17 Octubre 2009

Antes de nada, y para que quede claro: George Sprott 1894-1975 es un tebeo BRILLANTE. A partir de ahí, hablemos.
Seth es uno de mis autores de cabecera. En su momento, la lectura de La vida está bien si no te rindes —para mí siempre será ésa la traducción canónica, la de la edición, pésima, de La Factoría de Ideas, a pesar de que la posterior de Sins Entido sea más acertada— supuso junto a la de otro puñado de obras darme cuenta de que el cómic podía ser y era mucho más que los superhéroes disfrazados. Es comprensible que a aquel tebeo y a su autor me ate una relación que va más allá de lo puramente intelectual. Por ello, esperaba con muchísimas ganas y la confianza total en que no me defraudaría la nueva obra de un autor poco prolífico pero siempre acertado.
Y el veredicto es impecable. George Sprott es un cómic de los que, nada más terminar de leerlos, sabes que son automáticamente historia del medio. Muy influido, sobre todo formamente, por la obra de Chris Ware, es probablemente la primera muestra de los nuevos caminos que el autor del Catálogo de novedades ACME abrió para toda una serie de autores independientes a los que ha marcado profundamente. Es inevitable pensar en ello al ver las pequeñas viñetas de George Sprott, el cuidado en la composición de las páginas, la manera de jugar con el ritmo y con la transición entre viñetas. Pero cuidado, porque no estamos ante un mero imitador cualquiera. Seth es un autor que hace muchos años que goza de una voz propia inconfundible y personalísima, y que tiene ideas y emociones que transmitir, y su propia forma de hacerlo. Aquellos que como yo estén enamorados de La vida... o de la no menos espectacular Ventiladores Clyde —teóricamente, inacabada aún— reconocerán a su autor perfectamente en las páginas de su nuevo tebeo. Lo que hay de Ware en él va más allá de la imitación: es la asunción de las nuevas herramientas narrativas que éste ha creado y su utilización desde las intenciones y los puntos de vista propios. Así, encontramos soluciones narrativas muy originales y efectivas que explotan, y es éste y no otro el camino abierto por Ware, las posibilidades que tiene este medio y no tiene ninguno más. Sobre todo en la transición entre viñetas y el uso de las calles es donde Seth juega a inventar, con resultados sobresalientes: el bocadillo que ocupa dos viñetas consecutivas y cuyo texto está cortado por la calle para representar el hecho de que el personaje no oye bien lo que se está diciendo es el primero que me viene a la mente, pero hay muchos otros que, en sucesivas lecturas, se van descubriendo.
No me atrevo a calificar George Sprott con la expresión "obra madura" porque eso sería, por omisión, considerar las dos anteriores como "no maduras", y tal cosa me parece un disparate. Es una obra perfecta, sí, pero igualmente lo era Ventiladores Clyde, que contiene uno de los usos más impresionantes que se han hecho del tiempo narrativo en el cómic. No es eso, no. Es más bien la sensación de que en George Sprott Seth maneja por completo todas las herramientas a su disposición y cuenta exactamente lo que quiere contar, usando esas herramientas con meticulosidad y sin artificios, sin renunciar por ello a su sinceridad y su habilidad para tocar al lector, como tampoco renunció Ware.
Recurriendo de nuevo a la falsa biografía, que ocupa aquí un lugar más central que la del ficticio dibujante del New Yorker Kalo en La vida..., Seth reconstruye la vida del presentador de televisión George Sprott, que es la excusa y a la vez el hilo conductor a través del cual el canadiense aborda sus motivos de siempre: la nostalgia por el pasado, la melancolía, el irreparable paso del tiempo. Tiene Seth una sensibilidad especial que hace que un tema en el que otros caerían en un simplista y reaccionario "cualquier tiempo pasado fue mejor" sea sincero y profundo, y que el lector, incluso el joven, aprecie la poesía que hay en él. Esa melancolía resignada de sus personajes, que recuerdan, casi siempre con más amargura que verdadero dolor, su pasado, sin idealizaciones, es el rasgo definitorio de toda su obra, y el hecho de que siempre sea capaz de abordarla desde puntos de vista novedosos no hace sino engrandecer su talla como artista. La secuencia de viñetas que muestra la decadencia de una sala de conferencias hasta ser demolido y sustituido por una franquicia de venta de ordenadores ilustra a la perfección este elemento central de la obra de Seth.
Con ese fondo, el autor va ofreciendo pequeñas piezas de una, dos o tres páginas, que van conformando el puzzle que nos permite conocer a Sprott, a través de tres tipos principales de ellas: pasajes de su vida sin narrador y con la estructura más sencilla y tradicional, entrevistas a amigos, colaboradores y familiares del presentador, y las que relatan los hechos de su último día de vida. En estos últimos destaca, al margen de la excelente puesta en escena, el inteligente uso del narrador, al que siempre da Seth una importancia que quizás sólo se aprecia totalmente al leer varios de sus cómics. Si en La vida... usaba un narrador en primera persona al uso en el relato autobiográfico, y en Ventiladores Clyde era, en la primera parte, el propio personaje quien dialogaba con el lector, en George Sprott Seth experimenta con una voz en tercera persona que en apariencia parece que va a ser corriente, pero que acaba estableciendo una relación con el lector que nunca antes había visto en un cómic, o en una novela, una voz cuyo narrador nos hace partícipes de sus dudas acerca de cómo está contando los hechos, que se excusa cuando cree que algo no ha sido convenientemente explicado, que aparenta improvisación y transmite desasosiego.
Y mediante este puzzle, vamos conociendo la figura de George Sprott, explorador del ártico, conferenciante, y sobre todo presentador de un espacio en una televisión local de Canadá durante décadas con el que alcanzó una gran fama, a pesar de que cuando Sprott muere hace mucho tiempo que pasaron los buenos tiempos. Hay en su retrato y en su historia multitud de elementos desagradables. El abandono y engaño a una mujer inuit con la que tuvo una hija, la infidelidad a su posterior esposa. Descubrimos que Sprott no caía del todo bien, que era excesivamente autocomplaciente, que no tenía verdaderos amigos, porque no supo ganárselos. Y sin embargo, hizo cosas buenas, tenía pasión por su trabajo y no es, y ésta es la grandeza de Seth como narrador, un personaje arquetípico. Tiene, como todos nosotros, luces y sombras, y en ellas se refleja el lector, porque es ése el mensaje de la obra: todos somos más miserables que sublimes, el ser humano es mezquino y contradictorio y está lleno de miserias. En el desalentador retrato que hace Seth de la sociedad hay un naturalismo despiadado pero, curiosamente, alejado del pesimismo implacable y desolador de un Alan Moore en From Hell o del cruel sarcasmo de Ware en el Catálogo de Novedades ACME. Lejos de esas posturas, en Seth se encuentra una aceptación serena de la naturaleza humana, que a su modo resulta igualmente dura.
Donde quizás sí gana este libro claramente a sus predecesores es en el aspecto gráfico: el dibujo de Seth está ya plenamente pulido. Su estilo único, inspirado por esos dibujantes de tiras que tanto admira, alcanza aquí la perfección, y destaca especialmente la increíble habilidad para plasmar las emociones a través de las expresiones faciales, así como el brillante uso del bitono, al que siempre recurre como elemento que trasciende lo estético y llega a lo ambiental.
Todo esto y mucho más es esta maravilla. Me dejo en el tintero metafórico las hermosas dobles páginas de paisajes helados, las fotografías de recortables de los principales edificios que aparecen en la historia, la bella dedicatoria a su amigo y compañero en Drawn & Quaterly Chester Brown —otro genio—, el exquisito diseño del libro, la elegancia y perfección de sus distintas tipografías. Un libro especial, correctamente editado por Random House/Mondadori aunque, incomprensiblemente, hayan reducido las dimensiones del mismo.
No puedo, no obstante, considerarla la mejor obra de Seth. Probablemente lo sea, pero mentiría si dijera que no siento que en La vida... hay algo que no encuentro aquí, algo que conecta conmigo a un nivel distinto, totalmente subjetivo y sujeto a lo emocional. Pero eso no puede restarle mérito y valor a este George Sprott, que si no es el tebeo más importante del año —en cuanto a relevancia, pienso que el Catálogo de novedades ACME está por encima—, poco le falta. Un punto y aparte en el cómic independiente americano, un tebeo que se recordará durante décadas y que debería leer cualquier aspirante a autor, de cómic o de lo que sea.
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16 Octubre 2009
Leo en La Cárcel de Papel que ha muerto a los noventa y tres años George Tuska, dibujante de Marvel en series como Avengers, The X-Men, Captain Marvel y sobre todo Iron Man. No es de mis favoritos de la Silver Age, pero sus setenta años en la profesión, y el hecho de que aún a su avanzada edad siguiera dibujando profesionalmente -se dedicaba a realizar commissions por encargo- hacen que se merezca todos mis respetos. Ironía, hace unos días parece ser que anunciaba que se jubilaba definitivamente. Puede decirse, por tanto, que prácticamente murió con el lápiz en la mano. No se me ocurre mejor epitafio para un dibujante.
Y vaya año el que llevamos, joder.
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14 Octubre 2009
Tenía el día yo un poco tonto, y ha venido este artículo que acabo de leer a alegrármelo, aunque sea por las risas que me he echado. Por partes.
El artículo sobre las encuestas que se han llevado a cabo en la feria de Frankfurt —la más importante de Europa, probablemente— deja claro que lo que llevo esperando y augurando desde hace tiempo está muy cerca de ser una realidad: se calcula que para 2018 el volumen de negocio del libro electrónico ya será superior al del libro físico. Para dentro de dos años, se habla de un 25% del pastel. Muy pronto las editoriales se encontrarán en la misma situación que afrontan hoy las discográficas, y eso es una indiscutible buena noticia. Porque con el libro electrónico, se les acabará el negocio, y con él, la sistemática explotación que hacen de los autores, los contratos draconianos, las condiciones feudales, el absoluto desprecio por la obra como tal.
Esto es imparable. Por mucho que haya gente que se aferre al romanticismo del a letra impresa, al tacto del papel, al olor del libro al abrirlo, desengañémonos: cuando uno pueda leer gratis, se acabó el romanticismo. Yo soy el primero al que le encanta el papel, pero hay que ser realistas. También se hablaba de la calidad del vinilo, del ritual de pincharlo, etc., y ahora es un objeto de coleccionismo, como lo será el libro en el año 2020 a más tardar. Y esto es bueno, se mire por donde se mire. Es bueno porque acaba con una situación injusta, y es bueno, sobre todo, porque se dejará de necesitar celulosa y se dejará de contaminar incinerando los ejemplares sobrantes de las tiradas desproporcionadas a sabiendas que hacen las editoriales, al menos aquí en España.
Los editores tienen aún la posibilidad de subirse al carro, de cambiar su modelo de negocio y aprovechar también el libro electrónico. Tienen ahí el ejemplo de lo rematadamente mal que lo están haciendo las discográficas, que han perdido la batalla hace ya tiempo y están abocadas a desaparecer tarde o temprano. Pero, comportándose como los dinosaurios torpes que son, parece que están siguiendo el caminito de sus colegas punto por punto. Ya deberían estar haciendo intentos, al menos, experimentos con el invento a ver por dónde pueden ir los tiros. Pero, de nuevo hablando de España, no se ve prácticamente nada. El editor español sigue pensando que esto es una cosa de ciencia ficción, que no es una amenaza seria y que no va a darle dinero. Pronto esto cambiará, y empezarán a verlo como el enemigo, igual que la industria de la música consideró las descargas como algo a erradicar. Uno no puede evitar pensar que los intentos de ésta por aprovechar internet en su beneficio eran poco sinceros, y parecían más bien maniobras para convencer a la gente de que deje de darles dinero. Sólo así se explica que pretendan vender por precios sólo ligeramente inferiores al CD discos en un formato con pérdida de calidad como es el mp3 y encima con mil y una trabas a la hora de copiarlo o reproducirlo en otros aparatos. Es decir, por casi el mismo precio, compre el mismo producto con peor sonido, sin libreto, sin caja, con más problemas para reproducirlo, y encima nosotros nos ahorramos transporte, producción y demás. Plas, plas, plas. Ah, y ni se te ocurra descargarlo "ilegalmente" porque entonces eres peor que Hitler. Éste es el uso a destiempo que una industria moribunda pretende hacer de internet. No funciona, evidentemente. No hace falta ser muy listo para darse cuenta.
Los editores quieren ir, demostrando su gran olfato para los negocios, justo por ahí. Según el artículo, un 15% de los encuestados piensan que el libro electrónico debería valer lo mismo que en papel. Un 4% piensa que debería valer más. De lo cual se deduce que un 19% de los editores encuestados son bobos. O piensa que lo somos los demás. Claro que sí, yo te pago lo mismo o más por el mismo contenido, y tú te ahorras transporte, impresión y porcentaje del librero. Y luego te doy el número secreto de mi tarjeta de crédito para que ya de paso te sirvas tú mismo. Tal parece que en realidad lo que quieren es acabar con esto antes de que empiece. Que la gente vea esos precios y diga "bah, para eso me lo compro en papel" y así el chiringuito no se les cae, ni a ellos, ni a las imprentas, ni al resto de sectores implicados en la realización de un libro. No cuentan, claro, con lo que ya es una realidad en la red: que yo me puedo bajar en PDF el libro que me dé la gana. ¿Ilegal? Aquí no. Pero aunque lo fuera. Es, como pasa con la música, intentar ponerle puertas al campo. Es absurdo pretender luchar contra las descargas gratuitas desde una posición inmovilista que apela a la tradición y a los buenos sentimientos del comprador, a la vez que se le llama delincuente sin ningún miramiento. Porque a lo mejor el robo es vender un CD de música a dieciocho euros.
Volvamos a la industria del libro. Hay editores más realistas que hablan, según el artículo, de un 10, un 20 y hasta un 30% de descuento en el libro electrónico con respeto al físico. Me parece, aún, insuficiente. Calculemos cuánto se ahorra una editorial vendiendo en la red, y descontemos esa cantidad al precio del producto. Y al resultado, descontémosle algo más, si es que se quiere competir con el hecho de que se puede encontrar el mismo contenido totalmente gratis. Y es que realmente, si lo pensamos lógicamente, ¿cuánto cuesta publicar un libro en formato electrónico? Porque mientras que una discográfica aunque no fabrique el soporte físico aún tendrá que pagar la producción del álbum, el mundo editorial funciona de tal manera que la inversión en este nuevo modelo sería cercana a cero. En España, un señor escritor escribe una novela y la envía a editoriales. La mayoría la tira a la basura —y encima la exige en papel; ¿ven como son dinosaurios?—, pero si tiene suerte o padrino, o ambas cosas, puede llegar a publicar. ¿Qué le cuesta por tanto la producción del texto a la editorial? Cero. Y si no lo imprime y no lo distribuye, ¿qué gastos va a tener? La maquetación, que se paga una sola vez o la realiza una persona que tiene su sueldo mensual, la corrección, cada vez en menos casos, que suele hacerla un freelance y está mal pagada, y el porcentaje del autor, que como es sobre ejemplar vendido, nunca supone una inversión previa por parte del editor. Y, claro está, la publicidad. Que en España, en la inmensa mayoría de los casos, es inexistente.
Es evidente a qué responde el precio que quieren imponer. Es la idea preconcebida de que una descarga es un libro en papel menos que van a vender, y por tanto deben ingresar la misma cantidad que ingresarían por ese libro o una muy cercana. Pero eso no es lo que yo entiendo por adaptarse a un nuevo modelo de negocio. Es evidente que cuando comience a imponerse el electrónico, se deberán ir tirando paulatinamente menos ejemplares en papel. No se trata de compensar las pérdidas de las tiradas invendidas con los ingresos por las descargas: ésta es la clave. Esto es pensar aún en el modelo de negocio actual y no en el próximo. Las editoriales deberían centrarse YA en idear un sistema cabal, realista y justo con autor y lector de explotación del libro electrónico. El tren no pasa dos veces. Aún están a tiempo; lo mismo dentro de dos años no, y les vemos llorando por las esquinas, clamando que las descargas de libros son una aberración, y que suponen la muerte de la cultura. Y lo dirán, irónicamente, empresarios en cuyo vocabulario no caben las palabras cultura o literatura, a los que, a la hora de valorar si publican o no una obra, su calidad artística les da igual. Ellos hablan de productos y de mercado, y nada más. Por eso la literatura no se resentirá si el día de mañana desaparecen. Al contrario: el lector, el verdadero lector, no el comprador de bestsellers, se fijará en ciertas obras que ahora no ven a luz o lo hacen desde la autoedición porque los cerrados de mente que están al frente de las editoriales consideran que no son comerciales. Como le pasó, y admito que es demagogia baratísima, a Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. ¿Que al no haber filtro saldrá a la luz mucha más mierda? Más de la que sale ahora, difícil.
Las oportunidades de negocio de las editoriales pasan, desde mi punto de vista, bien por vender los libros individualmente a precios realistas, bien por establecer tarifas planas para acceder a un fondo editorial. En el primer caso, el precio cobrado por un archivo PDF jamás debería ser superior a tres euros. Son casi tres euros de ganancias brutas para la editorial, así que no es poco. Y por supuesto, bajarse un libro de forma legal no debería ser nunca un quebradero de cabeza, como sucede con la música. Nada de claves, nada de bloqueos para impedir que el archivo se duplique o se abra en aparatos diferentes, nada de problemas de incompatibilidades. Se trata de hacerle al consumidor las cosas más fáciles, no más difíciles. Si le complicas la vida, obviamente se harta y se lo descarga gratis, y fin de la historia. Si se opta por la tarifa plana, opción que yo considero más lógica, los precios deberían rondar los diez euros mensuales, sin límites de descarga. Para ello, es evidente que las editoriales deberían agruparse, porque de nuevo, el lector busca un título, no una editorial, y tampoco va a pagar las tarifas planas de treinta editoriales distintas. Pero si uno puede acceder a un enorme portal con los fondos de multitud de editoriales, la cosa puede cambiar. Podría incluso establecerse un sistema mixto: pagas por un libro o dos o, si eres un lector rápido, te compensa la tarifa plana y la pagas. ¿Cómo evitar que el lector se descargue todos los libros el primer mes y se dé de baja? Es difícil. En primer lugar, ofreciendo novedades atractivas. Y quizás podría hacerse que el archivo descargado tuviera una vida útil de seis meses, por ejemplo, y después se borrara. Esto ya sería complicarle la vida al lector, pero podría compensar a muchos, si se hace bien.
Los editores, como antes los magnates discográficos, deben asumir que se han acabado las vacas gordas. Van a dejar de tener la sartén por el mango: ahora somos los consumidores los que tenemos una posición de poder. Porque, legalmente o no, podemos obtener lo que ellos ofrecen completamente gratis. Así que si quieren que paguemos, tienen que ofrecer algo que lo merezca. Yo estoy dispuesto a pagar, pero de una manera racional. Tienen una oportunidad única: su negocio va a reducir brutalmente los gastos, por lo que, si no son codiciosos, pueden mantener unos ingresos suficientes. Si pretenden seguir cobrando lo mismo o sólo un poco menos por el mismo contenido, se hundirán. Pero lo hagan o no, creo que son los autores los que más ganan con esto. En poco tiempo el editor desaparecerá como intermediario imprescindible para sacar una novela a la luz, y por tanto el autor ya no tendrá que plegarse a sus caprichos y hacer publicidad aunque no quiera, modificar su texto o quitarle páginas. Nada impedirá al autor consagrado vender él mismo su texto en formato electrónico directamente. Imaginemos que Stephen King decide pasar de editoriales y su próxima novela la vende él en su página web a dos euros. Se forra —más aún—. El autor desconocido lo tendrá más difícil, ¡pero es que ahora también lo tiene! Además, si desaparecen las editoriales en papel, el lector prestará más atención a portales de descarga que alojen obras nuevas y será posible que la gente se haga un nombre.
Ellos verán. De momento lo que veo es mucha pereza e iniciativas tan ingenuas e irreales como las que se explican en el artículo de El País. Allá ellos. El libro electrónico está aquí, y no es una moda. Es el futuro, y antes de que parpadeemos, el presente. En cuanto los lectores dejen de valer trescientos euros y cuesten sesenta, se acabó. Para entonces, más les vale tener una alternativa seria y realista más allá del pataleo que ahora se prevee.
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10 Octubre 2009

La primera vez que leí Entender el cómic, el año pasado, quedé absolutamente arrebatado. La obra de Scott McCloud consiguió accionarme algo en la cabeza, me abrió la puerta a un nuevo nivel de análisis del medio y sus posibilidades. Durante meses, me era imposible leer un tebeo sin aplicarle las categorías de McCloud, sin diseccionarlo y verle las entrañas. Luego la cosa se mitiga, y uno puede volver a disfrutar de las historias que se cuentan, y no sólo de cómo se cuentan. Pero siempre queda un poso, un sustrato de análisis formal que siempre aplicaré. No creo, por ejemplo, que hubiera disfrutado tanto de la lectura de la obra de Chris Ware si previamente no hubiese caído en mis manos la de McCloud. Desde entonces Entender el cómic ha sido uno de mis tebeos de cabecera, y por tanto, es obvio que desde que se anunció la publicación de su Zot! por parte de Astiberri la he esperado con muchas ganas, aunque, también, con cierto miedo, porque no sabía en realidad qué iba a encontrarme. Ahora, con los dos volúmenes recién leídos, puedo decir que ha sido una lectura ante todo sorprendente.
McCloud empezó con Zot! a principios de los ochenta, luchando por abrirse hueco en un mercado americano que entonces, como hoy, estaba dominado por los superhéroes de las dos majors. Contando las historias de su particular héroe, McCloud pretendió ofrecer una alternativa a los superhéroes convencionales desde una óptica retro, con historias engañosamente ingenuas acerca de un héroe adolescente de ideales claros y puros, influidas, en una época en la que ningún cómic estadounidense lo estaba, por el manga y sus técnicas narrativas. Parece que por deseo expreso del propio McCloud Astiberri obvia la primera etapa de la serie, en color, y se centra en la posterior, en blanco y negro. Y la verdad es que, a pesar de sus defectos, es una serie que consigue lo que se propone plenamente: recuperar el sentido de la maravilla que antes inundaba los comic-books, hacer que volviéramos a leer un tebeo como si fuéramos niños. Al menos al principio. El hecho de que falte información contenida en la etapa previa y que la historia esté ya empezada no hace sino acentuar esa sensación, obligando al lector a recuperar el placer infantil que suponía rellenar huecos, imaginar qué había pasado allí donde no había esa información. De inmediato nos vamos familiarizando con el elenco de personajes, con el mundo de Zot, una utopía científica detenida en el tiempo, y con los suburbios de Nueva Inglaterra donde viven Jenny Weaver, novia de Zot, y sus amigos.
Contadas con la claridad y perfección formal que caben esperar de un hombre que iba a escribir Entender el cómic unos años más tarde, las historias de Zot de corte superheroico juegan con la mencionada ingenuidad falsa que se les presupone para abordar temas más controvertidos, para dar pasos, aunque sean tímidos, en la madurez del género. La ausencia de buenos y malos claros, más allá del propio Zot —que también se equivoca—, los motivos de los "villanos", la naturaleza de las guerras... Son elementos que están presentes en unas aventuras que bajo la pátina de la intrascendencia ocultan la reflexión de un autor inteligente y con ideas propias. Quizás el punto débil sea el dibujo de McCloud —que no la narración gráfica—, con el que él mismo es bastante crítico y obsesivo en los comentarios de cada capítulo, algo digno de elogio en una profesión en la que predomina el divismo y la autocomplacencia. Él reconoce que no es un buen dibujante figurativo y que la figura y expresiones humanas se le dan mal, a pesar de que su mejora a lo largo de la serie es obvia.
El propio McCloud era consciente de las limitaciones del género y poco a poco hace que la balanza que había mantenido equilibrada entre los superhéroes y el slice of life se decante a favor de éste último. De la misma manera, Zot, siempre puro, siempre franco y alegre, debe enfrentarse al fracaso que supone la muerte de una protegida, así como al hecho de que, en "nuestro" mundo, él no puede marcar diferencia alguna.
Por eso los nueve últimos de la serie son indudablemente los mejores de la misma. En una jugada maestra, McCloud hace que Zot quede atrapado en el mundo de Jenny, y eso le permite que de golpe la serie se convierta en algo completamente diferente. Nada de peleas, nada de aventuras. Zot es relegado a un papel secundario, y las historias se centran en el grupo de amigos de Jenny y sus problemas. Lejos de limitarse a la simple y llana cotidianidad, el autor se mueve como pez en el agua entre unos personajes perfectamente definidos y reales, que hablan con una naturalidad y una desenvoltura realmente difíciles de leer en los tebeos americanos, y aborda temas igualmente excepcionales. A través del uso del narrador en primera persona, asistimos a las vivencias de todos los personajes: un día en la vida de Jenny, atrapada en su propio mundo, al que ha llegado a odiar; los intentos de Zot por "luchar contra el mal", abordados de una manera inteligentísima; los amoríos, las tentativas sexuales y los juegueteos naturales en un grupo de adolescentes. Destacan por méritos propios Normal, un acercamiento maduro, valiente y realista a la homosexualidad femenina, con un final simplemente espectacular, y La conversación, una ídem de Zot y Jenny en torno al sexo que uno no puede dejar de releer una y otra vez, por natural, por estar desprovista de cualquier morbo, por lo bien que plasma los reparos propios de una chica educada en los valores en los que ha sido educada Jenny y por la timidez con la que Zot, el cándido héroe fuera de sitio, le señala a su chica que le ponen sus tetas, con total naturalidad y sin un atisbo de la sordidez que la recatada sociedad norteamericana suele asociar siempre al sexo.
Quizás sin pretenderlo, a través de los años y de su proceso de aprendizaje —que es en gran medida uno de los mayores atractivos de este tebeo— McCloud torna una vuelta a los orígenes del género en una deconstrucción del mismo, anulando el papel del ser superpoderoso en el devenir de la historia y reduciendo la acción a su mínima expresión en favor del desarrollo de personajes. Y sin embargo, nunca cae en el cinismo o en la agresividad en la que cayeron otros. El final de la serie es todo lo contrario: Jenny, después de que Zot fuera herido por la policía del mundo "real", está decidida a abandonarlo y a marcharse con su novio a su mundo ideal para siempre. Zot le asegura que si ella hace eso, él no se moverá del suyo. Jenny se enfada, grita, llora, le dice que cómo puede no abandonar ese mundo desalmado y gris a su suerte. Que ya está condenado, que no puede hacer nada. Zot, en uno de los montajes de viñeta más brillantes de la serie, permanece callado, y por única respuesta tenemos su cara, llena de franqueza, de sinceridad y de esperanza, con una mirada cargada de significado: él nunca abandonará. Y por eso es un héroe.
A pesar de que me quedo con el McCloud teórico, ha sido un auténtico placer leer Zot! Abanderada del movimiento independiente de los ochenta, admirada por muchos autores posteriores, la serie abrió caminos hasta entonces insospechados, como pudo hacerlo de otra forma el Cerebus de Dave Sim, o, unos años después, series como Bone y Strangers in Paradise. Un tebeo entretenido con picos de calidad interesantes y momentos brillantes, que ahonda en la vieja idea, con la que comulgo plenamente, de que la ficción —simbolizada por el mundo natal de Zot— no debe jamás ser mero escapismo y negación. Una pena que McCloud parara en el mejor momento, y que no ofreciera, probablemente constreñido en parte por el formato comic-book, mayor complejidad y profundidad en el tratamiento de unos temas que daban, quizás, para más. Aún así, son un puñado de tebeos fantásticos. Una de las mejores noticias del año 2009, sin duda alguna, y que debemos, una vez más, a una editorial de las "pequeñas".
servido por The Watcher
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9 Octubre 2009
Hace un rato he visto publicado en La Cárcel de Papel este comunicado de la editorial Ponent Mon. Resumiendo, que dejan caer que su situación económica es mala, y piden a sus lectores que, si tienen previsto comprar alguno de sus títulos, lo hagan ya.
Una vez superada la sorpresa inicial al leer un comunicado que no es, desde luego, muy usual, sólo cabe reflexionar acerca de qué les ha llevado a hacerlo a la gente de Ponent Mon. No creo que esto sea una maniobra calculada. Evidentemente, dar este paso ha debido de ser difícil. Saben que se exponen a críticas, a acusaciones, al cachondeíto del mundillo blogosfero-tebeil. Así que yo sí creo que la situación debe de ser mala. Bastante. No creo que tampoco estén pidiendo nada censurable; simplemente, dan un toque a sus lectores. No están pidiendo limosna: si tenéis pendiente alguna compra, agradeceríamos que la hiciérais. Punto. Me parece razonable avisar de que están en un mal momento. Y por otra parte, yo personalmente siempre intento no tardar en comprar las novedades que me interesen de las editoriales pequeñas. Si tengo que dejar algo para más adelante, mejor que sea de las grandes. Lo hago por ayudar al que en principio va a vender menos, pero también por motivos prácticos: pasado un tiempo, siempre será más difícil localizar obras de tirada corta que de tirada amplia. En todo caso, el aviso ya está dado. Luego cada cual que haga lo que crea conveniente. Tampoco creo que todo el mundo se lance a comprar tebeos de Ponent Mon para salvarla, ni sería bueno que eso pasara, porque sería el pan de hoy y el hambre de mañana.
Más allá del hecho puntual, lo que me interesa es ver qué está pasando. ¿Está alcanzando la crisis económica al sector de la historieta, sector que hasta ahora mal que mal iba capeando el temporal? Eso parece, al menos. El mapa editorial está cambiando. Las que creo que pueden considerarse "cuatro grandes", Panini, Planeta, Glénat y Norma, cada vez publican más títulos. Ediciones B con Mortadelo no va a tener problemas jamás. Y paralelamente, están metiéndose en el negocio editoriales generalistas como Random House/Mondadori o SM. ¿Dónde dejará esto a las editoriales pequeñas? ¿Pueden editoriales que muchas veces están compuestas de una persona o dos hacer frente a esto? ¿Puede un editor que ni siquiera vive de editar luchar contra gigantes editoriales a la hora de comprar derechos? Ésa es la clave. Saber qué va a pasar con Ponent Mon, con Diábolo, con Astiberri, con Dolmen, con Sins Entido. Me asusta pensar en la cantidad de material que ha visto la luz en España gracias a su labor —más o menos acertada según el caso—, y en todo lo que puede dejar de hacerlo si desaparecen poco a poco. Hay obras que no dan dinero, las publique quien las publique. Pero, y esto es lo que más me preocupa, nunca pensé que los tebeos de Jiro Taniguchi estuvieran entre ellas. Ponent Mon publica la mayor parte de sus obras, pero no es suficiente. Vale que no sea un superventas, pero si ni siquiera el catálogo de un autor de su calidad les permite sanear las cuentas, apaga y vámonos. ¿Cómo estarán las demás? Además Taniguchi no es sólo excelente: es un autor que puede llegar a mucha gente, a ésos que son el santo grial de las ventas: a los que no leen habitualmente tebeos. Entiendo que las obras de Sfar o Blutch que han publicado no vendan demasiado, pero Taniguchi no es especialmente dado a la experimentación, tiene un grafismo "agradable", accesible para profanos... Francamente, se me ocurren pocos autores más adecuados para enganchar a adultos no lectores de tebeos. Pero nada, ni así. Toda editorial pequeña -de cómic o de literatura- tiene la necesidad de dar con dos, tres obras que vendan por encima de las demás. Astiberri tiene Bone, por ejemplo. Pero si a Ponent Mon no le vale con Taniguchi, apañados estamos. Hay quien dice que es normal, que sus precios eran excesivos. Y es cierto que sus tebeos son caros, pero no más que los de otras editoriales, y con productos en algunas ocasiones peores y menos cuidados, además.
Es preocupante, ya digo, que estén en riesgo de desaparecer este tipo de iniciativas editoriales casi románticas, porque el testigo no lo va a recoger nadie en estos tiempos que vivimos. Aunque, en cualquier caso, los cambios no siempre son para mal. Creo que en los próximos cinco años va a redefinirse el mercado del cómic español. La entrada de grandes grupos editoriales es la ocasión perfecta, y quizás la última, para hacer que las ventas crezcan de verdad, para llegar al gran público y las librerías "normales". Las editoriales de tebeos actuales tendrán que adaptarse y centrarse en productos distintos si quieren sobrevivir —¿cómic español, tal vez?—. Es hacer el Rappel, en todo caso. Ya se irá viendo. Pero de momento, me gustaría que Ponent Mon saliera adelante. Por solidaridad, pero también por egoísmo, no se crean: están previstas más obras de Taniguchi, y el Cerebus de Dave Sim. A ver quién es el guapo que se atreve a negociar otra vez con el angelito para sacarla en castellano.
servido por The Watcher
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6 Octubre 2009
Tengo a Alejandro Martínez Viturtia por un hombre cabal. Un editor mañoso y con mucha mano izquierda. Me encantaba la elegancia con la que, en su sección mensual cuando aún publicaba Planeta los tebeos de Marvel, contestaba a las críticas negativas, tuviera o no razón. Se sacó de la manga la Biblioteca Marvel, y aunque su labor en Panini es más irregular y, creo, con más errores, sigue haciendo su labor con cierta competencia que no es fácil encontrar en el sector. Sin embargo, de vez en cuando le ha perdido la boca y se ha salido de su papel de hombre tranquilo. Lo hizo con el famoso "vosotros tenéis mucho tiempo libre", y lo vuelve a hacer ahora con este artículo, que sólo puedo bautizar con el término que acuñó, si no recuerdo mal, ADLO!: Viturtiazo.
Por eso esta vez no me sorprende, por mucho que considere dicho artículo muy desafortunado. Primero por lo inoportuno de la ocasión. No es de recibo que una web que cumple diez años —ahí es nada: eso es internet es casi como decir cincuenta— te pida un articulito, les digas que sí, y luego aproveches la coyuntura para dar un tirón de orejas a los blogs que tratan sobre cómics, sabiendo que, para bien o para mal, Zona Negativa es uno de sus estandartes. No era oportuno, había otros momentos y sobre todo otros lugares: Virtutia podría haber aprovechado la página web de la editorial para la que trabaja, como en su día hizo su compañero José Luis Córdoba.
Y segundo, porque en realidad la principal queja del editor, a saber, que en internet la gente tiende a hablar sin tener ni puta idea, es algo inherente a la propia naturaleza de la red. Es su principal problema, y probablemente, algo inevitable. A mí nadie me impide, por ejemplo, abrir un blog sobre medicina y empezar a decir disparates. Por eso considero que es tan importante que se empiece ya a enseñar a la gente, especialmente a los jóvenes, a saber discernir, a separar el ruido de la información. Sin ir más lejos, en los colegios. Pero claro, si esto no se hace con la información escrita, mucho menos va a hacerse con la que se encuentra en internet.
No es justo tampoco quedarme con lo que me interesa de su artículo: es verdad que antes de nada reconoce la importante labor que tienen los blogs, y no hay motivos para pensar que lo dice con la boca pequeña o por compromiso. Además, es que es totalmente cierto que realizan un trabajo de promoción importante en un mundillo en el que, es cierto, no todo comprador se mueve en internet, pero sí una parte nada desdeñable, y más cuando hablamos de cifras de ventas tan bajas. Claro está, para las editoriales es un arma de doble filo. Obliga a Viturtia y a sus colegas de profesión a hacer mejor su trabajo. Porque ahora sus cagadas son vox populi el mismo día en el que se hacen. Ejemplos hemos tenido de sobra últimamente, aunque los dos que me vienen a la cabeza son de la competencia de Viturtia: la penosa edición de Bizarro Comics y el error de la cubierta repetida en All Star Superman. Sería inútil negar que la amplia difusión de ambas afectó a sus ventas, y más aún cuando la respuesta de David Hernando, editor de la línea DC Comics de Planeta, fue básicamente encogerse de hombros. De la misma manera, cuando en un blog —no en el mío, claro, pero sí en La Cárcel de Papel o en la propia Zona Negativa— se hace una reseña positiva o negativa de una obra, tiene su influencia, mucha o poca.
Y yo entiendo que esto inquiete a las editoriales. Es completamente normal. Es algo que no pueden controlar, una variable que hace su trabajo menos cómodo. Pero la actitud que han tenido hasta ahora con internet ha sido muy similar a la de la industria discográfica: como no lo entiendo, como no sé usar la herramienta en mi beneficio, me enfado y no respiro. Y entonces es cuando dice Viturtia que es inadmisible que la gente escriba sin saber lo que dice.
Conste que estoy de acuerdo con su apreciación de que hay que separar opinión de datos. Eso es elemental y creo que la gente que tiene dos dedos de frente lo entiende perfectamente. Pero cuidado, porque Viturtia pide un imposible: una de las pocas cosas que aprendí en la universidad fue que la objetividad es una entelequia. Que no existe, vaya. Que por mucho que él se empeñe, y por mucho rigor y método que queramos tener —y que debemos tener—, al final sus criterios no por más fundados son objetivos. Cuando Virtutia decide no editar una serie porque cree que no se va a vender, o cuando decide cascarle un formato de lujo a una sólo porque tiene dibujante español, está tomando decisiones que son subjetivas, no la verdad con mayúsculas. Se queja también de que esas confusiones a la hora de elaborar un artículo pueden ser recogidas por otros blogueros y sobre todo por medios generalistas que convertirán un dato basado en suposiciones o en rumores en una certeza. Y aquí es donde Viturtia yerra el tiro. ¿Se puede pedir más rigor al que tiene un blog y cae en lo que critica? Sí. Pero mucha más ha de pedirse al medio de comunicación de masas que no sabe diferenciar la información de calidad de lo que no lo es, y que, por cierto, se basta y se sobra para cometer cagada tras cagada cada vez que mentan la historieta, atribuyendo la paternidad de Superman a Stan Lee y cosas por el estilo. Ellos son los primeros que deben aprender a usar internet, y sobre todo, a respetar los derechos sobre los textos y citar la fuente, porque muchas veces copian y pegan sin ningún tipo de rubor contenidos que no los ha inspirado el espíritu santo -y lo sé porque me ha pasado, no con un texto de este blog, pero sí con uno publicado en mikeoldfieldblog.com.
Me molesta especialmente el ejemplo, nada casual, que usa Viturtia para ilustrar su tesis: las traídas y llevadas cifras de ventas. Me siento aludido, no sin cierta lamentable vanidad, porque no hace mucho yo mismo hice justo lo que dice que no se puede tolerar: especular sobre ellas y lanzar hipótesis y aproximaciones que después serán tomadas por ciertas. Cuando yo escribí ese artículo, precisamente porque el tema es controvertido, intenté ser todo lo riguroso que me era posible. Tiré de los pocos datos oficiales que había y de todas las cifras aproximadas que se pueden ir recolectando por ahí. Y cuando era un rumor, o una cifra aceptada tácitamente pero no corroborada, lo decía. Cuando hacía una suposición o extrapolaba unas cifras a otros productos, lo advertía. A partir de ahí, si un periódico coge mi artículo y decide publicar uno propio en el que da mis aproximaciones como cifras verdaderas, es su problema, no el mío. Y lo que no puede pretender Viturtia es que no especulemos, que no intentemos aclarar un poco un tema que interesa a muchos, pese a que él, no sin cierto paternalismo, siempre insiste en que al lector no le interesa ese dato. Que no lo necesita. Y bueno, puede tener razón a cierto nivel, pero es como si mañana el gobierno decide que al ciudadano no le interesa la cifra del paro, y decide hacerla secreta. Evidentemente, es un dato que a cada persona no le afecta demasiado, pero todos entendemos que hay ciertas cosas que tenemos derecho a saber. Las cifras de ventas de una empresa privada pueden no estar entre ellas, pero Viturtia debe comprender que haya gente que no seamos ya meros lectores y estemos intentando estudiar, o empezar a estudiar, este medio desde diferentes puntos de vista. El que nos ocupa puede no ser el que a mí más me interese, pero es evidente que para estudiar el cómic español desde un punto de vista sociológico, es imprescindible conocer unos datos que las editoriales se callan. Dicho de otro modo: si yo mañana quiero escribir un libro acerca de cómo han cambiado los gustos del lector español y qué géneros han ganado o perdido interés, no puedo. No tengo datos fiables. Puedo especular, nada más. Y especulamos. Viturtia dice que no debemos, porque inducimos a error. Si no tenemos cifras de venta, no podemos hablar. Las cifras de venta las tiene sólo él. ¿Ven ya por dónde va el tema?
Al final la conclusión es que hay temas de los que sólo puede hablar él. Ejemplifica con las ventas, pero también ha criticado, él y otros editores, que se hable mal de ciertos errores porque según ellos, no conocemos todos los datos. Cuando un tomo tiene un precio desorbitado y se dice, por ejemplo, les parece mal. Pero no sueltan prendan. Sólo hablan para decir que todo va bien. Córdoba dio alguna cifra de venta, pero descontextualizada y sin información adicional que la haga valiosa más allá de la anécdota. Y de paso tiró unas cuantas puyas, ya que estaba. Y sí, es cierto, y deseable, que como dice Viturtia cuando uno escribe un artículo sobre algo, esté documentado sobre ese algo. Pero todo tienes unos límites, y hombre, para darse cuenta que a un tomo se le caen las hojas y contarlo tampoco hace falta un doctorado. Hay cosas para las que hace falta informarse y hay otras que cualquier consumidor puede denunciar. Imagínemos por un momento el cachondeo que sería que, un suponer, me comprara un lector de dvd que resulta estar roto, fuera a la tienda a cambiarlo y el dependiente me soltase: "Pero ¿usted qué sabe de dvds? ¿Se ha documentado usted antes de venir a mi tienda? ¡Pues entonces!".
No tiene sentido el empecinamiento de los editores en este punto. Si Viturtia como editor y cara pública de una empresa considera que sus intereses están siendo perjudicados por la circulación de un dato falso, su obligación es desmentirlo. Obviamente, no sirve sólo con eso: si mi dato es falso, deme usted el verdadero, y yo le creeré, que para algo tiene la información de primera mano. Lo que no puede hacerse es pedir silencio sobre un tema del que él guarda celoso secretismo. Es evidente que los editores —casi todos; el señor Joan Navarro nunca ha tenido problema alguno en dar cifras de ventas, y no le va mal, por cierto— estarían más tranquilos y dormirían mejor si nadie sacara el tema. Porque su temor, lo reconozcan o no, es que produjeran un efecto llamada a la inversa: es decir, que de saberse las ventas de ciertos títulos, los pocos compradores que tenga desertaran ante la evidencia de que no tardaría en cerrar. No creo que funcione así, francamente. En EE UU se han sabido desde siempre las cifras y no pasa nada. Pero daría igual. La realidad es que en un mundo globalizado en que cualquiera puede saber la facturación de Microsoft, las ventas del último disco de su grupo favorito o cuánto le ha costado al Real Madrid el último pelotero que ha fichado, es imposible saber qué vende Spiderman en España. Y es eso, y no otra cosa, lo que impide la existencia de análisis y estudios rigurosos sobre las tendencias del mercado español, que a lo mejor a él no le interesan, pero a muchos de nosotros sí. Por eso me toca la moral el remate de su artículo —por cierto, a ver si corregimos después de escribir, que las erratas dan muy mala imagen—: "Pero sí lo que tenemos que pedir es más claridad a la hora de presentar hechos y diferenciarlos de las opiniones. Hasta que eso no sea nos costará no sólo analizar el mercado del cómic sino que nos tomen en serio." Pues no, lo siento: aquí lo único que hace que nos cueste analizar el mercado, tanto que es directamente imposible, es que no suelten prenda ustedes. Si lo hicieran, se acabarían las especulaciones, las hipótesis y los bulos. Y si no van a hablar, al menos no se quejen de que unos pocos intentemos con toda la honradez de la que somos capaces desenmarañar tanto como se pueda este embrollo. Lo demás son monsergas.
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30 Septiembre 2009
Recientemente la editorial SM ha iniciado una colección que me llamó mucho la atención por diversos motivos. Se trata de una serie que adapta al cómic obras clásicas de la literatura, de la cual he comprado hace poco el cincuenta por ciento: El monte de las ánimas de David Rubín y El extraño caso del doctor Jeckyll y míster Hyde de Santiago García y Javier Olivares. Hay otro par, un Amadís de Gaula con cierta influencia shonen y un Médico a palos. Y son, al menos los dos que he leído, buenos tebeos. No obras maestras, pero sí bien hechos y bien contados, con algunos momentos de brillantez, incluso. Son cómics “de verdad”, hechos por autores buenos, experimentados. El primer y mayor acierto de SM ha sido recurrir a ellos y no encargar el trabajo, como ha sucedido en recientes ocasiones, a dibujantes anónimos sacados de no se sabe dónde y de calidad ínfima. Tienen además una buena presentación, con tapa dura, en este caso justificada por el destino principal que tienen, del que luego hablaré. Y un precio competitivo: 9,20 euros, que teniendo en cuenta los de las editoriales especializadas en tebeos, está muy bien. Es de esperar, además, que esa baratura no la hayan pagado los autores. Plantea además la iniciativa un modelo que me parece acertado y del que hablaba hace poco sin saber que SM lo ibaa poner en práctica: yo soy un editor y no me quedo sentado a verlas venir, sino que tengo una idea para un proyecto, y busco a la gente adecuada para ello. Les encargo un tebeo, se lo pago, les respeto su copyright, y ya está. Aquí corre riesgos el que tiene que correrlos, el que puede correrlos: la editorial. Así que por ahí me parece todo fenomenal.
Mis dudas son otras. ¿Cuál es el objetivo de esta colección? Ganar dinero, evidentemente. Pero ¿cuál es la coartada para ello? Y es que, si bien por un lado me agrada que se piense en el cómic como herramienta para fomentar la lectura y creo que es algo positivo, por otro no puedo evitar pensar en aquella frase de “Donde hoy hay un tebeo, mañana habrá un libro”. Es decir, ver el cómic como un paso intermedio, como una buena forma de iniciación a la lectura, que debe ser abandonada cuando el lector alcanza cierta madurez y cierta edad a favor de los libros, que son la lectura de verdad, la cultura con mayúsculas. Dicho de otra manera: que SM no quiere popularizar el tebeo entre los niños, si no hacer que a través de él se interesen por la literatura. Ojo, que ése ha sido siempre la misión que la cultura oficial le ha reservado al cómic, no es esto una novedad. Y en realidad muchas veces funciona así. Simplemente me gustaría que se incentivara la lectura de libros y tebeos al mismo nivel, que haya, efectivamente, tebeos para los chavales, pero que se les explicara, que se les enseñara, que hay otros, de la misma manera que no se pretende tener a una persona leyendo toda su vida Fray Perico y su borrico y se da por hecho que la existencia de éste no entra en contradicción con la del Ulises.
Para eso tienen que cambiar aún muchas cosas. Y probablemente esta colección no sea un mal paso. Tiene una subvención del ministerio de cultura y por ello una gran parte de la tirada va a ir a las bibliotecas públicas —el destino principal del que hablaba antes, por eso me parecía bien la tapa dura—. No son los primeros cómics financiados con dinero público, pero sí, si no me equivoco, con dinero del ministerio. Y es buena señal. Otra cuestión es entrar luego a valorar si los tebeos son los más adecuados para llegar a ese público infantil-juvenil. Porque tanto Jeckyll y Hyde como El monte de las ánimas me han gustado bastante, pero sobre todo el primero me crea ciertas dudas al respecto. Es un buen cómic, pero no para ser el primer cómic de un chaval. Tiene composiciones de páginas excesivamente experimentales, transiciones de viñetas poco claras —de las que hay que seguir de una página a otra y luego volver a la segunda fila de la anterior—, metáforas visuales que no sé yo si se captarán —“Hyde hizo algo muy malo”; y se ve una tumba… sí, es evidente, pero ¿para un chaval de once o doce años también lo es?—, y en general un uso del lenguaje del cómic que es para iniciados. Y en cuanto al trabajo de Rubín en El monte de las ánimas, me parece más accesible para chavales, pero tal vez, puestos a modernizar, habría sido conveniente hacerlo con la prosa de Bécquer, demasiado arcaica para los gustos actuales de la muchachada.
Por otro lado, y esto es una opinión totalmente subjetiva, no estoy yo muy convencido del valor de las adaptaciones para dar a conocer obras maestras; otra cosa son las adaptaciones de obras más mediocres, como ha sucedido en el cine con mucha frecuencia. Para mí una adaptación tiene sentido y valor artístico para el que ya es conocedor de la obra original, a la que nunca, creo que por definición, podrá superar, pero a la que puede aportar matices, lecturas diferentes o en el caso de las novelas adaptadas al cómic, interpretaciones gráficas interesantes. Pero para conocer por primera vez la obra, es imprescindible hacerlo con la original. Especialmente cuando hablamos de clásicos, creo. Eso al margen de que la adaptación sea buena o mala, interesante o irrelevante. Pero ya digo que es una opinión completamente personal. Soy consciente de que un chaval puede leer uno de estos cómics y después, picado en su curiosidad acercarse a la obra original. Si es así, bienvenidos sean. Y si no, también, porque son buenos, y eso a mí como lector es lo que más me interesa. Simplemente creo que el cómic debería ser acercado a los jóvenes no sólo como un apoyo de la literatura o como paso introductorio a la misma, sino como un arte con entidad propia. Los cómics que deberían estar en las aulas y estudiarse en los colegios, y que podrían tener un incalculable valor pedagógico y artístico, son otros: Maus, Paracuellos, Berlín, los tebeos documentales de Joe Sacco. Pero para eso, posiblemente, aún queda mucho. Aún hay que dedicarle su poquito de tiempo al estudio de la historia del medio y su lenguaje. Y si eso aún no se hace con el cine, difícilmente podemos esperar que se haga a corto o medio plazo con la historieta.
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27 Septiembre 2009

Tras The Songs of Distant Earth, Mike Oldfield mantuvo silencio durante dos años en los que, entre otros cambios en su vida privada, se va a mudar a Ibiza, atraído primero por su tranquilidad y entorno natural, pese a que con el tiempo caería en los excesos de la noche ibicenca. Será en 1996 cuando rompa ese silencio y salga al mercado Voyager. Es quizás uno de los álbumes más tibios de Oldfield, uno de los que más pasan desapercibidos para bien y para mal: ni tiene grandes defensores ni detractores a ultranza. Esa indiferencia que provoca en el oyente es quizás la misma con la que se intuye que el músico acometió su composición. A instancias, tal vez, de Warner, Oldfield arrima el ascua a la sardina de la música "celta" más light y comercial, la más cercana a la new age que entonces estaba en su punto más alto de popularidad y auguraba por tanto un negocio seguro. Así, de la misma manera en que a finales de los ochenta se le intentó convertir en un músico pop, ahora se le pretende vender como un hacedor de música "espiritual", de ésa que sana el alma y que se vende en estanterías junto a los sonidos de la selva amazónica y los cantos de las ballenas, ésa que sirve para practicar Tai-chi —disciplina que entonces, y no es casualidad, el mismo Oldfield practicaba—. Una música que, ironía, no deja de ser él último y más pobre fruto del rock instrumental que Oldfield y otros llevaron a lo más alto en los setenta.
Todo esto es, en realidad, un poco exagerado. Es evidente que incluso entonces, cuando a Oldfield se le apreciaban ya los signos del cansancio y la falta de ideas que hoy lo mantiene retirado, al músico le bastaba y le sobraba para sobrepasar en calidad a la gran mayoría de esa new age comercial —otra cuestión es que a ciertos compositores muy solventes se les haya incluido en esa marca comercial sin ningún argumento musical—. Y sin embargo, Voyager, no termina de funcionar. Principalmente, porque parte de un error de base: el folk debe escucharse en directo, o, en su defecto debe grabarse como si lo fuera. Al folk auténtico no le sienta nada bien el sonido perfecto y sintético que Oldfield consigue en su estudio; lo que necesita es frescura, espontaneidad, el crujir de las cuerdas, la respiración de los flautistas, la percusión viva y enérgica. Cuanto más proceses ese sonido, más desalmado sonará. Y si el folk no conmueve, si no te llega, si no suena como si una banda estuviera tocando junto a ti, no tiene ningún sentido.
El resultado de esa idea a mi parecer errada es un disco que la mayor parte del tiempo aburre. es monótono e insulso, no tiene apenas altibajos, no provoca las emociones que provoca la buena música tradicional. Es lento durante demasiado tiempo, moroso, impersonal. A pesar de contar con la colaboración de buenos músicos —por ejemplo Matt Molloy, de The Chieftains— no parece aprovechar esa circunstancia y darles suficiente espacio para lucirse. Sus guitarras siguen asentándose en el nuevo sonido Oldfield, más plano y lento, y la percusión sintética, si ya era incómoda en TSODE, en Voyager está completamente fuera de lugar. Y eso que el propio Oldfield se apañaba perfectamente con instrumentos tradicionales como el bazuki, y en caso de que no quisiera, podría haber contratado a cualquiera de los excelentes percusionistas que tenía entonces la escena folk. Pero por algún motivo, probablemente la comodidad e inmediatez que proporciona el software, Oldfield arrinconó la percusión real, e igualmente usó otros instrumentos más puntuales en su versión sintetizada, además de no darse cuenta de cuánto habrían ganado ciertos temas si los hubiera hecho plenamente acústicos.
Los temas que versionan canciones tradicionales son los que más flojean precisamente porque son en los que más se notan estos defectos. Son versiones además que no aportan nada, que no mejoran en nada a las cientos de versiones que se han hecho antes. Ni siquiera tienen el aliciente de escuchar cómo suenan pasadas por la batidora Oldfield, porque son tan impersonales, parecen hechas tan por compromiso, que el toque propio de su música es practicamente inexistente. She Moves Through the Fair es floja, cargada con una atmósfera de sintetizador que le sienta como a un santo dos pistolas y que hace que te entren unas ganas terribles de escuchar cualquier otra versión de las muchas y buenas que por ahí pululan. Flowers of the Forest está menos manida y por ello entra mejor, pero la percusión machacona y mecánica arruina el tema, al igual que esas gaitas que suenan flojas, sin garra, y el piano completamente fuera de lugar. Women of Ireland y The Hero son mejores, pero en el fondo igualmente prescindibles, y eleva un poco la media Dark Island¸cuya sección final me transmite más sensaciones y más dinamismo típicamente folk, más vida, que todos los demás temas de Voyager salvo uno: Mont St. Michel. El último corte del álbum supone su mejor pieza con diferencia, y posiblemente ni siquiera ha sido superada desde entonces en su discografía. Se trata de un tema medianamente largo —doce minutos—, en los que Oldfield se aleja de la falseada influencia folk y se acerca a la música sinfónica. Desde la primera audición es evidente que es el único tema en el que el músico de verdad ha invertido esfuerzo y tiempo, y los resultados son abrumadoramente superiores al resto. Destaca el estallido orquestal dirigido por Robert Smith, realmente épico, un clímax bien construido para un tema que sabe estar a la altura del pasado de su creador.
De entre el resto de los temas destacaré The Song of the Sun, versión de O Son do Ar de Luar Na Lubre, que pese a ser inferior a la original —probablemente el mejor tema de la formación gallega— y estar lastrado por la premisa de todo el disco y su sonido artificioso, encierra mucho trabajo y se sustenta por la acertada combinación de instrumentos. Los demás son muy irregulares y pasan desapercibidos; pueden servir de música ambiental, son agradables si uno no se obsesiona con la percusión, pero a Oldfield se le debe exigir más. Por destacar alguno, siempre me gustó el tono melancólico de la guitarra de Wild Goose Flaps is Wings, pero por criterios meramente subjetivos.
En conjunto, por tanto, estamos ante un disco gris e insípido, del que sólo se salva verdaderamente y con nota Mont St. Michel. La base de la que parte su sonido está terriblemente equivocada, y contrasta poderosamente con los guiños y las incursiones folk de su música en los setenta, harto mejores y más auténticas, con las que se demostró que es posible capturar el espíritu de la música tradicional y aplicarle los elementos típicos de la música de Mike Oldfield con resultados óptimos.
Y más allá de eso, Voyager fue la constatación de que ya no había marcha atrás. El viaje hasta la autocomplacencia se había completado. Aislado, con colaboraciones de otros músicos que son simples anécdotas, sin escuchar otra música y sin estar en contacto con músicos, Oldfield pierde el norte y las referencias, deja de exigirse a sí mismo, y ya no sabe qué está a la altura y qué no. Sin nadie a su alrededor para picarle, para estimularle y hacerle trabajar para mejorar, se amodorra, y pare una música perezosa y simple que, como no la confronta con nada, le parece excelente. Es mi teoría: prefiero pensar eso, me es menos doloroso, que afrontar la otra opción: que sea totalmente consciente de que lo que hace desde entonces es flojísimo... y le dé exactamente igual.
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