¿Para quién son los superhéroes de hoy?
Al hilo del anterior artículo he estado reflexionando un poco acerca de cuál es el problema que tiene hoy en día el cómic de superhéroes, porque pese a tener una amplia parcela del mercado la sensación que hay es que está empezando a perderla y sobre todo, que ha llegado a un callejón creativo sin salida. Y por qué, en España, ya no es el producto comercial masivo que debería. Por qué los editores ni siquiera parecen intentar llegar a un público amplio y se conforman con vender "a sibaritas" —sí, la expresión me pareció desafortunada y me tocó los huevos también—. y he llegado a la conclusión de que cuando digo que el género de superhéroes debería ser el que abriera mercado y atrajera a chavales al medio, caigo en un error obvio: los cómics de superhéroes ya no son para niños ni son para el lector novato, al menos en su inmesa mayoría. ¿Entonces para quién? Hagamos un poco de historia, de Marvel, que es la que conozco.
Hablemos primero de la edad. Cuando Stan Lee inventó el universo Marvel junto a un puñado de brillantes dibujantes, consideraba que la edad perfecta para leer sus cómics eran los doce años. Es decir, que sus colecciones iban dirigidas a ese target de edad. Por eso, y no sólo por la época, sus historias eran ingenuas, aunque no tanto como las que ofrecían otras editoriales. Ocurrió también que en aquel momento era inconcebible que una colección durara décadas, como acabó pasando, por lo que en un primer momento nadie planificaba nada. El universo de ficción se fue construyendo sobre la marcha, y poco a poco sus colecciones crecieron con sus lectores. Aún así fue toda una sorpresa la famosa encuesta de la revista Squire que revelaba como dos de los personajes más influyentes en los campus americanos a Hulk y Spiderman. De repente en Marvel fueron conscientes de que había todo un sector de sus compradores que habían dejado la adolescencia atrás pero encontraban interesantes a los personajes. Quizás esta certeza fue la que llevó a Lee a desafiar al Comic Code Authority y sacar a la luz la Trilogía de las drogas, la historia de The Amazing Spider-man donde se exponían casi sin tapujos los efectos del LSD. Desde entonces y hasta los años ochenta la editorial siguió aumentando la madurez de sus historias, pero siempre dentro de unos límites, los del Code, que pese a que tenían evidentes inconvenientes creativos, ofrecía la seguridad de que absolutamente todas las colecciones de la casa podían ser leídas por los chavales de doce años a los que en un primer momento iban destinadas. Incluso en los ochenta, cuando los superhéroes se hicieron todo lo adultos que pueden llegar a ser los superhéroes con el Daredevil de Frank Miller o el Thor de Walt Simonson, no se perdía de vista a los más pequeños. En la misma década convivieron obras maestras como el Daredevil: Born Again, poco atractiva para un crío, con las Secret Wars, el sueño dorado de cualquier chavalín que alucina con los personajes de Marvel. Luego llegaron los noventa y aunque la estética aparentaba cierta adultez, las historias jamás fueron más adolescentes. Después el revival clasicista siguió ofreciendo historias para todos los públicos. Y después, llegaron Joe Quesada, Bill Jemas, y el 11S que cambió los superhéroes de Marvel para siempre. Se abandona el Code y se instaura un sistema de clasificación por edades interno similar al de la industria del cine, y se empieza a cambiar radicalmente el paradigma del género y dejan de ser para niños. Ya no es que los cómics contengan elementos poco adecuados para un crío, que tampoco soy un mojigato —aunque muchos padres sí lo son, y no creo que les guste que su chaval de diez años lea tebeos llenos de sexo, violencia gratuita y héroes que matan sin despeinarse—, es que por su temática, su grafismo, su cinismo dark and gritty, ¡estos tebeos no pueden atraer a un niño en la vida! A los críos, y si no me creen vean los videojuegos que más triunfan entre ellos, les sigue atrayendo la magia, el colorido, el sentido de la maravilla, aunque crezcan, es verdad, cada vez más rápido. En los cómics Marvel actuales prima el dibujo sobrio y fotorrealista, con colores oscurísimos, héroes "realistas", sea lo que sea eso, que se enfrentan a villanos en ropa de calle y a terroristas que ponen bombas y matan a centenares de personas. No perderle el pulso a la sociedad no tiene por qué estar reñido con llegar a un público preadolescente. Y el hecho de que Marvel haya lanzado líneas enteras enfocadas al público joven no hace sino darme la razón y demostrar que la línea principal, el universo Marvel de toda la vida, ya no apto para chavales, ni siquiera las colecciones clasificadas para todos los públicos. Es evidente que alguno hay, pero ya no creo que sea el lector mayoritario.
Y luego, claro, hay otro problema. La continuidad. La sensación de universo compartido, las apariciones de unos personajes en las colecciones de otros, fue desde sus inicios uno de los mayores atractivos del universo Marvel. Lee, todo un zorro de las maniobras promocionales, no tenía ninguna duda de que ése era un aspecto a potenciar. ¿Que Daredevil no vendía demasiado? Pues se cogía al personaje y se le metía en un numerito de The Amazing Spider-man, indicando convenientemente al lector que podía encontrar la colección de Daredevil en su quiosco todos los meses. Esto se fue desarrollando con el paso de los años en manos de guionistas que conocían a la perfección la historia de la editorial, pero, lógicamente, llega un momento en el que eso se vuelve casi imposible. Cuando Roy Thomas entró en la editorial tenía a su disposición, calculo, unos ochocientos tebeos. Eso es totalmente manejable. Pero, ¿cuántos tiene un guionista joven que entre hoy en la editorial? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? ¿Medio millón? Por ahí andará la cosa. Así es imposible. Y desde las altas esferas de la editorial hubo un momento en el que directamente de fomentó que la continuidad fuera ignorada totalmente, contratando a guionistas que hacían ostentación de su desconocimiento de la historia del personaje del que se iban a encargar, gente que leyó tebeos cuando eran pequeños pero hacía mil años desde que cogieron uno. No es que antes de esto la cosa fuera fácil para el lector novato. Es cierto que yo, como muchos otros, empezamos a leer tebeos sin tener ni puta idea de qué pasaba ahí, aprendiendo sobre la marcha y enterándote de las cosas por los artículos o por referencias en los propios tebeos. Y esto era aún un aliciente: recuerdo comprar, por ejemplo, el primer número de El Guantelete del Infinito y alucinar a los bestia con las decenas de personajes que aparecían ahí, tan bien dibujados por George Pérez, y sin saber, por supuesto, quién coño eran. Pero te picaba el gusanillo, querías ir conociendo poco a poco más y más de un universo vastísimo que parecía no tener fin. Hoy, me da la sensación —pero puedo equivocarme y no ser más que una impresión típica de abuelo cebolleta que piensa que los jóvenes de ahora no tienen ni puta idea de nada— de que eso no es algo que atraiga a un chaval de doce años. Hoy, los niños necesitan más información de la que necesitábamos nosotros. No quieren rellenar huecos, quieren que se los den ya rellenos. Y es por eso que les molesta comprarse un tebeo y no enterarse absolutamente de todo lo que en él sucede. No ayudan, claro, los cross-overs que desde aquellas lejanas Secret Wars II se han ido haciendo más y más frecuentes, y que lastran muchísimo el trabajo de los guionistas y dificultan la comprensión de sus tramas. Recordemos que ya Simonson en Thor tuvo que meter con calzador escenas relacionadas con La masacre mutante. Y hoy, después de unos inicios en el cargo en el que Quesada fomentó la independencia de las colecciones y casi declaró proscritos los cross-overs, lo que yo como lector veterano puedo criticar pero que tiene innegables ventajas a la hora de incorporar lectores nuevos, el mismo editor, que no lo han cambiado, hace que los macroeventos editoriales se sucedan uno detrás de otro en una absurda huida hacia delante que no lleva más que a un precipicio. En un año hay tres o cuatro sagas que involucran a todas las colecciones de la editorial y requieren la compra de una serie central y varios tie-in, que los llaman: números "imprescindibles" para seguir la acción.
He observado algo: los cross-overs aparecen con mayor frecuencia en momentos de recesión de la industria, cuando bajan las ventas. Es un método para que el aficionado fiel que se deja una pasta al mes se deje todavía más. Sí, se espanta al lector ocasional, pero sale a cuenta. Pero, verán ustedes. Hace poco estuve hojeando bastantes colecciones mutantes de la segunda mitad de los noventa. X-Force, Excalibur, Generación-X, incluso las dos colecciones principales de los X-Men. Y vaya, sabía que eran malos, pero es que además son casi ininteligibles. Son tebeos completamente endogámicos, es necesario estar totalmente metido en TODAS las colecciones para poder enterarse de qué narices está pasando, quiénes son todos esos personajes que deambulan de un grupo a otro, esos villanos que hoy están justamente olvidados. La Marvel de los noventa se cerró tanto sobre sí misma que era imposible que un lector "virgen" desenredara tamaña madeja y sacara algo en claro. Y pasó lo que pasó: la cosa no dio más de sí y hubo que recurrir a reinicios, vueltas a los orígenes y renumeraciones varias para intentar atraer la atención de la gente de fuera. Y hoy me temo que volvemos a estar más cerca que nunca de esa situación. Y tras Civil War, Secret Invasion, War of Kings, y demás eventos que sacuden los cimientos del universo Marvel "para siempre", me da que dentro de nada vamos a asistir a un reseteo, a un borrón y cuenta nueva al estilo del que ya hicieron con Spiderman hace muy poco. Pero eso tampoco ha servido para aumentar las ventas demasiado más allá de la sorpresa inicial. Es como si ya no hubiera nada que hacer, como si el género estuviera prácticamente muerto y los editores se limitaran a sorber todo el dinero de los seguidores fieles posible antes de levar anclas.
Aunque, claro, eso no va a pasar nunca de forma definitiva. Los personajes como franquicia, como imagen, pueden dar aún mucho dinero. Simplemente con las películas y el merchandising derivado, ya merece la pena mantener una colección de cómics, aunque la compren cuatro.
Y venga, conclusiones, que me enrollo: que tal y como están las cosas, un chaval de doce años necesita un máster para empezar a coleccionar cómics Marvel, y de DC, vaya, que con sus Crisis no es que estén mucho más legibles. El producto marginal enfocado al niño no está funcionando, porque deben ser las colecciones principales las que intenten llegar a él, si es que es posible. Lo que es un hecho es que, al igual que pasaba en España, hace veinte años todos los chavales de cierta edad leían cómics Marvel. Y hoy, no. Y estos tebeos que por definición tendrían que ser comerciales, de masas, son completamente minoritarios. Y como el niño, que ya de por sí bastante se nos distrae con la consola y el ordenador, no tiene a su disposición un tebeo adecuado a su edad que le enganche a los tebeos en general, cuando crece no se interesa por otras propuestas que le brinda el medio, y lo seguimos leyendo cuatro. Y así estaremos, me temo, hasta que alguien dé otra vez con la tecla correcta, con el santo grial del tebeo infantil, sea o no de superhéroes, en realidad importa poco.


Igerifreki dijo
Y lo más triste de todo, el cine e incluso la televisión, en un estado alarmante por la escasez de ideas y maneras de llamar la atención, se ha dedicado los últimos años a dilapidar material del cómic de forma alarmante. Da la impresión que han de pasar todos los personajes Marvel por el cine con secuelas Spin-off y todo(X-men, Spiderman, Daredevil, Hulk, Iron Man....), y además, creo que van hacer una especie de crossover entre películas. De hecho tienen su Reborn cada dos por tres, sobre todo si no les ha gustado la pelí (tipo Hulk que se ignora totalmente). Hollywood se queda sin ideas y fagocita un mundillo agonizante.
25 Agosto 2009 | 08:22 PM