Acabo de releerme La lectura de las ruinas, de David B., un cómic editado el año pasado que en su momento, pese a que me pareció bueno, me dejó un poco frío. Creo que también pasó desapercibido en el mercado, en general. Y es que David B. es un autor que siempre va a tener el mismo problema: La Ascensión del Gran Mal es algo tan enorme que es inevitable comparar con ella cada nueva obra suya que se edita, e imposible que alguna no se vea empequeñecida. Eso no debe impedir que se reconozca que la Lectura de las ruinas es un excelente tebeo.
Mucho más modesto en sus pretensiones, cuenta la historia de un espía y folclorista holandés, Van Meer, al que en plena Primera Guerra Mundial se le encarga que busque a Hellequin, un ingeniero, pero que nunca lo llegue a encontrar. Pese a lo surrealista del encargo, todo apuntaba a que la trama sería una típica búsqueda trufada de aventuras, huídas y enfrentamientos con los alemanes: toda suposición la destroza David B. inteligentemente cuando inmediatamente después de recibir el encargo, Van Meer es abordado por Hellequin en la calle. A partir de ahí, se desarrolla una historia delirante, totalmente sumergida en el universo alucinado de un autor que, trate el género que trate, no puede evitar —y no quiere— que sus obsesiones y su personalidad dominen la historia.
En La lectura de las ruinas encontramos la fijación que por la guerra, lo sabemos gracias a El Gran Mal, tiene David B: la imaginería de los soldados, las escenas de batallas, esas viñetas que no son realistas pero reflejan un horror aún mayor, porque atacan al subconsciente y parecen salidas de pesadillas. Pero, al mismo tiempo, se encuentra la otra gran obsesión del autor: el mundo del mito y del folclore. Ambos están conectados, obviamente, por el hecho de que uno de los protagonistas es experto en folclore, pero también y sobre todo por los particulares proyectos del ingeniero Hellequin, un tipo extraño al que no vemos trabajar jamás más que con su imaginación, la que le permite idear armas como alambre de espino que crece solo, cañones de sueños y hombres de fécula de patata. Y obviamente, también por el proyecto que lo obsesiona y que da nombre al álbum: desentrañar el mensaje secreto que los bombardeos del dios de la guerra escriben en las ruinas. Intentar, en suma, encontrar el sentido de la destrucción que provoca.
Obviamente, no lo encuentra. El tebeo termina con un repaso de diversas leyendas de las trincheras intercaladas con una historia contada sólo con imágenes, espectacular. Previamente, la verdad es que la historia había bajado algunos enteros desde su inicio. Quizás su final sea demasiado confuso, más por falta de información que por ausencia de claridad narrativa, algo impensable en David B. No obstante, muy probablemente él está buscando de manera consciente ese final abierto y ambiguo que deja al lector con una sensación extraña cuando termina La lectura de las ruinas. Es una historia de un solo álbum, pero que deja más preguntas que respuestas: la más importante, si realmente existen las armas que Hellequin dice haber construido, que jamás aparecen.
Por lo demás, un tebeo muy bien hecho. Sólo el dibujo de David B. —aquí trabajando perfectamente a color, aunque yo lo prefiera en blanco y negro— ya justifica la lectura y compra del álbum. Es un David. B menor, pero que de sobra se coloca por encima de muchos otros autores que ni en sus mejores momentos pueden acercarse al nivel de este genio que nos dio su mejor obra demasiado pronto, y que, injustamente, pagará el precio toda su vida.


Realmente agradezco su brevedad. Tanto en páginas como en texto. No te puedes explayar demasiado en conceptos que por su complejidad, los autores, tienden a perderse en discursos confusos y grandilocuentes llevados por su ánimo filosófico.
Te doy la razón con respecto al dibujo en blanco y negro con respecto al color.
Aunque tiene buenas metáforas (mucho mejores en "El ascenso del gran mal" que por cierto me satura un poco) no es un autor que me emocione. Los franco-belgas tienden a mostrar demasiado sus aspiraciones a ser un nuevo Sartre en su prosa y a veces no dan tiempo a las viñetas a que te lleven por ese camino.
Hombre, pretenciosos hay en todas partes, no sólo en el cómic franco belga. Hay cada americano que da miedo en ese sentido, y algún mangaka que sufre de incontinencia verbal (yo reto a cualquiera a que me explique el mensaje filósofico de Ghost in the Shell). Realmente creo que en el nuevo cómic francés abundan los autores con una prosa sencilla y bastante natural, que no se pierden en discursos ininteligibles pero tienen mensaje: Sfar, Trondheim, Blain, y este David B. La ascensión del Gran Mal, por cierto, es uno de mis tres o cuatro cómics favoritos.
Un saludo.