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Tras una de las mejores portadas que ha tenido jamás un disco se esconde uno de los álbumes más influyentes de la música popular: Black Sabbath. La banda del mismo nombre llevaba dos años en activo, pero no fue hasta 1970 que pudieron meterse en un estudio y grabar su primer disco, un álbum debut de una calidad indiscutible, y que supuso, para muchos, el inicio del heavy metal.

            Sin duda lo mejor de Black Sabbath fue su originalidad. Tenían —sí, en pasado; su tiempo pasó hace treinta años o más— una personalidad propia y única, que intentó ser copiada pero jamás fue superada por la miriada de estilos y bandas que inspiró. De Black Sabbath, Led Zeppelin y Deep Purple puede decirse que viene todo lo que lleve la palabra metal en su nombre. De Sabbath, concretamente, derivan en última instancia todas las músicas "oscuras" y góticas que desde los ochenta han ido surgiendo.

            La música de Black Sabbath no se parecía a nada, y ahí estuvo su éxito casi inmediato. Una música llena de graves, pesada y agobiante, que te eriza los pelos de la nuca, que  pesa cuando se escucha. El líder y guitarrista Tommi Iommi, es un intérprete genial que inventó toda una nueva forma de tocar la guitarra, afinándola de manera diferente a como se venía haciendo y tocándola de maner forzosamente peculiar, al ser zurdo y faltarle varias falanges que suplía con prótesis plásticas que ayudaban a perfilar uno de los sonidos más inconfundibles del rock. Sus distorsiones crearon escuela, al igual que sus riffs y sus tremendos solos. A pesar de todo esto, no es la guitarra lo que más me gusta de Black Sabbath, sino su espectacular bajo. Pocas veces ha tenido tantísimo peso y personalidad propia este instrumento, tradicionalmente relegado a un segundo plano. En la música de Black Sabbath el bajo siempre está presente, y la vertebra con intrincadas líneas magníficamente tocadas por Geezer Butler, uno de los mejores bajistas que he escuchado nunca. El batería Bill Ward no es inferior; con deliciosos arrebatos de jazz y  un sonido contundente que termina de perfilar el de la banda en conjunto. Queda el cuarto miembro, el más controvertido: el vocalista Ozzy Osbourne. Es un tópico, pero quizás es cierto: la voz de Osbourne o se ama o se aborrece. No es una buena voz, en el sentido clásico del término —pero sorprende que esto se use como argumento contra él cuando es algo compartido por prácticamente todos los cantantes de rock y pop—, y sin embargo, es una voz única y con un carisma innegable. A mí personalmente me encanta, especialmente en estos primeros discos, en los que parte del excelente resultado final se debe a su aportación, y, de hecho, cuando Osbourne abandonó la banda, ya nada fue igual.

            El disco abre con una pista que define desde el principio la esencia de Black Sabbath. Una pista de más de seis minutos del mismo título que el álbum se inicia con la grabación de una tormenta y campanas de iglesia, que dejan claro que estamos ante una música ambiental —en su significado real, no el pervertido que se ha establecido con el paso del tiempo—, envolvente, repetitiva, opresiva. Para mí, este primer tema de la banda es también el mejor, aunque no sea ni mucho menos lo único interesante en Black Sabbath. The Wizard es una gran canción que cuenta con una genialidad: dar aire blues a un tema que habla de un mago. Behind the Wall of Sleep  y sobre todo N.I.B. son dos excelentes temas que abundan en el camino abierto por Black Sabbath, consolidando el sonido grave y pesado basado en el bajo y la guitarra. Quizás el tema más flojo es Evil Woman, cuya condición de single pegadizo es demasiado evidente, lo que hace que sea una canción más convencional que el resto.

            La reedición en CD que tengo en casa incluye tres temas extra, bastante interesantes. Son Sleeping Village, Warning —un temazo de diez minutos donde Iommi está increíble, con una gran cantidad de registros, incluyendo una sección brutal de evidente influjo de Jimi Hendrix— y la hipnótica y extraña Wicked World.

            Con una estética inconfundible asociada a su música desde el principio y un satanismo de pega y en el fondo bastante infantil, Black Sabbath se convirtieron de inmediato con este trabajo en un referente del rock. Con su segundo disco, Paranoid, del que hablaré en algún momento, llegó la consagración y sus temas más conocidos por el gran público, pero a mí, aunque sea por poco, siempre me ha gustado más este Black Sabbath, un álbum legendario.