Salvando Marvel.
Últimamente pienso mucho en los superhéroes. Está en el aire, supongo, o mejor dicho en la red: se está debatiendo en torno a ellos bastante, si su tiempo ya ha pasado, qué puede hacerse para relanzarlos de verdad, si tienen sentido hoy en día o hueco en el cómic, o por el contrario deben encontrar su sitio en otros medios. Pienso en cuáles son sus problemas —el más claro, la continuidad, ya lo traté aquí—, y en qué haría yo para salvarlos. Sí, aunque despotrique tanto, amo a los superhéroes. Porque los amo, despotrico, en realidad.
Os voy a contar algo que se me ocurrió hace un par de meses: ¿Qué haría yo si vinieran los jefazos de Marvel y me dijeran aquello de “ayúdanos, Obi Wan, eres nuestra única esperanza”? ¿Cómo salvaría yo la Marvel que tanto criticaba? Y llegué a una historia. Básicamente, el Doctor Muerte, el villano por excelencia, conquista el mundo. De verdad y sin vuelta de hoja. Y concentra todos sus recursos en acabar de un plumazo con todos los problemas del mundo actual. Derroca teocracias y dictaduras, acaba con los conflictos raciales, con los problemas medioambientales, despoja a la clase política y a la banca de sus privilegios, redistribuye la riqueza, garantiza a la población el derecho a un trabajo, a una vivienda, a una educación. Para vergüenza de los héroes, demasiado dentro de sus dilemas morales, cuestionándose siempre hasta dónde debe llegar su intervención en los asuntos “civiles”, demasiado ocupados luchando contra supervillanos, es finalmente su mayor enemigo en el que salva el mundo, sin dilema alguno: las cosas se están yendo a la mierda, y lo evita. El precio a pagar es la democracia. No habrá elecciones ni partidos políticos en el mundo de Muerte. Habrá libertad, cierta, libertad, pero la gente no vota. Lo inquietante, lo incómodo de la situación, sería que la mayor parte de la gente lo aceptaría sin demasiados traumas. Muchos héroes se unirían a Muerte, pero otros se convertirían en los villanos del nuevo mundo, incapaces de romper la dialéctica héroe-villano que han conocido y alimentado. Los Cuatro Fantásticos seguirían luchando contra Muerte porque Muerte es el malo, punto. Se trataría de volver a meter a lo bestia los cómics Marvel en la realidad social y política de nuestro momento, sacarlos de ese ambiente paranoide post-11 en el que llevan instalados una década y enfrentarlos de golpe a los verdaderos problemas de la sociedad de 2011, que sí, incluyen el terrorismo, pero no sólo. Invertir los roles, cuestionar los conceptos de bien y mal y la propia naturaleza política del ser humano, de una manera que no puede ser más incómoda.
Bien, pues estaba yo tan feliz con mi ideaza, pensando en lo difícil que sería llevarla a cabo, por todo lo que toca, cuando de repente me golpea en la cara con la contundencia del puño de la Cosa este post del blog de Tebeobien: ya estaba hecho. Desde hacía casi treinta años. No es exactamente igual, para empezar porque lo mío no era una “historia imaginaria” o una saga cerrada, un season event tras el cual todo siguiera igual, sino un cambio de escenario, un punto de no retorno para el mundo de ficción. Pero vamos, que en esencia era lo mismo. Y eso me hizo seguir pensando.
Por principio, siempre pienso que nunca está todo dicho de nada. Siempre puede aportarse algo nuevo, un punto de vista que nadie había usado, algo inexplorado. Pero… buf. ¿De cuántas historias de superhéroes estamos hablando desde los años 30? Decenas de miles, o más. El cálculo tiene truco, porque es cierto que la gran mayoría de esos cómics repiten fórmulas, están hechos con plantillas, a imitiación de otros. Pero aun con eso… ¿Qué puede hacerse? No hablo de ideas puntuales de un autor, que den para unas cuantas buenas historias que funcionan sólo la primera vez, y que al ser imitadas fracasan sin remedio —como ha pasado con los últimos buenos cómics de superhéroes—, sino de un nuevo paradigma que soporte durante unos años la producción de un porrón de tebeos. Es decir, lo que hicieron Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y todos los demás en los 60. Crear unas normas del juego que recogían la tradición pero a la vez eran nuevas. Abrir un nuevo camino por el que puedan pisar los demás. En esta última década, todas las visiones novedosas del género han sido por definición únicas, imposibles de seguir. A los New X-Men de Grant Morrison les siguió la vuelta de Chris Claremont. ¿Qué sentido tiene hacer tebeos a la manera del X-Tatics de Peter Milligan y Mike Allred? La gracia de esa serie estaba en ser única. Lo más parecido a un nuevo stablishment arrancó con Warren Ellis y ha muerto, por pura repetición banal, con Mark Millar. Yo me niego a pensar que Millar es ya lo único a lo que podemos aspirar. Pero al mismo tiempo… sinceramente no sé qué otra cosa puede hacerse.
Algunas cosas las tengo claras. Fuera la continuidad de una vez. Ya no tiene sentido. Nada de reseteos o universos alternativos que en pocos años han reproducido todos los problemas que acarrea la línea principal. Volvamos a lo básico. Lo cual, ojo, NO significa contar una y otra vez el origen de los personajes o sus primeros años. Se trata de ir al icono, de encontrar qué define a cada héroe y ponerlo en situaciones novedosas, sin miedo a ser iconoclasta. Pero para serlo, lógicamente, primero hay que saber de dónde venimos. Líbreme Odín de los guionistas malotes que leyeron un par de tebeos de críos y vienen ahora, desde las alturas, a inventar la sopa de ajo para acabar haciendo historias que ya se habían hecho hace décadas.
Hay que limpiar de paja el universo Marvel —el de DC también, pero lo conozco menos—. Si tienes a un héroe urbano no necesitas otros veinte. Si tienes un equipo de mutantes que son temidos y odiados por los humanos no necesitas otros siete. Con una serie de Spider-man sería suficiente. Si tienes un grupo de superhéroes adolescentes no hacen falta más. Fuera todos los personajes redundantes. Los arquetipos repetidos sólo restan fuerza al original. Nadie —y cuando digo nadie, me refiero a nadie fuera del fandom— quiere leer la historia definitiva de Vigilante Nocturno. Basta de villanos de segunda fila que vuelven una y otra vez de la tumba —acabo de leer que reaparece el Chacal, una vez más—. Arquetipos, símbolos universales. Lo que han sido siempre los superhéroes, o lo que deberían haber sido. Y debe devolvérselos a la actualidad, no pueden vivir a espaldas de los cambios sociales. En los 90 esto era muy claro que era así; hoy puede no serlo tanto, pero como decía antes, los cómics de Marvel están instalados en una paranoia recurrente, militarista, en la que los superhéroes parecen protagonistas de 24 más que otra cosa, alejados de la calle completamente.
Y por supuesto, la última y más importante clave se expresa en tres palabras: autores, autores y autores. No descubro nada porque es algo que se ha dicho ya, pero es una verdad como un templo. Por supuesto, hasta ahora los miles de autores que se han encargado de dar vida a los personajes de Marvel y DC han dejado su impronta, en mayor o menor medida. Pero creo que todos nos entendemos aquí. Hay una diferencia entre que sea la editorial quien ponga a un autor a trabajar siguiendo sus directrices “ a sueldo” y que sea el autor el motor de un cómic, el que lleve la iniciativa y proponga al editor hacer una obra. Con toda la libertad que sea posible, claro, sin injerencias, sin cambios sin consultar en el trabajo a posteriori, sin censuras, que las hay. Un imposible, lo sé. Imaginemos la historia que contaba del Doctor Muerte. Un villano poniendo en su sitio a las grandes multinacionales con el aplauso del pueblo. En Marvel, en 2011.
Así que sé que hay límites, claro. Es de cajón. Pero hoy, en un momento de efervescencia creativa espectacular en el cómic, con muchos más cauces para publicar de los que había antes, Marvel o DC ya no es la primera y única opción para cualquiera que quiera dedicarse al tebeo. Y eso ha ido minando la calidad de los cómics de superhéroes claramente. La industria ya no puede tener presos a los mejores talentos de cada generación, porque éstos tienen cauces para publicar sin su soporte. Así pues, toca bajarse los pantalones. Muchos autores “independientes” estoy seguro de que estarían encantados de trabajar con superhéroes, en proyectos puntuales. Los han mamado de pequeños. Pero no se puede trabajar como se trabaja en Marvel hoy en día. Es el momento de empezar a cambiar esa mentalidad y ofrecer a los autores otras condiciones laborales. Y por supuesto, que un autor haga lo que quiera hacer y no alargue su trabajo absurdamente. Hemos visto muchos casos últimamente, y uno de los más claros puede ser el de Strakcinsky en The Amazing Spider-man. Él tenía una historia que contar: la del totemismo, Ezekiel y Morlun. Entre medias, un montón de relleno que va de lo meramente tramitario a lo coñazo, y al final, terminó su etapa escribiendo una historia infame al dictado de sus editores. No me parece lógico. Los autores deberían presentar una historia cerrada, hacerla, y a otra cosa. Y por supuesto, los autores adecuados. Esto es complicado. Ni demasiado dentro del fandom ni demasiado fuera: autores que amen los superhéroes, que no quieran hacerlos sólo por el dinero que (aún) dan, pero que hayan salido de ahí y hayan hecho otras cosas que les aporten puntos de vista novedosos. La vía Busiek está ya agotada, creo. Pero tampoco es lógico que guionice cualquiera que pase por ahí. Echando un vistazo a los nombres involucrados en el enésimo proyecto de Marvel, una línea de novelas gráficas que recontarán el origen de algunos personajes, conozco uno. Los demás, francamente, no sé quiénes son. Desde luego puede ser culpa mía no estar más al día, pero… no creo que sean autores de primera línea. El desafío de Marvel y DC sería entonces ése: atraer a los mejores autores de cómic —ojo, no autores de la industria de toda la vida, sino del cómic en general; es decir, supone pensar de manera global, dejar de mirarse el ombligo y pensar que ellos son el cómic— que tengan algo que decir de sus personajes. Y dejarles que lo hagan, claro. Lo sé, lo sé. Utopías.


Octavio B. (sr. punch) dijo
Entre twitter, blogs, Facebook, plumillas/críticos-de-cómic aprovechando Pisuergas para hablar de Valladolides (a veces parece que se aprovecha cualquier tema para volver al asunto de la industria mainstream y los superhéroes... no hablo de posts como este, directos y al asunto de frente), la verdad es que a mí me ha dado por pensar en cine y rock. Hoy (no en 1949 o 1967, hoy) es evidente que las industrias culturales se sostienenen en un producto comercial necesario pero artísticamente prescindible (por supuesto no es una regla matemática, ahí está HBO entera, Pet Shop Boys o el soul de Amy Winehouse -RIP-, o muchos otros ejemplos, pero hacen una minoría abultada frente a miles de nombres olvidables)
Conclusión, yo, que amo al género de los superhéroes porque lo leo, como mínimo, desde tercero de E.G.B. (y eso nos pone en 1977) no tengo ningún reparo en reconocer que en el siglo XXI la industria es económicamente necesaria (y por tanto un beneficio estructural) pero artísticamente, por lo general, prescindible. Hay obras, títulos y autores muy profesionales, a los que leo (porque me gusta el género y ordeño hasta los cactus, buscando lecturas 'empijamadas' que al menos me entretengan), aunque temo que todos caen en el "problema", la continuidad que tan bien has descrito en el otro post y de nuevo aquí, con lo que series en principio defendibles suelen perder su norte por muy diversas causas (imposiciones editoriales -hay que entrar en el evento-crossover del año sí o sí-, injerencias argumentales 'desde arriba', etc.).
¿Soluciones? ya ni me importan, no veo el problema: como el 99'9% de la radiofórmula nacional, la mierda (Bisbal, Amaral...) permite una industria en la que caben Manos de Topo y Triángulo de Amor Bizarro. Quien quiera intentar defender a Pereza tiene todo el derecho a hacerlo, lo respeto, va en gustos. Para mí, ellos y los 4.000 imitadores baratos de Los Rodriguez pasados por el tamiz de la autenticidad 'Stoniana' no le llegan ni a los tobillos a Los Planetas, banda de espíritu libre que, gracias a La Industria, no solo pueden existir, sino que tienen un merecido éxito y un generoso "público natural" que les permite trabajar y vivir (supongo) muy holgadamente.
Conclusión: cada reboot de mierda de una Mayor permite la sostenibilidad de un negocio, para que en él quepa una Lili Carré que con un librito minúsculo sobre un leñador me hace olvidar de un plumazo mi amor por un género prácticamente extinto.Y mientras, oteo blogs, revistas y twitts de confianza por si algo "pijamero" vuelve a hacerle el boca a boca a los hijos del hombre de acero.
PD, otra vez, me enrrollo tanto en un comentario que me lo corto para, quizá, llevarlo al blog XD
24 Julio 2011 | 09:57 AM