Richards, genio científico y líder del grupo, que se bautizó al adquirir sus poderes con el “modesto” nombre de Mr. Fantástico, que de forma recurrente siempre estaba demasiado ocupado para hacer caso a su novia, que sufría en silencio la falta de atenciones que le procuraba. Susan siempre fue una sufridora, una mujer sumisa, algo apocada, valiente, sí, pero con una valentía femenina: enfocada a la defensa de su familia. Su rebeldía sólo apareció en su relación con Namor, el príncipe submarino, personaje rescatado por Lee y Kirby del pasado de la editorial, que se enamoró de la bella Susan nada más verla. El salvajismo de Namor atrajo en un primer momento a la Chica Invisible, que en un conato de triángulo amoroso —naturalmente, muy casto— se ve en la tesitura de elegir entre él y Mr. Fantástico, eligiendo finalmente la seguridad de lo conocido, del hogar, de su familia, en detrimento de la aventura y el exotismo del iracundo Namor.
Janet Van Dyne era la Avispa, superheroína que le debía sus poderes y su interés por la aventura a su pareja sentimental, el Hombre Hormiga. Al principio era simplemente la pareja de aventuras de él, y sus poderes consistían en volverse pequeña y una exigua capacidad de vuelo. De nuevo, poderes evasivos y de nula utilidad en situación de combate. Cuando ambos se unieron a los Vengadores, ella prácticamente no era ni miembro de pleno derecho, simplemente acompañaba a su novio, que pronto adoptó nueva identidad y poderes que lo igualaban a los pesos pesados del equipo, convirtiéndose en el Hombre Gigante. Ella a menudo se esfumaba en los combates, en los que poca cosa podía hacer. Por ejemplo, tras una dura batalla, aparece volando y diciendo: “¡Estaba haciendo lo que toda chica en un momento de crisis… empolvarme la nariz, claro!" (The Avengers #4) . A los pocos números Lee la dota de un “aguijón de avispa”, que en un primer momento es una débil pistola de aire comprimido. Con el tiempo el aguijón crecerá de poder convirtiéndose en una poderosa descarga de energía, y la Avispa obtendrá la capacidad de mantener su fuerza al disminuir de tamaño, pero será con otros guionistas. La Avispa de Stan Lee es una chica joven y despreocupada, bastante frívola, hija de un rico empresario. Su actitud coqueta hacia los hombres es equívoca: por mucho que flirtee con el resto de miembros masculinos de los Vengadores —“¡Henry! ¿Has visto lo guapísimo que es Thor? ¿Cómo haré para que se fije en mí?” ( The Avengers #1)—, siempre es fiel a su eterno amor, el Hombre Gigante. Sin embargo, estoy convencido de que Lee pensaba que estaba escribiendo a una mujer liberada con la casquivana Avispa, su idea de una mujer liberada al menos. Preocupada en exceso de su aspecto físico, acabará siendo diseñadora de modas y cambiando de uniformes en cada aventura como si fueran trajes de noche. En las primeras aventuras jamás toma la iniciativa ni se implica en las decisiones del grupo en exceso. La presidencia del mismo, por cierto, era rotativa, pero no veremos a la Avispa en el puesto de líder hasta muchísimos años después, en los años ochenta. Janet no parece tan aprensiva y poco expeditiva como la Chica Invisible o la Chica Maravillosa, pero más que valiente, lo que parece es inconsciente y cabeza hueca. Quiere pasárselo bien, simplemente. Le encanta ir de compras o salir de fiesta, y su carácter alocado la diferencia de sus compañeras de editorial, pero en realidad responde a un estereotipo igualmente sexista.
Jean Grey fue el último recluta de los X-Men. Adoptó el nombre de la Chica Maravillosa. Su poder consistía en una débil telequinesis, poder algo mejor que los iniciales de la Avispa y la Chica Invisible, pero su uso en combate era nimio. A Jean le costaba hasta hacer levitar un objeto a través de una habitación, y siempre necesitaba la guía del Profesor Xavier para mejorar en el dominio de su poder. Debía además tener cuidado de no forzar sus poderes en exceso, porque entonces podía desmayarse. Como única chica en un grupo de adolescentes mutantes, atrajo enseguida la atención de los mismos, que caían en frecuentes peleas de gallitos para hacerse con el derecho a pedirle salir. La actitud de Jean en estos casos era prácticamente suplicante: no soportaba que se pelearan por ella pero tampoco solía impedir activamente esas peleas. Aunque a veces se rebelaba levemente contra su condición de damisela en apuros, en realidad la tímida Jean Grey, al igual que las otras superheroínas, nunca tomaba la iniciativa, y se limitaba a seguir las órdenes del Profesor o de Cíclope, líder del grupo y por supuesto verdadero amor de la Chica Maravillosa. Otro miembro del grupo amaba a Jean, el Ángel, pero éste, lejos de tener alguna oportunidad con ella, era usado en una maniobra típicamente femenina —en la mente de Lee— para dar celos a Cíclope. En las peleas mantenía una actitud defensiva, era protegida por el resto de miembros del grupo y frecuentemente caía presa en las garras de sus enemigos. Al menos, siempre se dijo que el potencial de Jean era muy grande, lo que justificó que con el paso de los años, Chris Claremont la convirtiera en uno de los personajes más míticos de la historia de Marvel.
Podríamos incluir en el grupo de las heroínas a la Bruja Escarlata, aunque Wanda Maximoff inició su carrera en las filas de La Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto, némesis de los X-Men. Wanda era ligeramente más agresiva, dada su condición de villana, pero sus poderes tampoco eran físicos: consistían en la capacidad de alterar las probabilidades y hacer que sus adversarios tropezaran, romper objetos y cosas así. La bella mutante, por supuesto, atraía la atención de sus compañeros en la Hermandad, y siempre era celosamente protegida por su hermano Mercurio, terriblemente celoso y sobreprotector para con los pretendientes de su hermana. Wanda siempre dejaba que su hermano llevara la inciativa y tomara las decisiones por ambos, y cuando ambos dejaron las filas de la Hermandad para convertirse en vengadores, fueron frecuentes los choques entre Mercurio y otros miembros varones del grupo. Como Stan Lee difícilmente concebía a una mujer que no estuviera enamorada, durante un breve tiempo Wanda le puso ojitos al Capitán América, pero aquello quedó olvidado pronto, como tantas y tantas cosas en el torbellino creativo que fueron aquellos años. Otros personajes femeninos secundarios superpoderosos respondían a los mismos estereotipos, tanto en sus poderes como en su personalidad. Viuda Negra era una espía rusa que luego se reformaría, y cuya dependencia de los hombres era tan absurda dada su profesión que en los años noventa Kurt Busiek explicaría que era fingida en un número de sus Historias jamás contadas de Spiderman; Medusa era la esposa sumisa del rey de los Inhumanos, y su poder era su melena con vida propia; la Princesa Pitón era una malvada mujer fatal sin poderes que iba acompañada de una pitón; la Encantadora era otro arquetipo femenino, el de la malvada bruja que con sus artes puede encantar a los varones desprevenidos.
En cuanto a los secundarios sin poderes, aparecen sobre todo en series de héroes solitarios antes que en series de grupos, por motivos obvios —tampoco hay excesivos secundarios masculinos en estas últimas—. Al ser personajes normales en ocasiones parecen más complejos y menos sexistas, pero creo que eso se debe principalmente al hecho de que al no ser heroínas sus rasgos arquetípicos no están acentuados y carecen de la exageración que el personaje heroico necesita, incluso los de Marvel, por humanos que sean o pretendan ser. Es llamativo que la mayor parte de los héroes sean o bien huérfanos o al menos sin padres conocidos, de forma que la única figura materna que aparezca sea la de la Tía May —a excepción de la Chica Invisible—, que además no deja de ser una exagarada caricatura de la misma. Es lógico, supongo, que dado que las historias están destinadas a niños y adolescentes, más que madres las mujeres “normales” del Universo Marvel sean novias, amores imposibles o admiradoras rendidas. En líneas generales, adolecen de la misma necesidad de un hombre a su lado que sus contrapartidas superpoderosas, pero, y aquí sí juega a favor de la caracterización femenina la visión de Lee, frecuentemente las parejas acaban rotas por la imposibilidad del héroe de comprometerse, bien por no querer contarle la verdad a su amada, bien por miedo a que le pase algo —o ambas cosas—. Toda una novedad: las novias en los cómics Marvel no eran eternas; las parejas se rompían, iban y venían como era impensable en las tiras de prensa —salvo, una vez más, Príncipe Valiente: su primera novia murió— o en los cómics de DC. Betty Brant, la primera novieta de Spiderman, acaba dejando a Peter Parker, por ejemplo, y, al ser la imposibilidad de formar una familia normal parte de la angustia vital de los atormentandos personajes de Marvel, las relaciones rara vez fructificaban, pero, y aquí hay otra novedad, las mujeres no siempre aguantaban estoicas los desplantes a los que las identidades secretas obligaban a los héroes. Previsiblemente, las mujeres trabajadoras ocupan puestos laborales “de mujer”: Karen Page o la propia Betty eran secretarias, Jane Foster, enfermera.Todas eran bellas.
Las mujeres en aquella primera Marvel eran pues personajes secundarios a la sombra de los varones, siempre por debajo de ellos en protagonismo y poder. Eran una minoría exótica en un mundo de hombres que muy a menudo llegaban a pelear entre ellos por conseguir sus favores. Las heroínas no tenían nunca poderes físicos. No había ninguna con superfuerza o con buenas habilidades de lucha cuerpo a cuerpo: eran sobre todo habilidades defensivas o basadas en la magia o en poderes psíquicos. El hecho de que Lee guionizaba toda las series no favorecía que existieran diferentes modelos femeninos. Únicamente en The Amazing Spider-man, donde Steve Ditko participaba activamente en los argumentos, aparecen mujeres con diferentes personalidades, sin ser tampoco mujeres de su tiempo, precisamente.
Teniendo todo esto en cuenta, puede afirmarse que efectivamente la visión de la mujer que se daba en estos tebeos estaba desfasada. No tanto como parece visto con la óptica actual, obviamente. Pero las mujeres de Marvel no terminaban de representar la realidad de la América de los años sesenta, muy posiblemente por desconocimiento de la misma —eran, como dije, hombres demasiado mayores para entender la mentalidad de las mujeres jóvenes de entonces—, pero también hay que tener en cuenta que ofrecer unas mujeres tridimensionales y realistas no era una prioridad para Lee y el resto de los creadores de la editorial: recordemos que el público al que iban destinados eran treceañeros, por lógica poco interesados en la psicología de los personajes femeninos. Podría argumentarse que los cómics reforzaban las diferencias de sexo, pero sería ser tremendamente ventajista. Son un producto de su época sólo ligeramente anacrónico, y reflejan, en mayor medida que los promueven, unos prejuicios, unos roles, que aunque estaban empezando a superarse, aún pesaban en la sociedad americana, y en cualquiera en realidad. Muy pronto, Lee dará entrada a nuevos guionistas en cuyas manos va dejando las series que había creado, y con ellos, los cómics Marvel estarán más unidos si cabe a su época, y sus mujeres ganarán en profundidad y carácter. En la próxima entrega se verá.
