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            De los relanzamientos de sus personajes más clásicos que Marvel llevó a cabo, en eterno eterno retorno, en 1998, el que más me sedujo fue el de Los Vengadores, a cargo de Kurt Busiek y George Pérez. Son tebeos que he leído tantas veces que ya me los sé de memoria, y no porque sean espectacularmente buenos, sino porque son el mejor ejemplo de un modo muy concreto de hacer superhéroes.

            Busiek es un tipo simpaticote, alejado del estereotipo actual de guionista enfant terrible que se rapa el pelo y le alza el dedo corazón a la cámara cada vez que le hacen una foto. Es un lector de tebeos de superhéroes de toda la vida que trepó poco a poco en la industria, fogueándose haciendo números sueltos What if? y fill-ins de alguna colección de Spiderman. Su primer gran éxito fue la miniserie de Marvels, toda una declaración de principios: lo que se encuentra en ella es lo mismo que se encuentra en cualquier otro cómic de Busiek. Superhéroes como se hacían antes, héroes clásicos de los que no matan, de los que todavía entendían el mundo de forma amable, y para los cuales la camaradería, la consciencia de ser parte de una tradición y los valores aún significaban algo. Todo eso que hoy es papel mojado, vaya, en estos tebeos post 11-S en los que se mata sin remordimientos y los superhéroes actúan como un ejército organizado que se comporta, paradojas, como ciertos culturetas siempre han dicho que se comportaban los superhéroes, sin ser cierto del todo: como fachas.

            Busiek cogió Los Vengadores en un momento complicado. Tras un año en manos de, glups, Rob Liefeld, en unas historias que no constarían a la postre en la continuidad oficial del grupo, y tras un montón de historias previas en las que el espíritu de los noventa había llevado a los Vengadores a un callejón sin salida en el que eran ya irreconocibles, Busiek les devuelve su esencia y su significado integrando todos sus elementos y sintetizando su historia sin dejar fuera nada, teniendo en cuenta y usando prácticamente todas las historias del grupo, tanto las buenas como las malas. Este método tiene, obviamente, sus ventajas y sus inconvenientes. La mayor desventaja es que los tebeos son más inaccesibles, en la medida en la que para disfrutarlos de verdad es necesario cierto conocimiento, a pesar de que, cuando éramos pequeños, todos leíamos cómics de superhéroes sin enterarnos de demasiado y no se acababa el mundo. Otra consecuencia es que las historias se vuelven previsibles y se pierde capacidad de sorpresa. Y efectivamente, sorpresas se encontraban poquitas en estos Vengadores. No se trataba de eso. Era precisamente lo contrario lo que se buscaba: se jugaba al reconocimiento, al guiño, al remake incluso, con conocimiento de causa y con mucho oficio, que es lo que siempre ha tenido Busiek.

            En sus inicios, tampoco nos engañemos, Los Vengadores era una de las series más flojas de Marvel. Jack Kirby la abandonó muy pronto, y sus sucesores eran, digámoslo así, inferiores al maestro. Por su parte Stan Lee parecía no saber muy bien qué hacer con la serie más allá de hacer que los Vengadores se pelearan entre ellos por cualquier chorrada cada dos por tres y contra villanos un pelo ridículos. No fue hasta la llegada primero de Roy Thomas y después y sobre todo de Steven Englehart que los Vengadores empiezan a ser de verdad los Vengadores. Es entonces cuando se crea su particular mitología y se definen las relaciones entre ellos y las caracterizaciones más recordadas como canónicas de sus miembros más importantes. Precisamente es esa etapa la que Busiek homenajea constatemente en sus tebeos. Ese sabor clásico, que tiene sus limitaciones —difícilmente se puede innovar mirando constantemente al pasado, o producir una obra maestra—, es en lo que Busiek basó su éxito. Empezando por la primera alineación del grupo, obvia y populista, y siguiendo por la inteligente decisión de dar el máximo protagonismo a los personajes que fueron siempre el motor del grupo, más aún que los tres más exitosos —Capitán América, Thor e Iron Man; los tres con colección propia—: la Bruja Escarlata, la Visión, Ms. Marvel, Ojo de Halcón o Wonder Man. Todos perfectamente caracterizados —demasiado incluso; en algún momento peca Busiek de sobrecaracterización—, sonando en sus diálogos como ellos mismos y no como las copias bastardas hipermusculadas que en la primera mitad de los noventa aparecían en la serie. En las aventuras se nota también el amor de Busiek por aquellos cómics, tanto en su estructura como en los antagonistas de los héroes. No es casualidad que por la serie paseen su megalomanía clásicos como el conde Nefaria, el Escuadrón Supremo, Kang o Ultrón, en la mejor historia, por cierto, Ultrón Ilimitado. De hecho donde más patina Busiek es en sus historias "propias", en sus intentos de añadir elementos a la mitología de los Vengadores y no sólo de jugar con los ya existentes, no tanto con sus miembros de nuevo cuño —muy criticados en su día por los fans, como si fuera la primera vez que se presentan personajes nuevos en la serie— como en villanos no muy convincentes, como los Ocho, Lord Templar y alguno más que pasó sin pena ni gloria. En cambio, el enfrentamiento del grupo con una amenaza a la que no puede vencer a golpes sin más, la secta niujera de la Comprensión Trina, está desarrollado de forma bastante inteligente para lo que suele encontrarse en un tebeo de superhéroes estándar.

            Pero quien golpea primero golpea dos veces: es evidente que los tebeos de Busiek no tienen la frescura y la espontaneidad de aquellos a los que imita. Pese a ello, el hecho de que el guionista conozca perfectamente la sintaxis del género supone que no habrá uno solo de sus cómics que no ofrezca, al menos, un entretenimiento digno, y por momentos, sagas con un sentido de la épica que hoy se ha perdido. Sus subtramas, el especial tratamiento del personaje por encima de la acción, sus momentos totalmente pensados para el fan —la Bestia volviendo a los Vengadores por un día, o los números en los que se rehace la alineación del grupo, por ejemplo— contribuyeron a que muchos lectores que tenemos la trasnochada idea de que los héroes deben ser, vaya, héroes, y que el universo Marvel, en el que la gente se disfraza con trajes de colores para salvar el mundo, no se sostiene si no es en su tradición, conservemos cierto cariño a esta etapa,  aun con todos sus defectos. Tuvo también mucho que ver el dibujo de un George Pérez que ya había escrito páginas de oro en la historia de la serie durante los años setenta, y que aquí volvía a demostrar que al igual que Busiek en  la escritura comprendía perfectamente cómo se dibujan los superhéroes, acaso con la misma sensación de pérdida de frescura que tenían los guiones. Destrozado por los acabados de Al Vey y un color horrible, el maestro no había perdido, no obstante, su enorme capacidad para mover decenas de personajes y diferenciarlos tanto físicamente como en sus movimientos y atuendos, y qué valioso era eso en aquella época, en la que los superhéroes eran todos el mismo maniquí con distinto traje. Tras su partida la colección quedó herida de muerte. Tras el paso efímero de otro grande de esto de los tíos en mallas, Alan Davis, Busiek tuvo que cargar con Kieron Dwyer, dibujante eficaz pero de segundísima fila. La serie fue languideciendo en la medida en que los nuevos rectores de Marvel Joe Quesada y Bill Jemas llevaban al universo de ficción por caminos en las antípodas de la visión de Busiek, que al final fue el último de Filipinas y abandonó Los Vengadores tras una saga, la que contaba la invasión de la Tierra por parte de Kang¸ que se alargó en exceso y que no contó con la complicidad o siquiera con la simpatía de los editores. A pesar de ello, tuvo Busiek un glorioso canto del cisne en la miniserie de La Liga de la Justicia/Los Vengadores, un auténtico compendio de qué debe ser un tebeo de superhéroes, en el que, junto a George Pérez —que se entintó a sí mismo y firmó, para mí, el mejor trabajo de su carrera, poniendo de paso en evidencia al pobre Al Vey—, jugaba con los dos universos de ficción superheroica poniendo de manifiesto sus semejanzas y diferencias y ofreciendo una aventura típica —de eso se trataba— en la que entremezclaba las historias de ambos grupos y usaba sin cortapisas a todos sus personajes, en un delicioso quién es quién que para el lector de toda la vida fue una gozada. Las composiciones espectaculares de página de Pérez, único coreografiando peleas, y sus tremendas portadas —la del tercer número con todos los miembros habidos y por haber de los Vengadores y la Liga es ya parte de la historia del género— se unieron a los enciclópedicos conocimientos de Busiek en el canto de cisne de éste con el grupo y a la sazón con la propia Marvel. Dejó el guionista un buen montón de cómics que hoy se ven tremendamente anticuados y cuyas historias saltaron por los aires en la saga guionizada por Bendis que puso punto y final a la colección tras una etapa decente de Geoff Jonhs y una penosa del hoy felizmente desaparecido Chuck Austen, para ser relanzada con un nuevo enfoque más cool acto seguido, por supuesto. Fue la primera vez, por cierto, que me di cuenta de lo molesto que es que el guionista de una colección que te gusta sepa menos que tú de sus personajes, y entonces abandoné Los Vengadores sin más. Como tantas y tantas otras.