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            Desde que vi las primeras imágenes el año pasado de Los doce trabajos de Hércules, supe que iba a comprarme este cómic sí o sí. En su momento dejé pasar Peter Petrake —que ahora tengo claro que recuperaré en un momento u otro—, pero esta vez no he cometido el mismo error y me he hecho con la reedición publicada por De Ponent de cara al Saló del Cómic.

            Miguel Calatayud es un autor sorprendente y genial, uno de los mayores renovadores de la historieta española en los setenta, que hizo cosas que nadie aquí había intentando jamás. Con un estilo de inspiración claramente pop —especialmente recuerda a la película de animación Yellow Submarine—, en Los doce trabajos de Hércules sin embargo consigue el autor algo extraño: remitir al mismo tiempo a la cerámica griega, con esas figuras de perfil perpetuo, hiératicas. La mezcla es explosiva. La lectura de este tebeo se convierte, gracias al grafismo de Calatayud, en una experiencia increíble.

            Recreando el mito de Hércules/Heracles con unos textos sencillos y hasta toscos, consigue centrar toda la atención en el dibujo y en sus elaboradas composiciones de viñeta. Realmente hay al menos una por página para quitarse el sombrero, pero, sobre todo, si por algo destaca Calatayud, y evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, es por su tratamiento del color. Es impresionante; probablemente de los mejores que ha conocido el cómic. A su altura sólo me vienen a la cabeza Walter y la revolución que supuso Richard Corben, pero no es exactamente lo mismo. En este cómic el color se convierte no solamente en un elemento esencial de la narración, sino en el eje de la misma. Calatayud tiene un sentido del color brutal, y gracias al cromatismo consigue una historia que cala en el lector de una manera inmediata. Cada capítulo, correspondiente a una de las doce tareas imposibles de Hércules, cuenta con una paleta de colores restringida y muy pensada para darle el tono exacto que dicha tarea requierem con lo que consigue imágenes poderosas, de ésas que no se olvidan jamás, como la que quizás sea mi favorita, esa impresionante viñeta página de Atlas sosteniendo la bóveda celeste. Y a esto ayuda mucho el papel escogido por De Ponent en su edición, perfecta —tiemblo al imaginar los colores planos y rotundos de Calatayud impresos en un papel satinado de éste que tanto se estila ahora.

            A priori podría pensarse que recontar una historia tan clásica con una estética tan rompedora y actual —incluso vista hoy en día, más de treinta años después de su concepción— sólo sería posible desde una óptica posmoderna o un distanciamiento irónico. Ni una cosa ni la otra: en Los doce trabajos de Hércules su autor es fiel a su espíritu y consigue a través de dicha estética, paradojas, conectar más efectivamente con las raíces del mito, con aquello que bajo su superficie dice tanto de nosotros como decía de los antiguos griegos que lo escucharon por primera vez. La lectura de Calatayud es literal y se centra, además de en las maravillosas pesadillas que Hércules va encontrando, en el camino del héroe, en su aprendizaje, sin discursos, sin análisis psicológicos, pero con una hermosa viñeta final que lo dice absolutamente todo, en la que vemos a un Hércules meditabundo que descubre que no hay más monstruo que el hombre.

            ¿Obra maestra? Lo mismo sí. En todo caso, un tebeo fundamental y precioso, una obra de arte concebida como tal en una época en la que eso era la excepción. Quiero más. Más de Calatayud, y más de todos esos dibujantes olvidados que esperan durmiendo el sueño de los justos que algún editor quijotesco los saque del ostracismo. A ver cuándo le toca a ese otro genio que fue Nicolás.