Hasta el infinito y más allá.
Hoy no voy a hablar de buenos cómics. Ni de cómics mediocres, ni siquiera de cómics que recuerde nadie sobre la faz de la tierra. Voy a hablar de cómics más malos que la peste, ilegibles hoy en día, e incluso entonces. Chungos, chungos. Los adoro.
Porque las cosas como son: en su momento flipé con ellos. La trilogía del infinito, para los que empezamos a coleccionar tebeos de Marvel en los noventa, son nuestras Secret Wars particulares. Cómics de mamporros, llenos de muñecos de colores, una puerta única para conocer mejor ese universo que, lo supimos mucho después, ya había dado lo mejor que tenía que dar y agonizaba sin remedio. Daba igual entonces. Todo era nuevo, cada personaje desconocido que veíamos significaba otra pieza en ese puzle que nos parecía apasionante, cada pelea entre héroes generaba discusiones interminables acerca de quién era más poderoso que quién… Hoy parece increíble, pero ahí se forjó mi amor por los tebeos, en los superhéroes de los noventa. No es que no diferenciara entre cómics buenos y malos —recuerdo leer reediciones de los X-Men de Claremont y Byrne y darme cuenta de que eso, comparado con la serie que entonces era actual, era otra cosa—, es que me daba igual. Como a todos a esa edad.
Pero centrémonos, que divago. Voy a dejar al margen de todo esto la primera parte de la trilogía, El guantelete del infinito, porque realmente no son malos cómics, ni se nota tan descaradamente la maniobra comercial. El guantelete fue en realidad el colofón a la saga de Warlock y Thanos, los dos personajes fetiche de Jim Starlin, guionista de todo este tinglado, que no lo había dicho aún. Superhéroes metafísicos, disquisiciones filosóficas un poco pasadas de vueltas, pero interesantes. Starlin se preguntaba por el poder, la muerte y la vida. Thanos era un buen personaje, a pesar de ser en origen una copia del Darkseid de DC —o así me lo pareció siempre—. Tenía su gracia: un ser ya de por sí poderoso que llevaba a cabo una búsqueda para conseguir el poder definitivo, con el fin de impresionar a su amada, nada menos que la Muerte, que pasaba de él muchísimo. Y después, en El guantelete del infinito, convertido en el más poderoso del universo, él mismo hace posible su propia perdición. Ya digo, esta primera serie tenía su aquél. Los héroes además tenían una participación testimonial, salían muy pocos y lo justo, en un combate además que incluso leído hoy me parece bueno. Era la historia de Warlock y sobre todo de Thanos. Y los primeros números los dibujaba George Pérez, claro, que siempre ayuda. De hecho, esta trilogía llevaba su nombre claramente. Pero, quién sabe por qué, a mitad de serie apareció su sustituto, que se curraría ya La guerra del infinito y La cruzada del infinito: Ron Lim.
Totalmente desaparecido hoy en día, Lim era, lo voy a decir claro, un Pérez de tercera regional. Dibujaba rapidísimo, a fuerza de no detallar fondos, de no caracterizar a los personajes absolutamente nada —todos con la misma cara—, de dibujar con el automático. Cuando acabó los últimos números de El guantelete, ya era el dibujante regular de Silver Surfer, y pudo sin problemas con ambas. Hacía fácil lo difícil: pocos tebeos se me ocurren más jodidos de dibujar que éstos, con cuatro docenas de personajes por número. Y el tío parecía hacerlo con las manos atadas a la espalda.
Daba igual, ya digo. Lim en su momento molaba. Dibujaba muchos personajes, y ya está. Y Starlin… madre mía. Contada ya la historia que quería contar, no sé muy bien por qué alguien como él aceptó seguir con el show con intenciones exclusivamente recaudatorias. Podrían haber puesto a cualquier otro guionista de la casa al frente y habría dado exactamente igual. Pero siguió él. Quizás pensó que si había que prostituir a Thanos y Warlock, mejor ser él su chulo. Se sacó de la manga otra vez al Magus, reverso tenebroso de Warlock que en los setenta llevaba pelo a lo afro y ahora una coletilla ridícula. Ni siquiera recuerdo muy bien de qué iba todo aquello. La cosa filosófica seguía ahí… pero nos daba igual. Directamente nos saltábamos las páginas en las que Starlin tiraba por esos derroteros. Allí a lo que íbamos era a ver hostias de todos los colores. Y Starlin, o sus jefes, lo sabían. Muchos más superhéroes y con mucho más protagonismo, aunque en realidad en la resolución del conflicto no pintaran nada. La guerra del infinito molaba porque tenía portadas triples llenas de superhéroes chiquititos con las que podíamos competir a ver quién conocía más, molaba porque salían dobles malvados de los superhéroes, porque se pegaban entre ellos cada dos por tres, porque nada tenía sentido. El universo estaba en peligro y los Cuatro Fantásticos llamaban a todos los superhéroes, incluyendo a la Patrulla-X, que se suponía que eran clandestinos, y a los Nuevos Guerreros, menores de edad. Llamaban hasta a la Gata Negra, que a ver cómo coño tenían su teléfono. Caracterizar, lo que se dice caracterizar, Starlin caracterizaba a cuatro o cinco. El resto, carcasas intercambiables con poderes y trajes, sensación reforzada por el dibujo de Lim. Yo sufrí mofa y befa porque era —y soy— fan total de Spider-man y a las primeras de cambio lo atacaban a traición y lo mandaban al hospital, y se perdía el sarao. Había una subtrama con Kang y el Doctor Muerte haciendo algo, pero ni lo recuerdo ni en su momento le presté mayor atención. Al final, sorprendentemente, el universo se salvaba. Quedaba para la historia una serie limitada de seis números e incontables cross-overs en casi todas las series. Se libraron los mutantes, que por entonces partían el bacalao y tenían carta blanca para ir a su bola.
Tan sólo un año después, el genio creativo de Starlin se revolvía en su interior: su cuerpo le pedía una tercera parte que cerrar las tramas y le permitiera dotar de verdadera complejidad a sus temas fetiche. En La cruzada del infinito, Warlock se enfrentaba esta vez a su parte buena, que tenía forma femenina y resultó ser aún más peligrosa que Magus. Starlin aprovechó para tratar cuestiones peliagudas como el fanatismo religioso, y ahondar en la religiosidad de los personajes, algo normalmente tabú. Ni de coña, claro. Sí, más o menos todo eso estaba ahí, pero era tan de sal gorda, tan fácil y superficial, que no aguanta ni siquiera una primera lectura. Nos daba igual, además. La cruzada molaba más que La guerra porque salían todavía más superhéroes. Hasta el Nómada, que andaba huyendo de la justicia, se dejaba liar para irse por ahí a un planeta raro. En una viñeta se decía que habían intentado contactar sin éxito con X-Force, lo cual me pareció lamentable, porque seguramente Cable habría acabado con el problema en dos minutos a base de tiros. Y ya digo que aquí lo de menos era la trama y sus supuestas implicaciones morales. Todos seguíamos la serie por los piños que se daban los héroes, porque además aquí ya estaban desde el principio divididos en dos bandos, los partidarios de la Diosa y los partidarios de no se sabe muy bien qué. El clímax de la serie llega en un número en el que, simplemente, los superhéroes se enfrentan por parejas, a lo wrestling, en peleas rapidísimas, muy cutres, pero que en su día nos flipaban. Yo no sé cuántas veces habré leído ese número. Con el rollo de que eran imprescindibles para entender la trama, Forum nos cascó entre medias de La Cruzada del infinito los números de Warlock y la guardia del infinito que se cruzaban con la serie, y eran un coñazo, porque efectivamente gran parte de la trama avanzaba ahí, y nosotros lo que queríamos eran peleas.
Ni pies ni cabeza, tenía todo aquello. En su momento ya me parecía algo raro la manera en la que todos los superhéroes se juntaban y colaboraban alegremente, pero leídos hoy, estos tebeos son infames. Resulta triste porque Starlin ha hecho cosas muy buenas y con verdadero calado, pero supongo que el hombre no quiso desaprovechar la ocasión de ganar buenas perras. Tras esto, por cierto, desapareció de la editorial una buena temporada.
En fin, quién no tiene historias así con tebeos chungos. Les tengo cariño, aunque los ponga a parir. Los releí —saltando los rollos, claro— mil veces, y ni sé las horas que me pasé copiando los dibujos de Ron Lim. Son estos cómics los que, con catorce años, te enganchan al género. Pero con treinta son los que te desenganchan a lo bestia. Todo depende del ojo del lector y lo ingenuo que sea. Y no voy a decir que echo de menos los tiempos en los que me podía emocionar con esto, porque sería mentira, pero sí que me doy cuenta del gran poder que tienen estos personajes y este género; si me convertí en el lector compulsivo que soy hoy con cosas como ésta, y peores, qué habría sido de mí si hubiera llegado a tiempo de leer las grandes etapas de Marvel, los cómics buenos de verdad.




Santiago García dijo
¡Brindo por los tebeos malos! ¿Dónde estaríamos sin ellos? Es más, hasta te diría que no hay malos tebeos, sino malos lectores. Lo del Magus que pasa de tener el pelo afro en los 70 a llevar coleta en los 90 creo que lo explica todo. Qué imagen tan reveladora. Eso sí: a Ron Lim no hay quien lo salve. Qué época tan oscura aquella en la que campó a sus anchas.
13 Julio 2011 | 07:49 PM