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            David Bedford quizás es, junto a Tom Newman, el músico que más influyó en la mejor música de Mike Oldfield. Y no podrían haber sido más opuestos: donde Oldfield era visceral y salvaje, Bedford era intelectual y sereno; Oldfield fue un autodidacta intuitivo, Bedford un músico de profunda formación clásica. Y sin embargo, aquella asociación y aquel intercambio de ideas musicales funcionaron a la perfección. Porque ambos se entendieron en el terreno musical y supieron encontrar nexos que explotar conjuntamente, influyéndose el uno al otro en perfecta simbiosis.

            Bedford es un genio. No voy a negar que Oldfield me gusta más, que me llega más, que me emociona más. Bedford es cerebral y matemático, pero a pesar de ello, es imposible no quitarse el sombrero ante su tremendo talento y su inagotable profesionalidad —y aquí sí gana a Oldfield por goleada— que le lleva a estar aún en activo compaginando las diversas facetas de su extensa carrera.

            Hoy quiero acercarme al que considero mejor disco de Bedford: Instructions for Angels. Es una maravilla. Compuesto en 1977, es también el trabajo donde mejor se aprecia esa relación con el jovencito que ya había parido Tubular Bells, Hergest Ridge y Ommadawn. El concepto del que parte es genial: a partir de una mínima melodía tradicional presentada en la primera pista, desarrolla todo un álbum con variaciones de la misma. Desde mi punto de vista, la esencia misma del progresivo. La grandeza de Bedford es ser capaz de hacer esto sin aburrir jamás al oyente, sino todo lo contrario: sorprendiendo a cada momento por los caminos que recorre en su profunda exploración de ese pequeño tema de tres minutos. Bedford retuerce, profundiza, da la vuelta, acelera, decelera, cambia de instrumentos, introduce sutiles percusiones, experimenta con todo tipo de teclados, secunciadores y sintetizadores, y ofrece, en definitiva, un maravilloso paisaje en el que el oyente se pierde, lleno de momentos de enrmoe sensibilidad musical e intrincados recursos. Hay algo de mágico en la manera en la que todo encaja, la misma magia que se encuentra en Hergest Ridge u Ommadawn.

            Y es que es inevitable no recordar las impresionantes capas de sintetizadores de Hergest Ridge al escuchar las de la segunda variación de Instructions for Angels, y, del mismo modo, que Incantations no recuerde a ésta. Bedford es además un teclista infinitamente más dotado que Oldfield, y eso le permite entretejer las capas con un virtuosismo increíble y una precisión de cirujano. Lo mismo puede decirse del uso que hace de diferentes instrumentos de viento, o del archipresente glockenspiel, siempre unido al rock sinfónico de los setenta, o del órgano de iglesia que abre alguna variación. Bedford ha compuesto sinfonías, y eso son palabras mayores. Su habilidad como arreglista y su amplio conocimiento de los diferentes instrumentos no son inferiores a su capacidad como compositor. Todo está medido y perfectamente ordenado. Instructions for Angels es un juego de lógica matemática, un divertimento de un compositor superlativo, que basa su buen funcionamiento en el hecho de que el oyente siempre se siente parte de él.

            Y, precisamente por su perfección formal, es aún más impresionante la sexta variación, en la que el tema constatemente explorado sirve tan solo de breve introducción a una de las más impresionantes interpretaciones de guitarra eléctrica que Oldfield haya hecho en su vida. Uno no puede evitar pensar que Bedford simplemente comenzó a grabar y Oldfield tocó lo que le dio la gana, improvisando totalmente. Una guitarra salvaje y caótica que rompe de forma brutal lo que habíamos escuchado hasta el momento y que supone un shock radical en las orejas del oyente. Tras escucharlo, uno no puede sino sentir cierta lástima por aquellos que recurren al tópico de que "Oldfield ahora no es ni mejor ni peor que antes, sólo diferente" para justificar lo injustificable.

            Cierra el trabajo una soberbia interpretación del tema a orquesta completa y sintetizador, de inspiración clásica y marcado componente épico. Probablemente, el mejor corte del disco.

            A veces me sorprende lo olvidado que está Bedford. Se alejó muy pronto de la música comercial —de lo que era música comercial entonces— y nunca estuvo excesivamente interesado en el éxito de ventas o en la fama. Pero sus discos, incluso los más extraños, suponen siempre un reto al oyente, un desafío mucho más intelectual que la emoción descarnada que encontramos en Oldfield, pero a su manera igualmente atractivo y edificante. Si les gusta Oldfield, escúchenlo. Si no, basta con que les guste la música. Es una obra maestra.